Grabar en formato PDF
Entre la esperanza y el escepticismo
¿Fin de época en Paraguay?
24/08/2007 | Pablo Stefanoni

Por primera vez en 60 años se abre la posibilidad cierta de que el Partido Colorado sea desplazado del gobierno en las elecciones presidenciales previstas para 2008. Pero este cambio no será fácil. El férreo control estatal que mantiene el oficialismo y las contradicciones de la oposición conspiran contra esa perspectiva. Un ex obispo, Fernando Lugo, se perfila como el favorito.

El 29 de marzo de 2006, unos 40.000 paraguayos salieron a las calles de Asunción con un objetivo preciso: enterrar los sueños reeleccionistas del presidente Nicanor Duarte Frutos, quien buscaba habilitar un segundo mandato mediante una enmienda constitucional. La transición que siguió al derrocamiento del dictador Alfredo Stroessner en 1989 –por el general Andrés Rodríguez, su consuegro– fue incapaz de poner en funcionamiento los principios republicanos en un Estado capturado desde hace 60 años por el Partido Colorado mediante una activa “política prebendaria de masas” (1). Pero la sociedad paraguaya se va poniendo lentamente en movimiento, e intenta quitarse de encima la cultura política moldeada en 35 años de dictadura. Clientelismo, corrupción masiva, miedo al debate ideológico y oportunismo resultan la herencia más visible dejada por Stroessner, aquel hijo de un fracasado hombre de negocios alemán que tomó por asalto el poder en 1954 y gobernó más de tres décadas bajo una ficción de democracia, con Parlamento y elecciones maniatadas.
Así, y con el sistema de partidos fuertemente erosionado, no es casual que la figura central de aquel acto antirreeleccionista realizado bajo la consigna “Dictadura nunca más”, fuera un religioso y viniera de San Pedro, una región poblada por los campesinos más combativos de Paraguay. Ese día Fernando Lugo comenzó a madurar una decisión que, meses más tarde, no solamente dio un vuelco en su vida, sino que cambió el mapa político del país. En diciembre de 2006, ante 100.000 firmas que le pedían que fuera candidato presidencial en 2008, el “obispo de los pobres” colgó la sotana y comenzó a vestir el traje de político. “Sólo Lugo podrá derrotar al Partido Colorado”, resumió un editorial del diario ABC Color, el más influyente de Paraguay… Por las dudas, el candidato emergente comenzó a usar chaleco antibalas.

Transición inconclusa

“Caída la dictadura, se esperaban avances y soluciones en todos los campos, pero el camino transitado fue el inverso: hubo escasos avances y muchos retrocesos, a los problemas viejos se sumaron otros”, dice el periodista Roberto Paredes (2). Con la transición democrática se desarmó el trípode stronista gobierno-Fuerzas Armadas-Partido Colorado, y el partido del ex dictador quedó inmerso en una fuerte pelea interna entre los sectores pro-empresariales, aliados a los militares con cada vez menos poder, y los representantes de la poderosa burocracia estatal que, junto con los movimientos sociales, impidieron el avance del programa de privatizaciones. Es así que las principales empresas de servicios públicos siguen siendo estatales.
El asesinato del vicepresidente José María Argaña, en marzo de 1999, fue una de las expresiones más dramáticas de esta lucha por la herencia del aparato estatal posdictadura. Un protagonista central en esta guerra colorada es el ex hombre fuerte del Ejército tras la caída de Stroessner, el general Lino Oviedo, quien según sus colaboradores “hizo temblar” al dictador durante el golpe de 1989, cuando lo encañonó con un fusil y le quitó el seguro a una granada de mano para forzar su rendición. Luego de su exilio en Argentina –donde fue protegido por Carlos Menem– y su estadía en Brasil, Oviedo retornó voluntariamente a Paraguay, donde fue arrestado y condenado por un tribunal militar a una controvertida pena de 10 años por un supuesto intento de golpe en 1996. Además, es acusado de ser el autor intelectual del asesinato de Argaña (3) y de la represión posterior que concluyó con la muerte de siete jóvenes en las jornadas conocidas como el “marzo paraguayo”. Sus seguidores dicen que el general, de tendencias populistas autoritarias, es un “preso político” y que “lo tienen detenido porque es la figura más popular del país”. En estos días el Parlamento se prepara para discutir su amnistía, lo que podría alterar y confundir el escenario político, puesto que aspira a ser uno de los presidenciables y, en ese caso, competirá por el mismo espacio político que Lugo. Incluso algunos hablan de una alianza con el Partido Colorado.
En cualquier caso, por primera vez los colorados admiten públicamente la posibilidad de una derrota y agitan todo tipo de fantasmas. El más audaz fue Duarte Frutos, quien advirtió en junio pasado: “Si la oposición llega al poder en 2008 se iniciará la más espeluznante caza de brujas de la historia paraguaya… Los colorados vamos a ser perseguidos como los judíos en tiempo de Hitler”. Por si acaso, la última convención partidaria, reunida en abril de este año, dejó en evidencia la capacidad del ex partido de Stroessner para “reinventarse” y seguir en el poder. Luego de promover un anticomunismo a toda prueba durante más de medio siglo, este partido-Estado pasó a autodefinirse con el oportuno cartel de “socialista humanista”... al mismo tiempo que Duarte Frutos, en el marco de un acuerdo energético con Caracas, apoyó entusiastamente el Banco del Sur y la “voluntad integracionista del presidente (Hugo) Chávez”. La interna colorada se dirimirá entre la “socialista” Blanca Ovelar (actual ministra de Educación de Duarte Frutos) y el vicepresidente Luis Castiglioni, cercano a EE.UU. y al stronismo.
Esta mezcla de pragmatismo ideológico y férreo control del aparato estatal hace que predomine un optimismo moderado entre quienes sueñan con el fin del largo reinado del partido fundado en 1887 por el general Bernardino Caballero. “La gente quiere un cambio, 60 años del Partido Colorado es demasiado, ¿no le parece? Pero no va a ser fácil, ellos controlan el Estado y la gente está acostumbrada al clientelismo”, dice, mate tereré en mano y mezclando palabras en guaraní, Verónica Invernizi, dirigente campesina y concejal de Capiibary (departamento de San Pedro, a 250 kilómetros de Asunción).

Dilema de hierro

Una de las debilidades de Lugo es la falta de estructura, a la que algunos agregan su ambigüedad ideológica. El ex obispo ha señalado: “No creo en el estatismo ni en la desregulación total”; “Mbytetépe, poncho yurúicha” (estoy en el centro mismo, como la boca del poncho), o “en el nuevo Paraguay que hay que construir todos tienen algo que aportar, incluso los oviedistas y hasta los stronistas”. Aunque sensatas, esas definiciones dejan abierta una gama demasiado amplia de programas de gobierno y, sobre todo, de pactos políticos.
El ex religioso enfrenta un dilema de hierro: si va con la Concertación opositora, conformada por los partidos Liberal Radical Auténtico, Patria Querida y Unión Nacional de Colorados Éticos de Oviedo, puede llegar a la presidencia, pero terminar rehén de la vieja política. Es casi un hecho la fórmula Lugo seguido por un liberal. Si compite solo, apoyado por su partido Tekojoja (“Igualdad”, de tendencia socialdemócrata) y algunos movimientos sociales agrupados en el Bloque Social y Popular, queda a salvo de ese riesgo, pero un triunfo en las urnas deviene casi imposible. “Ése es el gran dilema y somos conscientes de eso. Creo que las fuerzas populares, campesinas, no tenemos la práctica electoral y lo cierto es que el Partido Liberal es el único de la oposición con presencia en las 10.000 mesas. Eso debe garantizarse, porque en democracia se gana el día de las elecciones”, admite a El Dipló con tono pastoral el ex monseñor en su comando de campaña en Asunción. Pero matiza: “Yo veo un buen ambiente de conversación y niveles de confianza entre los partidos de la oposición para conseguir el triunfo y, al mismo tiempo, garantizar un proyecto político, un plan de gobernabilidad y programas que respondan a los gritos de los más necesitados”. Entre estos gritos, el ex pastor de la Congregación del Verbo Divino, que recorrió el país en el marco del ñemonguetá guasú (gran diálogo con el pueblo), identifica la consolidación de una justicia independiente para acabar con la corrupción institucionalizada –algo revolucionario en Paraguay– y una reforma agraria que ponga fin a “la escandalosa concentración de la tierra” (4).
“Lugo descansa exclusivamente en su carisma… Creo que acá puede pasar lo que pasó en México con (Andrés Manuel) López Obrador”, señala un periodista que trabaja en un organismo internacional y sigue de cerca los vericuetos de la política paraguaya. Recuerda el triunfo colorado en las elecciones municipales de fines de 2006 y advierte que, pese a su crisis, su aparato electoral sigue gozando de buena salud. “Nosotros sabemos que Lugo no es ni será de izquierdas. En San Pedro buscaba conciliar intereses de clase contrapuestos. Pero creemos que la contradicción principal es el desalojo del poder del Partido Colorado, mientras avanzamos en la recuperación del movimiento popular”, explica Ernesto Benítez, dirigente del Movimiento Campesino Paraguayo y de Convergencia Popular Socialista.
La última carta del gobierno para frenar a Lugo, sobrino de un dirigente colorado disidente que murió exiliado en Argentina, es impugnar su candidatura con el argumento de que los eclesiásticos no pueden ser candidatos ya que el Vaticano –ante su carta de renuncia– le recordó que el sacramento del obispado es de por vida. De prosperar, esta lectura introduciría una peligrosa confusión entre el derecho estatal y el canónico. “La problema político cállepe ya arreglá” (es un problema político y se arregla en la calle), contrarrestó el referente opositor desde Buenos Aires, donde fue recibido por el presidente Néstor Kirchner a instancias de la líder de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.

“Invasión brasileña”

El Paraguay actual no explota masivamente el tanino (quebracho colorado) que esclavizó a miles de campesinos en las haciendas y el centro de su actividad económica ya no es la producción forestal o yerbatera. Aunque esos productos fueron parcialmente reemplazados, la lógica del enclave regresó, de manera tan o más perversa, con un nuevo cultivo estrella: la soja. Su producción –equivalente al 10% del PBI y al 40% de las exportaciones paraguayas– es indisociable de lo que los campesinos, e incluso varios sacerdotes, denominan la “invasión brasileña”. Según una estimación del investigador Sylvain Souchaud, el número de brasileños y sus descendientes –llamados popularmente “brasiguayos”– en Paraguay se acerca al medio millón (5) y torna en una ficción la soberanía paraguaya en vastas zonas de sus fronteras, transformadas de facto en territorios controlados por los colonos extranjeros.
La primera ola de penetración capitalista en la agricultura campesina se sitúa en los años ’70, con la expansión de “pioneros” desde los estados del sur de Brasil, con el visto bueno de Stroessner. En su subordinación al Planalto, el dictador les atribuía un papel modernizador en el agro paraguayo. Una segunda ola –según los campesinos, más devastadora– se produjo a comienzos del siglo XXI de la mano de la soja genéticamente modificada. Sin tierras fiscales disponibles, la frontera de la soja se expandió a costa de las tierras campesinas e indígenas, campos ganaderos y lo que queda de bosques. Entre 1995 y 2006, la extensión sembrada con soja casi se cuadruplicó, pasando de 735.000 a 2.400.000 de hectáreas, equivalentes a casi el 25% de la superficie cultivable. Con la derogación en los ’60 de la “franja de seguridad” que impedía a los extranjeros comprar tierras en la frontera, la expansión de la soja en Paraguay avanza de forma incontenible de la mano del poderoso complejo sojero brasileño, segundo productor mundial después de Estados Unidos. Del gigante vecino –acusado a diario de “subimperialismo” por medios como ABC Color– proviene el capital, la tecnología y los productores, aprovechando las ventajas comparativas paraguayas, como la fertilidad y el menor precio de la tierra (6). Son corrientes las denuncias de que en regiones de frontera predominan la ley y las costumbres brasileñas, en el marco de la doctrina expansionista de las “fronteras vivas” elaborada en los años ’50 por el teórico de la seguridad nacional brasileño Golbery do Couto e Silva.
Se trata de un modelo de economía de enclave agroexportador, con fuerte tendencia a la expulsión de mano de obra rural, por ser producciones intensivas en capital, y a la concentración de la tierra: según datos censales, el 77% de la tierra está en manos del 1,2% de las explotaciones. “Esta agricultura sin campesinos está generando una nueva oleada de luchas, el poder real en Paraguay lo tienen quienes detentan la propiedad de la tierra. La historia de Paraguay es la historia de la concentración de la tierra y el despojo de los campesinos. La primera etapa fue después de la guerra de la Triple Alianza, cuando se entregaron las tierras a empresas extranjeras; otra fue durante la dictadura de Stroessner, que regaló tierras a generales, políticos y hasta a amantes; ahora luchamos contra la expansión indiscriminada de la soja transgénica y estamos atentos frente a los agrocombustibles”, resume Luis Aguayo, líder de la Mesa Coordinadora Nacional de Organizaciones Campesinas (MCNOC). Aguayo se define como un continuador de las famosas Ligas Agrarias de los años ’70, desarticuladas por las Fuerzas Armadas, y cree que la dictadura del “Doctor Francia” (1816-1840) y el “desarrollismo” de Carlos Antonio López (1844-1862) fueron los únicos momentos de autonomía de Paraguay, truncados por la guerra contra Brasil, Argentina y Uruguay (7).
La preocupación campesina parece justificada. Semanas atrás, el presidente brasileño Inácio Lula Da Silva aterrizó en Asunción –por primera vez en su mandato– para sumar a Duarte Frutos al frente de los biocombustibles que promueve Brasilia. Frutos dijo a “los empresarios amigos de Brasil” que “Paraguay tiene inmejorables condiciones para la inversión en el campo de la producción de etanol y biodiesel; tenemos tierras, mano de obra interesante, grandes espacios para la exploración, para la imaginación y para el talento de los empresarios… Tenemos probablemente los impuestos más atractivos para la instalación de capital en nuestro país”. Y agregó: “Quiero decirles que si Brasil, en el siglo XXI, puede convertirse en los Emiratos Árabes del biocombustible, por qué Paraguay no podría ser Kuwait”.
“Sería factible utilizar el cocotero o el tártago, que son producciones campesinas, en la producción de biodiesel, pero todo tiende a la producción de etanol, en base a caña de azúcar y maíz, y al biodiesel de la soja … están pensando en construir un alcoducto. Ese modelo agravaría aún más el monocultivo y el éxodo rural”, opina el sociólogo Tomas Palau, director del centro Base-Investigaciones Sociales. Mediante desmonte, fumigaciones masivas y presiones mafiosas, los “pioneros” brasileños, apelando a pequeños ejércitos paramilitares, van arrinconando, o expulsando, a miles de campesinos. Unos optan por el éxodo hacia las periferias marginales de Asunción, Ciudad del Este o Encarnación, o por abandonar el país rumbo a Argentina, España o Estados Unidos (8). Otros por dar batalla a través de la resistencia institucional –con aliados como la Iglesia Católica– o mediante la acción directa, desde bloqueos hasta quema de plantaciones, para frenar la expansión de los colonos. Un artículo del diario ABC Color del 10-11-04 da cuenta del envío de 130 efectivos del II Cuerpo del Ejército a la localidad de Guairá “para garantizar los cultivos de soja” y actualmente el Parlamento promueve una modificación del código penal que podría elevar los cortes de ruta al rango de “terrorismo”. Unos 3.000 dirigentes sociales están condenados a prisión, aunque en libertad condicional.
Por estos días, hay otros motivos de tensión potencial con Brasil, como la renegociación del acuerdo de la represa binacional Itaipú –considerado “entreguista” por algunos sectores políticos, incluidos partidarios de Lugo– y la construcción de un muro fronterizo de 1,5 kilómetros de largo y 3 metros de altura en la ribera del río Paraná, para contrarrestar el contrabando que ingresa al país desde Ciudad del Este a través del Puente de la Amistad.

Asunción-Bogotá

Bajo Sroessner, Paraguay se jactaba de ser “junto a Corea del Sur y Taiwán, los principales abanderados de la lucha anticomunista internacional” y es quizás el único país occidental que construyó un monumento y bautizó una avenida en honor al “generalísimo” anticomunista taiwanés Chiang Kai Shek (9). Esa posición del régimen stronista selló una alianza de largo aliento con Estados Unidos durante la Guerra Fría, que recién se rompió en 1989, cuando la embajada estadounidense en Asunción bendijo el golpe del general Rodríguez y blanqueó las acusaciones de narcotráfico que pesaban sobre él. Así se renovó el papel de Paraguay como el más fiel aliado de Estados Unidos en la región. En 2005, el Parlamento paraguayo otorgó inmunidad diplomática a las tropas estadounidenses –que venció en diciembre de 2006– para la operación “Medretes”, cuyo objetivo es supuestamente la atención médica de sectores carenciados, entre los cuales se escucharon quejas de que “sólo nos dan analgésicos”. Paralelamente, se amplió la pista de aterrizaje de la localidad de Mariscal Estigarribia: sus 3.800 metros permiten ahora el aterrizaje de aviones gigantes como los bombarderos B-52 o los Galaxy, de transporte de tropas y material de guerra. Pese a que el gobierno paraguayo niega que ésta sea una “base estadounidense”, observadores internacionales han confirmado la presencia de funcionarios de alto rango de Estados Unidos, incluido el Embajador de ese país. Todas las especulaciones se basan en el carácter estratégico de esta región del Chaco paraguayo, ubicada junto al acuífero Guaraní –el tercero de agua dulce del mundo–; cercana a corredores interoceánicos como la hidrovía Paraguay-Paraná y a escasos 250 kilómetros de las principales reservas de gas bolivianas, las segundas de Sudamérica después de las venezolanas (10). El Chaco es también sede de las más numerosas colonias de menonitas, cuya iglesia cuenta con la adhesión de varias figuras del gobierno de Duarte Frutos, entre ellas la primera dama María Gloria Penayo. Trascendió, incluso, que el propio mandatario analizó la posibilidad de ser bautizado en la Iglesia Raíces, de los seguidores del reformador holandés Meno Simons.
“Estamos condenados a ser la Colombia del Cono Sur”, dice Palau, y recuerda que en los últimos años se profundizaron las relaciones entre Asunción y Bogotá, sobre la base de que ambas naciones enfrentarían la misma trilogía de amenazas: narcotráfico, secuestros extorsivos y terrorismo. La cooperación es más intensa en el campo de las políticas antisecuestros, especialmente después del brutal secuestro y asesinato de Cecilia Cubas (hija del ex presidente Raúl Cubas) en febrero de 2005. La tesis oficial habla de una acción concertada entre el grupo paraguayo Patria Libre y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). “Ese hecho sirvió de excusa para criminalizar las luchas sociales… hasta se intentó asociar indirectamente a Fernando Lugo”, dice Raquel Talavera, abogada que representó a organismos de derechos humanos en una reciente audiencia pública en el Congreso paraguayo, de la que participaron todas las organizaciones campesinas, la “vanguardia” de la lucha social democrática.
“La gente quiere un cambio. Hay un auge del debate público, se siente la incidencia de la coyuntura regional, ¿por qué Bolivia, Venezuela, Ecuador, y nosotros no?”, se pregunta Benítez, en la sede campesina de Asunción, varias veces allanada por las fuerzas de seguridad.
La pregunta puede tener muchas respuestas. Lo cierto es que esta “isla rodeada de tierra” –como Augusto Roa Bastos definió a Paraguay– que alguna vez atrajo a fanáticos racistas como Bernhard Förster, cuñado del filósofo Friedrich Nietzsche, para fundar colonias arias “puras”; que fue sede del primer partido nazi fuera de Alemania y albergó a Josef Mengele; que dio refugio a ex combatientes franceses ultraderechistas de Argelia, como George Watin, inspirador del film El día del chacal, hoy comienza a recibir los vientos de cambio continentales (11). O al menos, una brisa suave.

1 Hugo Richer, “Paraguay: crisis y expectativa de cambio”, OSAL, Nº 21, Buenos Aires, septiembre-diciembre de 2007.
2 Véase su libro ¿A dónde va Paraguay?, edición propia, Asunción, 2007.
3 Versiones publicadas en la revista brasileña Isto é y el diario paraguayo ABC Color sostienen que se fraguó un atentado luego de la muerte accidental de Argaña.
4 Lugo se extendió sobre el tema en una entrevista con Mercedes López San Miguel, Página/12, Buenos Aires, 18-6-07.
5 Sylvain Souchaud, “Dinámica de la agricultura de exportación paraguaya y el complejo de la soja: una organización del territorio al estilo brasileño”, en Ramón Fogel y Marcial Riquelme (comp.), Enclave sojero, merma de soberanía y pobreza, Centro de estudios rurales interdisciplinarios, Asunción, 2005. Desde fines de los ’90, los colonos brasileños se expandieron a zonas alejadas de la frontera, como los departamentos de San Pedro, Caaguasú o Misiones.
6 Ramón Fogel, “Efectos socioambientales del enclave sojero”, en R. Fogel y M. Riquelme (comp.), op. cit. Véase, también, Tomás Palau (compilador), Avance del monocultivo de soja transgénica en el Paraguay, Universidad Católica, Intermon-Oxfam, Ceidra, Asunción, 2004.
7 Sobre este tema, véase Jorge Rubiani, Verdades y mentiras sobre la guerra de la Triple Alianza, edición del autor, Asunción, 2007.
8 Los brasileños acusan a menudo a los campesinos paraguayos de “haraganes” que “sólo sirven para tomar tereré” y de buscar invadir sus tierras productivas. En 2006, las remesas de los migrantes ascendieron a 600 millones de dólares.
9 Rogelio García Lupo, Paraguay de Stroessner, Ediciones B, Grupo Editorial Z, Buenos Aires, 1989.
10 Informe “Misión internacional de observación en Paraguay”, editado por Campaña por la desmilitarización de las Américas, julio de 2006. Véase también Elsa Bruzzone, “El agua potable: nuevo recurso estratégico del siglo XXI: el caso del acuífero Guaraní”, Centro de Militares para la Democracia, www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=798.
11 Rogelio García Lupo, op. cit.

Pablo Stefanoni es periodista e investigador social. Autor, con Hervé Do Alto, de La revolución de Evo Morales, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2006.

Le Monde Diplomatique-Cono Sur, julio de 2007



Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons