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Entrevista a Joan Manuel Tresserras
“Hay una parte del independentismo que expulsa a más gente de la que atrae”
25/05/2018 | Roger Palà

Artículo original en catalán

Si hay alguien que ha dedicado tiempo, inteligencia y entusiasmo a pensar el relato del independentismo social, este es sin duda Joan Manuel Tresserras (Rubí, 1955). Doctor en comunicación y profesor de la UAB, Tresserras ha sido maestro de muchos periodistas –entre ellos, el que firma este texto– y, con Enric Marín, es uno de los máximos especialistas en cultura y comunicación de masas. Ex consejero de Cultura del tripartito de izquierdas, dirige desde 2016 la Fundación Josep Irla, el think tank de pensamiento republicano y progresista ahora emancipado orgánicamente de ERC. Después de la investidura del presidente Torra y de la polémica sobre sus artículos, en Crític hemos querido escuchar su voz.

ERC ha apoyado la investidura de Quim Torra. En las últimas semanas hemos podido conocer muchos de sus artículos y tuits. Su visión no comulga mucho con el independentismo social que propugna ERC. Hay quien lo ha acusado de esencialista o incluso de supremacista. ¿Ha sido una mala decisión designarlo?

No lo sé. Personalmente, estoy a la expectativa. Lo que sí puedo decir es que, en cuanto a los escritos del presidente Torra, hablar de supremacismo o de racismo es absolutamente desmedido. Sin embargo, sí es cierto que, en la transversalidad del independentismo, de vez en cuando aparecen elementos más identitarios. Por norma general, en la tradición de la izquierda independentista el discurso de base esencialista está superado. Pero hay otras tradiciones políticas del soberanismo en que esto no es tan claro.

Hay quien tiene dificultad para acabar de asumir la idea de que el proyecto independentista es el de un país en construcción, donde ser catalán es un derecho y no una obligación. Esta es una idea que puede sorprender, porque los Estados nación, tal como los conocemos, no funcionan así. Entonces, hay tendencia a pensar que, si Catalunya debe tener un Estado, debe funcionar de la misma manera que los otros Estados nación. Pero no: hay mucha gente en Catalunya que se siente española. Y ya está. Nadie debe tener nada que decir y es tan legítimo como sentirse cualquier otra cosa. En la tradición hegemónica del independentismo de izquierdas, la identidad no es un hecho determinante. El proyecto de la República es de ciudadanía: mismos derechos y deberes para todos. No podemos aceptar nunca que sea el Estado el suministrador de identidades.

Lluís Pérez, director académico de la Fundación Irla, ha escrito en su blog: “La elección de Quim Torra es un síntoma de que el sector más recalentado del independentismo no entiende hasta qué punto ciertas actitudes generan entre miedo y rechazo a gente que sería susceptible de sentir respeto y simpatía”. ¿Estás de acuerdo?

El momento actual de crecimiento del independentismo hace que mucha gente se encuentre en una fase de autoafirmación. En estas condiciones, hay una parte del independentismo que expulsa más gente de la que consigue atraer. Se da la paradoja de que hay quien se está partiendo la cara para intentar que crezca el perímetro y ve limitada su labor por la aparición, de vez en cuando, de estos discursos intransigentes, taxativos, hechos a hachazos. Está bien que Torra se haya excusado por sus escritos. Yo no he leído todos sus artículos; pero, de los que he leído, discrepo de muchos. Sin embargo, también conozco al presidente personalmente. Nos une la pasión por la historia del periodismo catalán. Su trato es cordial. Nunca me ha parecido una persona cerrada e intransigente. Sería importante que en algún momento, más que defenderse de las acusaciones que ha recibido, explique qué piensa ahora. Y no ha tenido prácticamente oportunidad de explicarse.

¿Vivimos un momento de rebrote de nacionalismo de corte patriótico dentro del soberanismo? ¿Puede acabar siendo el procés, en realidad, un repliegue identitario?

No lo es. Al contrario: la única alternativa política en Europa que tiene en cuenta la globalización y no defiende el fortalecimiento de un Estado nación es el independentismo catalán. ¿Cuál es la clase dirigente del proceso? ¿Las grandes empresas que sacaron las sedes de Catalunya? ¿El Ibex-35? ¿Cuántos aristócratas resultaron heridos del 1 de octubre? Todo esto se ha hecho en contra de la opinión de las clases dirigentes tradicionales. Ahora bien: cuando el Estado despliega su represión, se genera un momento de fuerte tensión. Y la tentación de la parte débil es reproducir el lenguaje, las actitudes y el tono del adversario. En un primer momento puede ser difícil evitar esta pulsión, pero deberíamos ser capaces de contenerla.

Los partidos de izquierdas e independentistas suman más votos y diputados que Junts per Catalunya (JxCat). Sin embargo, no se han puesto de acuerdo, por ejemplo, para plantear un candidato alternativo a la presidencia. ¿Por qué ha pasado esto?

ERC y la CUP no se pueden poner en el mismo saco, porque cada una tiene un perfil diferente y desempeña un papel diferente. JxCat es el partido independentista que obtuvo más votos, articulando su propuesta en torno a la figura de Puigdemont y con una línea argumental de carácter legitimista, blandiendo la bandera de la unidad. Puigdemont está en el exilio; pero, a diferencia de Junqueras, puede aparecer cada día en la televisión. Durante la campaña electoral también aparecieron en el debate algunas acusaciones contra ERC, tildándonos incluso de traidores... Acusar a ERC de traición sale barato, pero ERC no podía hacer campaña contra Puigdemont, que ciertamente era el presidente legítimo que había sido destituido de forma injusta por el Estado. Esto hace que JxCat acabe absorbiendo la diferencia que había podido tener ERC en las expectativas de voto iniciales.

Uno de los lugares comunes de los últimos años ha sido decir que el procés había hecho girar el país a la izquierda. Sin duda, nunca el mundo convergente había tenido tan pocos diputados y nunca ERC había tenido tan buen resultado. Pero los dos primeros partidos del 21-D fueron partidos conservadores. Uno de los hechos que ha puesto sobre la mesa la izquierda no independentista es que los liderazgos de la Generalitat siempre los han ostentado personas del mundo convergente. ¿Es posible que, en realidad, se esté configurando una derecha independentista desacomplejada?

Es cierto que en los últimos años se ha ido perfilando el espacio de un independentismo conservador o de centro que antes no existía. Pero también hay que decir que esta misma izquierda que mencionabas ha acabado haciendo muecas cuando lo que estaba aconteciendo era que, para una razón u otra, una gente que tradicionalmente había votado opciones conservadoras, a partir de las mayorías parlamentarias que ha habido dentro del independentismo, ha acabado asumiendo un programa socialdemócrata. La política más radical siempre es una política posible, y la puedes hacer radical si tienes la fuerza para hacerla. Esto se mide en resultados concretos. A veces en la izquierda hay una radicalidad estética y lírica que rinde mucho en términos de titulares, pero no tiene ningún tipo de operatividad.

Joan Tardà escribió un artículo en El Periódico que fue muy contestado que había que abrir el diálogo con el PSC. ¿Tiene el independentismo que llegar a acuerdos con los socialistas?

El apoyo del PSC al 155 es muy grave y en estos momentos delimita campos. Simplificando mucho, podemos decir que vivimos un momento de confrontación entre el Estado y su violencia, y la radicalidad democrática en defensa de la legítima aspiración a la soberanía del pueblo catalán. Me parece muy grave que ante esta disyuntiva el PSC se haya alineado con el Estado. En buena medida, las políticas del PP como mínimo pueden ser tachadas de neofranquistas. Que el PSOE, con algún silencio incómodo del PSC, abone estas políticas… es gravísimo.

Pero el PSC sigue representando a mucha gente. También Ciudadanos.

Una cosa son las formaciones políticas y otra la gente que forma parte de ellas y, más allá de eso, su electorado. Para construir una mayoría amplia, no debemos renunciar a la gente que el 21-D, a raíz del contexto que le habían dibujado en sus consumos informativos, decidió votar Ciudadanos. No debemos dar por perdida a esta gente. Debemos argumentar aún más. La situación que hemos vivido en los últimos meses ha permitido constatar que hemos hecho un gran esfuerzo, pero que no hemos sido lo suficientemente fuertes para lograr nuestros objetivos. Habrá que trabajar más, más intensamente y durante más tiempo. Entre los votantes de Ciudadanos hay personas que se sienten incómodas por razones diversas. Creo que de una manera muy epidérmica, porque perciben en el catalanismo una propuesta identitaria. Y el catalanismo conservador, de hecho, lo es un poco. Pero esto no representa a todo el catalanismo. Si no vas más allá de esta lectura primaria, cosa que no es fácil, puedes encontrar tu opción en Ciudadanos.

Hay quien dice que no. Que el 1-O el independentismo ganó el referéndum, que el 27-O se declaró la independencia y que ahora lo que hay que hacer es “implementar la República”…

Invito a hacer una reflexión: octubre fue un mes en el que todo el mundo quedó desbordado por la situación. A toro pasado hay muchos comentarios sobre lo que habría que haber hecho o dejado de hacer. Todo el mundo tiene ideas. Pero durante esos días no hubo ningún liderazgo claro que determinara que había que tomar una decisión precipitada durante los días inmediatamente posteriores al 1-O. Nadie leyó al instante las mutaciones del momento. Los partidos del govern, que son los que podían tener más información, no tomaron ninguna decisión hasta la intervención del día 10 de octubre en el Parlament, la declaración suspendida. Esto nos llevó a las jornadas de los días 26 y 27 de octubre, sobre las que ahora ya tenemos algunas aproximaciones periodísticas.

Tras la declaración de independencia no hay decretos, no hay reunión del govern… Y yo me pregunto: si el gobierno central, en vez de reaccionar con el estómago –aplicando el 155, destituyendo al govern y convocando elecciones–, hubiera decidido esperar y no hacer nada… ¿qué habría pasado? ¿Qué habría ocurrido los días 28, 29 o 30 de octubre? ¿Dónde estaría la República? ¿Qué habría hecho?

No lo sé. ¿Qué habría hecho?

Creo que poco. Porque desde el comienzo queda claro que la declaración es un gesto simbólico. Necesario, aunque fuera como autohomenaje al 1 de octubre. Pero luego, ante la fuerza del Estado, hay poca capacidad de hacer efectiva la República. Para hacer un país nuevo se necesita un apoyo mayoritario, consistente y prolongado en el tiempo, y eso te lo tienes que ganar y construir. El 1-O es una dosis de legitimidad, porque es la gente plantando cara en las peores condiciones posibles y contra la corriente dominante. Hay un momento excepcional de fusión entre la acción del govern y la acción de la gente. Pero después, esto debe tener continuidad. Si el gobierno español se hubiera avenido a negociar, el escenario habría sido diferente. Pero en el momento en que el gobierno usa y abusa de sus instrumentos, esto le da una capacidad de maniobra brutal. Todo ello, en un contexto de dejadez por parte de la Unión Europea, que no quiere problemas.

En las últimas semanas, hay quien ha relativizado el impacto del 155 o la necesidad de formar gobierno. Dentro del independentismo ¿hay partidarios del cuanto peor, mejor?

Nunca se está mejor contra la represión. Si te la puedes ahorrar, mejor. Si te puedes ahorrar los presos y exiliados, mejor. Pensar que una dinámica de acción-reacción provocará una mayor toma de conciencia por parte de la sociedad catalana me parece hacer una lectura errónea. Ahora habrá que ver si tenemos gobierno operativo, y con qué rapidez podemos desembarazarnos, aunque sea de manera parcial, del 155. Han tenido muchos meses para ir laminando las instituciones… Me parece ingenuo que no viéramos que era urgente revertir el 155. Si el vecino tiene metralleta y tú solo tienes un cuchillo y te lo roban… ¡recupéralo, que es la única arma que tienes! Si tienes un poco de poder, aunque sea de juguete, consérvalo, porque es el único que tienes.

¿Ha pecado el movimiento soberanista de ser demasiado ingenuo? ¿Existe un independentismo mágico?

Todo el mundo ha tenido fantasías. Yo también. Los dos o tres últimos años, ante grandes movilizaciones, también yo participaba de una cierta euforia. Reconozco que, en muchos momentos, fui ingenuo. El 1 de octubre para mí fue una experiencia maravillosa; la recordaré toda la vida. La sensación de poder, palpable, la tuve. Que el Estado había acabado desbordado y que los palos eran un síntoma de debilidad y de impotencia suya, lo sentí. Esto no me dejó ver otras cosas que también estaban pasando. Creo que este estado mental, compartido con mucha gente, solo lo superaba quien tenía información directa y más afinada y era más consciente de su propia debilidad.

En aquel entonces hubo momentos de mucha tensión. ¿Podemos decir que existe fractura social?

El independentismo no fractura nada, no empieza a repartir hostias ni a expulsar a gente. Nunca. Quien provoca la fractura es el Estado que, en unas semanas, intenta movilizar a la extrema derecha, los cuerpos policiales, las cloacas del Estado, los servicios de inteligencia, filtrando conversaciones telefónicas… Todo hecho a medida y todo preparado y orquestado para intentar provocar un movimiento reactivo frente al independentismo, a través del peso mediático y agobiante de las teles españolas y de su sistema mediático, y con el apoyo de algún medio de aquí.

El viejo lema de un solo pueblo, ¿sigue siendo válido?

Lo que parece consolidarse en estos momentos es un doble sistema de información, comunicación y cultura. Hay un sector de la población que transita del uno al otro y se nutre de ambos. Pero hay quien vive solo dentro de uno de los dos espacios. Dentro del mundo independentista, hay quien vive exclusivamente en el ecosistema catalán, que habla catalán y tiene referentes catalanes, que solo mira TV3 y ninguna otra cadena y escucha Catalunya Ràdio y RAC1 y ninguna otra cadena, compra el Ara o el Punt Avui y ningún otro diario, consume medios digitales en catalán, y en las redes sociales tiene 3.000 seguidores que se retroalimentan entre sí. Esto crea un mundo que, a veces, no es lo suficientemente permeable.

En el otro lado, pasa lo mismo y hay un universo de gente que tiene otras referencias. Esto es una realidad y hay que combatirlo. ¿De qué manera? Pues haciendo que las formaciones políticas se parezcan más a cómo es el país en su globalidad. Que los medios también se parezcan más. El proyecto de nación española –que es el proyecto del franquismo y que se recicló durante la Transición– sigue siendo muy potente, tiene mucha capacidad de presión y construye imaginarios. Por eso es importante que el discurso del catalanismo sea de una naturaleza abierta y de futuro.

Ahora se habla mucho de ensanchar la base. No sé si es un concepto algo evangélico. Jordi Cuixart nos dijo una vez que a él no le gustaba nada, que prefería el concepto de compartir más que de ensanchar. ¿Es posible que el independentismo tenga un punto evangelizador que juegue en contra suya?

Creo que se habla de ensanchar en términos políticos y electorales. Si no tienes el área metropolitana, no ganarás nunca: te han de votar allí; es evidente. Si tienes una concepción de país, no puedes hacer el país sin esa parte. Yo soy de Rubí y nací en 1955. En el año 1962, cuando tenía 7 años, hubo las inundaciones. Rubí tenía 7.000 habitantes tras las inundaciones. Cuando yo tenía 17 años, Rubí ya tenía 40.000 habitantes. Yo jugaba al fútbol con la gente que acababa de llegar. El país, ¿cuál es? ¿El de los 7.000 habitantes? ¡No! El país ya ha crecido y ahora es mucho más complejo.

Podemos asumir responsablemente dar continuidad a unas tradiciones. Y, en el caso de Catalunya, hay una tradición política de luchas populares que está bastante bien. Hemos hecho algunas revoluciones. Esto es un activo. Pero no debemos ser esclavos de esta tradición. Cada generación tiene el derecho legítimo a generar su propia tradición, a cribar el pasado que ha recibido en herencia y elegir lo que le conviene. Elegir sus propias utopías y sus propios horizontes y objetivos. Para el movimiento independentista de izquierdas, ¿qué es Catalunya? Un espacio histórico y político que se ha perpetuado, a pesar de la construcción del Estado nación español, fundamentalmente por la acción espontánea de las clases populares. Y, en algún momento, porque ha habido un proyecto burgués modernizador, que es el proyecto novecentista de la burguesía industrial. ¿Cuál es el baluarte principal de las clases dominantes a escala española y catalana? El Estado español. ¿Cómo tenemos que plantear, entonces, la lucha de clases? ¿Elegiremos el marco de la legalidad para enfrentarnos a él? ¿O intentaremos rescatar un espacio que podamos considerar propio y que el Estado no reconoce como tal? Creo que somos más fuertes si luchamos desde un espacio que consideramos propio. Este espacio lo repensamos, pero no mirando al pasado, sino al futuro, que es lo importante.

Miremos al futuro. Las elecciones municipales de 2019 serán un momento de alta tensión. Hay quien quiere convertirlo en un nuevo plebiscito sobre la independencia. La música que suena de fondo es la de una nueva lista unitaria, en especial en Barcelona para desbancar a Ada Colau de la alcaldía. ¿Qué papel debería desempeñar ERC?

En el caso de Barcelona, lo importante es saber qué proyectos de ciudad tiene cada uno y ver si estos proyectos son capaces de atraer el interés de la gente. Luego, en vista de los resultados, creo que para el independentismo sería muy importante estar de una manera u otra en el gobierno de la ciudad de Barcelona. Esto ya habría podido pasar, aunque fuera con un papel subordinado, y no pasó. No hay que reclamar cuentas del pasado. Hay que mirar al futuro. Lo fundamental son los contenidos de los programas de gobierno y la credibilidad de las personas que los defiendan.

En los últimos tiempos se ha visualizado de manera muy clara la confrontación ERC-Comunes. Las relaciones no son buenas.

En el Congreso hemos votado muchísimas cosas juntos y hay un alto grado de coincidencia. No creo que las relaciones sean hostiles. El cambio de Catalunya Si Que Es Pot a Catalunya en Comú también supuso un cambio. A la larga, el diálogo entre ERC y los Comunes es indispensable y hay muchas cosas a compartir. Nos unen muchas cosas, y pienso también en clave de republicanismo, un concepto que también debería interpelar a una parte de las bases del PSC.

A veces hay quien habla de partidos republicanos excluyendo explícitamente a los Comunes.

No es mi caso. Cuando hablamos de partidos republicanos, hay que incluir a los Comunes, ¡siempre!

24/05/2018

http://www.elcritic.cat/entrevistes/joan-manuel-tresserras-hi-ha-una-part-de-independentisme-que-expulsa-mes-gent-de-la-que-atrau-23199

Traducción: viento sur





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