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Catalunya
Tripartito débil
03/12/2006 | Martí Caussa

José Montilla ha sido elegido presidente de la Generalitat con los votos de PSC, ERC e ICV y se ha constituido el Govern d’Entesa entre estos partidos. No se trata de una mera reedición del tripartito del año 2003. El nuevo tripartito suscita muy poca ilusión, es más débil que el anterior y no está claro que vaya a manejar mejor sus tensiones internas.
El nuevo tripartito ha cuajado aunque los pronósticos preelectorales se inclinaban mayoritariamente por alguna variante de sociovergencia o, secundariamente, por una versión modificada del tripartito que dejara a Montilla y al PSC en posición preeminente y a ERC en posición subordinada y sin Carod en el gobierno. De hecho, los acontecimientos políticos en Catalunya se han desarrollado como una comedia en dos actos, con guiones completamente distintos. El primer acto se inicia con la foto de Zapatero con Artur Mas y llega hasta las elecciones; el segundo acto empieza en la noche electoral y termina con el nuevo gobierno.

Una foto y sus efectos colaterales

Un rumor persistente afirmaba que cuando Artur Mas entregó a Zapatero el voto afirmativo a un Estatut recortado, recibió a cambio, además de la cabeza de Pascual Maragall, la promesa que Montilla y el PSC aceptarían como presidente al cabeza de la lista mas votada. Si algún día se demuestra que el rumor era falso, no dejará de ser curioso que todos los afectados se hayan comportado como si fuera rigurosamente cierto durante toda la campaña electoral. Desde su foto con Zapatero, Mas desbordaba optimismo, pues estaba seguro que no sólo sacaría más diputados que el PSC (como siempre), sino que la diferencia sería bastante más grande que en el 99 y el 2003, tal como ha sucedido realmente. Durante la campaña electoral no ocultó la posibilidad de un pacto con el PSC y en las Cortes españolas su acercamiento al PSOE fue evidente, por ejemplo, en la discusión de los presupuestos. En la propia noche electoral, después de constatar que su indiscutible triunfo era insuficiente, se apresuró a ofrecer un gobierno de coalición al PSC con la seguridad de que no sería rechazado. También Zapatero se ciñó al guión del supuesto pacto y alentó tan fuertemente las esperanzas de Mas que la decepción del líder convergente ha sido profundísima y no tiene empacho en declarar que su confianza se ha roto en mil pedazos. El PSC y su candidato, confiados en que el efecto Montilla sacaría de la abstención a los que votan al PSOE en las elecciones generales, tampoco se salieron del guión: ninguna promesa de nuevo tripartito, afirmaciones que un nuevo Pacto del Tinell era irrepetible, advertencias de Montilla de que no gobernaría a cualquier precio, desdeños a ERC y Carod, insinuaciones de un gobierno PSC/ICV, etc. Por su parte Esquerra tenía conciencia de ser el socio indeseable, tanto por parte de CiU como del PSC/PSOE, y para capear el temporal se envolvió en la bandera catalana y prometió crear “espacios de soberanía” para abrir camino a un “nuevo proceso de soberanía popular” y a la “Catalunya Estado”; paralelamente recuperó la equidistancia entre CiU y el PSC sin ocultar el temor que, a pesar de ella, se quedaría fuera del nuevo gobierno.

Qué noche la de aquel día

El segundo acto de la comedia comienza en la noche electoral y el guión sufre un cambio radical. CiU comprobó sorprendida que, pese a su triunfo en todos los frentes (escaños, porcentaje y votos en la casi totalidad de las circunscripciones), el resultado era insuficiente para intentar un gobierno en solitario con apoyos puntuales. Entonces recurrió al plan B supuestamente acordado con Zapatero y ofreció un gobierno de coalición a Montilla. La negativa fue recibida como un mazazo y hubo que improvisar un plan C: proponer un gobierno de coalición al odiado Carod. Pero éste, sin ninguna consideración hacia las supuestas lealtades de familia (nacionalista), también dijo no. En su soledad de triunfador no está claro que Mas haya comprendido todavía que su derrota se explica precisamente porque “Catalunya es una nació”, pero una nación viva, que no se ajusta a sus apolillados esquemas sobre la misma. En efecto, CiU y Mas se comportan como si la nación sólo tuviera un partido verdadero (el suyo), el único que expresa sus esencias profundas y que, en consecuencia, está llamado a gobernarla. Los demás partidos se conciben como satélites (ERC), que están destinados a girar alrededor del “pal de paller”, o españolistas (PSC), que no toman sus decisiones en función de Catalunya y, por tanto, es más eficaz hablar directamente con sus padrinos de Madrid (Zapatero).
En realidad Zapatero comparte una visión de Catalunya muy cercana a la de Mas: por eso pactaron y se hicieron la foto. Él tampoco ha entendido que Catalunya es una nación viva, plural y diversa, que la hegemonía de CiU tuvo un origen y tiene una fecha de caducidad y que apretar las tuercas del sucursalismo equivale a condenar el PSC a la marginalidad. Montilla sí lo ha entendido, aunque haya sido al borde del abismo, en la propia noche electoral. Una vez recontados los votos se constató que el anunciado efecto Montilla no era mas que una ilusión alimentada por el españolismo. No era cierto que el hecho de presentar un candidato procedente de la inmigración andaluza, curtido como alcalde del cinturón industrial, poco nacionalista y apadrinado por Zapatero, permitiera movilizar a los electores que votan PSOE en las generales y que se abstienen en las autonómicas. La realidad es que el PSC es el partido que más ha retrocedido en escaños, en porcentaje y en votos, y los ha perdido especialmente en sus graneros del antiguo cinturón industrial. En esta situación aceptar un gobierno de coalición con CiU hubiera sido un suicidio político, sólo explicable por un fundamentalismo sucursalista extremo, pero injustificable para cualquier militante, simpatizante o votante. Frente a esta catástrofe segura, el intento de reeditar el tripartito era solo un mal menor. Faltaba saber si ERC estaría por la labor, después de los desplantes recibidos.
Afortunadamente ERC estuvo por la labor con inusitada rapidez. Le bastaron pocas horas para anunciar que había constatado una obviedad: que ningún otro partido tenía un planteamiento nacional que fuera más allá del desarrollo del nuevo Estatut. Reconfortada por esta evidencia se consideró autorizada a tragarse su voto No durante el Referéndum y a sacar el máximo provecho de lo conseguido poniendo el acento en las políticas sociales. Naturalmente la nueva orientación resulta incompatible con la creación de los espacios de soberanía que proponía Carod durante la campaña. En su lugar promete reformular el discurso y las políticas del catalanismo para adecuarlos al nuevo entorno marcado por la globalización, el pluralismo y la diversidad. Bellas palabras que todavía no se sabe que significan, más allá de la proclamación que un gobierno con el Estatut es preferible a una oposición soberanista; y más eficaz para consolidar el cambio de relación de fuerzas con CiU y acercar el soñado momento de superarla en votos. Porque lo que sí permanece es la voluntad de llegar a ser hegemónica. En esto nadie debe llamarse a engaño. Y Montilla menos que nadie.
Los dos únicos partidos que no han cambiado su guión de campaña han sido ICV y el PP. La coalición liderada por Saura ha sido la única que ha defendido la labor del primer tripartito y la necesidad de repetirlo; ha sido también la única que ha subido en votos y escaños. El PP tampoco se ha movido de su rechazo al Estatut y al tripartito y sigue inmolándose en el altar del aznarismo, a pesar de haberse convertido en el único partido de Catalunya con el que nadie quiere aliarse; comparado con este rechazo por parte de los partidos parlamentarios su retroceso electoral ha sido débil, confirmando que la derecha centralista y reaccionario es un componente minoritario pero estructural del mapa político catalán. La mayor novedad de las últimas elecciones han sido los 90.000 votos y los tres diputados del partido Ciutadans-Partido de la Ciudadanía, cuya principal seña de identidad consiste en atacar el catalanismo (que considera que comparten todos los partidos menos el PP) y la denuncia de la marginación del castellano, lo cual le ha valido el apoyo entusiasta de la COPE y El Mundo, que consideran a Piqué demasiado tímido en estos terrenos.

Una Entesa por la supervivencia

El nuevo tripartito cuenta con una mayoría parlamentaria suficiente: 70 votos de un total de 135. En este terreno es suficientemente sólido. Pero en otros su debilidad es constatable. Ninguna de sus propuestas en los terrenos nacional, político o social suscita ningún entusiasmo entre sus votantes, ni tampoco existe la ilusión de un cambio, que fue una de las bazas del gobierno de Maragall; más bien existe la sensación de que la segunda parte del tripartito no va a ser mejor que la primera. Aunque es necesario reconocer que, en el terreno de las reformas parciales, el nuevo gobierno tiene margen de maniobra para ganar la popularidad que ahora no tiene: en educación, sanidad, vivienda, inversiones en barrios populares, protección del territorio, etc., no es difícil impulsar mejoras importantes respecto al legado de CiU. En el terreno de las tensiones internas, los tres socios afirman que han tomado medidas para no repetir los errores del pasado, que se ofrecerá una imagen de unidad y que se priorizará el gobierno por encima de los partidos; sin embargo las divisiones internas no fueron únicamente el fruto de la inexperiencia, sino la expresión de desacuerdos importantes, de competencia por el liderazgo y de sensibilidades diferentes ante poderosas presiones externas. Todos estos factores siguen existiendo. Entre los tres partidos siguen habiendo diferencias importantes, no sólo en el tema nacional, sino en temas sociales como el cuarto cinturón, la conexión eléctrica con Francia o las centrales nucleares. Por otra parte CiU va a hacer una oposición dura: no va a tener reparos ni en lanzar pujas nacionalistas, ni en movilizarse con los empresarios o los obispos. El PP no se moverá de una política de acoso que considera rentable a escala de Estado. Y el presidente Zapatero no será un aliado de Montilla más fiable de lo que ha demostrado con Mas y Maragall. El único flanco donde el tripartito no tiene una oposición anunciada es el izquierdo, precisamente porque ERC e ICV están en el gobierno; en las actuales circunstancias la oposición de izquierdas sólo puede venir de los movimientos sociales, pero esto ni es una novedad, ni significa que no pueda ser importante.
Por último, si las tensiones en el tripartito se agravan, existen varias alternativas de gobierno sin necesidad de nuevas elecciones; que no se hayan concretado ahora no quiere decir que no puedan realizarse en el futuro, sobre la base del fracaso del nuevo tripartito. En definitiva, el nuevo gobierno no ha nacido de un proyecto común sólido e ilusionante, sino del instinto de supervivencia. Es difícil saber si este instinto será suficiente para cuatro años de legislatura.

30 de noviembre de 2006



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