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Elecciones en Francia
El resultado de Philippe Poutou y el porvenir del anticapitalismo
23/04/2012 | Samy Johsua

El choque del resultado de Le Pen no debe impedir analizar otros datos. Por ejemplo los resultados del NPA. Al final, Philippe Poutou ha logrado un avance mediático y ha ganado una amplia simpatía, gracias también a la clara mejora de su trabajo. Los mitines se han llenado. ¡Tanto mejor! Esto permite felizmente sacar un balance que pone de lado un juicio sobre la persona para discutir más serenamente sobre la línea que ha defendido. Y sobre su resultado.

Si Besancenot obtenía, en 2007, 1,5 millones de votos, y el 45% de los votos a la izquierda del PS (en un contexto en el que el recuerdo de 2002 [la 2ª vuelta de las elecciones presidenciales se disputó entre el candidato de la derecha, Jacques Chirac, y el de la extrema derecha, Jean-Marie Le Pen que superó al candidato del PS, Lionel Jospin] estaba aún muy vivo), Poutou obtiene justo un poco más de la cuarta parte de esos votos y el 9% de ese total. Esto cuando la fuerza del voto útil, en relación a 2002, ha retrocedido claramente y el total de los votos de izquierda ha progresado en relación a 2007. No había nada de inevitable en una caída de una amplitud así, que es el resultado de una sucesión de decisiones políticas desgraciadas antes, durante y después de su designación.

Ha habido pues un grave error de análisis sobre lo que estaba en juego en estas elecciones. El corazón de la campaña del NPA, “el candidato obrero”, el que es “como nosotros”, puede hacer ganar simpatía, pero es un perfil incapaz de fundar una política. Sobre todo cuando todo el mundo podía sentir a su alrededor la subida catastrófica del FN. El candidato mismo explicaba que no veía bien lo que pintaba allí, ni lo que estaba en juego específicamente en estas elecciones. Cuando habría habido que llamar a un gobierno de combate, mi camarada Poutou, por su parte, remitía a la gente a su impotencia anunciando que él se “autodisolvería” si le eligieran.

La izquierda revolucionaria sale profundamente dividida de las elecciones, y el NPA en particular. En el plano electoral, ha vuelto a las aguas de 1981 (2,30 para Laguiller [Lutte Ouvrière]), cuando estalla la crisis del capitalismo. La campaña del NPA estuvo voluntariamente desfasada, pero totalmente a contratiempo de las exigencias de la situación. Atrayendo interés, pero con una influencia política inevitablemente reducida. Cuando el temor de la crisis paraliza las conciencias, cuando los odios estallan equivocándose a veces de dirección, cuando en todas partes se está a la búsqueda de salidas creíbles y coherentes, la idea de que la preocupación principal sea el rechazo de los “políticos profesionales” no golpea en lo esencial, aunque tenga su legitimidad. La cuestión no es ya quién habla (si lo ha sido alguna vez hasta ese punto) sino lo que se dice. Al final, el anticapitalismo reducido al casting (¿quién habla?) no tenía ya verdadera razón de ser, salvo de forma superficial. Y ha perdido totalmente, como es lógico, el apoyo de los militantes de los movimientos sociales, que son únicos capaces sin embargo de responder a las tareas que no dejarán de venir.

Mélenchon consigue mejores resultados de lo que se pensaba en otoño. Pero menos evidentemente de lo que esperaba el Frente de Izquierdas. Finalmente, la suma de porcentajes de la izquierda radical no supera su nivel de 2002, repartida de forma diferente, como es evidente. Una decepción, y una nueva prueba de que no es tan fácil superar solo en el plano electoral los fracasos del movimiento social. Queda que Mélenchon ha abierto salidas con un antiliberalismo radical, ha intentado dar una respuesta a una voluntad de unidad frente al social-liberalismo, y ha llevado a cabo una campaña con una dinámica de masas importante.

Esto no debe, sin embargo, ocultar desacuerdos que pueden potencialmente tener su importancia en el futuro, en una perspectiva anticapitalista. La referencia omnipresente a “La República” es ambigua en la historia del país, y no es por azar que sea reivindicada también por Sarkozy y tantos otros. Hay en Mélenchon la referencia a 1793 y a La Comuna de París. Pero también el saludo a la “presencia de Francia” en todos los continentes (dicho de otra forma, en las últimas colonias), a la política de Estado a la manera gaullista, a una alianza directa con bellas democracias como China y Rusia, a la venta sin escrúpulos de armas “francesas”, al mantenimiento de la disuasión nuclear, mas las tentaciones fluctuantes sobre el proteccionismo.

Esto elimina en absoluto la evidente muy amplia zona de acuerdos entre los ejes anticapitalistas y el programa del Frente de Izquierdas. Ha sido atacado con todo tipo de armas por los liberales arrogantes, sentados en sus certezas. Y sin embargo es insuficiente en ciertos puntos para hacer frente a enemigos cuyo poder no puede ser subestimado. Por ejemplo, se planteará la cuestión de una moratoria inmediata de la devolución de la deuda si no se quiere dejarse asfixiar como el pueblo griego, y por tanto la cuestión de la apropiación social completa de las herramientas financieras. Sobre todo, lógicamente, la gran ausencia de la campaña del Frente de Izquierdas -enteramente centrada en la “revolución por las urnas”- fue la del alcance autónomo del movimiento social (y de los movimientos sociales en su diversidad). Y se ve que no es tan fácil avanzar en el plano electoral sin el motor de la movilización puramente social. Mélenchon anuncia, con razón, la necesidad de la resistencia a los mercados que no dejarán de atacar incluso las débiles veleidades de Hollande si es elegido. Pero ¿cómo hacerla, una vez pasadas las elecciones, si no es, primero en la movilización de calle y el combate social llevado hasta el término de su lógica más allá de las habituales dudas de las direcciones? Esta pregunta estará en el corazón de los debates que vienen y será planteada, por necesidad, bastante más allá de los círculos anticapitalistas.

¿Y ahora?

Queda librarse de Sarkozy derrotándole lo más ampliamente posible por un voto Hollande. Coloquémonos resueltamente en la perspectiva optimista, la de la derrota indispensable del presidente saliente.

Un punto fundamental es que más allá del resultado, quizá decepcionante para el Frente de Izquierdas, la campaña de Mélenchon ha dado fuerza a la voluntad de que se reagrupe una “verdadera izquierda”. Y las multitudes que se agolpaban masivamente en los mitines esperan que esta esperanza tenga prolongación. Incluso si se ven claramente las dificultades que se presentan. Desde hace ahora 15 años, los anticapitalistas afirman su disponibilidad para una tal unidad a condición de que no sea liquidada en una nueva alianza dominada por el PS. Punto nuevo y muy positivo, a la vez el Partido de Izquierdas y -sobre todo- el PC dicen haber tomado conciencia del peligro corrido en agarrarse al carro de una nueva “izquierda plural”, y de que los programas de Hollande y el de los antiliberales no son compatibles.

Ciertamente hay que ser prudentes en esta materia. ¡Nos hemos acostumbrado hasta tal punto a que la verdad de hoy no sea siempre la de mañana! Las sirenas de una nueva unión de la izquierda no han perdido toda su seducción, sobre todo en la perspectiva de legislativas que serán bastante más difíciles de lo esperado. Sin embargo, si todo esto se traduce en una alianza con el PS, son evidentemente las propias promesas antiliberales las que quedarán condenadas de forma duradera. Pero si la opción de la separación se confirma (y si no es desviada luego, por ejemplo, votando en la Asamblea a favor de la moción de confianza a un gobierno PS/Europe Ecologie, aunque cuente con una mayoría absoluta) entonces por supuesto la razón principal que impedía un acercamiento duradero estará levantada.

La decisión de los anticapitalistas debe ser ponerse en medida de participar en los bloques políticos y sociales con las fuerzas y sectores que estarán en el rechazo de la política de Hollande, si éste triunfa. Si el previo de las relaciones gubernamentales con el PS está levantado, el espacio de una recomposición así será el de un debate principalmente con el Frente de Izquierdas. Éste no debe seguir siendo un cártel, estrechamente controlado por arriba, como ocurre hasta hoy. Debe comportar una estructuración perenne en la base, lo que va parejo con la posibilidad de colaborar en ese bloque por adhesiones directas, y la representación de esas estructuras de base en instancias locales y nacionales. Es por otra parte del interés de todo el mundo que exista una alternativa ecosocialista y anticapitalista que se afirme. Componente para la que, si es justo combinar la batalla en el seno de las instituciones existentes, la experimentación social transformadora, las movilizaciones extraparlamentarias, estas últimas siguen siendo un marco prioritario dando la posibilidad de que “la emancipación de los trabajadores (sea) obra de los propios trabajadores”, en un enfrentamiento inevitable con un enemigo que concentra el poder económico, político, ideológico y represivo.

El NPA está ante una decisión vital para que la influencia de la izquierda revolucionaria (que no se limita felizmente al resultado de Philippe Poutou y de Nathalie Arthaud) no sea aún más debilitada y definitivamente esterilizada. Con ocasión de su próxima conferencia nacional (convocada para los días 7 y 8 de julio), debe tomar resueltamente otra ruta. Cuando la amenaza Le Pen se hace aún más acuciante, lo que él mismo ha puesto como condición para un reagrupamiento está posiblemente a punto de realizarse. No es cierto todavía, es verdad. Pero si esto se confirma, debe sin más esperar salir del aislamiento en que se ha encerrado cuando la extrema derecha está en ascenso. En la prosecución de su proyecto fundador, le es preciso trabajar al mismo tiempo en construir una nueva formación con todos los anticapitalistas, desgraciadamente hoy de nuevo demasiado dispersos. Una maldición de la que habrá que librarse algún día. Una nueva formación, pues, en el interior de un amplio bloque unitario, político y social, contra la austeridad tanto de derechas (si a pesar de todo Sarkozy logra ganar) como de izquierdas. Lo que sigue al escrutinio impone este doble reagrupamiento frente a los temas de la resistencia a la crisis capitalista y a la política muy probable de Hollande si es elegido. Puede marcar una inflexión en Europa, mostrar una vía nueva y abrir al fin otras posibilidades que las de la letanía de las derrotas y los retrocesos.

23/04/2012

Samy Johsua es militante del NPA.


http://blogs.mediapart.fr/blog/Samy%20Johsua


Traducción: Faustino Eguberri para VIENTO SUR



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