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Tribuna VIENTO SUR
“Sí, se puede”… pero ¿qué es lo que se puede?
06/10/2013 | Miguel Romero

1. Se atribuye a Palmiro Togliatti la paternidad de la fórmula “partido de lucha y de gobierno”. La habría creado a comienzos de 1947, precisamente cuando los ministros del Partido Comunista Italiano (PCI), incluyendo él mismo, fueron cesados del gobierno italiano, una vez cumplido un papel determinante en el desarme de la resistencia partisana y en la relativa estabilización de la República italiana, dentro de la reconstrucción capitalista de Europa occidental tras la Segunda Guerra Mundial.

En aquella situación, un político tan inteligente como Togliatti sería consciente, con toda probabilidad, de que no había ninguna posibilidad de que el PCI regresara al gobierno, al menos a medio plazo. En realidad, la fórmula estaba dirigida hacia dentro del partido y tenía una función de protección frente a los riesgos “izquierdistas”. El PCI quería ser el partido de los que luchaban en las durísimas condiciones de la postguerra, es decir el partido que representaba las esperanzas del “ala izquierda” de una población trabajadora que sobrevivía en condiciones miserables. Pero el partido debía tener siempre presente, y mostrar a la sociedad, que su objetivo no era hacer una “revolución”, sino “gobernar”, aceptando ser una fuerza minoritaria dentro de un gobierno de “unidad democrática”. De esta manera, la fórmula adquiría el carácter de un código estratégico que servía de justificación para la política del partido y “educaba” en ella a sus militantes.

La fórmula se consagró internacionalmente treinta años después, cuando Santiago Carrillo, Georges Marchais y Enrico Berlinguer presentaron en Madrid el “eurocomunismo” a bombo y platillo. Los partidos eurocomunistas se autocalificaban de nuevo como “partidos de lucha y gobierno”, pero la situación política había cambiado radicalmente y la función de la fórmula también. La política de los PC estaba en pleno proceso de socialdemocratización, en el sentido de integración en el sistema de valores y las reglas institucionales del capitalismo europeo, y su perspectiva era ser reconocidos como parte del sistema de gestión institucional en la Europa capitalista. La fórmula servía entonces para establecer una identidad propia respecto a los PS, a la vez competidores y protagonistas de proyectos de alianzas, más o menos viables, en gobiernos de “unidad de la izquierda”. Es interesante recordar que el único de los tres partidos fundadores de la nueva marca que consiguió entrar en un gobierno fue el PCF, el considerado menos ideológicamente “eurocomunista” de los tres. El PCF tuvo cuatro ministros en los primeros gobiernos de François Mitterand, entre 1981 y 1984, cuando éste intentó desarrollar una política de tipo keynesiano, alternativa al neoliberalismo que iniciaba entonces su curso triunfal; el intentó fracasó, y se inició lo que mas adelante se llamaría social-liberalismo. El PCF pasó a la oposición y su influencia política cayó en picado; no volvió a recuperarla. El ministro del PCF de mayor nivel político y representatividad, Charles Fiterman, terminó al cabo de los años incorporándose al Partido Socialista, una estación de penitencia en la que fue pionero Santiago Carrillo.

Puede concluirse pues que el balance de la práctica de los “partidos de lucha y gobierno” ha sido pésimo, sin excepción. En la realidad, la conjunción copulativa “y” esconde conflictos y contradicciones entre “luchar” y “gobernar” y, cuando ha habido ocasión, “gobernar” se ha antepuesto siempre a “luchar”. Pese a ello, la fórmula se sigue utilizando, y hace unos meses, Diego Valderas la incluyó en el repertorio de lemas para la participación de IU en el gobierno andaluz.

Me ha parecido útil recordar la experiencia de este historial de fracasos, pero no para descartar el problema de los “gobiernos de izquierda”, sino para considerarlo desde un punto de vista alternativo a la “gestión progresista” del sistema. El problema que me planteo es las condiciones en que un “gobierno de izquierda” puede ser un instrumento útil para vencer a la derecha y cambiar el rumbo de la política capitalista dominante en la UE. Es un tema de largo recorrido. Aquí van unas notas.

2. Los procesos y propuestas de convergencia unitaria que con distinto carácter se están desarrollando en diferentes lugares, tienden a basarse en programa de “mínimos” y a evitar debates que pudieran comprometer las coincidencias logradas.

Es un enfoque razonable en una primera etapa de construcción de confianza y cemento común; todo lo que contribuya a debilitar las pulsiones sectarias habituales en la izquierda social y política alternativa debe ser apoyado. Pero tiene inconvenientes serios, especialmente aparcar problemas importantes que terminarán estando encima de la mesa, y no a largo plazo, si los procesos se van consolidando. Las metodologías de construcción de consensos son muy útiles en las plataformas unitarias, pero son necesarias también las metodologías que impulsan debates necesarios y ayudan a gestionar diferencias consistentes y duraderas. No puede imaginarse la construcción de un campo antagonista socialmente mayoritario sin un nivel alto de desacuerdos internos y, por tanto, hay que crear mecanismos eficaces que los integren en el trabajo común

Entre esos temas “aparcados” en los debates colectivos quiero destacar ahora dos: el primero, que incluso el más moderado de los programas que se están planteando, si empezara a realizarse, produciría una convulsión política y un alto nivel de enfrentamiento con los poderes establecidos, aquí y en la Unión Europea. Baste pensar en la declaración unilateral de una moratoria sobre la deuda y en la organización de la correspondiente auditoría. O en el proceso de reconstrucción de los servicios públicos privatizados. O, en general, todo lo que significa empezar a aplicar una política alternativa a la ortodoxia imperante que se viene llamando como “política de la Troika”. A lo que cabe añadir, y conviene recordarlo aunque suene repetitivo, la garantía del derecho a la independencia de las naciones que quieran ejercerlo.

Quiero decir, que la necesidad de una “ruptura democrática” no es una cuestión ideológica, un tema de propaganda o un problema “para después”, a largo plazo: es una exigencia práctica en cuanto se piensen las alternativas a la Troika no en términos de simple propaganda electoral, sino de compromisos efectivos de gobierno.

Una alternativa sociopolítica con capacidad de ganar a la Troika, o dicho más precisamente, con capacidad para ponerla a la defensiva al menos en algunos puntos clave, lo cual tendría que ser la primera tarea de un “gobierno de izquierda”, debería incluir un conjunto coherente de factores muy diversos, entre los cuales destaco: un nivel alto de expectativas y confianza en el cambio de una mayoría social activa; un programa capaz de recoger las amplísimas demandas sociales insatisfechas; una red de organizaciones enraizadas socialmente capaces de debatir y negociar buscando objetivos compartidos en los conflictos, también entre ellas, que acompañarán el proceso de ruptura; una alternativa de gobierno representativa, pero subordinada a las luchas sociales de “los de abajo”, incluso cuando estas luchas se le enfrenten.

3. Por supuesto, este esquema responde a un deseo y está muy lejos de lo que ahora tenemos. Pero pienso que merecen una reflexión que puede ayudarnos a comprender qué necesitamos.

Es útil recordar una experiencia que tuvo lugar en una situación muy diferente a la actual y no tiene ningún valor de “modelo”.

En el documental “El espíritu del 45” (que el “boca a boca” está consiguiendo que aguante unas semanas, al menos en un cine de Madrid) Ken Loach evoca, con emoción y nostalgia, la situación que se vivió en Gran Bretaña tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Entonces coincidieron excepcionalmente: las aspiraciones materiales y esperanzas de las clases populares a vivir dignamente, dejando atrás los horrores de la guerra y la miseria terrible de los años 30; un programa económico social creíble para la realización de estas expectativas como tarea inmediata: básicamente el “estado del bienestar” y la política de nacionalizaciones de los sectores básicos de la economía; unas organizaciones sindicales consideradas representativas por la clase trabajadora, que era el motor de la movilización social; un Partido Laborista en el que se confiaba que pusiera en práctica ese programa si llegaba al gobierno, como efectivamente hizo.

Los laboristas vencieron ampliamente a los conservadores en las elecciones de julio de 1945. El entusiasmo y la movilización social que acompañó la realización de aquel programa de reformas es lo que llama Loach “el espíritu del 45”; la película transmite la ilusión de su autor de que pueda crearse ahora algo de esa naturaleza, pero adecuado a los nuevos tiempos, cuando el neoliberalismo ha arrasado con todo aquello, incluyendo el laborismo de Attlee y Bevan, cuyo balance no es nuestro tema.

4. Sería un optimismo desmesurado afirmar que el 15M creó, o está desde entonces en proceso de crearse, un “espíritu del 2011”. El cambio histórico que referimos a esa fecha ha abierto, sin duda, una etapa nueva que ha abierto el campo de lo posible y ha despertado energías y esperanzas que estaban aletargadas. Pero no creado, ni era su tarea hacerlo, contrapoderes antagonistas a la altura de los desafíos presentes. En realidad, no contamos ni con una mayoría social movilizada y con altas expectativas de cambio, ni con una red de organizaciones de base suficientemente fuerte y articulada para sostener esas expectativas, ni con una alternativa de gobierno en la que pueda confiarse para realizarla. En cambio, nos enfrentamos a problemas nuevos que hacen la situación mucho más compleja que la del 45. Los que me parecen más complejos se pueden resumir así: el primero, que la profundidad de la crisis capitalista y las amenazas que pesan, y crecen, sobre las condiciones de vida digna y sobre el futuro del planeta, obligan a plantearse no simplemente objetivos de bienestar básico, sino de cambios radicales en el modo de vida, especialmente en los países del Norte; el segundo, que el poder de que dispone el gobierno de un país es extremadamente débil respecto no sólo a los que rigen el capitalismo global, sino incluso respecto a otros poderes que forman parte de la “gobernanza” y no están sometidos a ningún control ciudadano efectivo: destacadamente, los aparatos judicial, militar, de “seguridad”… encargados cada uno en su campo de la custodia del orden establecido.

5. La importancia que adquieren en estas condiciones las relaciones de fuerzas sociales del campo antagonista, y todo lo que contribuye a crearlas, es determinante. En sentido contrario, es también determinante todo lo que puede contribuir a debilitarlas.

Por poner un ejemplo, la consecuencia que me parece más negativa del gobierno andaluz PSOE-IU no está en aspectos concretos de su gestión, en los que no pretendo entrar ahora: está en debilitar las expectativas sociales. El mensaje viene a ser: “sí se puede… pero sólo esto es lo que se puede”.

Los partidos socialistas -y sus organizaciones afines, los sindicatos especialmente- vienen realizando desde hace décadas la tarea de presionar hacia abajo las expectativas sociales de cambio; esa es una condición fundamental para que puedan aplicar sus políticas reduciendo todo lo posible las resistencias sociales. Lo continúan haciendo ahora en Andalucía y es lamentable que estén contando para ello con la colaboración de IU. Lamentable e incoherente, desde el punto de vista del discurso general unitario que se difunde hacia los movimientos sociales y las organizaciones anticapitalistas y desde el objetivo que se dice perseguir de protagonizar una alternativa de gobierno a la política de la Troika. En realidad, quien interpreta bien la experiencia del gobierno andaluz es su nueva presidenta, cuando afirma su deseo de replicarla en un futuro gobierno español.

6. “Sí, se puede” viene siendo el lema con el que los movimientos y luchas sociales expresan su satisfacción y su orgullo cuando consiguen logros que parecerían imposibles, luchando contra adversarios muy poderosos, entre los cuales cuentan no sólo los agentes de los poderes establecidos, sino también el escepticismo propio, la falta de confianza en que los cambios que se necesitan sean posibles. Estas son las condiciones ideales para aceptar alguna forma de “mal menor”, bajo el miedo de que cualquier otra posibilidad tenga riesgos de empeorar.

A mi parecer, más allá de las ilusiones sobre el fin del “bipartidismo”, alimentadas por encuestas que se van maquillando cuando conviene, la supuesta, y a mi parecer muy improbable “pasokización del PSOE”… lo que se está diseñando como “alternativa” política es una repetición por parte de IU para las elecciones europeas de la política de alianzas, la confección de listas y el control estricto del aparato sobre la política… que ya utilizó en las elecciones generales de 2011. La previsión de un buen resultado electoral se pondría al servicio de pacto de gobierno estatal según el modelo andaluz. Y quizás tras las elecciones de 2015 se pudiera constituir un gobierno así. Lo que es seguro es que un gobierno de este tipo ni querrá, ni podrá aplicar un programa de ruptura con la política de la Troika. Si lo intentara en alguna cuestión importante para la vida de la gente, se vería inmediatamente enredado en un nudo gordiano de amenazas, recursos, vetos, negociaciones con las manos atadas… que pueden utilizarse como excusas, pero terminan desmovilizando y desmoralizando a la mayoría social que habría hecho posible la victoria electoral. Éste es el “sí se puede” quizás viable, pero flácido, un adversario fácil para los poderes establecidos.

Para hacer frente a una situación que tiende a agravarse, y en la que el tiempo de reacción está en cuenta atrás, hacen falta alternativas unitarias, pero fuertes. Que se propongan cambiar el país. Que hayan aprendido de la experiencia de los dos últimos años que sólo puede haber una izquierda política creíble, que se gane la posibilidad de gobernar y sepa hacerlo, si se subordina al campo social antagonista. Lo que significa ahora mismo tener como primera prioridad su construcción y adaptar a este objetivo, cualquier táctica, incluso las electorales.

Es muy difícil saber cómo se pueden alcanzar esos objetivos, que se resumen en darle al “Sí, se puede” su sentido natural rupturista. Pero eso lo podemos aprender. La decisión política es qué es lo que queremos aprender.

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR



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