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Palestina
Reflexiones sobre la victoria electoral de Hamás
01/02/2006 | Gilbert Achcar

“La gestión catastrófica de la política estadounidense, bajo la dirección de Bush, en Medio Oriente- coronando decenios de decisiones imperiales plenas de miopía y de “torpezas”- no ha dejado de proporcionar todos estos amargos frutos”.

1) La aplastante victoria electoral de Hamas no es sino uno de los productos de la contínua utilización –desde los años 1950- hecha por los Estados Unidos, en el mundo musulmán, del integrismo islámico como arma ideológica contra, a la vez, el nacionalismo progresista y el comunismo (los PCs estalinistas).

Todo ello ha sido hecho en colaboración estrecha con el reino saudí que es, de hecho, un protectorado de los Estados Unidos casi desde su fundación. La promoción de la interpretación más reaccionaria de la religión islámica –explotando creencias religiosas profundamente enraizadas en capas populares- ha llevado a que esta ideología llenase el vacío dejado por el agotamiento –durante los años 1970- de las dos corrientes ideológicas que ha servido para combatir.

El camino estaba, por tanto, preparado en el conjunto del mundo musulmán para la transformación del integrismo islámico en una expresión preponderante de las amarguras y desilusiones de las masas populares por las decepciones en los terrenos nacionales y sociales. Esto se produjo ante el desconcierto de Washington y de su protectorado: la Arabia saudí. La historia de las relaciones de Washington con el integrismo islámico es la ilustración moderna más llamativa de la metáfora del aprendiz de brujo /1.

2) La escena palestina no fue una excepción en esta arquitectura regional de conjunto, aunque el proceso se efectuara con una cierta distancia en el tiempo.

Inicialmente, el movimiento de guerrilla palestino ocupó el primer plano como consecuencia del agotamiento del nacionalismo árabe más tradicional y en tanto que expresión de una radicalización. Sin embargo, el movimiento conoció una muy rápida burocratización estimulada por una inyección impresionante de petrodólares. Alcanzó niveles de corrupción sin equivalente en la historia de los movimientos de liberación nacional. Sin embargo, mientras este movimiento permaneciera representando bajo los rasgos de la OLP (Organización de Liberación de Palestina) –lo que puede ser descrito como un “aparato de estado sin estado a la búsqueda de un territorio”-, el movimiento nacional palestino podía seguir dando cuerpo a las aspiraciones de la amplia mayoría de las masas palestinas, a pesar de los numerosos giros y traiciones a sus compromisos que jalonan su historia.

Sin embargo, cuando una nueva generación palestina se implicó en la lucha a finales de los años 1980, con la (primera) Intifada que comenzó en diciembre de 1987, su radicalización se dirigió cada vez más por la vía del fundamentalismo islámico. Esto fue facilitado por el hecho de que la izquierda palestina –que era la fuerza dirigente en los primeros meses de la Intifada- desaprovechó esta última posibilidad histórica alineándose ella misma una vez más tras la dirección de la OLP, asegurando de esta forma su propia derrota.

A una escala más pequeña, Israel jugó también su propia versión de aprendiz de brujo apoyando al movimiento islámico fundamentalista como rival de la OLP, antes de esta (primera) Intifada.

3) Los Acuerdos de Oslo de 1993 inauguraron la fase final de la degeneración de la OLP, cuando su dirección –o, más exactamente, el núcleo dirigente de su dirección que pasó por encima de los órganos dirigentes oficiales- vió que se le ofrecía una tutela sobre la población palestina de Cisjordania y de Gaza. Eso se efectuó a cambio de lo que equivale a una capitulación: la dirección de la OLP abandonó las condiciones mínimas requeridas hasta entonces por los negociadores palestinos del interior de los territorios ocupados (en adelante, los Territorios), ante todo el compromiso israelí de congelar la construcción de las implantaciones de colonización de sus territorios como paso previo a su desmantelamiento. Las condiciones mismas de esta capitulación –que condenaba los acuerdos de Oslo a un fracaso trágico como con razón predecían sus críticos desde el comienzo- no podían más que acelerar el cambio de orientación política de la mayoría popular.

El estado sionista utilizó a su favor la tregua en los Territorios, y el orden impuesto por la Autoridad Palestina (AP) que, por su parte, cumplía con su papel de fuerza de policía que Israel le había concedido por procuración. El estado sionista intensificó fuertemente la colonización y la construcción de una infraestructura que apuntaba a facilitar su control militar sobre estos Territorios. En consecuencia, el descrédito de la AP aumentó de forma inexorable. Esta pérdida de apoyo popular limitó cada vez más su capacidad de reprimir al movimiento islámico fundamentalista palestino, lo que le había sido demandado (por el estado sionista) y como había intentado hacer desde 1994. Esta fragilización de su base no podía más que hacer aún más difícil el objetivo de marginar al movimiento islámico en los terrenos político e ideológico. Además, el desplazamiento de la burocracia de la OLP del exilio al interior de los Territorios –como aparato dirigente dedicado a la tarea de control de la población que había hecho la Intifada- condujo muy rápidamente a que la corrupción alcanzara enormes cotas. La población de los territorios pudo constatar directamente esta corrupción por primera vez.

Al mismo tiempo, Hamas, como la mayoría de los movimientos integristas islámicos de masas –y a diferencia del “sustituísmo” de organizaciones estrictamente terroristas, de las que al-Quaeda se ha convertido en el ejemplo más espectacular- se preocupaba por ofrecer respuestas concretas a las necesidades esenciales de las capas populares, organizando servicios sociales, cultivando a la vez una reputación de austeridad en su comportamiento y de incorruptibilidad.

4) El ascenso irresistible de Ariel Sharon a la cabeza del estado israelí fue el resultado de la provocación de septiembre de 2000 /3, provocación que desencadenó la “Segunda Intifada” . A causa de su militarización, este segundo levantamiento no poseía los rasgos más positivos de la dinámica popular de la primera Intifada. La AP, dada su naturaleza, no podía apoyarse en la autoorganización de las masas; entonces no podía sino comprometerse en la vía que le era más familiar reforzando así la militarización del levantamiento.

El ascenso de Sharon era también el producto del callejón sin salida al que había llevado el “proceso de Oslo”: es decir la incompatibilidad entre, por un lado, la interpretación sionista del marco de Oslo –una versión puesta al día del “plan Alon” de 1967, según el cual el estado israelí abandonaría las regiones más habitadas de los territorios ocupados a una administración árabe, a la vez que mantenía la colonización y el control militar de porciones estratégicas de los Territorios –y, por otra parte, la de la AP que contemplaba recuperar el conjunto, o casi, de los Territorios ocupados en 1967; sin lo que sabía que perdería lo que le quedaba de influencia en la población palestina.

La victoria electoral del criminal de guerra Sharon, en febrero de 2001 –un acontecimiento tan “chocante” al menos, según el lenguaje mediático, como la victoria de Hamas- reforzó inevitablemente al movimiento integrista islámico, su equivalente desde el punto de vista de la radicalización de las posiciones sobre un fondo de compromiso histórico nacido muerto. Todo esto fue acentuado, evidentemente, por el acceso (resistible pero al que no se hizo resistencia) a la presidencia de los Estados Unidos de George W. Bush, acompañada del desencadenamiento de las ambiciones imperiales más desenfrenadas tras los ataques del 11 de septiembre de 2001.

5) Ariel Sharon ha jugado hábilmente la dialéctica entre él y su verdadero equivalente palestino, Hamas. Su cálculo era sencillo: a fin de realizar en la práctica, de forma unilateral, su propia versión dura de la interpretación sionista de un arreglo con los palestinos, tenía necesidad de reunir dos condiciones: 1ª, reducir al mínimo la presión internacional que se pudiera ejercer sobre él –en particular la de los Estados Unidos, la única que importa en Israel; 2ª, hacer la demostración de que no había ninguna dirección palestina con la que Israel pudiera tratar.

Con este objetivo, debía poner en relieve la debilidad de la AP y desacreditarla como interlocutora, atizando la expansión del movimiento integrista islamista sabiendo pertinentemente que este último está anatemizado por los estados occidentales.

Así, cada vez que una especie de tregua, negociada por la AP, era concluida con las organizaciones islamistas, el gobierno de Sharon llevaba a cabo alguna “ejecución extrajudicial” –es decir, un asesinato- a fin de provocar a esas organización para que llevaran a cabo represalias, con los medios que son sus “especialidades”, sus F-16 como dicen: los atentados suicidas.

Esto tenía la doble ventaja de subrayar la incapacidad de la AP para controlar a la población palestina y de aumentar la popularidad de Sharon en Israel. En verdad, la victoria electoral de Hamas (en enero de 2006) es el resultado que la estrategia de Sharon buscaba, como diversos observadores perspicaces no han dejado de subrayar.

6) Hasta el fin de sus días Arafat pudo utilizar lo que le quedaba de su propio prestigio histórico. Al contrario de lo que numerosos analistas han afirmado, el encierro (reclusión forzosa) de Arafat por Sharon durante los últimos meses de su vida no “desacreditó” al dirigente palestino. En realidad, la popularidad de Arafat estaba históricamente en su punto más bajo antes de su reclusión; se recuperó tras su “encarcelamiento”.

De hecho, la dirección de Arafat estuvo siempre directamente alimentada por la diabolización de que era objeto por parte de Israel. En consecuencia su popularidad aumentó de nuevo cuando se convirtió en el prisionero de Sharon. Esa es la razón por la que el candidato de Israel y de los Estados Unidos a la dirección palestina, Mahmoud Abbas, no era capaz de tomar efectivamente las riendas mientras Arafat viviera.

Esa es también la razón por la que, tanto la administración Bush como Sharon no querían dejar a los palestinos organizar nuevas elecciones, que Arafat no dejaba de reclamar, en el momento en que su representatividad era puesta en cuestión (por Israel y los Estados Unidos) de forma hipócrita invocando la necesidad de poner en marcha, anteriormente, “reformas democráticas” de la AP. La naturaleza misma de los “demócratas” sostenidos por Washington e Israel –demócratas certificados por ese calificativo- es encarnada de forma ejemplar por Muhammad Dahlan, el muy corrupto dirigente de uno de los aparatos de “seguridad” rivales que Arafat guardaba bajo su control, según el modelo tradicional de los regímenes autocráticos árabes.

7) La victoria electoral de Hamas constituye una bofetada sonora para la administración Bush. Es la última ilustración de la política de aprendiz de brujo llevada a cabo por los Estados Unidos en el Medio Oriente. Es la estocada final a la retórica demagógica y falsa, de inspiración neoconservadora, sobre llevar la “democratización” del “Gran Medio Oriente”. Es ciertamente demasiado pronto para hacer predicciones fundadas sobre lo que ocurrirá sobre el terreno. Sin embargo es posible emitir algunas observaciones y adelantar algunos pronósticos.

- 1º. Hamas no tiene motivación social para colaborar en el marco de la ocupación llevada a cabo por Israel, al menos nada comparable a la del aparato de la AP originario de la OLP. El movimiento integrista islámico se encuentra actualmente en un cierto desconcierto bajo el efecto de su victoria: Habría ciertamente preferido la posición mucho más confortable de ser la principal fuerza de oposición parlamentaria a la AP. A partir de ahí, hace falta mucho autoengaño y votos piadosos para creer que Hamas se adaptará a las condiciones dictadas por los Estados Unidos e Israel. Una colaboración es tanto menos probable debido al hecho de que el gobierno israelí, bajo la dirección del nuevo partido Kadima, fundado por Sharon, continuará su política, utilizando a fondo el resultado de las elecciones que tanto conviene a sus planes, haciendo así imposible un compromiso con Hamas. En fín, Hamas debe hacer frente a un rival que le quiere desbordar: la “Yihad islámica” que ha boicoteado las elecciones.

- 2º. A fin de intentar salvar la componente palestina que es de importancia neurálgica para el conjunto de la política medio oriental de los Estados Unidos –una política que Washington ha logrado llevar a una situación desastrosa- la administración Bush va probablemente a tomar en consideración tres posibilidades:

* La primera consistiría en llevar a cabo un giro de gran calado en dirección a Hamas, un giro comprado y efectuado gracias a la mediación de Arabia Saudí. Esto es sin embargo poco probable por las razones mencionadas más arriba; y el proceso sería tan largo como inciertos los resultados.

* Una segunda consistiría en estimular tensiones y oposiciones a Hamas a fin de provocar nuevas elecciones en un futuro no muy lejano. Esto podría hacerse utilizando la ventaja del amplio poder presidencial que Arafat se había atribuído y que Mahmoud Abbas ha heredado, obien mediante su dimisión y que se tuviera que llevar a cabo una elección presidencial. Para que una operación de este tipo se viera coronada por el éxito, o tuviera algún sentido, hay que disponer de una personalidad que pueda recuperar una mayoría en favor de la dirección palestina tradicional. Pero la única personalidad que dispone de un mínimo de prestigio requerido para un papel así es, hoy, Marwan Barghouti, que –desde su prisión israelí- ha llevado a cabo una alianza con Dahlan, de cara a las elecciones. Es ya una posibilidad que Washington ejerza pronto una presión sobre Israel a fin de que Barghouti sea liberado.

* Una tercera opción consistiría en poner en pie un “escenario argelino”. Hago referencia a la interrupción del proceso electoral en Argelia, dictada por la Junta militar en 1992. Esta opción es ya contemplada según diversos artículos de la prensa árabe. Según este escenario, el aparato represivo de la AP llevaría a cabo un ataque contra Hamas, impondría un estado de sitio y establecería una dictadura militaro-policial. Evidentemente, una combinación de los dos últimos escenarios es también posible, retrasando en el tiempo la represión contra Hamas, hasta que las condiciones políticas existentes sean más propicias a la última opción.

Toda tentativa de los Estados Unidos y de la Unión Europea (UE) de someter por el hambre a los palestinos interrumpiendo la ayuda económica que conceden conduciría a un desastre tanto en el plano humanitario como en el plano político. Hay que oponerse a ello de la forma más enérgica.

La gestión catastrófica de la política de los Estados Unidos, bajo la dirección de Bush, en Medio Oriente –coronando decenios de decisiones imperiales plenas de miopía y de “torpezas”- no ha dejado de proporcionar todos estos amargos frutos.

1. Ver mi libro Le Choc des barbaries, 10/18, 2004.
2. Id.
3. Ariel Sharon penetró en la explanada de las Mezquitas en Jerusalén, con el objetivo de afirmar su posesión por el estado de Israel.

27 de enero de 2006.
Traducido del inglés por la redacción de a l´encontre, revisada por el autor.
www.alencontre.org/page/Palestine/PalAchcarHamas01_06.htm
Traducción al castellano de Alberto Nadal.

Gilbert Achcar enseña ciencias políticas en Paris-8 y es autor de diversos libros entre ellos, L’Orient incandescent, 2003, et Le dilemme israélien. Un débat entre Juifs de gauche, 2006.



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