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Elecciones en los EE UU. Un debate sobre la campaña “Cualquiera menos Bush” y la lógica del “mal menor”
¿Una república de derechas?
08/01/2005 | Sharon Smith

Si bien George Bush ha ganado por poco en el seno del Colegio electoral sobre John Kerry, lo cierto es que ha ganado con un confortable margen de varios millones de votos a lo largo del país. Los republicanos han reforzado su mayoría en el seno del Congreso mientras que los electores han votado la prohibición del matrimonio homosexual en once estados. Y en California el referéndum contra las leyes de las “tres huelgas”, que limitan el derecho de huelga, ha sido también negativo. Los republicanos –y los conservadores sociales- han ganado con holgura las elecciones de 2004, a pesar de la extrema polarización de la población.
Y nadie puede hoy censurar a Nader por este resultado. Con menos de medio millón de sufragios el voto Nader no ha tenido ninguna influencia sobre el resultado de estas elecciones. Los demócratas, que habían consagrado meses de esfuerzos para que el nombre de Nader no figurara en el boletín de voto en los estados de gran población, pueden al menos estar satisfechos por este resultado.

Entonces, ¿quién tiene la culpa?. Desgraciadamente las primeras conclusiones provenientes de la izquierda que había gritado alto y fuerte “Anybody But Bush!” (es decir “ABB”, lo que significa “Cualquiera menos Bush”) parecen censurar a la propia población de los Estados Unidos. Por ejemplo Justin Podur en un artículo titulado “El día siguiente” publicado por la web Znet, argumenta: “Es tiempo de admitir algo. La gran división en el mundo actual no es entre la élite estadounidense y su pueblo, ni entre la élite estadounidense y los pueblos del mundo. Está entre el pueblo de los Estados Unidos y el resto del mundo. George W. Bush no ha sido elegido por primera vez. Cuando los Estados Unidos cubrieron Afganistán de bombas de fragmentación, perturbando la ayuda humanitaria allí, matando a miles de personas y ocupando el país, era posible decir que eran las actuaciones de un grupo de indeseables que había falsificado las elecciones y utilizaba el terrorismo como un pretexto para hacer la guerra. Cuando los Estados Unidos invadieron Irak, matando al menos a 100.000 personas, se podía aún decir que nadie ha pedido la opinión del pueblo americano y que este último había sido también víctima de las mentiras. Cuando los Estados Unidos han secuestrado al presidente haitiano e instalado en su lugar una dictadura paramilitar, era posible argumentar que se trataba también ahí de la acción de un grupo no elegido emprendida despreciando la democracia. Con esta elección todas estas acciones han sido retroactivamente justificadas por la mayoría del pueblo estadounidense”.

Tales argumentos pueden influenciar a mucha gente, pues el margen de la victoria de Bush ha sido más amplio de lo que indicaban todas las previsiones. El editorialista del New York Times, Nicholas Kristoff, escribía por ejemplo el día 3 de noviembre: “Los demócratas proponen soluciones mientras que los republicanos venden valores”.

Los resultados de los republicanos han sido superiores a los de 2000. La participación del 55% (superior a la de 2000 que no había alcanzado más que el 51%, pero inferior al 60% anunciado) ha sido interpretada ampliamente como una participación que debía asegurar la victoria de Kerry. En lugar de eso, muchos nuevos electores, movilizados por los republicanos, han votado a Bush. Florida, Georgia, Virginia y Kentucky –con triunfo republicano- han batido sus records de participación. Durante este tiempo la población estudiantil objetivo de los demócratas ha permanecido en casa en las mismas proporciones que en 2000. En un número demasiado alto pues, si se tiene en cuenta el compromiso de Michael Moore y de Bruce Springsteen en la campaña electoral de Kerry.

Bush ha ganado también sustancialmente entre la base electoral tradicional del partido demócrata en declive. Estas son algunas estadísticas iniciales (basadas en los sondeos sacados de las urnas por la CNN, por tanto aún susceptibles de modificaciones) que dan una idea del hundimiento de la base tradicional de los demócratas: 23% de los gays han votado por Bush; 36% de los miembros de los sindicatos han votado por Bush (e incluso el 40% de los que tienen un sindicalista en el hogar); 11% de los negros han votado por Bush; 44% de los latinos han votado por Bush.

Una gran parte de la izquierda ABB concluirá de forma desdeñosa que la población no ha conseguido más que lo que se ha merecido: cuatro años más de Bush. En el seno de la principal corriente del partido demócrata muchos concluirán que los demócratas deben ir aún más hacia la derecha para poder dirigirse a la mayoría conservadora. Tras las elecciones Kristoff argumentaba: “La prioridad absoluta para el partido demócrata debería ser recomponer los lazos con el corazón del país”.

Los efectos perversos del menor mal

Todas estas conclusiones se basan en la convicción de que los estadounidenses son conservadores incurables y que la izquierda está condenada a seguir siendo una minúscula minoría en el seno de un océano conservador por un futuro indefinido. Es sobre esta base que la izquierda ha apoyado a Kerry en 2004 como demócrata más susceptible de ser elegido.
Toda la construcción de la ideología del menor mal –el fundamento de la actitud de la ABB- se basa en la convicción de que lo mejor que podemos esperar es la elección de una versión ligeramente menos nefasta del candidato republicano. Esto conduce a la trampa de las profecías dotadas de un mecanismo de autorrealización cuando ningún partido de la izquierda se atreve siquiera a desafiar al sistema bipartito.
La elección de 2004 ha puesto a la luz la lógica contraria a aquella sobre la que se basaba la convicción de la izquierda ABB, cuando “la ilegibilidad” de Kerry (es decir su similitud con Bush) no le ha permitido ser elegido. Es así como en un país en el que la mayoría de la población considera que la guerra en Irak es el fruto de un error, quien ha empantanado al país en esta guerra con falsos pretextos ha logrado la victoria. Empleando la misma estrategia que Gore y Clinton antes que él, Kerry ha abandonado la base electoral tradicional del partido demócrata para intentar ganar al electorado oscilante (es decir las clases medias blancas). Ha permitido así a Bush definir el marco del debate –el terrorismo. No ha hecho ninguna concesión a los sindicatos que le apoyaban, ha guardado todo lo posible sus distancias con las reivindicaciones sobre el derecho al aborto y se ha opuesto al matrimonio de los homosexuales. Su oposición a la guerra en Irak fue tan condicional, contradictoria y confusa –pues era un candidato favorable a la guerra- que ha dejado pasar la enorme ocasión de transformar el sentimiento antiguerra masivo en una oposición electoral coherente.
Al contrario, la estrategia de los republicanos estaba centrada en el reforzamiento de su base electoral conservadora cristiana. La propuesta de Bush de prohibición del matrimonio homosexual el pasado año formaba parte de este cálculo: movilizar el electorado socialmente conservador subrayando la urgencia de las contrarreformas en este terreno. Bush no se ha desviado nunca de esta orientación tendente a movilizar el electorado conservador. Y el lanzamiento de los referéndum contra el matrimonio homosexual en 11 estados intentaba también la movilización del electorado conservador, que tras haberse desplazado para votar contra los derechos de los homosexuales iba naturalmente a depositar su voto a favor de Bush.
Así, durante estas últimas semanas de la campaña, mientras Bush movilizaba su base conservadora, Kerry estaba ocupado en echar sonrisitas a la pequeña fracción de electores indecisos. Considerando que incluso Al Gore había logrado retener el electorado populista en la campaña 2000, Kerry no había hecho ningún esfuerzo en ese sentido.

Hora de las reevaluaciones

En razón de la estrategia adoptada por Kerry, es Bush quien ha determinado los parámetros políticos de la campaña. Dicho de otra forma el orden del día reaccionario de Bush no ha sido confrontado a ningún tipo de oposición coherente. Al contrario, recibía un eco debilitado de parte de un Kerry neoliberal y favorable a la guerra.
Si la izquierda ABB busca a los responsables de la victoria de Bush, debería mirarse a sí misma en el espejo y reflexionar sobre su rendición incondicional ante un candidato tan derechista como Kerry. Lejos de ejercer una presión sobre Kerry para empujarle hacia la izquierda, la izquierda ABB ha concentrado sus esfuerzos en los ataques contra Ralph Nader y contra todos los que intentaban construir una verdadera alternativa de izquierdas frente a los demócratas.
Además el compromiso en la campaña a favor de Kerry ha impuesto a los movimientos antiguerra, de las mujeres, de los homosexuales y al movimiento obrero el freno de toda lucha significativa. No era solo porque los militantes han consagrado lo mejor de su tiempo, de su dinero y de su energía a promover a Kerry, sino sobre todo porque las luchas habrían puesto al orden del día la crítica de las posiciones favorables a la guerra de su candidato así como la de sus demás posiciones reaccionarias. Y de hecho la revelación de las torturas de Abu Ghraib –que en otras ocasiones habría provocado manifestaciones masivas y militantes para denunciar tal horror –no ha llevado más que a un pequeño murmullo del movimiento antiguerra y de John Kerry.
Así esta campaña electoral no ha permitido que apareciera una oposición al statu quo republicano, que permitiera que se desarrollara el debate político al margen de las condiciones impuestas por Bush, es decir sobre el terreno de la derecha. Así el debate sobre el matrimonio homosexual no ha conducido a la aparición de dos campos –uno favorable y el otro opuesto- sino a un intercambio sonriente de opiniones entre dos candidatos igualmente opuestos a este derecho. Son estos parámetros lo que han enmarcado el debate sobre el matrimonio homosexual a los ojos de la población de los Estados Unidos.
Sin embargo la conciencia de las masas no es una constante, sino un estado de espíritu en continuo cambio. Cuando hay una izquierda fuerte y que habla alto, cuando surgen movimientos en la lucha, la conciencia cambia. Es ciertamente una lección a sacar del decenio de 1960 y del comienzo del decenio de 1970, cuando se desarrolló la izquierda y la conciencia de las masas evolucionó también hacia la izquierda, creando un amplio apoyo a las reivindicaciones del derecho al aborto y de los derechos civiles.
La conciencia es por otra parte desigual en el seno de la población. Solo una minoría de los americanos en edad de votar se ha pronunciado a favor de Bush y contra el matrimonio homosexual en el escrutinio del 2 de noviembre de 2004 –porque más del 45% de los potenciales votantes no han tomado parte en la votación. E incluso en cada persona la conciencia es compleja y a menudo contradictoria; si no, ¿cómo explicar que tal número de homosexuales hayan votado a favor de Bush?
El voto es la forma más elemental de expresión política, la menos comprometida, particularmente en los Estados Unidos, dominados por dos partidos de empresarios. Este año sin embargo, debido a la claudicación abrumadora de la izquierda ante Kerry, lo que ha llevado a que una amplia mayoría de la población no pudiera ni siquiera escuchar una voz de izquierdas, este fenómeno fue aún más flagrante.
Lo que se puede concluir de los resultados de la elección de 2004, es que una oposición de izquierdas, que permitiría a la masa de la población, explotada y oprimida por el sistema, tener un medio de expresión política, falta desesperadamente en los Estados Unidos. Desde este punto de vista, la elección de 2004 ha constituido un verdadero retroceso. En tanto que oposición, la izquierda en sentido amplio se ha hundido y, por todas las razones indicadas aquí, el campo político se ha desplazado hacia la derecha.
Pero esto no significa de ninguna manera que la conciencia no pueda en el futuro evolucionar en el otro sentido, quizá más rápidamente de lo que imagina la mayoría. Podemos esperar que Bush, con su nuevo “mandato popular”, pase a la ofensiva. Pero como ocurrió con Newt Gingrich unos decenios antes, Bush deberá enfrentarse a una oposición. Si decide relanzar la prohibición del matrimonio homosexual a escala federal va a provocar a la mayoría de la población que continúa opuesta a la discriminación de los gays y lesbianas. Si intenta proscribir el aborto, encenderá el movimiento de las mujeres. Y su ofensiva contra Faluya no dejará de chocar contra los millones de personas que siguen opuestas a la guerra.
Desde numerosos puntos de vista estas elecciones han proporcionado una distracción a la mayoría de los americanos que continúan viviendo una crisis muy real: la guerra que continúa, el sistema de salud que se hace cada vez más inaccesible, los empleos mal pagados que se extienden, las reducciones masivas del presupuesto… Estas crisis no podrán agravarse sin provocar resistencias de abajo.
Pero, si queremos evitar la repetición de tan deprimente escenario en cada ciclo electoral, la izquierda debe finalmente aceptar mirarse a sí misma y tomar conciencia de su propia responsabilidad en la reelección de Bush debido a su ardor en apoyar “el mal menor”.

*Sharon Smith es redactora jefe del Socialist Worker, semanario de la Organización Socialista Internacional (ISO). Este articulo está traducido del Socialist Worker del 5 de noviembre de 2004.

28 diciembre 2004
Traducción de Alberto Nadal
www.vientosur.info



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