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Se acercan, con malos augurios (¡hasta Nader pone sordina a sus críticas a la guerra!), las elecciones en los EE UU. Luc Marchauciel informa de los principales debates de la izquierda.
Estados Unidos: La Radicalización o el callejón sin salida
07/09/2004 | Luc Marchauciel

Desde hace varios meses, la situación estadounidense está marcada por una polarización creciente del debate político. Los estantes de las librerías dan fe de ello, invadidos como están de panfletos pro y anti-Bush, con best-sellers en los dos campos. Esta polarización supera ampliamente el marco de las librerías, de los talk-shows o más en general del debate intelectual, para encarnarse en los terrenos electoral y jurídico, así como en el terreno de las luchas. Así, hemos podido asistir durante este último año a la aparición de verdaderos movimientos de masas como no había conocido el país desde hace mucho tiempo.

Un movimiento antiguerra que dura

Mientras que, en el marco del traumatismo post-11 de septiembre (2001), la invasión de Afganistán había podido desarrollarse casi sin ninguna resistencia interna, no ha ocurrido lo mismo con la invasión de Irak. En vísperas del ataque, el 15 de febrero de 2003, fueron centenares de miles de manifestantes los que desfilaron en los Estados Unidos, un movimiento de una amplitud bastante superior a lo que era por ejemplo la oposición a la guerra del Vietnam en sus comienzos. Sin embargo, el movimiento ha tenido luego que hacer frente a una fase de repliegue y de desmoralización, por no haber alcanzado su objetivo de impedir la guerra. Sin embargo, incluso en esta fase de repliegue, el movimiento ha perdurado y mantenido su anclaje.
Así, mientras la ocupación se revela cada vez más larga, dolorosa, costosa y cuando se enfrenta con una crisis de gran amplitud un año después de su comienzo, el movimiento ha reaparecido con fuerza el 20 de marzo pasado, con movilizaciones en 250 ciudades del país (100.000 en Nueva York, 25.000 en San Francisco, 15.000 en Los Angeles, 10.000 en Seattle, etc.). El sentido de las protestas tiende también a politizarse: no se trata ya de un simple rechazo pacifista de la guerra, sino de un rechazo antiimperialista de una ocupación.
Es en este contexto en el que hay que comprender la inserción de la cuestión palestina en las reivindicaciones del movimiento antiguerra. Esta inclusión, que parece natural en muchos países, ha sido tardía en los Estados Unidos, debido a las resistencias de sectores llamados “moderados” del movimiento, que profetizaban una inevitable marginación. De hecho, es lo contrario lo que ha ocurrido, y, el 20 de marzo pasado, el movimiento no solo ha progresado en términos de efectivos, sino también en términos de coherencia política: el objetivo es claramente resistir a las agresiones imperialistas, en todo el mundo, y ante todo en Medio Oriente, defendiendo el derecho de los pueblos a disponer de si mismos. Más allá de las protestas pacifistas, se trata de explicar que otro mundo es necesario, oponiéndose a los objetivos coloniales e imperialistas, de Fallujah a Gaza, y de Caracas a Puerto Príncipe.
Otro elemento muy importante de este movimiento es la acción de las organizaciones de veteranos, y sobre todo de familias de soldados, como por ejemplo “Military Families Speak Out” /1. Difundiendo los testimonios de los soldados que describen la vida cotidiana de la ocupación y el odio al ocupante, estas organizaciones contribuyen a la lucha contra la propaganda gubernamental repetida sin cesar por los medios. Han organizado el 20 de marzo una concentración de 1000 personas en Fayetteville, ante la base militar de Fort Bragg, la más importante en ese lugar desde 1970, cuando Jane Fonda se dirigió a los soldados opuestos a la guerra de Vietnam.

Sin duda, ese es el modelo: contestar desde el interior la legitimidad de esta guerra, en el momento en que el aislamiento internacional, la evidencia de las mentiras sobre las armas de destrucción masiva y sobre todo la emergencia de una resistencia armada en Irak debilitan considerablemente la posición de la administración Bush. Con la revelación de las torturas practicadas contra los prisioneros irakís, ésta se encuentra hoy hundida en una crisis muy profunda, de consecuencias aún difíciles de evaluar, mientras que el apoyo a la ocupación no deja de disminuir en los sondeos de opinión… Cerca de un americano de cada dos parece hoy pronunciarse por la retirada inmediata de las tropas. La opinión iría así por delante de numerosos liberales, que argumentan sobre el tema: “Ahora que hemos creado esta situación, es preciso que las tropas permanezcan –o sean reemplazadas por tropas de la ONU-, el tiempo necesario para que un gobierno democrático sea puesto en pie, y para evitar que el país se hunda en el caos o el islamismo”. Hay que recordar que: es la ocupación la que crea el caos, y la que alimenta el discurso islamista. Cuanto más dure, más los alimentará; una ocupación imperialista, estadounidense u onusiana, no desembocará jamás en ninguna democracia, pues la democracia es contradictoria con los objetivos neocoloniales de la ocupación.
Tras este discurso pseudohumanista, hay algo típicamente racista, y que remite a la “misión civilizadora” de Jules Ferry. ¿Porqué los Estados Unidos (cuyo presidente no ha sido elegido), la ONU (cuyo funcionamiento no es en absoluto democrático), o quien sabe quien deberían enseñar la democracia a los irakís?. ¿En nombre de qué superioridad?

La vuelta de las cuestiones de sociedad

Más aún que la cuestión de la guerra, las cuestiones del matrimonio homosexual y del aborto han agudizado la polarización izquierda/derecha estos últimos meses.
La campaña por el matrimonio homo ha aparecido con fuerza en febrero, cuando el nuevo alcalde de San Francisco, Gavin Newsom, ha comenzado a conceder certificados de matrimonio sin tener en cuenta los obstáculos ligados a la legislación californiana. Ha ahí sin duda una forma de oportunismo para este político demócrata, que acababa de ser elegido contra un candidato verde , y que intentaba desembarazarse de una imagen derechista en la ciudad más liberal del país. Pero poco importa: no hay nada que decir en este terreno ni a la acción ni a la argumentación de Newsom, que ha sabido resistir las presiones venidas de su propio partido.
Desde el primer día de la entrega de los certificados, miles de parejas homosexuales han hecho pacientemente la cola ante la alcaldía, a veces durante horas, bajo una intensa lluvia. Estas imágenes de filas interminables día tras día han dado una visibilidad nacional a las reivindicacines de igualdad de los derechos, tanto más cuando, al mismo tiempo, el debate emergía en Massachussetts, donde la Corte Suprema del estado había juzgado discriminatoria la negativa a casar a personas del mismo sexo.
Mientras que, enfrente, Georges Bush anunciaba que apoyaría una enmienda a la constitución que prohibiría los matrimonios homo, es un verdadero movimiento el que retoma la ofensiva, comparando su lucha a la de los derechos cívicos de los años 1960. Este movimiento se enfrenta frontalmente a la ideología de la derecha cristiana, que es dominante en la vida política estadounidense desde los años 1980, y , en este sentido, constituye un aliado esencial de otro movimiento que renace de sus cenizas, el del derecho al aborto.
Sobre esta cuestión del aborto, es más bien la derecha cristiana la que sigue a la ofensiva. Esta presión se hace sentir hasta en el Partido Demócrata, puesto que en 1996 Bill Clinton firmaba una llamada ley de “Defensa del matrimonio”, que se proponía reducir el número de abortos… llevando a cabo campañas a favor de la abstinencia entre los jóvenes. El éxito de este tipo de campaña se mide por el número de jóvenes madres, que es en los Estados Unidos anormalmente elevado en relación a los demás países industrializados. El discurso sobre la necesidad de reducir el número de abortos no tiene por objetivo facilitar el acceso a la contracepción para evitar una operación médica que puede ser traumatizante, sino que sirve más bien de “taparrabos” –hay que decirlo así- para una política de represión sexual y de puesta en cuestión del derecho al aborto.
Desde la era Clinton, sin resistencia de la administración federal o del movimiento feminista pro-Demócratas, numerosos estados adoptaban legislaciones que restringían el derecho a elegir (imposición de períodos de espera de 24 horas, exigencia de una autorización paternal para las jóvenes menores de edad, negativa de ayuda financiera a las mujeres pobres, etc.). Estos ataques han llegado recientemente al nivel federal: en noviembre, el Congreso adoptaba un texto prohibiendo ciertas técnicas de aborto tardío, y el Senado adoptaba en marzo una ley que da al feto un estatus legal distinto de la madre –una agresión contra una mujer embarazada sería una agresión contra dos personas-, primer paso hacia una puesta en cuestión completa del derecho al aborto. En este terreno, ha sido Dakota del Sur quien se ha lanzado primero, con una ley en discusión que prevé hasta 5 años de prisión para cualquier aborto que no sea para salvar la vida de la madre.
Frente a este grave deterioro de la situación, y mientras que desde 1993 los fanáticos antiaborto han llegado a la violencia y a los asesinatos contra los médicos, la manifestación del 25 de abril ha representado un despertar del movimiento feminista, decidido a defender sus conquistas. Con cerca de un millón de participantes, ha sido un éxito extremadamente importante y portador de esperanza, a condición de construir establemente un verdadero movimiento, en lugar de una sencilla aparición para apoyar la candidatura del demócrata Kerry. Las oradoras de la tribuna, Hillary Clinton a la cabeza, se sucedían para explicar que la única solución estaba en el voto demócrata, y que con Kerry no habría razones para manifestarse /2.
Esta estrategia, desgraciadamente dominante por el momento, es un callejón sin salida mortal para el movimiento. Da fe de ello el balance de los años Clinton, durante los cuales las organizaciones feministas no han movilizado para no molestar a “su” presidente. Resultado: Clinton no ha mantenido nunca sus promesas de hacer aprobar una ley que defendiera el derecho al aborto, y, muy al contrario, fue bajo su presidencia cuando los Estados pudieron adoptar el mayor número de medidas restrictivas. Además, todas las leyes republicanas recientes han sido votadas con el apoyo de votos demócratas, como los 47 representantes demócratas que han votado el estatuto legal del feto. Habrá por tanto que manifestarse, de forma completamente independiente, sea el que sea el presidente elegido en noviembre….

Difíciles luchas de clases

El principal punto negro de la situación estadounidense sigue siendo el débil nivel de las luchas directamente anticapitalistas, ya sean los combates altermundialistas o las luchas obreras. La lucha altermundialista, aunque emergiera verdaderamente en los Estados Unidos, en Seattle, ha caído luego de forma clara en este país, mientras que tomaba un auge duradero en otros continentes. La coalición original formada en Seattle, incluyendo sindicatos al lado de asociaciones ecologistas, reagrupamientos políticos radicales y ONGs humanistas, no ha podido encontrar prolongación duradera, e incluso ha volado por los aires con el choque del 11 de septiembre: las exigencias falaciosas de la autodenominada lucha antiterrorista han venido a ahogar los ardores internacionalistas de muchos, y principalmente de los sindicatos. Se encuentra sin embargo un crisol semejante al del altermundialismo en la lucha contra la guerra y la ocupación, incluso si es a una escala bastante menor de lo que había podido ser hecho en Seattle.
En lo que se refiere a las luchas obreras, y para comprender su debilidad actual, hay que remontarse muy atrás a dos momentos particulares de la historia de los Estados Unidos que han debilitado considerablemente el movimiento obrero:
- La etapa del Macartismo en los años 1950, que vió a los aparatos sindicales aceptar los términos del debate impuestos por el adversario y participar en la lucha anticomunista en nombre del interés nacional y de las exigencias de la guerra fría.
- La etapa de la ofensiva liberal de los años 1980, que comenzó bajo la presidencia del demócrata Carter, y que se amplió bajo las presidencias de Reagan. Como en los demás países industrializados, pero antes y de forma más fuerte, esta política se tradujo en una transferencia masiva de riquezas hacia los detentadores de capitales y las altas rentas: mientras que en 1973 la renta media de los 20% más ricos era 10 veces superior a la de los 20% más pobres, en 2000, era 20 veces superior. Sea bajo Reagan/Bush o bajo Clinton, esta ofensiva ha tomado la forma de un desmantelamiento del estado social y de una destrucción sistemática de toda legislación del trabajo que pueda poner trabas a una “pura competencia” por otra parte ficticia.
El proceso de reconversión industrial ha estado marcado por una ofensiva antisindical sin precedentes, y se estima que entre un tercio y la mitad de los empleos cubiertos por convenios colectivos negociados con los sindicatos han desaparecido. En los pseudo Eldorados de las nuevas tecnologías, como Silicon Valley, la ausencia de sindicatos y la precariedad del empleo han alcanzado niveles incomparables, hasta el punto de que la simple noción de contrato de trabajo se haya a menudo convertido en algo obsoleto /3.
Prosiguiendo una política suicida de colaboración de clases y no resistiendo frontalmente esta ofensiva cuando tenían los medios para hacerlo, los sindicatos de los Estados Unidos, a menudo muy conservadores y corruptos, han cortado la rama en la que estaban sentados, hasta el punto de que las posibilidades de desencadenamiento de luchas están hoy muy degradadas.
En este contexto, el conflicto que emprendieron a finales de 2003 los trabajadores de la gran distribución en el sur de California es absolutamente ejemplar. Se trataba para esos trabajadores de rechazar un nuevo contrato de trabajo en ciertos sitios como Safeway, contrato que les habría amputado una amplia parte de su cobertura social, ya a su cargo más que al de su patrón /5. Éste esgrimía la necesidad de reducir los costes frente a la competencia salvaje de otra cadena, en la que la ausencia total de sindicatos dejaba las manos libres a los accionistas. A pesar del silencio mediático, la huelga duró varios meses, implicó a 70.000 trabajadores y logró un importante movimiento de solidaridad, pero acabó a pesar de todo en un fracaso cuando los huelguistas, agotados, debieron aceptar a comienzos de año el contrato propuesto.
Esta huelga ha sido ejemplar, puesto que ha mostrado capacidades de movilización sorprendentes, pero también la obstinación y la ceguera burocráticas del sindicato de rama, que ha multiplicado los mitines y los discursos de solidaridad rimbombantes a la vez que se negaba a extender la huelga al resto de California. Por ello, la huelga se ha saldado con un fracaso, y los empleados del norte de California van a tener que hacer frente ahora a la vuelta al trabajo al mismo nuevo contrato. La huelga sin embargo, ha dibujado a grandes rasgos y popularizado una estrategia sindical alternativa, fundada en la extensión de la huelga, que podrán utilizar quizá los futuros huelguistas cuando llegue el momento /6.

¿Qué respuesta política?

En el contexto de atascamiento “vietnamita” de la ocupación y de polarización descrita anteriormente, se podría esperar legítimamente un debate electoral que reflejara posiciones definidas, alrededor de una clásica diferenciación izquierda/derecha. Sin embargo, no ocurre nada de eso y, por el contrario, lo que domina es la confusión.
El origen de esta confusión hay que buscarlo ante todo en la ideología del “Anybody but Bush” /7, verdadera capa de plomo sobre la izquierda estadounidense. El argumento es el siguiente: la administración Bush es fascistizante, y por tanto hay que ser responsable y dejar nuestros desacuerdos con los demócratas detrás de la necesidad de desembarazarse de Bush por cualquier medio. Este razonamiento es para la izquierda americana un retroceso terrible en relación a la elección de 2000, que había visto alrededor de Nader la emergencia de una real alternativa de izquierdas, cualesquiera que fueran sus límites. Y este razonamiento es sobretodo íntegramente contestable, desde sus premisas –sistemáticamente calificar de “fascistas” a todas las administraciones republicanas, como ocurre desde hace treinta años, implica sobre todo relativizar la peligrosidad del fascismo- hasta su consecuencia práctica, el apoyo incondicional a los demócratas.
Nos encontramos así ante la siguiente paradójica situación: mientras que la polarización social ha aumentado, nunca jamás un candidato demócrata se habrá parecido tanto a su oponente republicano. Kerry es un millonario que apoya las bajadas de impuestos para los ricos, es partidario de la pena de muerte, hostil al matrimonio homosexual, y ha apoyado a Bush en sus empresas guerreras desde el 11 de septiembre (así ha votado la guerra y el liberticida US Patriot Act). Sobre la cuestión de la ocupación, hay que preguntarse incluso cual de los dos es el mal menor, si se tiene en cuenta que Kerry establece una puja al exigir el envío de más tropas de las previstas por Bush. Presentar como un candidato antiguerra a un individuo así, cuyos spots de campaña en la televisión están centrados en su pasado de “héroe” de la guerra del Vietnam, muestra claramente en qué estado de confusión han hundido algunos a la izquierda estadounidense.
Hay por tanto que denunciar el trabajo de zapa efectuado por numerosas figuras emblemáticas de esta izquierda, que apoyaron a Nader en 2000, y que este año se han pronunciado a favor del apoyo a los demócratas. Así, el realizador Michael Moore ha defendido esta estrategia y apostado en las primarias por el general Wesley Clark proponiendo, pues, poner el movimiento antiguerra a remolque de uno de los dirigentes de la intervención americana en Serbia… La táctica consistente en intervenir en las primarias demócratas más que en construir una campaña independiente se ha saldado ineluctablemente por el apoyo final al candidato más creíble según los criterios mediáticos dominantes, es decir de hecho el candidato más próximo a Bush. Hermoso logro, en verdad, para los apóstoles del realismo y de la responsabilidad.
Hay también algo de patético en ver a Kucinich, indudablemente el candidato demócrata más a la izquierda en estas primarias, afirmar que permanece en la carera por la candidatura incluso si Kerry ya la ha logrado, y esto para influir en el debate para llevar al partido demócrata a una posición antiguerra. Cuantas energías gastadas en vano, y sobre todo finalmente neutralizadas en beneficio de Kerry el halcón…
En este campo de ruinas, una candidatura Nader, incluso amputada de ciertos apoyos liberales
pero ligada a los movimientos sociales, habría debido permitir aportar un poco de claridad y no dilapidar el capital político adquirido en 2000. Sin embargo, si hay que defender hoy el derecho fundamental de Nader a presentarse /8, es obligatorio constatar que su campaña ha empezado sobre bases por lo menos ambiguas.
En primer lugar, al contrario que en el proceso de 2000, Nader se ha lanzado esta vez en solitario, sin buscar la investidura del Partido Verde. Parece querer proponer una candidatura individual, no ligada a partidos o movimientos sociales, y que él construiría alrededor de su página de Internet. El resultado es que su campaña no tiene por el momento ningún fundamento militante creíble: encuentra dificultades para encontrar las firmas necesarias incluso en los estados más liberales, no se ve a ninguno de sus apoyos en las manifestaciones –al contrario que los demócratas, que vienen a buscar apoyos en ellas-, y no se ve como podría atravesar el silencio mediático sin una sólida campaña sobre el terreno tras él /9.
Además, hay problemas sobre el contenido del mensaje propuesto. La oposición a la guerra, por ejemplo, está lejos del corazón del discurso de Nader, que prefiere hacer campaña con sus temas tradicionales antimultinacionales y ecologistas. Pero sobre todo, perfila su candidatura como una tercera candidatura, más que como una candidatura a la izquierda de los demócratas, y ciertas iniciativas, como sus emplazamientos al reaccionario Ross Perot, antiguo candidato “independiente”, son completamente desconcertantes. En fín, Nader duda en presentarse en ruptura con los demócratas, en beneficio de un perfil más difuso de medio de presión sobre los demócratas. Lo que añade aún más confusión a la confusión, y podría desembocar en un desinterés de la izquierda radical por una candidatura tan ambigua y solitaria. Incluso el Partido Verde duda hoy en pronunciarse, y está muy dividido sobre este tema: algunos quieren apoyar a Nader, otros quieren presentar un candidato salido del partido, y otros quieren claramente pasar para no molestar a los demócratas /10.

¿Qué perspectivas?

La situación estadounidense está marcada por la debilidad del anclaje de una alternativa política fundada en las luchas. Una tal alternativa ha conocido sus momentos de gracia, como las uniones efectuadas en el momento de Seattle o de la campaña Nader. Pero, en el contexto de un débil nivel de luchas sociales y de enraizamiento del “Two-Party System” (sistema bipartidista), estos esfuerzos no han podido aguantar en el largo plazo. La dinámica de unión entre los sindicatos y el movimiento altermundialista nacida en Seattle se ha roto en el escollo patriótico del 11 de septiembre, y la esperanza nacida alrededor de la campaña Nader de 2000 se ha atascado en las arenas movedizas del “Anybody But Bush”.
Sin embargo, la situación actual de resurgimiento de luchas de masas, incluso si no se expresan en un terreno directamente anticapitalista, ofrece las condiciones de una construcción política posible, con el objetivo de la emergencia de un verdadero partido de izquierda, anticapitalista y antiimperialista, caja de resonancia de las luchas contra las diferentes formas de explotación y de opresión. En la situación de confusión actual, un primer paso, modesto pero indispensable, podría ser la reagrupación de diferentes fracciones de la izquierda revolucionaria, siguiendo el modelo de los encuentros de la izquierda anticapitalista europea o del proceso emprendido en Mumbai /11. La izquierda revolucionaria estaría entonces en una posición bastante mejor para dirigirse a quienes se han movilizado recientemente en las luchas contra la guerra, contra la pena de muerte /12, por el aborto y el matrimonio homosexual, a fin de proponerles construir unidos una alternativa política a los dos partidos gemelos del capitalismo estadounidense.

Inprecor, junio 2004 www.inprecor.org
Traducción: Alberto Nadal

Luc Marchauciel es corresponsal de Inprecor en los Estados Unidos

1/ Lo que significa: “Las familias de los militares toman la palabra”.
2/ Kerry ha optado por hacerse representar en la manifestación en vez de ir él mismo, sin duda para jugar en los dos tableros: recuperar la manifestación en beneficio de su campaña, pero sin mojarse demasiado personalmente.
3/ Sobre todos estos aspectos ver el excelente libro de Isabelle Richet: Les dégats du libéralisme. Etats-Unis: une société de marché. Textuel. Paris. 2002.
4/ Ver sobre esto Rick Fantasia y Kim Vos, Des syndicats domestiqués- Répression et et résistance syndicale aux États-Unis, Raisons d’agir, Paris 2003.
5/ Esta práctica de la renegociación frecuente de contratos a (corta) duración determinada es una herramienta muy eficaz en manos de la patronal.
6/ En los Estados Unidos, la huelga en solidaridad está prohibida por la ley, y, si los sindicatos respetan al pie de la letra la legislación, toda victoria obrera es de hecho casi imposible.
7/Literalmente : “Cualquiera antes que Bush”. Ver sobre este tema el dossier en Inprecor n. 488 de diciembre 2003. Ed. Fr.
8/ Este derecho es de hecho puesto en cuestión por numerosos apoyos liberales a los demócratas, que hacen campaña de opinión bastante histérica para empujar a Nader a retirar su candidatura, dando así pruebas de un sentido del pluralismo muy particular, en un país en el que ya está particularmente ahogado.
9/ Es en estas condiciones sorprendente constatar que Nader ha podido llegar al 8% en algunos sondeos, signo quizá de que el electorado no es tan sensible al “Anybody But Bush”…
10/ Este debate podría venir a ilustrar las perversidades del modo de funcionamiento por consenso, puesto que si los verdes no logran unirse alrededor de una posición, podrían decidir no decidir nada… y por tanto adoptar de hecho y por unanimidad la posición de quienes no quieren molestar a los demócratas, incluso sin son minoritarios en el debate.
11/. Sobre los encuentros, ver Inprecor n. 492/493, de mayo de 2004. Ed. Fr.
12/ En el terreno de la lucha contra la pena de muerte, ha sido obtenida una victoria importante en febrero, cuando el estado de California tuvo que anular en el último momento la prevista ejecución de Kevin Cooper, un afroamericano condenado hace 20 años por una masacre que probablemente no cometió. La movilización a su favor ha influido probablemente en la decisión final de los jueces, poniendo así en una mala situación al estado de California. La próxima ejecución prevista en este estado concierne a un antiguo miembro de las mafias de Los Angeles, que se enmendado en prisión y cuya acción a favor del freno a la violencia le ha valido ser nominado al premio Nobel de la Paz y luego en convertirse en héroe de la película Rédemption.



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