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20-N
Pasado y presente
22/11/2011 | Joxe Iriarte, Bikila

20-N, fecha emblemática donde las haya. El 20-N de 1975 murió Franco en la cama. Justo un año después, la Guardia Civil (nos) detuvo en Arantzazu a todos los participantes en el congreso de LCR-ETA-VI, que al poco pasaría a denominarse LKI. Nueve años después, en 1984 asesinos (del GAL) a cuenta de los fondos reservados, asesinaron a Santi Brouard en su consulta. Y en 1989, la extrema derecha atentó contra la delegación parlamentaria de HB en Madrid, matando a Josu Muguruza e hiriendo gravemente a Iñaki Esnaola.

Cada uno de esos 20-N guarda su propio significado, pero tienen entre sí indudables concomitancias. La muerte de Franco fue un acontecimiento histórico largamente deseado por los perdedores de la guerra civil y las nuevas generaciones, y creíamos que marcaría un definitivo, un antes y un después; resultó una discontinuidad y no una ruptura. Lo de Santi y Iosu, asesinatos realizados por mercenarios y nostálgicos del dictador, mostró la persistencia de lo viejo enquistado en lo nuevo, patentiza que la sangre vertida en la transición salpica a muchos lados, revela lo complejo que es el victimario del/os terrorismo/os, y lo falaz que es asignar a unos la cualidad de mártires de la democracia y a otros, en el mejor de los casos, no se sabe de qué.

Lo de Arantzazu nos retrotrae a una época de grandes esperanzas, posteriormente frustradas; nos recuerda, que ya entonces y a pesar de haber muerto el dictador, unos (PNV, PSOE, y por supuesto UCD) además de recibir dinero y ayudas de todo tipo (tanto desde el interior como del exterior), gozaban de una permisividad que otros no teníamos, con una policía siempre en los talones para atizarnos con contundencia.

En todo caso, la fecha da pie para reflexionar sobre cómo se ha desenvuelto nuestra historia.

Y el 20-N del presente año, elecciones generales al parlamento de Madrid. Zapatero, sabedor de que la que derechona iba a volver a la Moncloa, escogió quizás tal día para alertar y escenificar una vuelta al pasado, a la época de las cavernas. Felipe González ya lo intentó con los famosos dóberman. Argucias electorales aparte, el pasado franquista nunca desapareció, está presente en el propio sistema formando parte de su ADN (coincido con el filosofo John Browm cuando afirma que “la constitución del 78 (…) permite mantener bajo formas democráticas la continuidad del régimen franquista”), si bien su fuerza suba o baje dependiendo de las mareas electorales.


Si Franco resucitase.
Cierto es que de entrada no reconocería a fisonomía la España actual: ETA ya no funciona; existen comunidades autónomas cada una con sus bandera; estamos dentro de la OTAN y formamos parte de la Comunidad Europea, y el capital propio no demanda un cerrado proteccionismo, sino apoyo para operar en un mundo globalizado; los partidos políticos son legales (salvo los considerados cómplices del terrorismo separatista) y la prostitución se anuncia hasta en la prensa más conservadora. Pero al igual que ocurre con los dialectos de un mismo idioma, lo que al principio suena o parece extraño, el oído termina acostumbrándose a ello, y a pesar de las diferencias fonéticas y gramaticales, entendiendo todo o casi todo.

Hoy siguen mandando las mismas oligarquías económicas con los mismo apellidos; se sigue construyendo sin más límite que el que impone el mercado; la patronal ha reconquistado casi el mismo nivel de impunidad y privilegio que el que tuvo con la dictadura; la iglesia sigue pintando más que dios; la única nación reconocida sigue siendo la española, y el ejercito sigue siendo garante de la unidad de la patria y del orden dentro de ella; la Audiencia Nacional exculpa a unos guardia civiles condenados por tortura por la Audiencia provincial de Gipuzkoa; etc.
Y si la pretensión del dictador de dejar su legado “atado y bien atado” no se cumplió al cien por cien, fue porque sus sucesores resultaron ser lo suficientemente habilidosos para cambiar lo secundario en beneficio del mantenimiento de lo principal. Habían aprendido de la Revolución de los Claveles de Portugal.

Pudo ser de otra forma. Los trágicos acontecimientos de Montejurra, del 3 de Marzo en Gasteiz, las HG de Barcelona, la masacre de Atocha... daban pie para impulsar una verdadera ruptura democrática. Pero la habilidad de los nuevos políticos reformistas para atraer a una parte de las llamadas fuerzas antifranquistas (sobre todo, por las ganas que éstos tenían de participar en el botín sin grandes quebrantos y sobresaltos) dio sus resultados.
Cuando apostillo “bajo formas democráticas” estoy refiriéndome a la diferencia existente entre democracia formal y democracia real, tal como se denuncia desde el M- 15. Pero también al bipartidismo instaurado conforme la transición se estabilizó a escala estatal, y que prostituye y adultera todavía más el concepto democracia. El bipartidismo, tal como lo describe Santiago Rico Alba, “permite ocultar que lo que llaman pomposamente democracia; es un proceso trampeado por una ley electoral que sólo permite gobernar a dos grandes partidos. Los cuales, en los temas intocables (monarquía, estructura económica, intereses militares OTAN) siempre trabajan unidos, sin fisuras. Es un bipartido que se alterna para dar sensación de cambio.”

O sea, que ganara quien ganase (fuera el PP o el PSOE) no cambiaría nada sustancial. Prueba de ello es la consigna central del PSOE en Euskadi, que ha sido: “Rubalcaba no es lo mismo que Rajoy”. Prueba de que consideraba que sus votantes no lo íban a ver lo suficientemente claro como para motivarse y pelear por el cambio de sino de las encuestas… Al fin y el cabo, se apoyan mutuamente en los gobiernos vasco y navarro. Por algo será.
Y es que, como dice cierta canción, “No es lo mismo, pero es igual…”
Resultado de todo ello es lo que evidencia el sondeo del CIS publicado el pasado cuatro de noviembre: que a “la mayoría de los españoles (hasta un 76,7%) no le interesa en absoluto la política, mientras que sólo un 7,6% declara sentir mucho interés por ella, y apenas un 25,4% bastante”. Razón por la cual, Santiago Rico Alba concluye que “la desconfianza hacia políticos, partidos e instituciones se ha convertido en el suelo geológico de nuestra vida cotidiana”. Desconfianza que se agudiza todavía más a la luz de lo que esta ocurriendo con la crisis económica. Todos los gobiernos, elegidos o no mediante las urnas, son rehenes de los gestores del capital, que son quienes ponen y deponen, según sus necesidades. Antes montaban golpes de Estado al estilo de Chile. Hoy basta decir “¡han perdido la confianza de los mercados!” para que caigan gobiernos, o para obligarles a cumplir a pies juntillas sus dictados. Que es lo que ha hecho Zapatero.

Dos excepciones. La primera, viene del 15-M. Este movimiento está intentado, con cierto éxito, que la desconfianza en los políticos, los partidos y las instituciones se convierta en oposición activa. Aunque de momento, en opinión de Santiago Rico Alba, ello “se refleje escasamente en los comicios, pues quedará absorbida, de manera dispersa, en abstención, voto en blanco y apoyo consciente a fuerzas minoritarias ”.
La segunda, viene del doble hecho de que en Euskal Herria, la confrontación existente en la relativo a la cuestión nacional invalida el bipartidismo existente a escala estatal (y en eso se coincide a cierto nivel con Galicia y Catalunya), y la confrontación en los ámbitos socio-económicos y medioambientales (que han producido movilizaciones, luchas y varias huelgas generales) añade un contenido antisistema a dicha confrontación; a resultas de lo cual, una franja importante de la población apoya a las opciones de izquierda-abertzale y soberanista, quienes, en la actualidad, se han agrupado en lo sustancial dentro de la coalición electoral Amaiur.
De todas formas, coincido con Miguel Romero cuando opina que “la política de la izquierda, incluyendo la política electoral, sólo vale en la medida en que sirva para fortalecer ese fundamento (la acción de los movimientos sociales) y tiene que justificarse ante él”. Y está por ver cómo afectará todo ello a los conflictos que se avecinan.
Desde un punto de vista de la izquierda alternativa, si bien tendrá su importancia el resultado electoral de Amaiur, lo verdaderamente importante residirá en cómo incidan esos resultados en la movilización y confrontación antisistémica.

Sucedió lo previsto. El PP ha apabullado al PSOE logrando la mayoría absoluta (186 escaños), y éste desciende al nivel más bajo de su historia (111 escaños). Sin embargo, hay que señalar que el tsunami del PP ha sido contenido ante las tierras vascas al chocar con el tsunami de signo contrario protagonizado por la izquierda abertzale, con resultados discretos en la CAV y tirando a malos en Nafarroa.
Tal como hemos constatado en anteriores artículos, la esperada y esperemos que definitiva desaparición de ETA abre las últimas compuertas a la riada abertzale de izquierdas, que ahora con siete parlamentarios alcanza la primera posición relativa, al tiempo que se disparan todas las especulaciones de cara a las próximas autonómicas.
En cuanto a la participación, evidencia también el constratse ya que, si bien baja en el Estado español, sube en Euskal Herria. Una vez mas la derecha (aunque su resultado en escaños apabulle) gana sobre todo por la fidelidad de su electorado más que por crecimiento; mientras que el referente de izquierdas español se derrumba desmoralizado, pues la importante subida de IU (que no obstante pierde la gran oportunidad para dar un salto cualitativo a expensas de la debacle del PSOE), no compensa el batacazo. En Euskal Herria, el aumento se explica por lo dicho anteriormente sobre el fin de ETA, pero también porque los anteriormente impedidos esta vez han podido incorporarse a la carrera electoral, sobre todo su sector juvenil, que por diferentes razones no participaba.
Nafarroa merece un capítulo particular, pues el bloque institucionalista-navarrista -UPN-PP, PSOE- baja, y el abertzalismo de izquierdas sube merced a Amaiur y Geroa Bai (que in extremis ha logrado obtener un escaño a costa de UPN, lo cual es para alegrarse).

Desideratum final. Han callado unas armas. Felicitémonos. En las declaraciones posteriores a la emisión del voto, el lehendakari Patxi Lopéz afirmó que están eran “las primeras elecciones sin ningún tipo de amenazas ni extorsiones”. Se refería, claro, a ETA. Sin embargo tales declaraciones ni siquiera contienen una media verdad, si tenemos en cuenta la permanente extorsión que sufre la ciudadanía por parte del capital y sus múltiples mecanismos (por ejemplo, las primas de riesgo, que de un plumazo dan pie para la subida de intereses a cargo del erario publico; o el chantaje de la patronal sobre los trabajadores) por no hablar de las múltiples amenazas que estamos sufriendo a todos los niveles.
El capitalismo y sus instituciones económicas y políticas nos han declarado la guerra (social, de clases); y hay que responderles al mismo nivel. En todos los frentes. A escala local, nacional e internacional. Cierto es que surgimiento del 15-M es un importante acontecimiento (con dificultades para continuar con el impulso inicial y para lograr en Euskal Herria la fuerza que tiene en otras latitudes del Estado español); que los sindicatos están saliendo en defensa de la sanidad y la enseñanza pública; que algunos partidos de izquierda están articulando programas de respuesta, etc.; y que están recibiendo un amplio apoyo popular. Pero no es suficiente.
Espero que mi voto (dado a Amaiur) dé sus frutos cuando nos reunamos en la plaza pública, o irrumpamos en la calzada o, incluso, levantemos barricadas. Ocurrió en Francia. Está ocurriendo en Grecia e Italia. En Madrid, la Puerta del Sol tuvo su primavera eclipsando la tórrida modorra de las Cortes españolas; y en Barcelona sus señorías vieron bruscamente interrumpida su placida actividad parlamentaria a las mismas puertas de la institución. Recuerdo que una vez los currelas de Nervacero ya ocuparon el Parlamento Vasco.
¡Que cunda el ejemplo!


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