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Turquía
Pese a la mayoría absoluta, Erdogan no tiene vía libre para su proyecto
15/06/2011 | Tino Brugos

Las elecciones celebradas el 12 de junio en Turquía han significado un importante triunfo electoral para el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Tayip Erdogan. De este modo obtiene su tercer mandato con una aplastante mayoría absoluta al alcanzar prácticamente el 50 % de los votos, superando así los resultados de convocatorias anteriores. Sin embargo, este dato no significa que el AKP haya logrado cubrir todos los objetivos que tenía planteados en esta campaña ya que su máxima aspiración se centraba en alcanzar los dos tercios del parlamento para poder proceder a una reforma constitucional sin tener que acudir a un referéndum y, por lo tanto, negociar previamente el contenido de la reforma con el resto de fuerzas opositoras.

AKP: neoliberalismo e islamismo

En diversos medios de comunicación se ha presentado al partido de Erdogan como un modelo de éxito que ha logrado sacar a Turquía de una situación de crisis que se remontaba a varios decenios anteriores. En la práctica, lo que ha funcionado ha sido un modelo peculiar de aplicación de las recetas neoliberales en un contexto que venía marcado por la existencia de importantes déficits democráticos.

La actual democracia turca tiene su origen en el modelo diseñado por los militares tras el golpe de estado de 1980 que se saldó con miles de detenidos y cientos de activistas asesinados. Fue la respuesta brutal ante un ascenso de las luchas populares iniciadas por la generación de 1968. Como consecuencia los sectores populares resultaron duramente golpeados y se abrió una fase de recomposición que atravesó la década de los noventa. En aquél contexto las amenazas más significativas para el estado turco procedían de la guerra que se desarrollaba en Kurdistán y en el ascenso de las fuerzas islamistas que, como el partido Refah, cuestionaban el modelo laico impuesto por Mustafá Kemal tras la I Guerra Mundial.

En 1996 Erbakan, dirigente del Refah, formó un gobierno de coalición que pronto entró en conflicto con los militares quienes, mediante un golpe técnico de estado, lograron derribarle un año después. Como consecuencia, el Refah fue ilegalizado y algunos de sus dirigentes, como Erdogan que ejercía de alcalde de Estambul, fueron a la cárcel.
En el año 2002 Turquía sufrió un colapso económico que obligó al país a ponerse bajo el control del Fondo Monetario Internacional que determinó un duro programa de ajuste con privatizaciones de empresas del estado y liberalización de la entrada de capital exterior. En un país acostumbrado a elevadas tasas de inflación y a un índice de paro que se saldaba con la emigración masiva de trabajadores a Europa, se impuso un cambio de rumbo político que vino marcado por la aparición del AKP.

Tras salir de la cárcel Erdogan reunió a un sector del viejo partido islamista para crear el AKP, que se definió como un partido de inspiración islámica y conservador, de forma análoga a los partidos demócrata-cristianos europeos. El deseo de cambio político hizo que su ascenso fuera fulgurante llegando al poder en el año 2002. Desde entonces la política económica de Erdogan se ha basado en la estricta aplicación de las recetas neoliberales. Ha logrado captar un nivel significativo de inversiones que han permitido a Turquía incrementar el volumen de exportaciones (textil, frutas, verduras, minerales, automóviles). Los datos macroeconómicos referidos a la renta han mejorado, pero esto no puede ocultar la existencia de una tasa de paro que ronda el 15% y que supera el 20% entre la población joven. Todo ello en un país en el que la actividad sindical está muy controlada por el estado y donde la represión se ceba de inmediato sobre cualquier sector que opte por la resistencia. Aunque Turquía es formalmente un país democrático, no hay que olvidar que hasta hace pocos años se sucedían las detenciones arbitrarias, la ilegalización de partidos y sindicatos, el cierre de periódicos así como la desaparición forzosa de activistas, fundamentalmente kurdos. Solo teniendo en cuenta estas circunstancias se puede hablar de éxito. En la actualidad Turquía vive en medio de una burbuja económica que ha generado una sensación de euforia debido a la existencia de créditos fáciles que impulsan el incremento del consumo a partir de las importaciones y el endeudamiento.

La cohabitación del AKP con los militares

Aunque en la definición política del AKP priman los valores conservadores, el reconocimiento de una inspiración islámica ha sido una fuente de suspicacias continuadas durante todos estos años. Se han sucedido denuncias de complots militares para derribar a un gobierno que es percibido por los sectores laicos como una amenaza, puesto que se le acusa de tener una agenda oculta para proceder a la reislamización de Turquía. En el plano político el partido tradicional, el CHP, ha agitado a la población con diversas campañas para defender el estado laico.

Lo cierto es que la apertura de negociaciones para la incorporación de Turquía a la Unión Europea (año 2005) y la existencia de los llamados criterios de Copenhague, que fijan las condiciones políticas que deben darse en Turquía para que ese proceso tenga un contenido real, funcionan como un muro que impide a los militares intervenir en temas políticos como han venido haciendo tradicionalmente en la historia del país. No es viable hoy un golpe militar a la vieja usanza, un elemento que permite a Erdogan gobernar con cierta tranquilidad puesto que cualquier amenaza a su gobierno supondría de inmediato el bloqueo de las aspiraciones turcas sobre Europa.

Por su parte la Unión Europea ve múltiples ventajas en el actual modelo turco. Además de ser un fiel seguidor de las recetas neoliberales, Turquía puede jugar múltiples cartas en el contexto regional: puente hacia las repúblicas turcófonas de Asia Central, modelo laico frente al ascenso de los fundamentalismos y, ahora, modelo democrático de cara a las revoluciones árabes. Así pues existe una simbiosis, no exenta de roces, entre los objetivos europeos y la aplicación de los programas políticos y económicos del AKP.
La evolución de la coyuntura regional está permitiendo a Turquía tener un margen de maniobra que contribuye a incrementar la popularidad de Erdogan. Así, durante estos años ha ido enfriando las relaciones con Israel, privilegiadas hasta pocos años. Su denuncia de la represión en Gaza le facilita legitimarse ante la opinión pública de su país y de otros estados islámicos. De hecho se está produciendo un alejamiento de las perspectivas de integración europea ante la negativa a modificar los planteamientos turcos en temas como el problema de Chipre, las aspiraciones kurdas o el reconocimiento del genocidio armenio. En todo caso, el ejército, firmemente anclado en las estructuras de la OTAN, funciona como el baluarte para impedir que esta creciente autonomía con respecto a Europa pueda llegar hasta el punto de ruptura.

La oposición laica del CHP

Inspirado en el modelo kemalista, el CHP ha sido durante muchos años el partido oficial del régimen. Caracterizado por su visión jacobina y centralizadora, su política ha sido uno de los elementos que más contribuyó en el pasado a enquistar el problema kurdo. Desplazado del poder debido a su catastrófica gestión de la economía, en los últimos años se ha renovado con una nueva dirección que intenta presentar un rostro más socialdemócrata y europeo. De hecho se mantiene como el principal partido de oposición y en estas elecciones ha logrado el 25% de los sufragios, triunfando en los distritos ribereños del Egeo, excepto en Estambul. Su voto es básicamente urbano y de clases medias europeizadas. Se presentó a estas elecciones con el objetivo de impedir que el AKP alcanzara una mayoría de dos tercios en el Parlamento y obligar asi a Erdogan a negociar la reforma constitucional.

Su discurso se ha basado en la denuncia de la corrupción, en presentarse como un partido preocupado por la redistribución de la riqueza y la defensa de la esencia laica del estado. Su nuevo dirigente, Kemal Kiliçdaroglu, es originario de Dersim, una región kurda con población aleví (chiitas). Este hecho le ha permitido hacer incluso algunos guiños al electorado kurdo, ya que ha reivindicado cosas impensables hasta hace poco tiempo como la necesidad de reconocer el kurdo en el sistema educativo. Por lo demás su reconocimiento como aleví y dersimi persigue el objetivo de dividir a la población kurda en función de su identidad religiosa. En el plano político su solución consiste en profundizar las autonomías locales, lo cual salvaguarda el estado unitario pero choca con las aspiraciones nacionales kurdas.

El movimiento kurdo

Junto al AKP el otro gran vencedor de las elecciones ha sido el movimiento kurdo. Su apuesta por lograr presencia electoral se remonta a la década de los noventa. Aunque sus resultados han tenido algunas oscilaciones, lo cierto es que siempre ha logrado una significativa representación. En su contra el estado turco ha utilizado todas las armas posibles: detenciones y encarcelamientos masivos, incluidos parlamentarios, asesinato de un líder parlamentario en los noventa, ilegalizaciones (HEP, DEP, DEHAP, HADEP), así como un hostigamiento continuo en un contexto de guerra y estado de excepción en la zona kurda que se remonta a la década de los setenta de pasado siglo.

En medio de estas durísimas condiciones para desarrollar su trabajo político las diferentes propuestas nacionalistas kurdas han logrado implantarse y echar raíces. Para expulsarles del espacio electoral se aprobó una norma, todavía vigente, que impone un listón del diez por ciento mínimo, en todos los distritos electorales del país, para poder acceder a las instituciones. Con esta norma la única posibilidad es construir alianzas con fuerzas de izquierda turca o presentarse como independientes.

En esta ocasión se ha repetido el esquema de construir una alianza formal, el Bloque Democracia, Paz y Libertad, impulsado por el partido kurdo de la Paz y la Democracia (BDP), para apoyar una serie de candidaturas independientes que no están sometidas al listón del 10%. Los resultados han sido un éxito ya que han pasado de 20 a 36 representantes, lo que ha significado electos en los distritos kurdos de la zona fronteriza con Siria e Irak, pero también en ciudades turcas como Estambul, Mersin o Adana. En las áreas de mayoría kurda aleví como Dersin siguen sin tener representación.

Con estos resultados algunos dirigentes históricos del movimiento vuelven al Parlamento como Leyla Zana, Hatip Dicle, actualmente en prisión, o el dirigente turco de la generación del 68 Ertugrul Kuruckcu. Significativo también es el hecho de la elección de un representante cristiano siríaco en Mardin, el primer parlamentario cristiano en más de cincuenta años. Un símbolo de inclusión de la diversidad dentro de las filas del nacionalismo kurdo.

La campaña electoral ha transcurrido en medio de una creciente tensión marcada por los intentos oficiales para impedir las candidaturas kurdas, la intervención en la misma del PKK que se ha hecho presente por medio de comunicados y un atentado contra la comitiva electoral de Erdogan así como choques con el ejército en las montañas con varios muertos. Desde la cárcel Ocalan, dirigente del PKK, insistió en la necesidad de abrir un proceso serio de negociaciones. Sin embargo la situación dista mucho de estar en ese punto. El ejército sigue llevando la guerra con mano de hierro al tiempo que la propaganda del AKP se ha lanzado contra los candidatos nacionalistas a quienes acusa de dividir al pueblo, unido y hermanado bajo la misma comunidad religiosa.

Los ejes de la campaña se han centrado en la demanda del reconocimiento del derecho a la enseñanza en lengua kurda, lo que va más allá de la autorización oficial a la apertura de academias privadas para el aprendizaje del kurdo. Se sigue reclamando una autonomía, lo que implicaría el paso hacia un estado federal, y la apertura de un proceso de negociación con el PKK que comenzaría con una amnistía para todos sus presos.

Al día siguiente de las elecciones se registraron violentos incidentes en Diyarbakir y otras ciudades, protagonizados por jóvenes que denunciaban fraudes al tiempo que exigían la necesidad de un proceso de negociación. Todo un símbolo de que las cosas siguen siendo difíciles para el pueblo kurdo.

15/6/2011



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