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Francia
“Renovación” en el PS
14/05/2007 | Galia Trépère y Marcela Iacub

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Derrotada por Sarkozy, Ségolène Royal ha retomado la bandera de la “renovación”. El cambio del PS, que ha emprendido antes y durante la campaña electoral, no constituye en nada una ruptura, sino la prosecución de la adaptación de la política del PS a las exigencias de la burguesía frente a la evolución de la mundialización capitalista.

“Sigo con vosotros”:
estas primeras palabras de Ségolène Royal a sus partidarios no habrán dejado de recordar, como contrapunto, la lamentable e indigna salida de Jospin tras el 21 de abril de 2002. La candidata del PS ha asumido con coraje su derrota frente a Sarkozy y frente, sobre todo, a sus “amigos” en su propio partido. Dominique Strauss-Kahn había ya estigmatizado “una grave derrota”. Para Fabius, era “la bandera de la izquierda” la que “estaba por los suelos”. Su propio compañero, François Hollande, no ha dejado de tomarse una pequeña revancha incriminando a la única candidata -“Ségolène Royal no ha hablado suficiente de propuestas concretas”-, antes de ponerse en la postura de quien daría la señal de finalización de los arreglos de cuentas. Pero es claramente la propia Ségolène Royal la que se ha impuesto a todos con su declaración en su cuartel general de campaña. Hollande, que la escuchaba con el rostro crispado, en un plató de televisión, no ha podido sino tomar acta y llamar al “reagrupamiento de los socialistas”.

De hecho, Ségolène Royal puede presumir de haber realizado, para el PS, un resultado superior al de Jospin en 1995 en la primera vuelta, con el 25,87% de los votos contra el 23,24% y a penas peor en la segunda vuelta de la misma elección presidencial (46,94% contra 47,33%). Y, ¿qué decir de los resultados del 21 de abril de 2002, en los que Jospin, con el 16,18% de los votos, era adelantado por Le Pen?.

Los dirigentes del PS tienen una memoria un poco particular. No han dejado de agitar, desde 2002, la amenaza de un 21 de abril, pero no quieren oír hablar en absoluto ni del resultado catastrófico de Jospin, ni de su increíble abandono de la escena política, ni de su adhesión a Chirac, cuya impostura permitieron haciendo de él la única muralla contra la extrema derecha. Su derrota de 2002 era la sanción de cinco años de gobierno que había hecho mucho para imponer a los trabajadores las exigencias patronales en el marco de la mundialización capitalista: privatizaciones en cascada, flexibilidad y anualización de la ley Aubry sobre las 35 horas, desgravaciones fiscales para los ricos y un verdadero maná de subvenciones para la patronal, el Pare, primer proyecto de la ofensiva para agravar el control de los parados, las leyes represivas de Vaillant, tras las creadas contra los sin papeles por Chevènement, la propaganda de preparación de los ataques contra las jubilaciones...

Los dirigentes socialistas cantaron ellos mismos las loas a la unión sagrada tras Chirac para esconder su responsabilidad en la irrupción de Le Pen en la segunda vuelta. Luego, pasados varios años en un gran silencio frente a los ataques de los gobiernos de derechas, han defendido, con algunas excepciones, el tratado constitucional europeo, verdadero manifiesto de liberalismo, hasta que la profundidad de la contestación y la perspectiva de las elecciones presidenciales y legislativas les recordaron que al menos tenían que tener un aspecto de oposición. En definitiva, limitado por el hundimiento del PCF que les privaba de su garantía de izquierdas, el PS ha dejado de ilusionar a su propio electorado, y es claramente en primer lugar él mismo quien ha permitido a Sarkozy poder surfear tanto en la izquierda como en la extrema derecha.


Adaptación.

A pesar de todo, Ségolène Royal ha podido disfrutar del rechazo a Sarkozy, pero situando su política en el mismo marco que éste, “la adaptación de Francia” a las “necesidades de la mundialización” capitalista, el “fardo de la deuda”, la “competitividad de la economía”, la bandera azul, blanca y roja, no podía oponer a su rival una perspectiva que ganara la adhesión en las capas populares. Tras su derrota, los dirigentes del PS han proseguido en el mismo terreno. “Él (Sarkozy) ha dicho que había que devolver a los franceses el orgullo de Francia. Pienso que, desde hace decenios, ya teníamos ese orgullo”, ha exclamado François Hollande. Y todos han saludado la “legitimidad” del presidente electo. Jean-Marc Ayrault, presidente del grupo socialista en la Asamblea Nacional, ha rechazado la idea de que las legislativas pudieran ser una “revancha”, y ha atacado a las manifestaciones que han tenido lugar en Nantes y en muchas ciudades. “Esas actuaciones incalificables y totalmente injustificadas dan la espalda a la República que es nuestro bien común”, ha expresado con ruidosa indignación.

La renovación del PS, destinada a acercarle al centro –lo que algunos querían comenzar antes de la primera vuelta-, es algo deseado ahora por todos. Está en marcha, por el momento, bajo la dirección de Ségolène Royal, pero no se trata sino de la adaptación de un partido a las nuevas exigencias que impone la mundialización capitalista a la propia burguesía.



Una opinión feminista sobre Ségolène

Michel Laszlo

Se llama Marcela Iacub, es jurista, especialista en derecho de la bioética y tiene una reputación (Télérama dixit) de feminista “libertaria y brillante provocadora”. Interrogada sobre lo que reprochaba a Ségolène Royal tras esta campaña electoral, Marcela Iacub precisa: “No se presenta como una mujer que intenta convertirse en presidenta, sino como una madre que va a ocuparse de los franceses como de sus propios hijos. Como si, para legitimarse, tuviera necesidad de tomar la única posición de poder que los conservadores admiten de las mujeres: dicho de otra forma, ejercer la autoridad sobre los niños. Como si, para ser creíble para gobernar, tuviera necesidad de infantilizar a los ciudadanos. Encarna perfectamente ese “psico-poder” que domina hoy en Francia (…). Un proyecto no que observa el mundo más que bajo el ángulo de la seguridad y de la protección no es portador de ninguna esperanza. Es una visión de la sociedad sin futuro, de una sociedad que se cierra sobre valores seguros –la seguridad, la familia. Es una izquierda “nacional familiar”, que ha perdido toda su dimensión de sueño, de utopía, de locura, de inteligencia, de imaginación, de audacia”.

Y a la periodista de Télérama que le replica que la derecha también encarna una visión moralista de la sociedad, Marcela Iacub responde: “Sí, salvo que en tanto que mujer de izquierdas, no espero ser representada por la derecha”. Os recomiendo la totalidad de la entrevista en el dossier de Télérama de la semana pasada: “Política: el poder en femenino”.



Rouge,
11/5/2007

Traducción: Alberto Nadal



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