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Islamofobia, racismo antimusulmán
El sentido oculto de las palabras
31/07/2013 | Carine Fouteau
Las palabras no son neutras, ni siquiera las que tienen el aire de serlo. En un momento en que las agresiones físicas y/o verbales en contra de los musulmanes, y en prioridad de las mujeres que llevan un velo, aumentan (según los datos del Ministerio del Interior, que da cuenta de las infracciones constatadas, su número ha progresado un 23% en 2012 por un año, confirmando una subida del 34% en 2011), la cuestión de saber cómo designar este fenómeno es importante.
Más que nunca, la batalla terminológica -y por tanto política- hace furor. ¿Qué se oculta tras la noción de islamofobia, recuperada por sociólogos, periodistas, militantes asociativos, pero borrada por muchas otras personas? ¿Qué carga contiene para suscitar, por parte de sus detractores, tal desaprobación? ¿Son más “objetivos” los otros términos disponibles?
Islamofobia significa literalmente miedo al islam y por extensión hostilidad hacia esa religión y rechazo a las personas de confesión musulmana. El diccionario Le Robert la define como una “forma particular de racismo dirigido contra el islam y los musulmanes, que se manifiesta en Franca en actos de hostilidad y una discriminación étnica contra los inmigrantes magrebís”.
En las ciencias sociales, este término es banalizado, lo que no le impide ser discutido, y el fenómeno que describe es objeto de numerosos trabajos en particular en los Estados Unidos y en Gran Bretaña en los departamentos universitarios que se interesan por las cuestiones de racismo y de género. Es también utilizado por organizaciones internacionales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), el Comisariado para los Derechos Humanos de la Unión Europea, así como por ONGs como Amnistía Internacional.
En este marco, sirve para designar los actos de discriminación o de violencia que tienen por objetivo instituciones o individuos en razón de su relación, real o supuesta, con el islam. Para el ex relator oficial de las Naciones Unidas, Doudou Diène, el término de islamofobia “se refiere a una hostilidad no fundada y al miedo hacia el islam, y en consecuencia el miedo y la aversión hacia todos los musulmanes o la mayoría de ellos. Se refiere igualmente a las consecuencias prácticas de esta hostilidad en términos de discriminación, prejuicios y tratamiento desigual del que son víctimas los musulmanes (individuos y comunidades) y su exclusión de las esferas políticas y sociales importantes. Este término ha sido inventado para responder a una nueva realidad: la discriminación creciente contra los musulmanes que se ha desarrollado estos últimos años”.
En Francia, el terreno ha permanecido minado. Esta palabra solo es parcialmente aceptada y su aparición en los debates provoca enfrentamientos francamente encendidos. En el gobierno, es usado por la ministra de los derechos de las mujeres Najat Vallaud-Belkacem, por ejemplo a propósito de las “cobardes agresiones” a mujeres que llevan el velo en Argenteuil en el Val-d´Oise. Interviniendo tardíamente después de esos incidentes, François Hollande ha preferido, por su parte, denunciar actos antimusulmanes, con ocasión de un encuentro con representantes de “asociaciones de las barriadas”, el 24 de junio. Al acudir a la gran mezquita de París para la ruptura del ayuno (del Ramadán), el 17 de julio, Manuel Valls, dirigiendo un “signo de cariño” a los musulmanes, ha seguido al jefe del estado condenando los “actos antimusulmanes en fuerte aumento”, citando el ejemplo de “ocho mujeres veladas en quince días”. Ni uno ni otro han hablado de islamofobia, como si la palabra quemara.
Este rechazo supera las divisiones izquierda-derecha. Uno de los primeros en haber lanzado la carga es el ensayista Pascal Bruckner. En una tribuna publicada en Libération el 23 de noviembre de 2003, avanzaba que el concepto ha sido “forjado por los integristas iraníes a finales de los años 70 para enfrentarse a las feministas americanas” y que “tiene por objetivo hacer del islam un objeto intocable so pena de ser acusado de racismo”. Su colega Caroline Fourest, particularmente virulenta, estima también que hay que desconfiar pues “ha sido utilizado en 1979 por mollás iranís que deseaban hacer pasar a las mujeres que se negaban a llevar el velo por “malas musulmanas” acusándoles de ser “islamofobas”” “En realidad, escribe en un artículo redactado con Fiammetta Venner en la revista ProChoix (n 26-27, 2007), lejos de designar algún tipo de racismo, la palabra islamofobia está claramente pensada para descalificar a quienes se resisten a los integristas: comenzando por las feministas y los musulmanes liberales”. Más recientemente, Thomas Legrand, editorialista en France Inter, vilipendiaba a las “histéricas de la islamofobia”.
Para responder a las acusaciones de orden histórico, dos sociólogos, Abdellali Hajjat y Marwan Mohammed, han estudiado el origen de la palabra. Llegan a la conclusión de que se trata de una invención... francesa, que se remonta a 1910 y sin equivalente en persa. Según sus investigaciones, este neologismo apareció en los trabajos de un grupo de orientalistas franceses, especializados en los estudios del islam oeste-africano. Estos “administradores-etnólogos” definían la islamofobia como un modo de gobierno caracterizado por un tratamiento diferencial fundado en un criterio religioso. Y lo denuncian. No para poner en cuestión la administración colonial sino al contrario para preservarla. En su opinión, las prácticas hostiles a los musulmanes y a su religión son algo que hay que desterrar pues impiden ganar la confianza de los interesados y “mantener el statu quo”.
No soy islamofobo, sino religiofobo”
Otro argumento oído: el termino islamofobia encerraría una forma de censura de la crítica religiosa. En nombre de la denuncia de los actos contra los musulmanes, la puesta en cuestión del islam, incluso su rechazo, sería reprobado. A Caroline Fourest y Pascal Bruckner se les suman numerosas personalidades entre las cuales está Christine Tasin, presidenta de Resistencia Republicana y participante en la página web Riposte Laïque (respuesta laica), abiertamente en guerra contra la islamofobia en nombre del laicismo. “En nombre de qué estaría prohibido tener miedo de la religión católica, de la religión musulmana, de la religión sin más, como se puede tener miedo de Mein Kampf, de la violencia, de la barbarie o incluso, como les ocurre a algunos, de los escritos de Marx?”, se indigna en un escrito de blog titulado “No, la islamofobia no es musulmanofobia”.
Para ella, los actos antimusulmanes deben ser denunciados, no las señales de hostilidad hacia el islam, lo que no le impide en otro texto “soñar” con invisibilizar a los musulmanes mismos, signo de que en su espíritu, la frontera entre los dos es permeable. En este mundo nuevo, los gobernantes, imagina Chritine Tasin, habrían “votado una ley prohibiendo la práctica del islam en nuestro suelo, la venta del Corán y la enseñanza de éste”. “Los musulmanes, prosigue, ya sean o no franceses, tendrán por tanto la opción. Si quieren permanecer en Francia, estarán en un país en el que desaparecerá toda visibilidad del islam, el velo, el kami, los mataderos que siguen los rituales, las carnicerías halal, los nombres musulmanes, las mezquitas... Los nacidos musulmanes podrán entonces libremente abdicar del islam (...) Por supuesto, habrá protestas, disturbios e incluso amenazas terroristas. El poder pondrá fin a ello gracias a su determinación sin fisuras y, si hay que sacrificar algunos extremistas para devolver a 65 millones de habitantes paz y protección, habrá que hacer saber que el ejército, destacado en cada caso de amenaza, no dudará en disparar. Es terrible, pero no habrá otra solución para calmar el juego e imponer nuestra ley”.
Esta estrategia de la distinción entre “musulmanofobia” e “islamofobia” se encuentra desplazada en las declaraciones de Veronique Genest que, por su parte, se defiende de ser racista pero asume su islamofobia. Definiéndose políticamente como de centro-derecha, la actriz ha anunciado recientemente su intención de lanzarse a la batalla de la elección legislativa parcial para representar a los franceses del extranjero como suplente del candidato reivindicado “sionista” Jonathan Simon-Sellen, antes de retirarse.
“No soy islamofoba, sino religiofoba”, declara por su parte Innna Shevchenko, la jefa de filas de las Femen, movimiento feminista nacido en Ukrania, a quien Francia acaba de conceder el asilo político. Esta militante proclama así su “odio” mostrando un umbral mínimo de tolerancia. En un tweet, que salió a la superficie cuando François Hollande desveló el nuevo sello “Marianne de la juventud” inspirado en su rostro, escribió: “¿Qué puede ser más estúpido que el ramadán? ¿Qué puede ser más chungo que esa religión?”.
Estos pocos ejemplos dan fe del hecho de que al amparo de la libertad de expresión y de crítica de las religiones, pero también de laicismo y de igualdad hombres-mujeres, derrapan numerosos discursos. De una parte considerando al islam como un solo bloque, sin tener en cuenta las diferentes corrientes que le animan. De otra parte expresando declaraciones odiosas, susceptibles de ser reconocidas como provocación a la discriminación, a la violencia y al odio hacia un grupo de personas en razón de su religión y, según ello, castigadas por la ley (art. R625-7 del Código Penal).
El antiguo fundador y presidente del Movimiento contra el Racismo y por la Amistad de los pueblos (MRAP), Mouloud Aunit, hoy fallecido, pasó un tiempo enfrentándose a las críticas. En Francia, fue uno de los primeros en haber promovido este término con ocasión de un coloquio organizado en 2003 titulado “Del racismo antiárabe a la islamofobia”. En sus palabras introductorias, presenta su nueva concepción. Para él, la islamofobia es una forma de discriminación que merece ser combatida como tal: “Somos una asociación antiracista laica: estimamos más que legítima la crítica de las religiones -incluyendo el islam- mientras ésta permanezca en el estricto dominio del debate y no de la injuria. Por otra parte, queremos inscribir esta movilización en la línea roja de la acción del MRAP, es decir en el combate contra todos los racismos. Deseamos sencillamente, mostrando claramente la realidad de esta forma nueva de racismo, crear también las condiciones que permitirán erigir pasarelas entre todas las víctimas del racismo de una parte, y quienes, no siendo personalmente víctimas, están profundamente convencidos de que todo ataque a la dignidad del individuo, cualquiera que sea el color de su piel, su nacionalidad, o su religión, es una ofensa a la conciencia humana”.
Del racismo antiárabe a la islamofobia”
No es una casualidad si la ofensiva de los defensores de la noción remonta a comienzos de los años 2000. Acompaña a un aumento de los actos específicamente contra personas en función de su religión tras los atentados del 11 de septiembre, que provocaron medidas de represalia hacia los musulmanes en particular en Europa y los Estados Unidos. Francia comenzó a medirlo tardíamente. Hasta 2009, la Comisión Nacional Consultiva de los Derechos Humanos (CNCDH), instancia encargada por el estado de reunir los datos en materia de racismo y de antisemitismo, contabilizaba las víctimas musulmanas entre las víctimas de racismo en general. Solo a partir de 2010 esas personas son objeto de un registro específico.
En paralelo, se desarrollan las investigaciones sociológicas, como Trajectoires et origines(TeO), que distinguen y articulan las discriminaciones fundadas en una supuesta pertenencia etnico-racial, y las fundadas en la pertenencia religiosa presumida. El Colectivo contra la Islamofobia en Francia (CCIF), blanco de los opositores al concepto de islamofobia, es creado en ese contexto. Mientras que la CNCDH se limita a los actos y amenazas constatadas por los servicios de policía y de gendarmería, el CCIF toma en cuenta, en su informe anual, los hechos “inventariados, verificados y clasificados” por su cuenta, sin que se traduzcan necesariamente ante la justicia. En 2012 han sido así contados 469 actos, contra 298 en 2011 y 188 en 2010, es decir, un aumento del 57,4%.
Esta subida del número de agresiones, asociada a una percepción, observada por la CNCDH, cada vez más negativa a la vez de los musulmanes y del islam hace progresivamente insuficientes las expresiones utilizadas hasta ahora, como racismo antiárabe (connotación étnica), antimagrebí (referente geográfico) y antiinmigrantes (sobreentendido no francés).
¿Y porqué no “racismo antimusulmán”? A pesar de las apariencias esta expresión es tan construida como las demás. Quienes abogan por el recurso al término de islamofobia señalan que la designación de “musulmán” es producida y difundida por los responsables políticos y los medios más que por las personas que reivindican una pertenencia al islam.
En una obra publicada en Stock en 2010, Faire des français, quelle identité nationale?, Anne-Marie Thiesse, directora de investigación en el CNRS, recuerda, por su parte, la especificidad colonial de Francia. La categoría de “musulmán” se demostraba más étnica o cultural que religiosa. Esta terminología ha dejado huellas. Muchos practicantes lamentan que su fe religiosa sea ocultada por una denominación que consideran estigmatizante. Existe el riesgo, favoreciendo los deslizamientos entre “árabe”, “musulmán”, incluso “islamista”, de dejar prosperar discursos racistas camuflados.
Para denunciar lo que han percibido como una discriminación no asumida hacia mujeres que llevan el velo, numerosos investigadores, partidos políticos y personalidades firmaron en marzo de 2012 un llamamiento para rechazar que esas personas, cuando son madres, sean apartadas de las salidas de las escuelas. Lanzado por el colectivo Todas las mamás iguales, este texto titulado “Laicismo si/islamofobia no” fue firmado, entre otros, por el sociólogo Jean Baubérot, la historiadora hoy senadora (EELV) Esther Benbassa, el exportavoz del NPA Olivier Besancenot, el magistrado Mathieu Bonduel, la cofundadora de las Indivisibles Rokhaya Diallo, el cofundador de Cedetim Gus Massiah o el filósofo Jacques Rancière.
La noción de islamofobia no es menos “imperfecta e instrumentalizable”, como reconoce Marwan Mohammed, en un seminario sobre esta cuestión en el EHESS. Es sin embargo “necesaria”. Pues, en su opinión, poner una palabra sobre una realidad social participa en hacerla existir mientras que a la inversa no nombrarla equivale a ocultar social y políticamente hechos cuya existencia es ya reconocida al más alto nivel del estado.
26/07/2013
http://www.mediapart.fr/journal/audio/islamophobie-racisme-anti-musulman-le-sens-cache-des-mots
Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR




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