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Euskal Herria
Golpe de Estado judicial (sobre el tablero electoral)
10/03/2009 | Joxe Iriarte, Bikila

Democracias constreñidas. Las llamadas democracias liberales poco tienen que ver con la idea de “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” inscrito en los programas de los primeros demócratas republicanos. Apenas hay mecanismos que permitan la participación ciudadana en la vida política, y mucho menos en sus centros de decisión. En lo fundamental, dicha participación se reduce a unas cuantas convocatorias periódicas (convertidas en meros “ritos que perpetúan el poder”, al decir de Javier Sádaba), y su resultado apenas afecta a lo sustancial de la dirección y gestión de la economía –capitalista- (incontrolable para una ciudadanía convertida en mero consumidor de productos en su mayoría inútiles y perjudiciales para el medio ambiente); en las mismas domina la mercadotecnia, que exige a los partidos ingentes cantidades de dinero (que les convierten en dependientes de los prestamos bancarios, lo que, en parte, permite entender su presteza a devolver favores); no hay mecanismos de defensa frente la manipulación y añadiríamos, además, que determinadas leyes, como las electorales y la llamada Ley de Partidos terminan acogotando más todavía los ya de por sí estrechos márgenes de la democracia en el capitalismo. No es de extrañar que una parte de la ciudadanía se convierta en abstencionista crónico.

Y, además, ETA. En un reciente artículo de opinión publicado en El País se analizaba el terrible efecto que ejerce el miedo (a ETA) en las filas constitucionalistas (eufemismo para referirse a los defensores de una Constitución a todas luces, nacionalista española) a la hora de dar a conocer sus preferencias políticas durante las encuestas, como a la de actuar a favor de las mismas. Justo es reconocer ese nefasto condicionante que, de una forma u otra, también afecta a fuerzas del arco nacionalista vasco (ataques a batzokis, presiones y amenazas a Aralar, etc).
¿Qué peso tiene todo ello en el resultado electoral? Difícil de cuantificar y calificar, pero no forzosamente negativo para los afectados. Me explico: las amenazas, los asesinatos aterrorizan y, a veces, paralizan; pero también, superados los efectos paralizantes de los primeros tiempos, pueden y de hecho ejercen (por fortuna) en mucha gente una función aleccionadora (como ocurre también a efectos de la represión del estado, ya que a veces paraliza y otras alecciona), o sea, de acicate y rebelión. Las amenazas de ETA, sin duda, impiden a unos a presentarse como candidatos, pero a otros les impelen y empujan a lo contrario. La amenaza puede retrotraer a la hora de ir a un mitin, pero no a la hora de votar (ya que la discrecionalidad del voto esta garantizado). Es más, puede estimular a hacerlo a favor de los amenazados.
Mas difícil es cuantificar el alcance numérico de los que han tenido que emigrar a consecuencia de las amenazas (pues las cifras que dan las organizaciones de víctimas mezclan demasiados factores e inflan el número de los afectados), que algún efecto tienen en el número de votos, aunque subsanable en buena parte mediante el voto por correo u otras formulas ya en vigor.
Por otra parte, las opciones amenazadas gozan de garantías legales y policiales para poder presentarse y llevar a cabo su campaña sin grandes contratiempos, máxime, teniendo en cuenta que lo fundamental de la misma se realiza a través de los medios de comunicación (muy favorable al arco constitucionalista; basta analizar cómo han tratado a los diferentes candidatos), ámbito sobre el cual incide poco la campaña de ETA y, en todo caso, de forma favorable a los perjudicados, convertidos en noticia.
Prueba de ello es el salto cualitativo dado, gracias a ETA (aunque no sólo), por el campo constitucionalista (antes para el PP y ahora para el PSE) tras el asesinato del concejal del PP de Ermua.


Las ilegalizaciones.
El terror, además de infligir miedo y producir dolor, es antidemocrático. También lo es la llamada Ley de Partidos. No criticar a ETA puede considerarse éticamente deleznable y políticamente reprobable, pero no debería ser delito, y menos razón para ilegalizar partidos y detener a sus militantes.
Está resultando además terriblemente efectiva, sobre todo en lo electoral-institucional (en otros terrenos no me atrevo a aventurar una única hipótesis, pues aquí también puede jugar un efecto aleccionador; ya lo hizo en el pasado y se ha dado puntualmente cada vez que logra superar el cerco y presentarse). La contundencia con que se está aplicando, está logrando la expulsión del mundo de Batasuna del ámbito institucional. Por primera vez desde que decidieron participar en las diferentes instituciones autonómicas, van a quedar fuera del Parlamento Vasco (ya lo están del Navarro y de las Juntas Generales y, en breve, si la cosa no cambia, de los ayuntamientos).
Además, la represión derivada de dicha Ley de Partidos empieza a afectar directamente a las personas que forman parte del mundo de Batasuna, así como al funcionamiento de sus estructuras organizativas, resentidas por el encarcelamiento y la retirada de la escena de decenas de dirigentes y cuadros, cortocircuitando además su aparición pública. Todavía no hace muchos años, dar la cara a favor de la izquierda abertzale no costaba más que ser fichado y, en todo caso, ser ilegalizado como opción. Hoy, aparecer en una rueda de prensa de una candidatura señalada como tapadera de Batasuna, puede costar la cárcel bajo la acusación de pertenencia a ETA, aunque la imputación nada tenga que ver con la realidad (tenemos el caso de Arantxa Urkaregi, que dejó Zutik por la Izquierda Abertzale, pero nunca de ser crítica con ETA), y su paso por comisaría, siempre traumático, incluso aunque no sufra tortura o malos tratos.
Por último, además de colocar fuera de la ley y de toda participación electoral a una fuerza política importante, la ilegalización afecta negativamente al conjunto del nacionalismo vasco y su correlación de fuerzas en el terreno institucional. Así de claro.

Sobre el cambio y otros camelos. El PSE es víctima y victimario. Sufre el flagelo de ETA, pero es corresponsable (con el PP) de la Ley de Partidos, y últimamente, de su esmerada aplicación en beneficio propio. Uno se pregunta, aunque sólo sea por esta razón, cómo es posible que gentes de izquierda que no son del PSE hagan entusiástica campaña por Patxi López (quien afirma con descaro que a nadie se encarcela por sus ideas, ergo, que todo acusado de pertenecer a Batasuna o D3M es miembro de ETA y, encima, se presenta como apóstol de la integración y la convivencia) propagando que con él habrá un cambio a mejor. Máxime sabiendo que no podrá gobernar si no es con el apoyo del PP, con todo lo que ello supone.
La misma reflexión cabe, respecto a esos abertzales, euskaltzales y progresistas –que no izquierdistas, lo cual tiene su importancia- que se mojan por Ibarretxe.
La pregunta es: ¿por qué tenemos que elegir entre quienes, en lo fundamental, coinciden en la gestión del sistema imperante, –en un momento de crisis aguda- aunque disientan en lo relativo al tema nacional? ¿Es ese segundo tema lo fundamental a decidir? De ser así, no creo que la balanza debamos inclinarla del lado psocialista, como lo veremos más adelante.
No diré, como aquel revolucionario decimonónico, que, para la clase trabajadora, la democracia burguesa o formal –ó sea la nuestra- sólo nos ofrece la libertad de elegir a nuestro opresor y explotador. Mediante duras luchas trasladadas al terreno electoral se han logrado conquistas importantes imbricadas en el Estado del Bienestar (hoy en franco desmoronamiento) y, en determinadas circunstancias, gobiernos favorables a los trabajadores, aunque se muevan dentro del límite impuesto por el sistema. Asimismo merece la pena votar a candidaturas de lucha –en el caso de que las haya- que sirvan de referente y altavoz para los movimientos populares. Por tanto, el abstencionismo o el voto en blanco sólo son recomendable cuando no se puede optar por alguna de las dos variantes: gobierno de izquierda verdadera –aunque sea reformista- u opciones opositoras de lucha.
Ninguna de esas dos opciones tiene que ver, repito, con la candidatura de Patxi López. El cambio de Patxi Lopez, sabemos por experiencia lo que va dar de sí. El PSE compartió gobierno con el PNV, hasta el golpe de timón de Redondo Terreros. Ambos partidos, apechugaron juntos la época del GAL (eran tiempos donde la contaminación por terrorismo no parecía impedir acuerdos) y de la reconversión industrial (¡esa sí que produjo maletas!). Y en la CFN sus máximos dirigentes protagonizaron tales corruptelas que todavía las sufre toda la sociedad navarra.
Lo que nos ofrece el PSE es mera alternancia –que no alternativa- en la gestión del Gobierno Vasco, con plena coincidencia en lo fundamental con el actual (de hecho, han coincidido en los presupuestos y los proyectos fundamentales como el TAV, el Puerto Exterior de Pasaia, etc.), salvo en lo relativo a la calidad del autogobierno. Y en esto, desde luego no a mejor.
El PSE, se le ponga el adjetivo que se le ponga, se orienta siempre por la armonización (o supeditación) de intereses en beneficio, sobre todo, del el gobierno central. No me imagino al PSE disintiendo, aunque sea en lo mínimo, al modo catalan, sino acomodándose al modo navarro, y siempre según lo que se dictamine el centro. Lo cual, en teoría, no tiene por qué ser forzosamente malo (si lo que llega de allí es mejor que lo de aquí); pero la experiencia nos dice, en lo que a Euskadi se refiere, y en lo relativo a la cuestión nacional, lleven chuzos de punta. La prueba del algodón la tuvimos en el rechazo del Parlamento central al Estatut catalán, aprobado con apoyo del PSC y por mayoría absoluta en Cataluña. En la controversia, el PSE se alineó con el PSOE, no con el PSC. Maragall fue decapitado por Zapatero.

Y el tan cacareado pluralismo. ¿Es el proyecto de Patxi López más pluralista que el de Ibarretxe? Un pluralismo cuyos límites los marca la actual Constitución, la Ley de Partidos y la Ley de Extranjería. ¿Y la política exterior? Afganistán, Sahara... La obsesión por acabar con el hegemonismo del PNV ciega a quienes creen encontrar en el PSE alguna esperanza de cambio a mejor.
¿A santo de qué debemos lavar la cara a quien, además de no solucionarnos los problemas –sea Ibarretxe o López-, nos dará caña siempre que así lo estime? Por ejemplo, a los opositores al TAV. El PSE, al igual que el PNV, es nuestro adversario en prácticamente todos los temas en litigio. Sus proyectos energéticos, sus planes de infraestructuras, en definitiva, su modelo de desarrollo es insostenible, (los hemos citado tantas veces), y sus propuestas económicas (tras años defendiendo la privatización de las ganancias (¿nos acordamos del ¡enriqueceos! de Solchaga?) van en la línea de socializar las pérdidas. Su oferta lingüística (¿se atreverían a demandar a el PSC “castellano en libertad”, o sea, no impuesto, como parecen querer decir cuando se refieren al euskara?) no favorece a quien tiene que hacerlo -el idioma hoy por hoy minorizado-; su voluntad de pacificación y mejora de la democracia, siempre interesada y en función de los cálculos electorales. El PSE, además, ha permitido que UPN siga gobernando en Navarra.
El cambio que necesitamos vendrá por otros derroteros. Por la movilización social y política contra el sistema en prácticamente todos los ámbitos, al tiempo de que ello se refleje electoralmente en algo diferente.
Mientras tanto, no perdamos el sentido crítico y el horizonte de izquierda marcado hoy por la necesidad de enfrentarse a la crisis del sistema capitalista.

POST. Si la crisis económica (de alcance sistémico) requiere, de las fuerzas comprometidas en su defensa, unidad y colaboración, una vez más la confrontación nacional(ista) y la derivada de los intereses partidarios lo van a impedir o dificultar al máximo. Pues si algo queda claro del resultado electoral es que nada se ha resuelto, y todo se ha complicado a más no poder. Salga el gobierno que salga, y salvo un giro copernicano (por ejemplo, una alianza entre los dos partidos mayoritarios) su trayectoria será corta y problemática. Y, por desgracia, no va haber una alternativa de izquierdas que saque provecho de la situación en beneficio de los más desfavorecidos. Veamos.
1. Victoria convertida en derrota para el PNV. Ha conseguido una clara mayoría aglutinando en torno a Ibarretxe el sentimiento patrimonialista y nacionalista en defensa de la Casa del Padre, pero a costa de su socio principal, EA, que, de ahora en adelante, poco le podrá ofrecer. Además, contando todos los votos emitidos, se mantendría la mayoría nacionalista, pero la eliminación de la izquierda abertzale del Parlamento Vasco (en realidad un golpe –de Estado- judicial) ha desequilibrado la correlación de fuerzas parlamentarias de tal forma que va posibilitar al PSE la conquista de la Lehendakaritza.
Perder la Lehendakaritza, y posiblemente ser descabalgados del Gobierno Vasco. En efecto, Ibarretxe es por hoy el máximo capital político del PNV, y el más apto de sus dirigentes para abanderar la futura reconquista de la Lehendakaritza; pero es también un gran obstáculo en el caso de que optaran, aunque no parece probable, por el acuerdo con el PSE. Parafraseando la canción, “ni contigo, ni sin tí”: ese es el dilema de un PNV bicéfalo, cuyo aparato lo dirige Urkullu, pero cuyo electorado tiene por líder a Ibarretexe.
2. Por la boca muere el pez. Los paladines de la integración se aprovechan sin ningún pudor de la exclusión de la izquierda abertzale y del apoyo de la derecha revanchista para acceder al Gobierno Vasco. Con tal opción, su discurso a favor del transversalismo, el no frentismo y la gobernabilidad quedará en aguas de borrajas, por partida doble: por su dependencia del sectarismo de los populares para poder gobernar –sea en solitario o en coalición-, y por la previsible radicalización nacionalista vasca. Y, además, perderá el apoyo del PNV, adversario en la CAV y aliado en Madrid, en beneficio de quienes aquí les van a ayudar pero en Madrid pretenden darle la puntilla.
Como reflexión queda, preguntarse, por qué en Navarra, siendo segundones, prefirieron ser oposición a ser cabeza de gobierno con apoyo nacionalista, y en la CAV, siendo igualmente los segundos, rabian por dirigir o formar gobierno con el apoyo de la derecha española. La respuesta la encontraremos en los editoriales de la prensa constitucionalista, que claman por acabar ya con la hegemonía del PNV, hasta no hace muchos años aliado preferencial, cuando el enemigo a batir era la izquierda abertzale.
3. El PP, fiel a la doctrina de aquel Calvo Sotelo, famoso por su sentencia “España, antes roja que rota” (y aunque lo de roja y rota no sea más que pura metáfora que poco tiene que ver con un PSOE cuya rojez esta más que desteñida, y un PNV, que en su máxima radicalización, el famoso Plan y la famosa consulta, nunca ha pasado de ofrecer un nuevo pacto de Euskadi dentro de España, o sea, ninguna ruptura), pero también buscando su propio beneficio inmediato, aprovechará la ambición del PSE por la Lehendakaritza para ofrecerle el abrazo del oso y estrujarle al máximo. Cambios en Interior, Educación-política lingüística, y Economía, las tres preferidas del PP. ¿Por qué será?
4. Batasuna, o la extrema soledad. Aunque lejos de los doscientos y pico mil de EH, los actuales cien mil votos demuestran su capacidad de aguante ante la adversidad, pero también sus grietas y debilidades, cada vez más visibles. Es difícil saber cuántos de los votos perdidos han ido a la abstención y cuántos a otras opciones, pero reflejan un desgaste y cierta rebelión interna. Si no hay un brusco giro, y nada nos indica que vaya a haberlo, pronto estará fuera de todas las instituciones (ya solo le queda lo municipal), y con ETA en plena fuga hacia adelante que, de seguro, le traerá más represión y más aislamiento político y social. Si la única respuesta que se le ocurre es la dada por sus portavoces al poco de conocerse los resultados, consistente en la formación de un bloque soberanista-independentista bajo su dirección política, sin la mínima valoración crítica sobre el papel de ETA (el mayor obstáculo, aunque no único), no es difícil predecir que su recorrido sea más que corto. Nulo.
La reflexión reclamada por sus sectores más lúcidos (quienes afirman que “hoy, resistir ya no es vencer, sino que para vencer hay que convencer”) llama a las puertas de Batasuna. Que lo vayan a hacer es harina de otro costal y, si a la experiencia hay que remitirse, es de temer que se impongan los de “mantenerse en sus trece”.
5. EA, o la debacle anunciada. Su pretensión de ser independientes (del PNV) y convertirse en referente de los independentistas ha fracasado por partida doble. La mayoría gipuzkoana ya había avisado: hay que volver a cobijarse en la casa del padre y abandonar toda veleidad con la izquierda abertzale. Todas las hipótesis están abiertas, incluidas la de la escisión y posterior defunción del proyecto, pero también la de su readecuación a su nueva condición de casi extra‑parlamentario.
6. Al igual que en todo el estado, EB-IU sufre una grave crisis de identidad (agudizada en Euskadi por su participación en el tripartito -segunda vuelta-). A pesar de su eslogan (“el orgullo de ser izquierdas”), sus rasgos izquierdistas están cada vez más debilitados, -imposibles de restaurar con intentos fallidos como el de magnificar sus magros logros sociales como un éxito de gestión de izquierdas-; sus lazos con los debilitados movimientos sociales cada vez más escasos –sus cuadros son fagocitados por las instituciones-; y, para remate, su situación interna extremamente delicada -agravada por la burocrática gestión de la dirección, como lo han manifestado sus críticos, los que siguen en su interior y los recién salidos- Si todo ello resulta fatal para cualquier tipo de partido, resulta letal para uno de izquierdas, que se supone de izquierdas y militante.
7. Aralar, los más beneficiados. Ibarretxe se despidió de sus partidarios diciendo que en política la gloria dura un instante, y las fatigas todo lo demás. Sin duda, tenía ya la mirada puesta en lo que se le viene encima. Para Aralar es un momento dulce, de cierta y merecida euforia. Que lo aprovechen, pues pronto vendrá lo demás.
Es de reconocer que, en la CAV, ha sabido aguantar una larga travesía del desierto, en condiciones precarias y difíciles, sin renunciar a sus señas independentistas y de izquierda, poniendo el acento en las vías políticas y sociales. Su hora ha llegado merced a que las tres opciones que le disputan ese espacio (de izquierda, abertzale o izquierda abertzale), por las razones antes expuestas, han entrado en crisis (EA y EB), o se han visto con dificultades apara agarrar a todo su electorado (Batasuna). En política, nunca está garantizado premio alguno por mantenerse más o menos coherente, pero sin tal condición difícil es lograrlo, por lo menos, para los que predican el cambio de sociedad. Para los grandes partidos del sistema, la lógica es otra.
Es difícil saber de dónde le han venido los votos, y en qué cantidad (de EA, de EB, del mundo de Batasuna, o de huérfanos de opción lectoral, o de todos un poco), pero es evidente que ha sabido suscitar en dichos sectores un mínimo de atracción; lo que no es poco, dados los precarios medios con que ha contado.
El resultado le vendrá bien para lograr el empujón que necesitaban para salir del gheto. Pero no lo tienen fácil, y dependerá de diferentes factores (algunos externos, relacionados con Batasuna) y otros internos relativos su nueva singladura, ya fuerza parlamentaria de cierto peso político. De entrada, va a llamar a sus puertas gente nueva, y gente resabiada que desde hace tiempo espera un lugar donde guarecerse y, por qué no, también beneficiarse. Va a tener que elegir entre la tentación de entrar a gestionar o cogestionar áreas de poder (de hecho, ya lo hacen en la Diputación de Araba y en el ayuntamiento donostiarra), o ser un referente de lucha desde “abajo y por la izquierda” (la formula “partido de lucha y de gobierno”, auspiciada por EB y otras opciones europeas, hasta la fecha, ha terminado mal).
Y, por último, va a tener que mejorar su implantación social militante; asimismo, su estructura organizativa todavía débil en comparación al su tirón electoral. Si no equilibra lo social y lo político, lo electoral y lo militante, puede tener problemas. Lo institucional chupa muchas fuerzas, y empuja hacia electoralismo, a la vez que agudiza las tentaciones más politiqueras. La experiencia de Nafarroa Bai no es la más edificante.
A Aralar también le ha llegado la hora de la verdad, máxime si aspira a ser un eje y referente para la refundación de la izquierda abertzale sin ETA. Ahora que tiene más, más se le exigirá.
8. La abstención. Lo hemos mentado antes. Por diferentes razones, que van desde la apatía o desinterés hasta el convencimiento de que votar no sirve para nada, el llamado abstencionismo pasivo expresa un fenómeno ligado a la naturaleza de la democracia liberal. El llamado abstencionismo activo es de otra naturaleza. Y en nuestro caso, ha venido produciéndose al llamado de una orientación política, la de Batasuna. Según dicha formación haya llamado a votar o a abstenerse, los datos han variado sustancialmente.
Esta vez hay un cambio. A pesar del llamamiento al voto de oro, nulo pero constatable, la abstención ha alcanzado el 34%, claro indicativo de que una parte de la izquierda abertzale o de sus votantes ha decidido no secundar la llamada a dejar constancia de su existencia mediante el voto, y optado por la abstención como forma de protesta. Sin duda, contra la Ley de Partidos, pero también ante la opción tomada por Batasuna. Otra cosa es saber si tal protesta es sólo contra el llamamiento electoral, o si detrás hay más cosas. ¿Se mantendrá o ha sido circunstancial?



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