aA+
aA-
Grabar en formato PDF

Palestina
Un Proceso de paz que no acaba de morir
01/04/2018 | Julien Salingue

[Este viernes 30 de marzo, durante toda la jornada, decenas de miles de palestinos y palestinas se han manifestado a algunos metros de la valla que separa Gaza de Israel. Ha sido una jornada que coincidiendo con el Día de la Tierra -30 de marzo- está inscrita en un conjunto de movilizaciones denominadas Gran Marcha de Retorno que culminará el 14 de mayo, día de la Nakba (que este año coincide con el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén). El ejército israelí ha utilizado todo su arsenal incluyendo tiradores de élite y artillería, para asesinar a 16 manifestantes y herir a más de 1400. La solidaridad con el pueblo palestino, siempre necesaria, estas semanas va a ser más necesaria y urgente que nunca ndt.)

El año 2017 fue un año negro para el pueblo palestino que, desgraciadamente en sintonía con las evoluciones políticas regionales, han visto alejarse un poco más aún las perspectivas de emancipación. El reconocimiento por Donald Trump de Jerusalén como capital de Israel se inscribe en esta dinámica, que paradójicamente contribuye a enterrar un proceso de paz concebido, sin embargo, como un medio para neutralizar de forma duradera al nacionalismo palestino.

El año pasado fue el del centenario de la declaración Balfour, nombre bajo el que es conocida la carta enviada el 2 de noviembre de 1917 por el ministro británico de Asuntos Exteriores a Lionel Walter Rothschild, miembro eminente de la comunidad judía en Gran Bretaña y gran proveedor de fondos del movimiento sionista. Mediante esta carta, Arthur Balfour otorgaba el apoyo oficial del gobierno al proyecto de establecer en Palestina, entonces bajo administración otomana, un "hogar nacional para el pueblo judío": " El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y estatus político de que gozan los judíos en cualquier otro país". [La misiva concluía con una nota de agradecimiento: "Le estaré agradecido si usted hace esta declaración del conocimiento de la Federación Sionista".

Estas pocas líneas contribuyeron en gran medida a sellar la suerte de los y las palestinas, desposeídos de esa forma de su propia tierra por la voluntad de una potencia extranjera en beneficio de un movimiento nacional-colonial: el sionismo. Una desposesión simbólica que abrió el camino a una desposesión física: numerosos dirigentes del movimiento sionista no habían ocultado jamás su intención de conquistar, incluso militarmente, una Palestina a la que calificaban fraudulentamente como de tierra sin pueblo.

El 2 de noviembre de 2017, en una intervención consagrada al centenario de la declaración Balfour, el historiador estadounidense de origen palestino, Rashid Khalidi, afirmó lo siguiente: "para los palestinos, a fortiori, esta declaración fue una pistola apuntando directamente a sus cabezas, debido a la atmósfera colonialista de comienzos del siglo XX (...). La declaración Balfour constituyó, en los hechos, una declaración de guerra contra la población indígena del territorio prometido al pueblo judío por parte del Imperio británico. Desencadenó lo que iba a convertirse un asalto de un siglo contra el pueblo palestino" 1/

Trump ¿tras las huellas de Balfour?

Cien años después de Arthur Balfour, ha sido un tal Donald Trump el que, el pasado 7 de diciembre de 2017, hizo suya la postura del dirigente imperialista ofreciendo al movimiento sionista un territorio palestino. A propósito de la declaración Balfour, el escritor Arthur Koestler afirmaba que "una nación prometió solemnemente a una segunda el territorio de una tercera". Con el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, Trump cogió esa antorcha dando su bendición solemne a la reivindicación israelí de soberanía sobre un territorio conquistado por la fuerza y despreciando el derecho internacional, incluso la resolución 181 de la ONU, que preconizó el reparto de Palestina y legitimó la creación del Estado judío.

A pesar de las diferencias notables entre las épocas y los actores, el paralelo entre la declaración de Trump y la de Balfour no se encuentra solo en la postura imperial: en efecto, tanto en un caso como en el otro se trata menos de un cambio radical de la situación sobre el terreno que de un formidable impulso, por su legitimación, a la empresa colonial. Los colonos israelíes, igual que el movimiento sionista un siglo antes, no se han equivocado en absoluto.

Poco más de tres semanas después de la decisión de Trump, el comité central del Likud -partido del Primer Ministro Netanyahu- adoptaba una resolución animando a "los parlamentarios del Likud a promover la soberanía israelí sobre Judea-Samaria". En otros términos, una anexión de Cisjordania por Israel. Aunque esta resolución no sea vinculante y Netanyahu se haya opuesto a ella formalmente, por razones diplomáticas y de política interior (evidentemente no por ningún apego a los derechos del pueblo palestino), un voto así dice mucho sobre el estado de espíritu que reina en Israel: al estar la política de los hechos (coloniales) consumados no solo acompañada sino también legitimada por el presidente de la primera potencia mundial, no hay ninguna razón para privarse de proseguirla, e incluso de acelerarla.

Sin asumir la reivindicación de la anexión, a comienzos del mes de enero, Netanyahu aprovechó también la oportunidad ofrecida por Trump, para dar luz verde a la construcción de más de 1100 nuevos alojamientos en las colonias de Cisjordania, y legalizando, un mes más tarde, los puestos de vanguardia"de Havat Gilad, colonia hasta entonces no reconocida por las autoridades israelíes.

Una irracional racionalidad política

En realidad, el alto alcance simbólico del reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel ha sido subestimado por la mayor parte de los observadores y comentaristas, que se han preguntado más sobre las motivaciones de Trump que sobre la naturaleza misma del proceso al que el presidente de los Estados Unidos acababa de dar su respaldo. Un sesgo clásico en los discursos sobre el conflicto que opone a Israel al pueblo palestino, que consiste en conceder más importancia a las intenciones reales o supuestas de las potencias que a las realidades concretas y a las dinámicas sociales y políticas sobre el terreno. Sesgo en el que brillan los expertos de todo tipo, y en particular en geopolítica, que no es a menudo otra cosa que el nombre ostentoso dado a análisis confusos y cambiantes que se basan esencialmente en ruidos de pasillos diplomáticos.

¿Cómo comprender la decisión de Estados Unido? 2/. Varias interpretaciones han estado presentes entre los analistas y comentaristas: ruptura simbólica con sus predecesores, Clinton y Obama; voluntad de satisfacer a la muy sionista derecha cristiana evangélica; proximidad personal con Netanyahu; cortafuego encendido tras la inculpación de Michael Flynn, su antiguo consejero de seguridad nacional, en el "asunto ruso"... En cada una de esas explicaciones hay algo de verdad, pero en parte dejan de lado lo esencial.

Por decirlo de forma trivial (pero lo menos que se puede decir es que la trivialidad no es incompatible, ni de lejos, con los hechos y gestos del actual presidente de los Estados Unidos), Donald Trump ha hecho sencillamente de Donald Trump. El derecho internacional, las opiniones de los demás Estados -incluso sus aliados árabes- y las opiniones de su entorno (su secretario de Estado y su Ministro de Defensa se oponían a esta decisión) no han pesado mucho en su balanza frente a la íntima convicción de Trump de que esta decisión era, según sus propios términos, "lo bueno que hay que hacer".

Así va el mundo según Trump: independientemente de las consecuencias que pueden tener, hay decisiones que son intrínsecamente buenas, mientras que otras son malas y los hombres valientes deben tomar las buenas decisiones. Una visión mística de la política que hace eco a la de George W. Bush, pero que en Trump va acompañada -debido a su hábito de golden boy y de su postura anti-establishment- de un desprecio por el realismo que predominaba en la diplomacia estadounidense, a la que asimila a la indecisión y por tanto a la cobardía.

Adepto a deslumbrar, al farol y al puñetazo encima de la mesa, Trump es en gran parte imprevisible, al ser tan fundamentalmente irracional su racionalidad política. En el caso de Jerusalén como en muchos otros, no hay cálculo a medio o a largo plazo por su parte, ninguna visión de conjunto de la situación del Medio Oriente, ni de un hipotético arreglo de la cuestión palestina. El mismo Donald Trump pudo declarar en una entrevista al diario Israel Hayom a comienzos del mes de febrero: "En el momento actual, diría que los palestinos no intentan hacer la paz. Y tampoco estoy seguro de que Israel intente hacer la paz. Por tanto, vamos a ver qué pasa" (sic).

Jerusalén, laboratorio del colonialismo

Pero esta ausencia de visión no quita nada al hecho de que la decisión de Trump sobre Jerusalén es una validación/legitimación de los peores aspectos de la política colonial israelí, que refuerza aún un poco más a la derecha y la extrema derecha en el poder. En efecto, la situación de la ciudad tres veces santa es ejemplar del carácter intrínsecamente violento y discriminatorio de la puesta en marcha del proyecto sionista: Jerusalén es un concentrado de colonialismo con el añadido del apartheid. Tras la conquista de la parte oriental de la ciudad en 1967, Israel ha practicado en ella una política de judaización sistemática, a fin de implantar una mayoría judía y de combatir toda reivindicación de soberanía palestina. Y las resoluciones de la ONU no han cambiado nada allí: en 1968, es decir un año después de la conquista, la resolución 252 exigía de Israel "abstenerse inmediatamente de todas nuevas acciones que tiendan a modificar el estatus de Jerusalén"; en 1980, tras la anexión oficial de Jerusalén-Este, la resolución 476 evocaba "una violación del derecho internacional". Resoluciones sin sanciones y por tanto sin efecto.

Israel ha practicado una política ultradiscriminatoria hacia los y las palestinas de Jerusalén. Las autoridades israelíes no han clasificado más que el 13% de Jerusalén-Este como zona construible para los y las palestinas, contra el 35% para la colonización. Las colonias se han desarrollado a gran velocidad (más de 250 000 colonos hoy) mientras que los y las palestinas recibían permisos para construir en cuenta gotas. En el curso de los doce últimos años, han obtenido menos de 200 por año, cuando tendrían necesidad de 10 veces más para absorber el crecimiento de la población. Por tanto, construyen de forma ilegal y se exponen a las demoliciones: según las cifras de la ONU, más de 1500 edificios han sido destruidos desde el año 2000, mientras que más de 100 000 palestinos de Jerusalén viven hoy en alojamientos considerados como ilegales por Israel y, por ello, están bajo amenaza de una orden de demolición 3/.

Esta discriminación territorial va acompañada de una discriminación administrativa. Los y las palestinas de Jerusalén tienen, en efecto, un estatuto particular: son portadores de una tarjeta de residente que les permite, entre otras cosas, votar en las elecciones municipales o trabajar en Israel. Pero la obtención, la conservación o la renovación de esta tarjeta es un verdadero viacrucis, y numerosos palestinos pierden su estatuto de residente cada año: expediente incompleto (en ciertos casos se necesitan doce documentos administrativos), ausencia prolongada, condenas penales... todos los motivos son buenos para privarles de su estatuto de residente. Si se cree en las cifras de Human Rights Watch, que recortan las de las ONG israelíes y palestinas, son más de 15 000 las personas palestinas que han perdido este estatuto desde 1967 4/.

Ciudadanos de tercera o cuarta categoría, las personas palestinas de Jerusalén viven en una situación de gran miseria económica y social, consecuencia también de las políticas discriminatorias. La municipalidad de Jerusalén, en efecto, invierte muy poco dinero en los barrios palestinos y mientras que sus habitantes pagan los mismos impuestos que las personas israelíes residentes, apenas el 10% del presupuesto de la ciudad les está consagrado, cuando la gente palestina representa al menos el 37% de la población 5/: "la municipalidad de Jerusalén evita deliberadamente invertir en las infraestructuras y los servicios en los barrios palestinos -incluyendo las carreteras, las aceras, el sistema de distribución de agua y el alcantarillado" 6/. La gente palestina de Jerusalén carece de todo, de escuelas, centros sociales, centros de salud, oficinas de correos, etc., y conoce una situación de pobreza extrema: el 76% vive bajo el umbral de la pobreza, tasa que alcanza el 83% entre las personas menores de 18 años -contra respectivamente el 21,7% y el 30% en el resto de Israel 7/.

La inencontrable tercera intifada

Tal es, pues, la realidad que Donald Trump acaba de reconocer como legítima. Y si es poco probable que el presidente de Estados Unidos tenga una idea aproximada de estos datos políticos y estadísticos, no es el caso de los dirigentes israelíes y de sus apoyos incondicionales en Estados Unidos y otros países. Se comprende tanto mejor por qué la derecha y la extrema derecha israelíes se sienten galvanizadas, aunque no se trate evidentemente de considerar que la decisión de Trump signifique un brusco cambio de perspectiva de la administración estadounidense.

Antes incluso del reconocimiento formal del hecho consumado en Jerusalén, Israel oudo actuar con total impunidad y seguir gozando del apoyo de la mayor parte de los países occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, hasta el regalo de Obama al final de su mandato: 38 000 millones de dólares de ayuda militar para el decenio 2019-2018; un récord. No deja de ser cierto que el efecto Trump juega a tope en Israel: símbolo que dice mucho sobre ello, el ministro de transportes israelí anunció a finales de diciembre que la estación de tren cuya construcción se prevé cerca de la zona del muro de las lamentaciones sería bautizada... "Donald John Trump".

No obstante, el arbitraje de Trump no ha desencadenado la tercera intifada que algunos expertos pronosticaban, a pesar del sentido común, y sobre todo de la comprensión real de la situación sobre el terreno y de la crisis del movimiento nacional palestino. Es cierto que ha habido manifestaciones severamente reprimidas, así como enfrentamientos, en particular en Jerusalén, entre jóvenes palestinos y fuerzas armadas israelíes. Pero nada comparable con el levantamiento popular de finales el año 1987, ni siquiera con la segunda intifada de comienzo de los años 2000, sin embargo ya mucho menos masiva que la primera. Pues aunque no acepte la suerte que le está reservada, la población no está dispuesta a implicarse masivamente en la lucha, consciente de la vertiginosa degradación de la correlación de fuerzas, a fortiori en un período de crisis prolongada del movimiento nacional, debilitado, deslegitimado, dividido y minado por rivalidades de poder que no tienen nada que ver con la satisfacción de los derechos nacionales palestinos.

Tal es, en efecto, una de las paradojas de este proceso de paz que no acaba de morir. Cuando ya nadie cree, en los territorios palestinos, que pueda conducir a alguna resolución positiva del conflicto, la ocupación prolongada y la ausencia de toda perspectiva de arreglo han producido dinámicas institucionales conservadoras, incluso en el movimiento de liberación. Se piensa aquí en la dialéctica de las conquistas parciales 8/ de la que hablaba Ernest Mandel a propósito de la burocratización de las organizaciones obreras, señalando "[a quienes] se comportan como si cualquier nueva conquista del movimiento obrero debiera estar subordinada de forma absoluta e imperativa a la defensa de lo que existe".

Los principales grupos y dirigentes palestinos están así en una lógica de defensa, incluso de consolidación, de un espacio, por restringido que sea, en el seno de un dispositivo de poder regido por los acuerdos de Oslo, con la existencia de zonas autónomas cuyo control se ha convertido en un fin en si mismo, cuando eran en su origen consideradas como una simple etapa antes de la emergencia de un Estado.

Un control tanto más deseado en la medida que permite desarrollar una base en el seno de la población, en primer lugar entre las personas que ejercen un empleo en la administración, que se convierten a su vez, igual que las múltiples personas asalariadas de las múltiples ONG dispersas por los territorios palestinos, en tributarias del mantenimiento de la ilusión del "proceso".

Callejón sin salida y aislamiento internacional

Las repetidas crisis y las divisiones en el seno del movimiento nacional son el producto de este desplazamiento de los objetivos: de la liberación nacional hacia el control de un pseudo aparato de Estado que ofrece ventajas materiales (ayudas internacionales, salarios, etc.) y simbólicos (contactos internacionales, puestos de responsabilidad, etc.) Así, cuando el proceso de Oslo está caduco, las estructuras que han salido de él continúan ofreciendo ventajas a las élites políticas y administrativas, haciéndolas reacias a cualquier cambio de envergadura y permitiéndoles cooptar a una parte significativa de la población.

No es la reciente reconciliación entre Fatah y Hamas, como consecuencia de un acuerdo firmado en El Cairo el 12 de octubre de 2107, lo que va a cambiar las coordenadas de la situación. Se trata, en efecto, de un acuerdo entre dos movimientos debilitados y en búsqueda de legitimidad, impuesto por un mariscal Sissi deseoso de plantearse como actor insoslayable en la región, y cuyo contenido político es mínimo: organizar la vuelta de la Autoridad Palestina a Gaza y confiarle la administración del territorio. Haciéndolo, Hamas ha podido descargarse del peso de la responsabilidad administrativa de Gaza (y por tanto de la gestión de las consecuencias del bloqueo), esperando recuperar la salud como fuerza de oposición, mientras que Mahmud Abbas y la AP podían de nuevo reivindicarse como único gobierno legítimo del pueblo palestino.

Un acuerdo beneficioso para las dos facciones, al menos a corto plazo, pero que no presagia en nada una reconciliación política en el seno del movimiento nacional, y que no ha producido ningún efecto a nivel internacional: Mahmud Abbas ha sido víctima de una enésima humillación con la decisión de Trump, hasta tal punto que, para no perder totalmente la cara, proclama hoy que "en caso de encuentro internacional, [pide] que los Estados Unidos no sean los únicos mediadores sino que solo formen parte de los mediadores". Cada cual tiene su radicalidad...

A pesar de estos callejones sin salida, la resistencia no ha desaparecido de los territorios ocupados. Hay que pensar evidentemente en esa militancia, hombres y mujeres, víctima de la represión de las fuerzas de ocupación, desde Salah Hamuri a Ahed Tamimi pasando por la diputada del FPLP Khalida Jarrar, personas detenidas durante estos últimos meses y que siguen encarceladas en el momento de escribir estas líneas. Y pensamos también en la gente refugiada en Gaza y Cisjordania, en la gente de los pueblos, en la juventud de Jerusalén y otras partes, en esas capas totalmente excluidas del proceso de paz, que se enfrentan regularmente con el ejército israelí en las concentraciones, manifestaciones, motines.

Pero si esos y esas militantes dan pruebas de una valentía y de una determinación ejemplares y la inestabilidad del dispositivo de Oslo muestra su incapacidad para neutralizar de forma duradera a la población de los territorios ocupados, el aislamiento internacional del pueblo palestino le impide modificar sustancialmente la correlación de fuerzas. El ascenso, durante estos últimos años, de la contrarrevolución a nivel regional, contribuye a reforzar este aislamiento, a fortiori en la medida en que la gran mayoría de los Estados autoritarios árabes, obnubilados por la guerra fría entre Arabia Saudita e Irán, privilegian un acercamiento a Israel y Estados Unidos.

Todo ello plantea la importancia, para el movimiento internacional de solidaridad, de reforzar los lazos, políticos, asociativos, sindicales, con los actores palestinos sobre el terreno a fin de romper su aislamiento, pero también construir y ampliar la campaña de boicot a Israel (BDS), que continúa desarrollándose y consiguiendo victorias. Hay que repetirlo: el pueblo palestino solo, frente a Israel y quienes le apoyan, no pueden conseguir gran cosa. Ahora bien, el BDS es, precisamente, lo que permite influir concretamente en las correlaciones de fuerzas en tanto que actores y actrices políticas aquí, presionando sobre Israel y luchando contra las complicidades de nuestros propios gobiernos, a fin de liberar espacios y energías allí y contribuir, sin sustituir a la propia gente palestina, a invertir la tendencia a la desestructuración política y social.

26/03/2018

L´Anticapitaliste nº 95 (febrero 2018)

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur


1/ Rashid Khalidi, "Balfour Declaration Must be Matched by National Home for Palestinians", 2/11/ 2017, http://nena-news.it/rashid-khalidi-balfo...

2/ Las líneas que siguen están tomadas de Jerusalén: ¿qué significado tiene la decisión de Trump? 09/12/2017 http://vientosur.info/spip.php?article13284

3/ OCHA, "High numbers of Demolitions : the ongoing threats of demolition for Palestinian residents of East Jerusalem", 15/01/2018, https://www.ochaopt.org/content/high-num...

4/ Human Rights Watch, "Israel : Jerusalem Palestinians Stripped of Status", 8/08/ 2017, https://www.hrw.org/news/2017/08/08/isra...

5/ Idem.

6/ B’Tselem, "East Jerusalem", 11/11/2017, https://www.btselem.org/jerusalem

7/ Association for Civil Rights in Israel (ACRI), "East Jerusalem Facts and Figures 2017", 24/05/2017, https://www.acri.org.il/en/2017/05/24/ea...

8/ Ernest Mandel, La burocracia, 1969. https://www.marxists.org/espanol/mandel/1969/burocracia.htm







Boletín semanal
Recibe en tu correo electrónico los últimos artículos de nuestra revista digital, así como las novedades y eventos
Agenda
Actos
Iruñea-Pamplona. 27 de abril de 2018, 19:00h
Iruñea-Pamplona. Viernes, 27 de abril de 2018. 19:00 h Feminismo, transición y Sanfermines del 78 - Begoña Zabala González
Zabaldi, Navarrerías 25
Actos
Madrid. 27 de abril de 2018, 19:00h
Madrid. 27 y 28 de abril de 2018. 19:30 h y 11:00 h Seis contradicciones y el fin del presente. Franco Berardi Bifo — Franco Berardi Bifo











Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons