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Después del 15-M y el 22-M...
¿Del divorcio al choque de legitimidades?
24/05/2011 | Jaime Pastor
“El mundo está dividido entre indignos e indignados”.
Eduardo Galeano


El nuevo movimiento generado por las manifestaciones del 15-M y la toma de las plazas, con la “República de Sol” como referente simbólico a escala europea e internacional, se ha convertido ya en un nuevo sujeto social y político capaz de hacer llegar, no sólo a internet sino también a los medios de “desinformación” tradicionales, su denuncia pública de una “clase política” al servicio de “los mercados”, o sea, de los grandes capitales financieros y especulativos. La desobediencia civil masiva a la Junta Electoral Central que en la noche del viernes al sábado de “reflexión” dimos en una lista interminable de ciudades quedará sin duda en la memoria colectiva de todas las personas que en ella participamos como una demostración emblemática de la fuerza y la legitimidad alcanzadas por este movimiento y de ese “entusiasmo” que caracteriza a todos los momentos de efervescencia colectiva, como ha recordado recientemente Eduardo Galeano.

Una vez superada esta prueba de fuerzas inédita en nuestra historia, la decisión de prolongar las Acampadas al menos una semana, con el fin de ir dando nuevos pasos en la autoorganización, la extensión territorial y el desarrollo de tablas reivindicativas e iniciativas de acción para los próximos meses, parece ser suficiente garantía de continuidad de este movimiento. No obstante, su nuevo y rico potencial antisistémico no impide reconocer que, a medida que crece y gana pluralidad, nuevos debates, problemas e incluso tensiones van saliendo a la luz y plantean nuevas preguntas cuyas respuestas están todavía por construir y tendrán que estar siempre abiertas a la extraordinaria creatividad que está saliendo a la luz.

Frente a este movimiento la lectura de las elecciones locales y autonómicas de este 22-M ofrece un panorama muy distinto. Con una participación que en las municipales ha sido de un 66,23 %, un 1,70 % de voto nulo y un 2,54 % de voto en blanco (sumados ambos serían la cuarta fuerza política), la principal conclusión que se impone es que el PSOE ha sufrido una rotunda y prácticamente generalizada derrota (27,8 % y casi 1 millón y medio de votos menos), que ha redundado en que el PP sea el principal beneficiado (37,57 % y 400.000 votos más), conquistando ciudades emblemáticas como Barcelona y Sevilla y el gobierno de Castilla-La Mancha y estando a punto de lograrlo también en Extremadura. Por si fuera poco, la corrupción no les ha afectado en zonas como el País Valenciá o Madrid, mientras que hemos visto un ascenso del voto xenófobo en Catalunya (fuera y también dentro del PP: Badalona) y el neonacionalismo español de UpyD se ha visto también reforzado en una zona clave como la Comunidad de Madrid. También en Catalunya CiU sube, mientras que el PNV y el BNG conocen un relativo descenso.

Por la izquierda sólo cabe comprobar el ligero ascenso de IU (unos 200.000 votos más, aunque pierde Córdoba y Seseña), obligada ahora a debatir de nuevo sobre su enfermiza relación con un PSOE en declive y sometida a las tensiones entre quienes quieren privilegiar su vocación de partido de gobierno frente a mucha de su militancia que puede mirar hacia el movimiento del 15-M para caminar hacia una verdadera refundación de la izquierda. Pero el dato más relevante ha sido el espectacular resultado de Bildu (con más de 300.000 votos) en Euskadi y Nafarroa, lo cual confirma la aberración que habría supuesto su ilegalización y la ilegitimidad del gobierno de Patxi López. Ese ascenso le plantea nuevos retos, especialmente respecto a su política de alianzas (¿con el PNV o con los sindicatos mayoritarios y a favor de un soberanismo independentista que busque también una salida de izquierdas a la crisis sistémica?). Aunque menor, también cabe reseñar el avance de las Candidaturas de Unitat Popular en Catalunya en detrimento de ERC.

Se abre así un nuevo período que va a estar presidido por la profundización de la crisis de identidad, de proyecto y de liderazgo del PSOE desde la fatídica jornada del 9 de mayo de 2010, sometido ahora a presiones contradictorias: por un lado, la de un PP exigiendo la convocatoria de unas elecciones generales anticipadas para poder así llegar a la Moncloa cuanto antes, unida a la presión de la UE y el FMI para que prosiga su giro a la derecha; por otro, la de una movilización social que, estimulada por la entrada en la escena pública de una nueva generación política, puede intensificarse y extenderse buscando una refundación del sistema político y una salida alternativa a la crisis. En medio, una militancia y unos “barones” que empiezan a dividirse sobre si cabe limitar la respuesta a su debacle con unas primarias o si, por el contrario, hay que abrir paso a una verdadera (e imposible...) refundación.

Pero el contexto seguirá siendo el mismo que antes del 15-M con tendencia a empeorar: el de la profundización de una crisis sistémica y de la deuda y, por tanto, de mayores presiones de los lobbies empresariales, de la UE y del FMI para aplicar nuevos recortes a derechos sociales básicos y privatizar servicios públicos. Esto se va a reflejar ahora con mayor gravedad en unas Comunidades Autónomas y ayuntamientos endeudados, como ya hemos podido ver en Catalunya con las medidas anunciadas por CiU que finalmente, ante el rechazo popular, tuvo que aplazar para después del 22-M. Como ya algunos analistas reconocen, la sombra de un nuevo “9-M” se extiende sobre los nuevos cargos electos que van a gobernar y augura un creciente desgaste de su legitimidad alcanzada ahora en las urnas. Un reportaje publicado en Diagonal en su número 150 (“El 23-M, más gestión privada de la crisis”) da suficientes datos de lo que podemos temernos en los próximos meses.

Cabe pues pensar que entramos en un nuevo período en el que, si bien los resultados del 22-M reflejan un desplazamiento a la derecha de la mayoría de quienes han ido a votar en esa jornada, no por ello pueden ocultar la existencia de otros -principalmente entre la juventud- que no se sienten representados en ninguno de los dos grandes partidos, no esperan nada bueno de las próximas elecciones generales y, en cambio, pueden confíar ahora en la fuerza colectiva que han mostrado en las calles y en las plazas desde el pasado 15-M.

Tras su brusca irrupción durante la semana pasada, ¿será capaz el movimiento de continuar unido y acordar reivindicaciones y propuestas de acción capaces de mantener el “entusiasmo” vivido y compartido durante estos días pasados? ¿O, por el contrario, se fragmentará y será víctima de intentos de cooptación por diferentes fuerzas políticas o...”apolíticas”? El tiempo lo dirá pero tenemos derecho a ser optimistas y a prever que, puesto que las razones para la indignación y la protesta están cada vez más justificadas, este movimiento –unido o a través de distintas redes que convivan entre sí- seguirá y podrá impedir que muchos de estos nuevos gobiernos autonómicos y locales conquisten una legitimidad de ejercicio cuando se decidan a dar una nueva vuelta de tuerca a derechos sociales y políticos ya bastante recortados en los últimos años. De ser así, es a un choque de legitimidades al que deberíamos prepararnos a sabiendas de que el desenlace de las próximas elecciones generales no sólo no lo va a resolver sino que, dada la previsible victoria del PP, pasará a alcanzar el ámbito estatal.

Otra pregunta que surge tras esta semana intensiva es si sabremos extraer de este nuevo movimiento todas aquellas enseñanzas que puedan servirnos para dar nuevos pasos adelante en la reconstrucción de una izquierda a la altura de los desafíos que plantea ir a la raíz de las causas de la revuelta del 15-M: una izquierda capaz de ofrecer un horizonte de ruptura con el sistema político vigente desde la “Transición” política para ir sentando las bases de un nuevo proceso constituyente al servicio de una salida anticapitalista a la crisis. Un camino difícil que habrá que recorrer y plantear a escala también europea, especialmente con los pueblos más afectados, como el griego, el portugués o el irlandés, siempre con el ejemplo islandés como referente. La respuesta, ya que estamos en el 70 aniversario de Bob Dylan, puede que esté en el viento pero habrá que encontrarla.

24/5/2011


Jaime Pastor es miembro de la redacción de VIENTO SUR







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