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Tribuna VIENTO SUR
La política de la marmota
09/11/2013 | Miguel Romero

1. Tenía que llegar, pero se ha adelantado sobre lo previsto. Un grupo de “personalidades” -incluyendo numerosos ex-IU o a punto de serlo, en tránsito
hacia el PSOE o con el carnet ya en el bolsillo- ha hecho público un manifiesto de apoyo al PSOE porque “el objetivo es derrotar a la derecha”.
Desde los tiempos de la primera victoria electoral de Felipe González, en 1982, las precampañas de las elecciones generales se han visto adornadas por
manifiestos similares en forma y fondo al que se difundido el 3 de noviembre (El País, 3/11/2013, p. 19


http://politica.elpais.com/politica/2013/11/02/actualidad/1383414512_813777.html


). Buena parte de sus firmantes han hecho a continuación excelentes carreras políticas, como probablemente las harán los firmantes actuales si el PSOE llegara
a gobernar.

Hace años tuvo bastante éxito una película llamada aquí Atrapado en el tiempo y en la versión original El día de la marmota; en ella, el
protagonista, encarnado por el actor Bill Murray, se veía atrapado en la pesadilla de despertar cada mañana y comprobar que se repetía tal cual el día
anterior. Algo así ocurre con este contumaz intento de sucesivos grupos de “personalidades” de arrogarse la portavocía del objetivo de “derrotar a la
derecha” y consagrar al PSOE como protagonista de la tarea. Quizás sea exagerado considerarlo una pesadilla, pero sí refleja problemas serios que merecen
un comentario.

2. Lo singular del manifiesto actual es que se haya difundido cuando faltan probablemente más de dos años para elecciones generales. Su función promotora
tiene esta vez como destino la Conferencia Política que el PSOE celebra este fin de semana, los días 9 y 10 de noviembre. Teniendo en cuenta que el
manifiesto y su difusión están, obviamente, pactados con la dirección “socialista”, este empujón político-mediático es una confesión de la irrelevancia de
la propia Conferencia y del temor de sus organizadores a que toda la retórica que la envuelve sobre “un antes y un después” en la trayectoria del PSOE, un
nuevo “discurso socialista” para el siglo XXI, la “señal de salida” para la recuperación de la confianza de su electorado y el regreso al poder, etc.,
etc., resulte finalmente una ceremonia sin credibilidad política, ni impacto social, si no un simple entrenamiento con público para las batallas de poder
entre los aspirantes a suceder a Rubalcaba.

Pero finalmente estos son aspectos relativamente anecdóticos: lo que tiene verdadero interés es situar los hechos en la coyuntura política actual.
“Derrotar a la derecha” es un objetivo demasiado importante para dejar que, una vez más, se convierta en una simple carnada electoral para beneficio del
PSOE y subalternos diversos, individuales y colectivos.

3. No hay ningún misterio en lo que puede esperarse del “centro izquierda progresista” europeo, un eufemismo de andar por casa, pero que chirría menos que
nombres con mayor significado como “socialdemocracia”, fósiles prematuros de la historia del movimiento obrero. Por si no bastara con la experiencia del
propio PSOE, hay suficientes referencias gobernando en países europeos, reconocidas como tales por los portavoces del PSOE, y nadie puede engañarse sobre
la política que hacen, envuelta en la retórica repetida hasta la náusea sobre la “alternativa a la derecha”: Hollande, Letta o el futuro vicecanciller de
Angela Merkel representan todo lo que puede esperarse de gobiernos protagonizados o coprotagonizados por esta corriente: es decir, una gestión de la crisis
capitalista acorde con la ortodoxia de neoliberalismo reforzado que impera en la UE; quizás algunas reformas sociales precarias, siempre que sean baratas;
ni siquiera reformas políticas significativas, cuando no una competencia con la extrema derecha para disputarle la bandera, y el electorado, xenófobo.

Claro, esto no es lo que sale en los papeles, especialmente cuando se está en la oposición. Y ya se sabe que el papel lo soporta todo. Pero los 400 folios
del documento oficial presentado a la próxima Conferencia (y no deja de tener su gracia lo contentos que están los portavoces del PSOE con lo largo que les
ha salido el documento; todos exhiben felices ese número de páginas como si eso fuera un signo de la potencia y laboriosidad del partido…), si lo juzgamos
por el resumen publicado por el coordinador Ramón Jáuregui http://elpais.com/elpais/2013/11/01/opinion/1383309927_604068.html
constituyen un conjunto de lugares comunes, trufados de “consensos” y “pactos sociales”, en los que cuando se propone alguna novedad se cae en el ridículo:
por ejemplo, entre las “atrevidas” (sic) “reformas estructurales” (resic) que propone Jáuregui está:

“la limitación de las remuneraciones de directivos en las entidades financieras (si el Estado se hace cargo de sus quiebras, el Estado tiene derecho a
intervenir en su remuneración)”.

Esta parece ser la propuesta estrella sobre el sistema bancario, que no merece ni una palabra más en todo el texto.

No es extraño que Jáuregui haya declarado que, mientras dure la crisis, el margen para modificar la actual política económica es “muy estrecho”.
Algunos de sus colegas se han apresurado a desmentirle, porque ya se sabe que estas cosas se piensan pero no se dicen, y menos en vísperas de una
Conferencia-espectáculo. Esta sumisión a la ortodoxia básica, que significa la renuncia a afrontar cualquier conflicto significativo con los “mercados”,
enjaula toda la “alternativa” económica del PSOE. Así por ejemplo, el proyecto de reforma fiscal, que no podía faltar en un programa pre-electoral, no sólo
hay que tomarlo con absoluto escepticismo en cuanto a su eventual aplicación práctica, en lo que pueda afectar mínimamente a los escandalosos privilegios
fiscales de los ganadores de la crisis, sino que además, cuando pretende favorecer a “los más perjudicados por la crisis”, lo hace con extrema
tacañería (exención del pago del IRPF para parados, pensionistas y activos con ingresos inferiores a 16.000 euros brutos), que en el mejor de los casos
tendría un impacto marginal sobre las condiciones de vida de los “beneficiados”.

Vale la pena reproducir también cómo explica Jáuregui la propuesta de la Conferencia sobre el “modelo federal”:

“… hemos planteado una oferta de diálogo serio para revisar nuestro modelo territorial. El marco autonómico ha sido un éxito, pero la tensión
soberanista de Cataluña y los desajustes que el modelo viene exhibiendo desde hace años aconsejan una reforma de nuestro Título VIII. El PSOE propone
al país reafirmar el mapa autonómico actual, haciéndolo evolucionar en una doble dirección. De una parte, incorporando las fórmulas del modelo federal
alemán: con un Senado de las CC AA, clarificando y consolidando el reparto competencial, pactando un modelo de financiación basado en la autonomía
financiera, la suficiencia y la solidaridad y fortaleciendo los instrumentos de cooperación y de lealtad federal. De otra, dar carta de naturaleza
constitucional a las singularidades o hechos diferenciales que explican la España plural y que hacen posible la conformación de nuestro Estado
complejo”.

O sea, nada que pueda servir ni de paliativo a la gravedad extrema de la “crisis nacional” del régimen de la Transición y nada que pueda significar una
alternativa al nacionalismo español de la derecha, que a fin de cuentas comparten significados dirigentes del PSOE, y la dirección como tal, como acaba de
comprobarse con el voto favorable a la moción de UPyD que podría llamarse: “Que viva España”, presentada por Rosa Díez con el título: “sobre la falacia del derecho a decidir”, para que nadie se llame a engaño.

4.Éstas son las coordenadas políticas del PSOE y, por tanto, de la Conferencia, por más titulares vistosos que consigan colocar los servicios de
comunicación del partido, el equipo de opinión de los medios del Grupo Prisa, en función de altavoces de la Conferencia, y los jefes, o aspirantes a serlo,
del aparato “socialista”.

Entonces, ¿qué sentido puede tener atribuir al PSOE la encarnación de “un nuevo tiempo, con otra política y otra forma de hacerla” como se hace en
el Manifiesto de las “personalidades”?

En realidad, el contenido del Manifiesto no tiene ningún interés:

“recuperar el Estado del Bienestar”, “democracia avanzada”, “la Red como elemento de coparticipación”, “regeneración”, “renovación”, “es imprescindible
que la socialdemocracia de un paso hacia adelante, hacia la izquierda”…

toda esta colección de tópicos de la más añeja literatura política “progresista” son perfectamente inútiles para construir políticas que sirvan para
derrotar a la derecha, a partir de los conflictos sociales existentes, que por cierto no merecen ni una alusión en el Manifiesto.

En realidad, la función del Manifiesto es hacer público la toma de partido a favor del PSOE de un grupo de personas más o menos relacionadas con IU. En
este sentido, puede entenderse que Gaspar Llamazares exprese su malestar, porque la gran mayoría de los firmantes formaban parte de la “base de
personalidades” de su corriente, Izquierda Abierta, en especial, Baltasar Garzón, proclamado por Llamazares hace unos meses como la mejor opción de
“candidato unitario” de la izquierda en unas próximas elecciones. Pero jugar a la política de inventar líderes a partir de personajes mediáticos y
especulaciones sobre sondeos de votaciones futuras tiene el riesgo de que el personaje termine optando por el que considere mejor postor. Y, sobre todo,
situar como horizonte político una alianza subordinada con el PSOE, con una mejor relación de fuerzas para IU, que viene siendo la orientación que defiende
Llamazares con el nombre de “unidad de la izquierda”, termina conduciendo a profesionales de la política a pasarse al partido más fuerte de la eventual
alianza. Así ha ocurrido otras veces en el pasado de IU. Otra variante pues de la política de la marmota.

5. Los pronósticos sobre el “fin del bipartidismo” o la “pasokización” del PSOE son interpretaciones muy sesgadas sobre la dinámica de su declive. Una cosa
es que hayan terminado las “mayorías absolutas” de uno u otro signo y otra que los dos partidos mayoritarios del régimen, aún decreciendo, vayan a dejar de
serlo en sus espacios respectivos, si no se produce un cambio radical en las relaciones de fuerzas sociales. Ese cambio puede resumirse en el proceso de
configuración de un bloque antagonista ampliamente mayoritario, capaz de asumir y sostener el durísimo conflicto con los poderes establecidos que
conllevaría una política alternativa que se atreva a romper con los dogmas de la ortodoxia dominante; en el Estado español, esa ruptura es inseparable del
inicio de procesos constituyentes, lo que añade dificultades mayores a la tarea.

Pero este es el significado genuino de “derrotar a la derecha”. El PP puede perder unas elecciones, lo cual por otra parte está por ver, sin que la
“derecha”, entendida como “los de arriba”, se vea apenas afectada en su control de las riendas fundamentales del poder. Esto es precisamente lo que
ocurriría si al gobierno del PP le sucediera un gobierno dirigido por el PSOE. Y en esas estamos.

6. El papel fundamental de lo que venimos llamando “izquierda alternativa” está, sin duda, en el impulso de movilizaciones concretas, que es donde tienen
que echar raíces los procesos de ruptura, sean con las políticas de la Troika o por la realización del “derecho a decidir”.

Dicho esto, hay algunos signos preocupantes de que se están cerrando, o aplazando para inciertos “tiempos mejores”, las expectativas y debates abiertos
hace meses sobre la necesidad de plantearse el objetivo de “derrotar a la derecha” como una tarea actual y las tareas sociales y políticas necesarias para
lograrlo; me refiero sólo a la dimensión “estatal” del problema.

La razón principal tiene mucho fundamento: si bien parece imprescindible contar con IU, las remotas posibilidades, que pudieron tener cierta credibilidad
hace algún tiempo, sobre un serio compromiso unitario por su parte con las organizaciones sociales y políticas que luchan por una “ruptura democrática” se
van deshaciendo. Escuchar a Miguel Reneses, uno de los máximos responsables históricos de esa calamidad política y moral llamada IU-Comunidad de Madrid, afirmar “la necesidad de ir a una gran alianza electoral de organizaciones políticas y sociales, que pueda tener un respaldo mayoritario de la sociedad española” suena a menos que hueco. Todo parece indicar que, salvo las habituales y oscuras batallas sobre “cabezas de lista”, la dirección de IU mantiene la misma política de alianzas que en las elecciones generales de 2011, ahora con la
perspectiva de una subida electoral importante. El “programa máximo” se mide en el número de ministros en un gobierno presidido por el PSOE. Y no se ve a
ninguna corriente interna capaz de rectificar este rumbo, que será considerado un éxito para el aparato de IU, pero va frontalmente en contra de la
construcción de una mayoría social y política capaz de derrotar a la derecha.

En estas condiciones, podría considerarse un inútil desgaste de energía, continuar debatiendo y promoviendo el objetivo de derrotar a la derecha como una
tarea actual. Pero, por más remotas que puedan considerarse las posibilidades de éxito, mejor seguir dando esa batalla, que dejar el objetivo en manos de
quienes lo manipulan en su propio interés, arriesgándonos a que, una vez más, nos roben impunemente la cartera.

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR



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