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El espectáculo de la Cumbre Mundial del Microcrédito en Valladolid
Un ejemplo de la pérdida de rumbo en la cooperación española
15/11/2011 | Carlos Gómez Gil

En plena crisis de la deuda, España acoge la Cumbre Mundial del Microcrédito, un auténtico sarcasmo si no fuera por la huida hacia delante que vive la cooperación española desde hace tiempo y que toma cuerpo en el espectáculo que la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) financia por todo lo alto en Valladolid estos días, de espaldas a la realidad del microcrédito y al propio sentido común.

De hecho, en el último año, los microcréditos se han visto sacudidos por un buen número de sucesos que han evidenciado su fragilidad instrumental junto a los riesgos derivados de su utilización indiscriminada. Así, se han conocido miles de suicidios en Bangladesh e India de personas desesperadas por no poder pagar las deudas contraídas; al tiempo que algunas investigaciones empíricas han comenzado a cuestionar con rigor buena parte de las cifras falsas que se venían ofreciendo para avalar su éxito.

Mientras tanto, se han conocido importantes movimientos especulativos en algunas destacadas instituciones microfinancieras que han obtenido beneficios multimillonarios de sus supuestas actividades filantrópicas a favor de los pobres; llegándose a legislar de forma muy restrictiva en el estado indio de Andhra Pradesh contra las prácticas indiscriminadas vinculadas a los microcréditos; creciendo en países como Bangladesh, India, Nicaragua, Pakistán y Bolivia un movimiento contra la devolución de préstamos inadecuados. Y como colofón de todo ello, el gobierno de Bangladesh decidió cesar a Muhammad Yunus de forma fulminante al frente del Grameen Bank por prácticas irregulares descubiertas por la Agencia Noruega de Desarrollo (NORAD), al desviar a cuentas de un paraíso fiscal recursos por valor cercano a los 100 millones de dólares donados por diferentes agencias internacionales de desarrollo destinadas a dar microcréditos a los pobres en Bangladesh. Lo llamativo es que esta especie de falso Mesías alegó para su descargo que lo hizo para eludir el pago de impuestos en su país, alguien que recibió el Premio Nobel de la Paz en el año 2006 por sus supuestos esfuerzos a favor del desarrollo económico y social de los pobres, pero que no oculta defraudar impuestos para el Estado en el que trabaja y apoderarse de recursos ajenos. Toda una metáfora de los tiempos que vivimos.

Pero la propia Cumbre del Microcrédito que se celebra en Valladolid, inaugurada por todo lo alto por la Reina y por las máximas autoridades del Ministerio de Exteriores y de nuestra cooperación, es un auténtico disparate organizativo con detalles que bordean lo esperpéntico, demostrando hasta que punto las políticas de cooperación se ha podido convertir en algunos campos en un simple espectáculo mediático caricaturesco.

Para empezar, la propia elección de Valladolid como lugar que acoge la cumbre se debe a algo tan prosaico como ser el lugar al que pertenece la responsable de la Secretaria de Estado de Cooperación Internacional, la socialista Soraya Rodríguez, quien se presentó como candidata a alcaldesa por el PSOE hace cuatro años, perdiendo contra el popular León de la Riva.

Años después considera que su ciudad debe sentir la fuerza de su poder, montando allí esta cumbre. Pero aunque la Agencia de Cooperación española, AECID, es la principal financiadora de la cumbre con cantidades que se acercan al millón de euros, quien realmente tiene la propiedad sobre la marca de la cumbre y quien la organiza en todos sus extremos es una empresa privada norteamericana, a quien la AECID le inyecta el dinero pero sin que pueda mover un papel sin contar con su autorización. Llama la atención la trayectoria profesional de algunos ejecutivos norteamericanos responsables de esta cumbre, que han llegado a trabajar para Goldman Sachs o JP Morgan, instituciones con un historial en las antípodas de lo que aparentemente pretenden los microcréditos.

Otros muchos detalles sobre esta cumbre demuestran la pérdida de sentido de la realidad que han alcanzado los responsables de la cooperación española. Basta con señalar que se lleva al mencionado Yunus, persona que ha cometido gravísimas prácticas al frente del Grameen Bank antes de ser expulsado del mismo, como si de un verdadero santo se tratara, hasta el punto de montarse con él un encuentro multitudinario en un polideportivo de Valladolid al que se llevarán a miles de jóvenes en horario lectivo para que vean y escuchen a este personaje, como si fueran de peregrinaje para ver al Santo Padre.

También se le monta una grandiosa exposición de fotografía, cuyo coste asciende a 60.000 euros, aunque eso sí, pagado por la cooperación española, para mayor gloria de Yunus. Posiblemente, todos estos hechos sean los que hayan llevado a que el embajador español designado por el Gobierno para la Cumbre del Microcrédito, Carmelo Angulo, dimitiera pocas semanas antes de su inauguración por profundas “discrepancias” con la Secretaría de Estado de Cooperación y la AECID, un hecho verdaderamente insólito.

Sin embargo, a lo largo de esta Cumbre no se podrá escuchar una sola palabra, oír a un solo investigador o leer un solo estudio que de forma empírica se atreva a cuestionar ninguno de los falsos principios sobre los que se ha construido la religión del microcrédito, basado en una fe muy particular, pero distante de la razón, del conocimiento y de muchas de sus cuestionables prácticas. Bueno es, por tanto, que insistamos en la necesidad de someter a una revisión profunda algunos de los ejes sobre los que se han extendido los microcréditos para conocer mejor sus potencialidades, pero particularmente sus riesgos.

La ideología del microcrédito se ha basado en ofrecer el endeudamiento masivo de la población más vulnerable como la solución idónea a los problemas de pobreza y subdesarrollo en el mundo, una muestra extrema de libertad y progreso, como con frecuencia señalan algunos de sus defensores. Sin embargo, más bien parece que asistamos a un proceso de extensión de la economía bancaria y financiera entre los sectores más pobres del planeta, curiosamente los que han estado excluidos de la misma hasta la fecha. Difundir la idea de que los pobres pueden gastar indefinidamente más de lo que realmente tienen genera una falsa comprensión de las verdaderas causas de los desequilibrios sociales y económicos en el mundo y de la manera más adecuada de abordarlos, pero también de la compleja arquitectura global por la que se avanza. De esta forma, los microcréditos se han extendido sobre la idea de que es el mercado, en este caso el mercado bancario, quien tiene que encargarse de la pobreza, siendo el mejor instrumento para reasignar óptimas condiciones de vida para los pobres del planeta. Con ello se transforman las políticas mundiales de cooperación en una simple inserción de los países en desarrollo en un liberalismo económico asimétrico que ha generado tan colosales desigualdades en el reparto de los ingresos y en el acceso a los bienes públicos esenciales.

A la luz de estos cimientos teóricos se ha construido una morfología en muchos casos cuestionable sobre los microcréditos que genera no pocas deficiencias en su utilización indiscriminada como instrumentos de desarrollo. Argumentar, como se hace, que contra la pobreza no hay nada mejor que los microcréditos rompe con el compromiso político y moral de la ayuda al desarrollo, pretendiendo encubrir las verdaderas causas que están en la base de la pobreza y el subdesarrollo en el mundo, convirtiendo a los pobres en responsables últimos de su situación. Al mismo tiempo, sirve para anular las políticas de cooperación internacional, transformándolas en políticas de bancarización y convirtiendo la pobreza inmensa en deuda eterna, ya que a mayor número de pobres mayor número de créditos concedidos, con lo que aseguramos una clientela prácticamente ilimitada.

La transformación de pobreza en deuda, como pretenden no pocos defensores de los microcréditos, se apoya en un darwinismo social bajo el cual, aquellos que estén en situación más precaria y vulnerable, lo están porque no han querido o podido endeudarse. Es el avance de una cultura basada en el dinero donde todo tiene un precio, generando una “monetarización de la pobreza” que rompe las redes de solidaridad tradicionales. Es la esencia del neoliberalismo, que sostiene una situación imaginaria bajo la cual, toda aquella persona que quiera, puede salir adelante y prosperar en una economía de mercado hecha para emprendedores y valientes. Claro que esta máxima no sirve en una sociedades profundamente desiguales, donde las condiciones de partida no son las mismas para todos, ni tampoco lo son los medios disponibles; en mucha menor medida para dos terceras partes de la población mundial que viven en una situación de pobreza extrema, sin tener cubiertas las necesidades básicas más elementales.

Por el contrario, el endeudamiento hace mucho más vulnerable a quienes menos tienen, acentuando su precaria situación y su necesidad acuciante de comida, educación, salud básica o atención social, ya que al asumir un crédito se exponen a una mayor inestabilidad vital. Sin tener satisfechas unas necesidades elementales, un crédito significa someterse aún más a las inclemencias sociales y dedicar su vida a satisfacer las deudas asumidas para no acabar estigmatizado y repudiado por su comunidad.

Mucho más delicado aún es su impacto sobre la mujer. Pretender que las mujeres sean clientes privilegiadas de los microcréditos es aumentar la responsabilidad que ya tienen sobre sus espaldas e intensificar las situaciones de abuso que se mantienen en muchas sociedades sobre todas ellas, en tanto que son las que con su esfuerzo, trabajo y preocupación vienen luchando por mantener a sus familiares y parejas. Para muchas mujeres, asumir microcréditos supone una sobrecarga añadida en sus ocupaciones domésticas, ya de por sí enormes, elevando las tensiones en el cuidado y la educación de sus hijos, convirtiéndolas en endeudadas simplemente para alimentar, cuidar, alojar, educar y vestir a ellas mismas, a su descendencia, a sus parejas, maridos, esposos, e incluso a la familia suya o de su compañero. No es por ello casual que buena parte de los microcréditos otorgados a mujeres de escasos recursos supongan una extensión más de sus actividades domésticas y familiares, lo que se refleja en la naturaleza de los proyectos puestos en marcha por ellas, esencialmente vinculados a la cocina, la costura y las labores del hogar. Suponen así un elemento de transmisión de elementos de dominación de género.

Con frecuencia, los microcréditos se nos presentan como instrumentos repletos de virtudes y de éxitos a pesar de que todo ello está aún por demostrar. Cierto es que el mayor éxito de los microcréditos se ha situado, hasta la fecha, en la articulación de propuestas alternativas que permitan proporcionar mecanismos financieros nuevos a disposición de los sectores más desfavorecidos en países del Sur. Sin embargo, es necesario todavía un trabajo mucho mayor en la puesta en marcha de fórmulas solidarias, avanzadas y capaces realmente de apoyar a sectores alejados del acceso a la financiación, sin la gravosa carga de la deuda que estos grupos sociales no pueden asumir como una nueva y pesada losa en su ya esforzada vida. Posiblemente tengan que explorarse nuevas fórmulas de economía social, formas comunales de producción, sistemas avanzados de cooperativas y sociedades productivas, medidas para fomentar empleo desde municipalidades, aldeas y comunidades rurales en países del Sur. En definitiva, fórmulas nuevas para generar desarrollo que no pasen necesariamente por el endeudamiento y el empobrecimiento generalizado como único designio hacia el que todos parece que avanzamos inexorablemente.

Carlos Gómez Gil (cgomezgil@ua.es), es doctor en Sociología, Profesor de la Universidad de Alicante y especialista en políticas de cooperación al desarrollo.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=139395





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