aA+
aA-
Grabar en formato PDF
Cincuentenario 1968
Mayo del 68. Cincuenta años después…. Algunos elementos de análisis
26/05/2018 | Isaac Johsua

Existe una gran cantidad de literatura sobre Mayo-junio del 68. Este artículo no pretende realizar una revista de los acontecimientos, ni hacer un buen resumen y menos aún ser exhaustivo. Más bien, en un número reducido de páginas, quiero destacar algunos elementos de análisis que, según mis conocimientos, han sido poco o nada evocados en los escritos de que disponemos. Ahora bien, cincuenta años después, la tarea no se muestra nada fácil, en tanto en cuanto el levantamiento primaveral del 68 aún continúa destellando y mostrando miles de facetas.

El levantamiento de mayo del 68 es francés: es en Francia donde hunde sus raíces y es la evolución interna del país quien lo gestó. No es menos cierto que ha sido sostenido y alimentado por un entorno internacional de revoluciones. Durante los años cincuenta y sesenta, las luchas de liberación nacional (Vietnam) o anti-imperialistas (Cuba) inflamaban la tierra entera, desde Asia a África, desde África a América latina. Si a esto le añadimos, en los países desarrollados, una relación de fuerzas (heredada de la guerra) favorable a los trabajadores; si además consideramos la contestación del socialismo en la URSS y en China, no era dificil imaginar un mayor apoyo al movimiento de revuelta que se inició en Francia a principios de los años 60. Resulta necesario subrayar aquí el papel particularmente importante de la guerra de Argelia, crisol de la politización de varias generaciones; debemos recordar que es de la lucha contra esa guerra que salieron la práctica totalidad de los dirigentes estudiantiles de mayo.

Una guerra de treinta años, una recuperación de treinta años

Creo que resulta imposible entender el levantamiento de mayo del 68 sin tomar en cuenta el período 1914-1945, que constituye un período excepcional, al concentrar en una treintena de años, una tras otra, las dos guerras mundiales, así como la más grave crisis económica que el mundo haya conocido. Un período que Churchill calificó de guerra de los treinta años, que también fue designada por la 3ª Internacional comunista como época de guerras, de crisis y de revoluciones. Por la violencia desplegada, por su amplitud, por la superficie (mundial) implicada, así como por la diversidad (crisis militares, económicas, políticas, etc.), esta guerra de 30 años marca el fin de un determinado mundo.

En Francia, significó un violento retroceso del PIB (del 29% en volumen, desde 1913 a 1945) así como grandes destrucciones, desgaste y no renovación del capital fijo. De 1931 a 1945, el stock neto de capital fijo habría caído un 35% y el stock neto de equipos un 41%. La inversión en maquinaria por parte de las empresas francesas no volverá a encontrar los valores de 1929 hasta 1950, lo que muestra que se partía de un alto nivel de degradación a finales del segundo conflicto mundial; entre 1930 y 1945, la edad media de esta maquinaria envejeció cerca de un 50% 1/.

Como era lógico, a la guerra de los treinta años le siguió un violento movimiento de recuperación, en el sentido de alcanzar a Estados Unidos, y de recuperar su retraso en relación a lo que hubiera podido tener lugar en el caso que la tendencia a largo plazo hubiera continuado, si no hubiera habido conflicto bélico. A la guerra de 30 años (1914-1944) le correspondió una recuperación de 30 años (1945-1975). Desde que se reunieron las condiciones de restablecimiento de la actividad, se inició una ola de acumulación alimentada por la posibilidad de importar los avances técnicos adquiridos en Estados Unidos, y por la existencia de numerosas oportunidades rentables de invertir; todo ello facilitado por la eliminación de enormes masas de capital. La edad media de la maquinaria industrial francesa se redujo a la mitad, pasando de catorce años en 1946 a cerca de 7 años a principios de los 70 2/. La amplia renovación del stock de capital fijo, su rejuvenecimiento masivo o la difusión acelerada de las innovaciones, impulsaron hacia arriba a la productividad del capital y del trabajo, sosteniendo la tasa de beneficio e implicando una expansión acelerada. De 1950 a 1973, la tasa de crecimiento anual media del PIB francés se situó 3,4 puntos por encima de la tasa de crecimiento anual medio del PIB en el período de 1870-1913, lo que puede ser considerado como representativo de la tendencia a largo plazo del ritmo de crecimiento francés antes de la guerra 3/.

Una recuperación que inevitablemente se vio acompañada de cambios sociales que no tuvieron su traducción, por falta de tiempo, en una superestructura (instituciones, costumbres, cultura, etc.) que permaneció rígida, desacompasada de una sociedad profundamente transformada. Una evolución que de todas formas hubiera tenido lugar y que se retrasó por el choque de la guerra de los treinta años; evolución realizada después, a marchas forzadas, de forma que obligó al ajuste con un gran retraso y por tanto al gran estruendo, con la brutalidad de una explosión.

La imagen que puede ser evocada es la de las placas tectónicas. Esta señala que las placas continentales se deslizan unas sobre otras. Las tensiones son gigantescas y las fuerzas de frotamiento se oponen. El ajuste tarda en realizarse, las fuerzas se acumulan en lugares precisos y toda la estructura se mueve en un instante. Sobreviene el temblor de tierra, de enormes consecuencias, pero que restablece el equilibrio por un tiempo.

Crecimiento del trabajo asalariado

Tal es la descripción que puede realizarse si observamos el crecimiento del trabajo asalariado. Este se realizó en detrimento de la pequeña producción mercantil, una pequeña producción que fue, fundamentalmente, la de la agricultura. Además, la gran crisis y los dos conflictos mundiales fueron momentos que no eran favorables a la movilidad de la mano de obra campesina a la vez que más bien incitaban al repliegue. En estas condiciones, no resulta extraño señalar que el empleo en la agricultura fuese a principios y a finales de la guerra de los treinta años más o menos el mismo, pasando de 7.601 millones en 1913 a 7.484 millones en 1946. Pasaron treinta años sin que prácticamente variara el cursor. Por el contrario, desde que comenzó la Liberación, la vía estaba despejada, y el crecimiento económico fue muy rápido y, de repente, la demanda de trabajo era particularmente elevada en las empresas. Entonces se trataba de recuperar el tiempo perdido: de 1946 a 1968, el empleo asalariado crece a un ritmo más rápido que el que se había dado de 1913 a 1946. Este empleo asalariado representaba el 55% del empleo total en 1913; en 1968 era del 77%. Se puede decir que se pasó de la mitad a los tres cuartos 4/.

El entorno de la pequeña producción (campesinado, artesanado, etc.) en el que durante largo tiempo se había bañado el capitalismo en el pasado, atenuó la intensidad de sus crisis. En efecto, la heterogeneidad del medio económico indujo comportamientos divergentes que diluyeron la intensidad de la crisis. Por el contrario, la homogeneidad de este entorno hizo que los agentes económicos reaccionasen de la misma manera y golpeasen todos en el mismo sentido, lo que multiplicó el efecto inicial. Por tanto, podemos decir que si existía una preponderancia del trabajo asalariado, esto creó una continuidad de comportamientos que preparó el camino para el estallido de las olas depresivas. Una tal preponderancia constituye un elemento agravante, de gran alcance, en la propagación y amplificación de las crisis. La regulación fordista intentó responder a este nuevo orden de cosas; un estado de cosas en donde consumidor coincide con asalariado. Para evitar que un desajuste pasajero se transformase en depresión, resultaba necesario sostener la demanda global hasta que se reiniciase la actividad. En definitiva, se trataba que con el fordismo se diera una respuesta (temporal) a la actualidad de la crisis, con dominante salarial. Lo que pasaba por un mayor papel del Estado, por una mayor presencia de las transferencias de rentas sociales en los ingresos de los hogares, y por la afirmación de una nueva relación salarial.

Por ello, para responder a la rápida generalización del trabajo asalariado, el fordismo era una necesidad. Pero no fue suficiente para que se materializara. En efecto, la patronal se opuso violentamente, rechazando en particular la concertación social así como la gestión global de la economía bajo la égida del Estado. De forma que resultaba chocante constatar que para que este modelo de concertación social se instalase, sería necesario esperar a la gran negociación del 68 y a los Acuerdos de Grenelle. Fueron necesarios 10 millones de huelguistas para que, de forma brutal, se pusiese en hora el reloj¡ y para que, por fin, se hicieran corresponder la nuevas exigencias de la economía con el nuevo espacio de negociación social.

En efecto, el proyecto de protocolo de acuerdo de Grenelle trata del salario mínimo [SMIG en francés, ndt], de la reducción de la jornada de trabajo, de la formación, etc. Pero, en lo que aquí nos concierne, el punto esencial es el de los derechos sindicales. Por vez primera, en el marco de un acuerdo tripartito (sindicatos, patronal, Estado) se reconoce la sección sindical en las empresas, se garantiza la libertad de crearlas, se enumeran sus medios de expresión, los delegados sindicales quedan protegidos, etc., pero, el alcance de los acuerdos va más lejos; dicho alcance se refiere a la propia existencia. La patronal siempre ha querido imponer la exclusividad de su ley en la empresa. Durante los días 25, 26 y 27 de mayo del 68, en Grenelle, la sociedad afirmó su primacía: la de una concertación social que se introduce en la empresa y que la reglamenta. Es a partir de ese momento que cada vez se hablará más de interlocutores sociales y que los diferentes aspectos de la vida en la empresa serán objeto de negociación colectiva.

Crisis de la familia, movimiento feminista y revueltas de la juventud

El final de la segunda guerra mundial presenta una sociedad francesa que permanece, en muchos aspectos, agraria, artesanal y rural. Con pocas excepciones, la talla de las empresas es modesta, y la clase obrera gira en torno al oficio. Después de la Liberación, en una veintena de años, la transformación fue brutal. Se asistió a un extraordinario crecimiento del trabajo asalariado, del número y del lugar relativo de los obreros, y de la urbanización. Refiriéndose a la clase obrera, el mismo vocablo no expresa la misma realidad: por allí pasó el taylorismo, transformando los oficios y las calificaciones, incrementando las cadencias, envileciendo el trabajo, al eliminar el poco sentido que todavía podía tener. Se construyeron fábricas imponentes, en número y en tamaño, y las enormes concentraciones obreras remodelaron el paisaje urbano. En pocos años, mediante una carrera desenfrenada, se recuperó un retraso secular que se había agravado de manera considerable desde 1914.

Sin embargo, todo el entorno institucional y cultural no le siguió el paso. Este entorno permaneció inmóvil, tradicional y autoritario, adaptado a la sociedad de antes de la guerra de los treinta años. Una sociedad, que en lo más profundo se caracterizaba más por la pequeña producción mercantil que por el capitalismo desarrollado. Se puede señalar que existe una adecuación entre un mundo de pequeña producción (campesinos, artesanos, pequeños comerciantes, pequeños empresarios) y un universo institucional y cultural en donde predominan las nociones de autoridad, de jerarquía teñida de paternalismo, de orden y de tradición. Una sociedad moralizante en donde la familia es la pieza central y que, en consecuencia, reposa sobre la opresión de la mujer y de la juventud así como sobre un estricto encuadramiento de la sexualidad. Las instituciones están para acompañar este papel (escuela, universidad, aprendizaje), garantizarlo (cuarteles militares, cárceles, etc.) y prolongarlo (control moralizante de la cultura). El trabajo, familia, patria del petainismo no cayó del cielo; constituía el ideal no confesado de una sociedad en la que la pequeña producción y la familia tradicional se correspondían y en donde la patria era considerada la coagulación de millones de pequeñas unidades.

Al constituirse, el capitalismo encontró la familia instalada desde hacía mucho tiempo. La hace suya y la subordina en una articulación simultánea de consolidación y de destrucción. Consolidación, porque la familia es la base de la sociedad burguesa, preparando a los jóvenes a la sumisión, al respeto a la autoridad y al orden establecido, así como a un ámbito determinado en la división por sexos (papel subordinado de la mujer), y a un lugar determinado en la división social del trabajo. Consolidación y destrucción, porque únicamente cuando la familia está relacionada con la pequeña producción (campesinado, artesanado, etc.) puede desplegar y combinar sus diferentes funciones: lugar de reproducción de la especie, de aprendizaje social general, de formación profesional, de producción material, de consumo, de seguridad social. El desarrollo capitalista arranca a la familia de cada una de sus funciones y la pone en crisis. Tal es, en concreto, el caso de la función de producción (que se desplaza a la empresa) y la de la formación (que se desplaza a la escuela). De esta forma se crea la juventud, que se inserta entre la infancia y la edad adulta como categoría social específica, que encuentra repartida en diversas instancias (familia, escuela, empresa, etc.) que pueden producir mensajes contradictorios porque se la reagrupa masivamente en instituciones que le son propias.

Pues bien, esta evolución, iniciada hace ya mucho tiempo, se aceleró brutalmente en la postguerra y se concentró en una veintena de años en los que la pequeña producción se reducía mientras que el trabajo asalariado se generalizaba. De repente, sin sus bases habituales, la familia experimentó una gran crisis. Lo mismo sucedió con una juventud alimentada por el boom demográfico de la posguerra, que numerosos demógrafos consideran también como la recuperación después de las enormes pérdidas y del déficit de nacimientos en las dos guerras mundiales; recuperación que puede interpretarse como una reacción de carácter vital después de un largo período mortífero. En 1970la población menor de 21 años representaba en Francia más del 40% de la población total; y se dio un extraordinario y potente crecimiento del número de estudiantes y más, en general, de la escolarización (de 1952 a 1962, el número de alumnos de segundo grado en la RFA creció el 44%, y en Gran Bretaña el 62%, ¡en Francia fue del 133%!). De esta forma se sentaron las bases del paso de la juventud del estatuto de simple categoría social al de fuerza social, que pronto experimentó la contradicción explosiva entre el modo de vida de una Francia urbanizada, educada, asalariada y las antiguas reglas que querían continuar imponiéndose a jóvenes que buscaban las vías de su liberación.

En la granja tradicional de antes de la guerra, la familia y la relación de producción se superponían y se reforzaban mutuamente: se mantenía la pequeña producción porque ella implicaba la fuerza de la familia, de forma que la familia se veía respaldada porque permanentemente disponía del cimiento material de la pequeña producción, de forma que todo funcionaba a la perfección ya que la pequeña producción todavía concedía una gran importancia a la producción por cuenta propia. En este contexto, la opresión de la mujer no tenía escapatoria: el marido era ante todo el propietario de la tierra, el jefe de la explotación (es decir quien organizaba el trabajo) y el jefe de familia. Por lo tanto, la masiva inserción de las mujeres en el trabajo asalariado tendrá un alcance emancipatorio, porque hizo salir a la mujer del estrecho círculo de la familia, dotándola de un ingreso diferenciado del de su marido y haciéndola entrar en otras instituciones, con otras reglas (la empresa, eventualmente el sindicato, etc.). Así, la crisis de la familia sentó las bases de la revuelta feminista. Sentó también las bases de una transformación de la sexualidad, porque la familia tradicional ya no puede imponer lo que hasta entonces exigía (y que iba en paralelo con su reproducción), a saber, una sexualidad estrictamente encuadrada, heterosexual y que encontraba su realización mediante el matrimonio.

En general, la evolución que, de todas formas, debía producirse fue retrasada considerablemente por guerra de treinta años. Una vez terminada esta, se trataba de redoblar los esfuerzos, pero sin conceder a las instituciones el tiempo para adaptarse.

La revuelta de Mayo-Junio del 68 es la expresión de esta contradicción: toda una superestructura institucional y cultural que no se adecúan a la realidad económica y social de la Francia de los años sesenta. En el fondo, la sublevación del 68 es la consecuencia lejana del choque extremo de la guerra de treinta años. La sociedad francesa puso las cosas en su sitio, iniciando en unas pocas semanas la adaptación, que ya se había retrasado demasiado, de las instituciones, de las costumbres y de la cultura a una realidad social que había cambiado profundamente desde la Liberación. Recordemos que el movimiento de liberación de la mujer (MLF) surgió un año después de la sublevación de mayo-junio y que en 1974 se aprobó la ley Veil [despenalización del aborto].

El poder de De Gaulle constituía el perfecto simbolismo de las profundas contradicciones que atravesaban la sociedad francesa de los años sesenta. No se trataba únicamente del poder personal, cuasi monárquico, de un presidente de la Vª República. Tenía una forma muy personal de ejercer este poder: el de un padre al que se puede admirar y temer a la vez; de un padre en quien confiar, que estimula y exalta las grandes virtudes, pero que gruñe cuando es necesario y que, si fuera necesario, puede castigar. El paternalismo autoritario en la cima del Estado se correspondía con el paternalismo autoritario en la sociedad. De Gaulle concentró en su persona los rasgos de la antigua sociedad: por tanto extrañar no debe que, tomado como objetivo, acabara expulsado por el movimiento, si bien con un año de retraso.

Cambiar de vida

Se trate de la empresa, de la familia, de la escuela, de la prisión, de los hospitales psiquiátricos, etc., ni una sola institución escapó a la contestación ni al fuego ininterrumpido de la crítica. Mayo-Junio del 68 supuso, en el fondo, liberar la palabra. Liberarla durante los acontecimientos que se daban en todas partes: en los anfiteatros de las Universidades, en los patios de las fábricas o de las escuelas, en las oficinas, en la calle. Liberarla también después, porque todas las instituciones debían ser remodeladas para rechazar lo que venía de arriba sin ser discutido, para conseguir que cada persona se expresase.

Se cuestionó el poder en todas partes, a todos los niveles, y en todas las instituciones; sin embargo en lo que concierne al poder político central, sabemos bien que no se dio dicho cuestionamiento: ni en la voluntad subjetiva de las masas, ni tampoco en la dinámica incontrolada creada por la revuelta estudiantil. Existió la búsqueda profunda de otra sociedad, pero no se exigió otro poder político, ni mucho menos existió un doble poder.

Entendámoslo bien. Todo gran movimiento popular (y el de Mayo lo era) plantea inevitablemente la cuestión de la revolución. Hizo explotar de manera manifiesta las capas superpuestas de explotación y de opresión sobre las que reposa el capitalismo y liberó la palabra de quienes que nunca la tomaban, a la vez que reveló la aspiración latente de otra sociedad y la esperanza de otro mundo diferente. Fuera cual fuese su punto de partida o la ocasión que le hizo nacer, colocó en el centro de la escena a quienes durante largo tiempo sufrieron en silencio las injusticias y los desaires. Los fogoneros subieron al puente del barco y tomaron la palabra. Incluso, aunque no se trate de una revolución, siempre quedan pendientes ciertos elementos, y alguna cuestión esencial. Una gran parte del movimiento de mayo-junio del 68 quería la revolución, pero, a pesar de sus profundas motivaciones, podía contentarse con una revolución de la sociedad y no del poder que la supervisaba. La consigna cambiar la vida expresó a la perfección esta formidable ambigüedad: tradujo la voluntad revolucionaria, pero a la vez mostró que se trataba de cambiar la vida… de cada día. Entre los participantes fueron muy numerosos quienes se integraron (por ejemplo en la Universidad) en los múltiples procesos de reforma institucional sin, de ninguna manera, tener el sentimiento de traicionar sus ideales de partida. Es por ello que el reflujo fuera tan rápido, y que se escindiera tan rápidamente el movimiento entre los políticos y resto: el antiguo marco habría saltado; evidentemente, se había abierto una brecha y quienes no esperagan una revolución social podían sentirse satisfechos.

Todo gran movimiento popular tiene su objetivo. Eso no significa que su resultado esté escrito de antemano: del enfrentamiento que caracteriza a un movimiento puede emerger algo que no estaba previsto. Además, la existencia del objetivo va a lastrar con cierta pesadez la trayectoria seguida. Así, la revolución de los claveles en Portugal tenía como objetivo la desaparición del salazarismo, la democracia y la entrada del país en la modernidad (lo que también significaba entrar en la UE) y no una improbable revolución socialista. El pueblo portugués estaba dispuesto a luchar por el primero de los objetivos y no por el segundo. El objetivo del mayo francés era claramente el de una revolución de la sociedad y no el de un derrocamiento del poder político central.

Aparentemente, la tormenta explotó en un cielo sereno, sin signos que lo anunciaran; después, todo Francia se vio atravesada por una verdadera tempestad. ¿Resulta posible hablar de pequeñas causas y de grandes efectos? En absoluto, porque el cielo no estaba tan sereno como se quiere pintarlo. Una evolución que de todas maneras debía producirse explotó en fuegos artificiales, porque estaba violentamente comprimida en el tiempo. El retraso de 30 años fue recuperado a marchas forzadas, a toda velocidad. El resultado fue un extraordinario contraste entre la energía de las manifestaciones exteriores de la crisis (una huelga general, como no se había conocido nunca antes en ninguna parte, 10 millones de huelguistas, ocupaciones de todo tipo, liberación universal de la palabra, etc.) y el alcance político realmente limitado del acontecimiento; porque al cabo de dos meses, el país retomó sabiamente el camino de las urnas, y hubo que esperar hasta 1969 para registrar la salida de De Gaulle; hubo también que esperar hasta 1981 para asistir a la llegada de la izquierda al poder. Repercusiones políticas muy expandidas en el tiempo, y por añadiduras deslucidas, comparadas con lo deslumbrante del acontecimiento, porque no se colocó en la balanza al poder político. El poder de clase siguió siendo el mismo, siendo la manera de ejercerlo lo que se modificó. No era tanto no tanto una revolución como una muda: resultaba necesario desembarazarse de la antigua piel y hacer aparecer la nueva, apenas formada, y todo continuando funcionando. Espectáculo grandioso, que tenía como función subrayar la importancia del acontecimiento, así como (agitando las plumas multicolores en todos los sentidos) enmascarar la perpetuación del mismo poder de clase: porque ”todo debe cambiar para que nada cambie” (El Leopardo, film de Visconti)

Los protagonistas de mayo

Mayo-Junio del 68 fue el cóctel original de una potente revuelta estudiantil y de un inmenso levantamiento obrero, con cerca de 10 millones de huelguistas. El movimiento estudiantil desempeñó un papel directamente político, que abrió el camino; sin dudarlo golpeó en la cabeza, como un golpe de ariete, abriendo una oquedad en la cual se instaló la huelga obrera, para expandirse después. El análisis precedente requiere mirar de forma nueva el papel jugado por estos dos grandes protagonistas. En lo que respecta al primero de estos actores (el movimiento estudiantil), tenemos la tendencia a aplicarle viejos esquemas: el movimiento estudiantil fue visto como una capa sensible de la sociedad, como una expresión de su malestar, como un revelador de sus contradicciones, etc., al que se añadía un análisis específico de los problemas particulares que vivían los estudiantes de la época. Nada de esto es falso pero es, a todas luces, insuficiente. La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿Los estudiantes actuaron simplemente como estudiantes o como futuros asalariados? Mucho más numerosos que en el pasado, los estudiantes de 1968 tenían una procedencia popular más marcada que las anteriores generaciones de la Universidad. Entre ellos, quienes estudiaban para trabajar después en el gabinete o en la oficina de papá no eran más que una minoría. La gran mayoría estaba destinada al trabajo asalariado y lo sabía. Pero no se trataba de cualquier salario: no el de los obreros, sino el de los empleados y de los técnicos, es decir de los cuadros. Por una especie de revolución avanzada, se rebelaron en tanto que miembros y representantes del nuevo trabajo asalariado. A un nuevo tipo de asalariado, necesariamente le debía corresponder un nuevo entorno. Poseer un nivel de formación elevado, ser técnico o cuadro, etc. se mostraba en contradicción total con el mantenimiento de una sociedad estática en un universo de Pétain.

En los años 1960 la clase obrera está en su zénit: es entonces cuando la proporción de obreros en la población activa alcanza su cima. En 1969 en los establecimientos de más de 9 asalariados, los obreros cualificados y no cualificados suponían el 65% del empleo asalariado total; desde 1983, este porcentaje es el 53,5% 5/. En el 68, el resultado fue de una gran impresión de fuerza y el sentimiento de que la realidad venía a complementar el discurso sobre el papel dirigente de la clase obrera. Sobre todo a partir del movimiento de la huelga de Sud Aviation, que después se contagió a Renault Billancourt, y que posteriormente se transformó en una huelga general. De forma paradójica, la influencia del PC sobre la clase obrera venía a apoyar este sentimiento: el estalinismo paralizaba a los trabajadores pero a la vez construía una especie de contra-sociedad, dando la impresión de un ejército en marcha: en aquel entonces se estaba orgulloso de ser un obrero.

Es por esto que, más allá de la revuelta estudiantil, 68 es también la conjunción de dos ríos. Uno, ascendente, el de la salarización universal por la que, en la población activa, la pequeña producción mercantil es reemplazada por el trabajo asalariado. El otro, descendente, es el de la clase obrera de la fábrica, entonces en su apogeo, pero a la vez en vías de retroceso. Gracias a la confluencia de los dos ríos, el mundo del trabajo entró en el movimiento en toda su amplitud,convirtiéndose en un torrente de potencia extraordinaria. Entre el movimiento estudiantil (que representaba algo más que a sí mismo) y la clase obrera tradicional, hubo una convergencia, pero nada más que eso. Golpear juntos, sin duda, ir por separado, ciertamente. En esta vacilación, el dominio estalinista sobre la clase obrera jugó su papel, así como el hecho de que estaban en presencia un antiguo y un nuevo conjunto de asalariados y que, más allá de los programas y de las reivindicaciones, la manera de ver el mundo era diferente en ambas partes. Es cierto que el creciente número de jóvenes, de mujeres, de campesinos recientemente incorporados a las fábricas comenzaron a cambiar las cosas y a reducir la influencia de las burocracias sindicales. Sin embargo, no es menos cierto que la aspiración anti-autoritaria, la lucha feminista, la de la liberación sexual, etc. aparecían como reivindicaciones extrañas (por no decir algo más fuerte) a los gruesos batallones de obreros. No hubo una adecuación entre la forma de funcionar del estalinismo y un cierto sentido de la autoridad, del orden, de la disciplina, de la clase obrera tradicional, tal y como había sido forjada y dedicada por el despotismo de la fábrica. Aquella clase obrera que durante el movimiento de mayo-junio se afirmó como el mayor oponente a la burguesía, fu a su vez, en cierto modo, el componente simétrico de la sociedad de orden que combatía el movimiento. De ahí la incomprensión, que no procedía únicamente del protagonismo del PCF ni de los problemas de lenguaje.

En el 68, una nueva clase salariada estableció una alianza cautelar con la antigua clase obrera de fábrica, para intentar abrirse camino entre dos conservadurismos; uno, el gaullismo de la sociedad oficial, y otro, el estalinismo de la contra-sociedad. 1936, fue la irrupción del hecho obrero. 1968, es la afirmación del carácter, a partir de entonces universal, de la clase asalariada. Una clase que atraviesa la casi-totalidad del espacio social, pero que, a la vez, se ha diversificado, englobando las situaciones y los niveles de vida más diversos. ¿Cómo unificar políticamente a un proletariado tan amplio? Mayo-Junio del 68 llegó a realizar dicha unidad, pero la cuestión continúa estando vigente hoy día, como un reto estratégico fundamental.

El futuro de Mayo

Resulta imposible rehacer la historia: pero también resulta absurdo admitir que no podía haber sucedido nada diferente de lo que sucedió allí. En el 68, otra configuración política, otro desenvolvimiento de los acontecimientos hubieran podido crear nuevos horizontes. No fue el caso, y frecuentemente se escucha que, en definitiva, este levantamiento no hizo más que anunciar el individualismo y el liberalismo de los tiempos actuales. Una banalidad como otras. Todo movimiento que implica al conjunto de la sociedad abre una alternativa. E incluso conduce a una revolución. Como toda crisis, dicho movimiento desanuda las antiguas contradicciones y, ayudando al sistema a reformarse, le moderniza y le refuerza… temporalmente. Existe la evidencia de una relación entre Mayo y la modernización del capitalismo como consecuencia de la participación, del enriquecimiento de las tareas y del trabajo en equipo. De todas formas sería una aberración deducir que la herencia del 68 se reduce a eso.

Sería necesario establecer un discurso sobre este patrimonio; pero esto significaría escribir otro artículo diferente. Sin embargo, ciertas cosas saltan a la vista. De la denuncia del Estado policial y de los jefecillos en las empresas, del ataque lanzado contra todos los mandarines de la Universidad al desmantelamiento crítico de todas las instituciones, el hilo conductor del Mayo francés fue, sin duda, cuestionar el poder. En todas partes se lanzó el mismo requerimiento: ¡autoridad, justifícate! Y, la contrapartida resultó eminentemente positiva: comprensión de que el poder no se reduce a lo central, que es el Estado, sino que este se encuentra por doquier y que se debe cuestionar en todos los ámbitos; que la exigencia democrática no se concentra en el día sagrado de las elecciones sino que debe alcanzarse cada día y en cada lugar; que la esperanza de la revolución debe ir a la par con las construcción de espacios de lucha que desde hoy prefiguren ese otro mundo que deseamos. Sin embargo, hay que señalar una contrapartida negativa que no se puede olvidar; la tendencia a eludir dos de los fundamentos del poder burgués, y que no son los menores: la explotación del trabajo, en uno de los extremos, y el Estado, en el otro.

¿No resulta significativa la convergencia con el movimiento antiglobalización, en donde encontrábamos los mismos problemas, y las mismas exigencias? A saber, la democracia, que cada día queremos ver más profunda, permeable a todos los ámbitos; una democracia que por tanto entra en contradicción con la sociedad de la explotación y de la opresión. También coincidíamos en no delegar en otros nuestra emancipación, hacernos cargo de nuestra propia liberación y no dejarla para un futuro ilusorio, sino comenzar a diseñarla aquí y ahora, incluso estando claro que otro mundo exige otra sociedad.

Sería necesario ir más lejos y preguntarse sobre la profusión de Mayo para encontrar respuestas a nuestras cuestiones. Pero antes de hacerlo, será necesario decir una cosa bien simple: que la aportación esencial de Mayo del 68 es ante todo el hecho de haber tenido lugar, y esto es precisamente lo que, ante todo, le reprochan sus detractores. Tuvo lugar y nos recuerda que el deseo, el fervientemente deseo de otro mundo no espera sino la ocasión de volver a estar entre nosotros.

Publicado en Contretemps, n° 37, abril 2018.

http://www.europe-solidaire.org/spip.php?article44226

Isaac Johsua, es economista, miembro del Consejo Científico de Attac

Traducción : viento sur

1/ Isaac Johsua, Une trajectoire du capital. De la crise de 1929 à celle de la nouvelle économie, Syllepse, pp. 50, 51, 53.

2/ Isaac Johsua, Une trajectoire du capital…, obra citada, p. 58.

3/ Isaac Johsua, Une trajectoire du capital…, obra citada, p.57. Datos en volumen.

4/ Pierre Villa, Un siècle de données macro-économiques, INSEE, 1994.

5/ Annuaire rétrospectif de la France, 1948-1988, INSEE, 1990, Tabla n. 24, p. 68.





Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons