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Evidencias e imputaciones
Emergencia monárquica+Debilidad republicana
05/04/2013 | Miguel Romero

Lo más interesante del barullo político-mediático a consecuencia de la imputación de la infanta (de momento, habría que decir “presunta imputación” porque no está nada claro en qué quedará el recurso de la fiscalía llamada “anticorrupción”, para más inri) es el pánico que se ha propalado vertiginosamente en el establishment ante el agravamiento de la crisis de la monarquía y los recursos que se han puesto en marcha para protegerla. Es cierto que el régimen de la Transición tiene serios problemas de legitimidad, pero sus mecanismos de supervivencia siguen funcionando. El consenso en torno a la Monarquía es, en sentido político, el más importante de ellos.

No está de más recordar que se ha hecho fuerte gracias a las complicidades que se han establecido impunemente durante todos estos años. Complicidades para construir mentiras, como toda la mitología cortesana sobre el papel del rey el 23-F, que pudo apoyarse en aquello del “el Rey como motor del cambio” que vendió la oposición, y dentro de ella destacadamente el PSOE y el PCE, en los primeros tiempos del postfranquismo y sirvió como argumento para enterrar la ruptura democrática. Complicidades, también, para anestesiar a una ciudadanía que nunca se ha atrevido a ser republicana y ha ido tragando sin rechistar informaciones que deberían haber provocado una indignación activa y masiva, particularmente sobre los negocios del rey. Recuerdo, por ejemplo, que a comienzos de los años 90, Ernesto Ekaizer publicó un libro, Banqueros de rapiña, en el que daba cuenta, cito de memoria, que cuando Mario Conde se vio con la soga al cuello del proceso que le llevaría a la cárcel, puso sobre la mesa un préstamo millonario que le había hecho al Rey para cubrirle las pérdidas que había tenido en uno de sus negocios. El Banco de Vizcaya se hizo cargo de la deuda real y a Conde le debieron decir al oído que se conformara con eso o iba a pasarlo en la cárcel peor de lo que tenía previsto. Esta información fue publicada no sólo en el libro, sino en una doble página de El País y en un sumario destacado dentro de ellas. No pasó nada de nada. Con estos antecedentes, no es extraño que el Rey haya continuado tranquila e impunemente con sus negocios y sus actividades de comisionista de los contratos que su excelente imagen de marca en monarquías/dictaduras petroleras facilita a empresas españolas. En esa escuela han aprendido Urdangarin y su señora. Aunque esta etapa de corruptelas consentidas ha tocado fondo, una monarquía reformada y absuelta de sus pecados sigue siendo un consenso fundamental de los poderes establecidos para superar la crisis de régimen.

Así se entiende que hemos pasado en un instante de la imputación de la infanta a la enhorabuena por lo bien elegido que está su abogado defensor; a destacar la torpeza del auto del juez instructor, que tampoco parece que va a escapar bien del asunto; a ensalzar el gran discurso del príncipe ante los jueces y las buenas maneras que atesora… y tantos otros lemas de argumentario que irán saliendo hasta configurar un regreso al “sentido común” monárquico, cobijo de los poderes establecidos, que tienen en la monarquía un punto de apoyo común y estabilidad compartida irremplazable.

Por más que duela reconocerlo, la fuerza que le queda a la monarquía, que es mucha, se basa en la debilidad del movimiento republicano. Dentro de unos días, el 14 de abril, habrá miles de personas en las calles de algunas ciudades. Probablemente mucha más que el año pasado. También se extiende la simpatía por la república y crece el porcentaje de personas que critica a la monarquía en las encuestas. Todo eso está muy bien, pero no está ahí el problema.

El problema está en cómo la república puede llegar a ser una causa apoyada políticamente por la mayoría de la población, lo cual es, por otra parte, una condición esencial para que pueda desarrollarse un proceso constituyente. Y si ese es el problema, hay que poner ya sobre la mesa objetivos, tareas y símbolos que muestren y generalicen la insumisión frente a la institución monárquica; no sólo, hacia ese rey de huesos frágiles y cuentas corrientes fuertes sino, también, especialmente hacia ese heredero al que están cuidando como oro en paño, porque es la carta que les queda. Desvalorizar esa carta es una tarea actual de la mayor importancia.

Utilizo la palabra “insumisión” porque lo que ha habido hasta ahora es, por activa o por pasiva, “sumisión”. Pero, en realidad, no se trata fundamentalmente de gestos y proclamas antimonárquicas, sino de ir convirtiendo un estado de opinión mayoritario que rechaza ya a la monarquía en un movimiento político que incluya a la república entre sus objetivos básicos.

Hay que exigir esta actitud y esta política a quienes se reclaman de la izquierda social y política, pero sobre todo, hay que articularlas con las tareas y proyectos actuales. Por ejemplo, cuando tanto se está hablando, y con razón, de los “programas de mínimos” para la construcción de plataformas politico-electorales unitarias, ¿no debe estar entre esos “mínimos”, y en lugar destacado, la lucha por la caída de la monarquía y la instauración de la república?

05/04/2013

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR





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