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Cambio social y transformación humana
Un café, una tostada, ¿y una propina?
23/01/2014 | Jorge Riechmann

En el bar donde desayuno muchas mañanas, un café y una –generosa—tostada con tomate y aceite cuesta 2’40 euros.

Dos camareros pueden darme la vuelta, según los días. Uno de ellos, el mayor, me entrega siempre las monedas en mano; las guardo en el monedero. Cuando me da la vuelta el otro –más avisado–, lo hace en un platillo: entonces dejo una propina –normalmente diez céntimos— en el plato.

El resultado de este pequeño experimento cotidiano no sorprenderá a los investigadores de la conducta humana. Dejar propina o no depende, muchas veces, de factores contextuales sencillos (quizá el mecanismo en juego sea una norma personal del tipo “no dejar un plato vacío evidenciando mi tacañería”, que no opera si el platillo no está presente). Pero muchas de nuestras decisiones de mayor trascendencia –por ejemplo, ayudar o no a una persona que vemos se encuentra en una situación de peligro— también son, en igual medida, dependientes del contexto.

Toda una rama de “filosofía experimental” viene ahondando en estas cuestiones desde hace varios lustros /1, atenta a las investigaciones de la psicología social, las ciencias cognitivas, la neurología, la antropología cultural, la sociología y otras disciplinas.

Todo ello enlaza, claro, con las –más antiguas– corrientes institucionalistas en ciencias sociales, que desde hace mucho subrayan el peso de las buenas o malas instituciones en la orientación de nuestra conducta político-moral. El economista Michel Husson, por ejemplo, insiste sobre ello al destacar la importancia de instituciones deliberativas (y quizá decisorias) como los “tribunales ciudadanos” o “conferencias de consenso” en una sociedad que quisiera avanzar hacia una democracia de verdad, una democracia que podemos llamar participativa, “como medio de reapropiación de los debates entre expertos y de soslayar a los grupos de presión. No se trata de un sustituto de la democracia parlamentaria, ni de una instancia de decisión que pueda cumplir en unos días un largo y complejo trabajo de deliberación de la sociedad sobre sus opciones próximas. Pero sí que revela la decisiva importancia de las reglas institucionales y del proceso de intercambio y confrontación. De forma casi natural, de ahí surgen orientaciones favorables a soluciones no mercantiles o la puesta en marcha de bienes públicos…” /2

Vale decir: con otras reglas de juego, emergen propuestas que apuntan al bien común, en lugar de la defensa a ultranza de los intereses individuales o corporativos. Esto nos lleva a una célebre afirmación de Brecht, en el marco de los debates sobre el Hombre Nuevo que se dieron en el seno de los movimientos socialistas y comunistas del siglo XX. El Hombre Nuevo –dijo el poeta de Augsburgo— no es sino el hombre viejo en situaciones nuevas. Ello quedaría validado por los resultados de todas las disciplinas científicas antes mencionadas…

Con eso ¿queda resuelto el secular problema del cambio social y la transformación humana? Se diría que no del todo… Querríamos, con Marx, “derrocar toda situación en la que el hombre yace como un ser envilecido, esclavizado, abandonado, despreciado” (así reza un famoso paso de la Crítica a la filosofía del Derecho de Hegel), pero ¿cómo cambiamos esas situaciones? ¿Quién educa al educador, quién vigila al guardián, cómo damos forma a los contextos que darán forma a las buenas conductas de los seres humanos? ¿Cómo lo haremos sin disponer ya al menos de algunos Hombres Nuevos –y Mujeres Nuevas— dispuestos a arrostrar sacrificios por el bien común? De ahí que, también desde la izquierda, este problema del huevo emancipatorio y la gallina de liberación también haya sido evocado en otros términos. Como mínimo, hay que tener conciencia del problema de Ulises y las sirenas /3: necesitamos mecanismos de compromiso para hacer frente a las numerosas ocasiones de “debilidad de la voluntad”, de desfallecimiento político-moral, de dejarnos caer a lo peor de nosotros mismos /4. Pero quizá hay que plantearlo en términos aún más fuertes. Hacia el final de su conferencia sobre “Tradición marxista y nuevos problemas” (impartida en Sabadell en 1983, dos años antes de su muerte), Manuel Sacristán insistía en la necesidad de un profundo cambio cultural, introduciendo una idea del Marx de los Grundrisse que continúa siendo axial para cualquier conceptualización que podamos hacer sobre futuras comunidades liberadas:

“Un sujeto que no sea ni opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador: tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión. (...) Los cambios necesarios requieren pues una conversión, un cambio del individuo.” /5

En alguna ocasión lo he formulado yo así: los cristianos saben que en la gran mayoría de los casos, para llegar a ser personas decentes, necesitamos rompernos y reconstruirnos a fondo –y a eso lo llaman conversión. Los militantes de la izquierda no deberíamos ignorar algo tan básico. Henos aquí otra vez, entonces, reclamando de alguna forma un Hombre Nuevo y una Mujer Nueva… bajo la consigna de autoconstrucción político-moral.

No hay otra salida de este aparente dilema que darnos cuenta de que el huevo emancipatorio y la gallina de liberación están relacionados entre sí por bucles de realimentación. Aquí hemos de hablar, pues, con el lenguaje de la teoría de sistemas –no tan distante del más antiguo vocabulario filosófico de la dialéctica.

En 1845, Marx formuló en la tercera de sus Tesis sobre Feuerbach la realimentación dialéctica entre ser conformado por las circunstancias y dar forma a las mismas: “La teoría materialista de que los seres humanos son producto de las circunstancias y de la educación, y de que, por tanto, los seres humanos transformados son producto de circunstancias distintas y de una educación transformada, olvida que son los seres humanos, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado (…). La coincidencia de la transformación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria./6

23/01/2013

Notas

1/ Véase por ejemplo Kwame Anthony Appiah, Experimentos en filosofía, Katz, Madrid/ Buenos Aires 2010. Una introducción más popular: Ruwen Ogien, La influencia del olor de los cruasanes calientes sobre la bondad humana —y otras cuestiones sobre filosofía moral experimental, Aguilar, Madrid 2012

2/ Michel Husson, El capitalismo en diez lecciones, La Oveja Roja, Torrejón –Madrid- 2013, p. 132.

3/ Jon Elster, Ulises y las sirenas. Estudios sobre racionalidad e irracionalidad, FCE, Ciudad de México 1995.

4/ Esto se puede plantear, en términos muy materialistas, como un asunto neurológico. ¡brindemos suficiente apoyo a nuestro neocórtex (frente al “cerebro paleomamífero” y al aún más antiguo “cerebro reptiliano”)! La neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini llamaba la atención sobre el “componente neocortical del cerebro [humano] que los subprimates también poseen, pero que el ser humano ha desarrollado. Ese componente es la base de nuestra capacidad cognitiva, muy superior a la del resto de los animales, y nos da acceso a los conocimientos, al bien y el mal, a la cultura; nos relaciona con el pasado, el presente y el futuro... Nos proyectamos hacia el pasado y hacia el futuro gracias a este formidable desarrollo de la miocorteza cognitiva del cerebro. El lóbulo límbico es un elemento de emotividad típico del hombre y de todos los vertebrados, empezando por los mamíferos, pero el hombre es el único que ha desarrollado el componente neocortical…” ("Vivimos dominados por impulsos de bajo nivel, como hace 50.000 años”, entrevista con Rita Levi-Montalcini, El País, 15 de mayo de 2005). La premio Nobel señalaba que nuestra especie sigue comportándose mayoritariamente desde la mera reactividad del lóbulo límbico: esa región del cerebro “paleomamífera”, común a todos los mamíferos, donde residen los impulsos primarios básicos (como el hambre, el territorio o el miedo). Es el desarrollo del neocórtex, subrayaba la neuróloga italiana, lo que nos dio acceso al conocimiento, al bien y al mal, a la cultura, lo que nos hace relacionar pasado y presente y proyectar el futuro… Rita Levi apelaba a dar a cada persona la posibilidad de ser su mejor versión (porque, decía, “si asumimos una visión catastrofista del ser humano, estamos acabados”).

5/ Sacristán continuaba: “Y debo hacer observar –para no alimentar la sospecha de que me he ido muy lejos, muy lejos de la tradición marxista— que eso está, negro sobre blanco, en la obra de Marx desde los Grundrisse, la idea fundamental de que el punto, el fulcro, de la revolución es la transformación del individuo. En los Grundrisse se dice que lo esencial de la nueva sociedad es que ha transformado materialmente a su poseedor en otro sujeto y la base de esa transformación, ya más analíticamente, más científicamente, es la idea de que en una sociedad en la que lo que predomine no sea el valor de cambio sino el valor de uso, las necesidades no pueden expandirse indefinidamente. Que uno puede tener indefinida necesidad del dinero, por ejemplo, o en general de valores de cambio, de ser rico, de poder más, pero no puede tener indefinidamente necesidad de objetos de uso, de valores de uso.” Manuel Sacristán, M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), ed. de Salvador López Arnal, Libros de El Viejo Topo, Barcelona 2003, p. 360 y 367.

6/ Por ejemplo en Joaquim Sempere: Marx: el arma de la crítica (antología),Catarata (col. Clásicos del Pensamiento Crítico), Madrid 2013, p. 69.





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