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Península coreana
Una frágil esperanza de paz tras el encuentro Kim-Trump
25/06/2018 | Pierre Rousset

Las relaciones entre Washington y Pyongyang han cambiado radicalmente a raíz del encuentro de Singapur del pasado 12 de junio. Por mucho que no guste a los defensores de Donald Trump, es una buena noticia. El tono dominante de la gran prensa anglosajona y de la prensa regional (en lengua inglesa) difiere de cabo a rabo. Para la primera, la cumbre de Singapur es un desastre, por no decir una traición de Trump. Para la segunda, constituye un giro inesperado: la amenaza de guerra se aleja, dejando entrever la posibilidad de una paz duradera en la península.

Más vale escuchar a los directamente afectados, es decir, a los coreanos, que a quienes buscan guerra, aunque se consideren de izquierda. Sin duda es demasiado pronto para alzar las copas, pero el alivio salta a la vista. El presidente surcoreano Moon Jae-in manifestó sus “más sinceras felicitaciones” y saludó “el éxito de la cumbre histórica entre Corea del Norte y EE UU”. Durante la cumbre tuvieron lugar en este país elecciones regionales, comarcales y municipales (y más de una docena de elecciones parciales parlamentarias). El partido gubernamental se alzó con una victoria aplastante; los partidos de oposición, la extrema derecha y los militaristas, todos contrarios a la política pacifista de Moon, sufrieron una derrota.

A finales de 2017, la tensión era extrema en Corea y nadie se atrevía a descartar un tropiezo que provocara un conflicto mortífero, incluso de tipo nuclear. La urgencia absoluta era iniciar la desescalada; cosa que se ha hecho, incluso más allá de lo que entonces cabía esperar. La cumbre de Singapur debe juzgarse ante todo desde esta óptica.

La capacidad de iniciativa Seúl-Pyongyang

La desescalada se inició en enero de 2018 por obra del tándem Seúl-Pyongyang y pilló a Washington con el paso cambiado. Moon reiteró una oferta de diálogo que hasta entonces Kim había ignorado, lo que condujo a la participación espectacular de Corea del Norte en los Juegos Olímpicos de invierno en Corea del Sur. A su vez, Kim adoptó una serie de medidas que incluían la suspensión del lanzamiento de misiles y la destrucción de un centro de ensayos nucleares. La voluntad de normalización de las relaciones entre ambos regímenes se puso de manifiesto a bombo y platillo con ocasión de la cumbre de Panmunjeom, el pasado 27 abril, sobre la línea de demarcación entre el norte y el sur de la península.

Incapaz de apreciar esta dinámica y de los cambios en curso en Corta del Norte, Trump mantuvo durante mucho tiempo una línea dura, convencido de que las sanciones económicas internacionales y la presión militar bastarían para doblegar a Kim: no quería negociación, quería la rendición. La desnuclearización sin condiciones, rápida, completa y verificable; la entrega a Washington o la destrucción de los documentos y el exilio de los científicos para erradicar el mismo dominio de la tecnología nuclear. El objetivo declarado: el cambio de régimen, una victoria por KO.

El gran giro

Es muy probable que el endurecimiento de las sanciones y la amenaza militar hayan influido en las recientes decisiones políticas de Kim Jong-un, pero no hasta el punto de meterle miedo ni de hacerle perder la capacidad de iniciativa. Acudió personalmente a Pekín para reunirse con Xi Jinping y restablecer las condiciones de una cooperación con China, y después recibió al ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguei Lávrov. Confirmó que estaba dispuesto a negociar sobre la cuestión de la desnuclearización y envió a Washington a uno de los hombres fuertes del régimen, Kim Yong-chol.

De hecho, en la cumbre de Singapur, Trump aceptó el marco propuesto por Kim Jong-un: un proceso de negociación sobre la desnuclearización de la península (y no tan solo de Corea del Norte) con vistas a la firma de un acuerdo de paz (que no existe desde 1953, el final de la guerra de Corea) sin el requisito previo de la caída del régimen. Trump incluso reconoció, en la conferencia de prensa, el carácter provocador de las maniobras militares conjuntas realizadas periódicamente por Washington y Seúl delante de las costas norcoreanas, utilizando hasta los mismos términos que suele emplear Pyongyang.

La presentación pública de la cumbre fue objeto de una cuidadosa escenificación, situando a ambos jefes de Estado en pie de igualdad: el mismo número de banderas expuestas y el mismo número de pasos de los dos presidentes al ir al encuentro uno del otro. En este aspecto, Kim también logró su objetivo, el reconocimiento formal en la arena internacional.

¿Por qué Trump ha cambiado de chaqueta? Sus motivos son sin duda múltiples y nadie más que los trumpólogos pueden discernirlos; además, no sabemos nada de la parte secreta de las negociaciones en curso. Si nos atenemos a una geopolítica racional, cabe responder: porque la presión internacional a favor de una desescalada militar en Corea era muy fuerte; porque el enemigo principal está en Pekín; porque se ha restablecido la hegemonía militar de EE UU en el Pacífico norte; porque a partir de ahora los principales focos de tensión en la región se hallan en Taiwán y el mar del Sur de China. El pulso ya no se centra en la península coreana.

Estado de guerra y derechos humanos

El régimen norcoreano sigue siendo una dictadura dinástica brutal, qué duda cabe, y la cuestión candente de los derechos humanos, sociales y democráticos no se puede dejar de lado… pese a que la amenaza permanente de guerra que pendía sobre el país desde 1953 ha ayudado a Pyongyang a justificar el mantenimiento de un estado de represión permanente contra toda oposición potencial, así como contra la población en general.

Se trata de una cuestión que no podría resolverse mediante una intervención imperialista. No constituye una condición previa para la desescalada y la apertura de un proceso de paz. No hay que olvidar que los Demócratas que reprochan a Trump que no lo haya hecho no son pacifistas, ni mucho menos. Barak Obama, en particular, e Hilary Clinton aplicaron una política especialmente agresiva en el expediente coreano, una política que Trump ha continuado y ampliado.

La cuestión de los derechos humanos, sociales y democráticos solo podrá abordarse en el marco propio de la península coreana, de las interacciones entre el Norte y el Sur y de las movilizaciones populares locales. Al descartar la amenaza militar, la cumbre de Singapur puede contribuir a liberar este espacio. Concretamente, en la situación coreana, iniciar una dinámica de paz es una condición necesaria para la lucha por las libertades fundamentales en la península, y no a la inversa.

Dinámicas centrífugas y centrípetas

Sin embargo, no estamos más que ante un primer paso en un proceso que sigue siendo muy aleatorio. La política (cambiante) del gobierno de Trump tiene sus razones, que la razón coreana ignora. El régimen de Pyongyang ya no es el reino ermitaño de antaño. El desarrollo tolerado de una economía de mercado ha creado una élite social que aspira a una normalización y es posible que se haya iniciado una transición a la china hacia un nuevo capitalismo, incitando aún más a Kim a negociar la paz. Si se confirma, nada asegura, sin embargo, que esa transición vaya a producirse sin una crisis importante.

China y Rusia intentarán influir en el curso de las negociaciones y defender sus intereses particulares. Japón, un aliado que Trump ningunea, prefiere de momento, en vez de paz, un estado de guerra que permita al primer ministro Abe proseguir con su política militarista e hipernacionalista. Seúl apoya el proceso, pero le inquieta el hecho de que Trump no haya considerado necesario informarle de antemano de su decisión de suspender las maniobras aeronavales conjuntas de EE UU y Corea del Sur.

Las negociaciones se desarrollan estrictamente entre dos: Washington y Pyongyang. Según cómo evolucionen, pueden favorecer dinámicas tanto centrífugas como centrípetas. Puede que Kim desee reforzar al mismo tiempo su cooperación con Pekín y con Moscú e incrementar su independencia con respecto a sus grandes vecinos. En lo inmediato, la cumbre de Singapur ha permitido a Xi Jinping volver al juego diplomático –tras un largo periodo de tensiones en que había perdido la iniciativa–, como demuestra el viaje realizado por Kim a Pekín el 19 de junio, una semana después de su encuentro con Trump.

Los regímenes de Corea del Norte y del Sur han emprendido una política de acercamiento muy paulatino, rechazando el modelo alemán de una unificación brutal. Esto puede ayudarles a seguir actuando de común acuerdo de cara a consolidar la dinámica de paz. Sin embargo, la postura de Moon sobre las implicaciones de una desnuclearización de la península sigue siendo ambigua, no en vano las cuestiones de las baterías de misiles antimisiles THAAD o del uso por parte de la VIIª flota de EE UU de la base naval de la isla de Jeju son explosivas. Kim puede verse tentado a actuar en solitario a la hora de negociar acuerdos con Trump al margen de los deseos de Seúl.

A finales de 2017, Kim interrumpió su programa nuclear poco antes de que llegara a ser verdaderamente operativo, a saber, de que lograra miniaturizar lo suficiente las cabezas nucleares para colocarlas efectivamente en misiles intercontinentales (cosa que puede plantear problemas técnicos no resueltos). ¿Hasta qué punto está ahora dispuesto a desnuclearizar el Norte y a cambio de qué garantías? De momento, la declaración de Singapur resulta muy vaga en esta cuestión. Los interrogantes siguen en pie, teniendo en cuenta además que la geopolítica coreana tiene un alcance mundial. Continuará…

21/06/2018

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article44871

Traducción: viento sur





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