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Cincuentenario 1968
Nace el movimiento 22 de marzo 1968. Ha sonado la hora...
24/03/2018 | Daniel Bensaïd

El comienzo de curso 67 olía a pólvora. Se intensificaban los bombardeos americanos sobre Vietnam. En Francia, las ordenanzas gaullistas provocaban un ascenso de la agitación social. Después de la emblemática huelga de la Rhodiaceta, las de Caen y de Rendon acabaron en motín. Militábamos a tiempo completo en el campus de Nanterre, donde la JCR estaba bien implantada 1/.

Nanterre-la-Locura tenía bien merecido su nombre. La prensa de la época describía la cenagosa no man’s land [tierra de nadie] del campus, encajonado entre los bidonvilles fotografiados por Élie Kagan durante la guerra de Argelia y las columnas todavía desparramadas de casas baratas. La barraca que hacía de estación tenia todo el aspecto de un apeadero destartalado del Far West, perdido a las puertas del desierto. Una vez en el campus, la jornada transcurría entre la cafetería, el restaurante universitario y la residencia, sin frecuentar mucho las aulas. Se encadenaban las reuniones. La mayor parte del tiempo, hacíamos causa común con la banda de los anarcos animada por Jean-Pierre Duteuil y Daniel Cohn-Bendit. Cuando un comando facha de Occidente desembarcaba de París para una incursión salvaje en nuestro territorio (casi) liberado, Xavier Langlade y Jacques Tarnero organizaban la autodefensa de este santuario inexpugnable. Cuando el decano Grapin, derogando los principios de franquicia universitaria, autorizó a la policía a intervenir en el interior de los edificios, sufrió la misma suerte que los invasores pronazis y fue pronto echada fuera de sus muros.

Estas actividades tan variadas como desbordantes casi no dejaban tiempo para el estudio. Brossat y yo estábamos inscritos en un master bajo la dirección de Henri Lefebvre. Alain se ocupó valientemente de la noción de cambio de campo de Althusser y Foucault. Inspirado por un sexto sentido político, elegí como tema La noción de crisis revolucionaria en Lenin. Lefebvre aceptó con benevolencia dirigir estas investigaciones heterodoxas. Paralelamente debíamos seguir el seminario de Paul Ricoeur sobre Cassirer y las formas simbólicas. Teníamos cosas mejores que pensar que en juguetear con esas sutilezas hermeneúticas, sobre todo porque Ricoeur aparecía entonces como la prueba de una época filosófica caduca, condenada al cubo de la basura de la prehistoria por la hegemonía estructuralista.

Lo poco que aprendimos aquel año fue al amor de la lumbre. Brossat sacaba su laya de conceptos para combatir el cambio de campo. Denise Avenas anotaba estudiosamente El Capital para iniciar a un grupo bachiller de Rueil en la teoría del valor-trabajo. Entre la lectura de El guardián entre el centeno de Salinger y Las cosas de Perec, Martine 2/ se dedicaba con moderación a la sociología, sobre todo desde el punto de vista de la novela policíaca. En cuanto a mí, como el autodidacta de La Náusea, leía por orden cronológico las Obras casi completas de Lenin, compradas en grupos de cinco, cada fin de mes, en la librería Racine.

El movimiento estudiantil iba ganando amplitud en Italia y Alemania. Apenas un puñado (JCR y anarcos sólo) protestamos en la desierta y glacial explanada de los Inválidos contra la represión que sufrían Modzelewski y Kuron en Polonia. Difundimos su Carta abierta al Partido Obrero Polaco, traducida y multicopiada por nuestra cuenta. En febrero de 1968, partimos nach Berlin [hacia Berlín] para manifestarnos por Vietnam. Las manifestaciones internacionales no eran todavía moneda corriente. Berlín, con su universidad crítica animada por los estudiantes del SDS 3/, figuraba como la capital de la contestación, a caballo entre las dos Europas. El nombre de Adorno no nos decía gran cosa. De Marcuse, justo conocíamos Eros y Civilización, traducido por Boris Fraenkel para las ediciones de Minuit. El Hombre unidimensional no apareció en francés hasta el otoño de 1968. En cambio, conocíamos la influencia ejercida por Lefebvre y su crítica de la vida cotidiana sobre la Internacional situacionista.

Llenamos un autocar de nanterreses para la expedición berlinesa. Eran de la partida Manuel Castells, entonces asistente en sociología, Paulo Paranagua, un muy joven surrealista, hijo de un diplomático brasileño, y Sophie Petersen. El viaje en enero por las llanuras nevadas duró más de veinticuatro horas. Para pasar el rato, repetíamos cánticos revolucionarios y seguíamos por el transistor los logros de Jean-Claude Killy en los Juegos de Grenoble. En la frontera alemana oriental, los vopos 4/, avisados de que íbamos a Berlín para una causa justa, nos dieron una buena acogida. Alain Krivine había trabado lazos privilegiados con el SDS. La víspera de la manifa, su carismático líder Rudi Dutschke nos hizo el honor de una visita. Nos impactó el encanto magnético de este hombre pequeño y desbordante de alegre malicia. Al día siguiente, casi medio siglo después del asesinato de Rosa Luxemburg, decenas de miles desfilábamos por el Kurfürstendamm. La multitud juvenil repetía con buen humor: “Wir sind eine kleine, radicale Minderheit!” 5/.

De vuelta a París, esta pequeña minoría radical redobló su ardor. En medio de esta efervescencia, Xavier Langlade fue detenido en una manifestación contra la sede de American Express. Al día siguiente, alrededor del café cortado matinal, Brossat sugirió una acción de solidaridad en ruptura con la rutina habitual. En lugar de desplegar prudentemente unas pancartas, ejerceríamos nuestro talento para los graffitis dentro de los vestíbulosy de las aulas. En tiempos en que las plantillas y las pintadas todavía no causaban furor, esta simple trasgresión escritural de inspiración situacionista tuvo el efecto de un detonador. Se vio aparecer en las grandes cristaleras interiores frases propicias a la meditación, como La transparencia no es transcendencia. La mano anónima que trazó esas palabras ignoraba que, treinta años más tarde, el ideal de transparencia se convertiría en el mantra del panóptico mediático y que el “deseo de transparencia” 61/ consumaría la gran cofradía de los aparentes. No importa: la explosión poético-mural de Mayo ya estaba lanzada.

De una cosa a otra, en una escalada de desafíos, la jornada acabó en apoteosis, con la profanación simbólica de la sala del consejo, ocupada. Una sesentena de rebeldes festejaron el acontecimiento hasta la madrugada. Servidumbre militante obliga, me perdí ese alegre desenlace: tenía que acudir aquella tarde a una reunión de jóvenes trabajadores en Levallois. Bajo el impulso de esta memorable jornada, organizamos una jornada de puertas abiertas en la facultad. El sol fue cómplice. Las comisiones retozaron sobre el inmundo césped. De estas cabriolas nació el movimiento del 22 de marzo. Se definió como antiimperialista (solidario con los pueblos indochino y cubano), antiburocrático (solidario con los estudiantes polacos y la primavera de Praga), anticapitalista (solidario con los obreros de Caen y de Redon),

La JCR aprovechó la tregua de pascua para hacer cónclave. Estuvimos a un paso de aporrearnos con las sillas por una cuestión menor, las elecciones en la Mutua estudiantil. Henri Weber, apoyado por los partidarios de un sindicalismo estudiantil tradicional (entre ellos Guy Hocquenghem y Henri Maler) reprochaba a nuestra comuna nanterresa su comprometedora alianza con los libertarios. Los falsos hermanos (enemigos) lambertistas me llegaron a acusar de haber tratado a los sindicatos de burdeles, y a la UNEF de puta. Era pura calumnia. Sin pretender ser un ferviente feminista de primera hora, ése no era mi vocabulario.

Así estaban las cosas cuando nos llegó la noticia del atentado contra Rudi Dutschke, abatido por un pistolero mientras circulaba en bicicleta por las calles de Berlín. Se encontraba en coma, entre la vida y la muerte. Volvíamos a verlo lleno de ánimo, galvanizando la manifa de Berlín por Vietnam. Junto a los anarcos, salimos en seguida a manifestarnos delante de la embajada de Alemania. El pequeño cortejo se resistía a dispersarse. Una consigna transmitida poco a poco fijó una nueva cita en el Boul’Mich [Boulevard Sain-Michel]. Allí quiso interponerse la policía. Su intervención enfureció a la pequeña tropa. En la esquina de la calle de las Escuelas, cualquier cosa sirvió de proyectil: de la terraza del Sélect Latin volaron vasos, tazas, garrafas, sillas, veladores. Las señales de tráfico fueron derribadas, arrancadas las rejillas de hierro al pie de los árboles. Era uno de esos momentos imprevisibles en que el miedo al quepis y a la porra se evapora como por encanto. Uno se siente de pronto invulnerable. Sólo después se comprenden esos signos imperceptibles que anuncian un cambio inminente del ambiente de fondo. La manifestación por Berlín aparece a posteriori como una especie de prólogo de Mayo 68, y las refriegas pascuales del Barrio Latino como la prefiguración de las barricadas de la calle Gay-Lussac.

Después de esta llamarada, parecía que el año universitario debía acabar sobre ruedas. Era ya tiempo de pensar en redactar mi memoria sobre Lenin y la crisis. Con Martine, nos fuimos en autostop para retirarnos a estudiar en la cabaña de mi madre, en Saint-Pierre-la-Mer. De paso por Toulouse, arengamos a un aula repleta de la facultad Albert-Lautman (nombre del gran lógico −tío de Alain Krivine− ejecutado por los nazis), contando con detalle la epopeya nanterresa. El auditorio, muy animado, salió en manifestación, barriendo de paso a un grupo de Occidente (donde seguramente estaría Bernard Antony, el futuro Romain Marie del Frente Nacional). Hermano pequeño del 22 de marzo, había nacido el Movimiento del 25 de abril.

Partimos hacia la costa de Aude con el sentimiento del deber cumplido. Hacía un tiempo magnífico. Pasábamos largas horas tostándonos en las rocas, anotando los voluminosos volúmenes de Lenin. Por la mañana, iba corriendo hasta el pequeño puerto de Brossolette para comprar Le Monde. Un hermoso día, los titulares anunciaron que la Sorbona estaba ocupada por la policía y el Barrio Latino amotinado. Inmediatamente volvimos a embalar a Lenin, los bañadores y las cremas bronceadores.

La JCR había reservado acertadamente la gran sala de la Mutualité para un mitin europeo el 9 de mayo. Yo debía intervenir como militante del 22 de marzo, junto a Ernest Mandel, Massimo Gorla (futuro diputado italiano), Paolo Flores d’Arcais (uno de los impulsores, junto a Nanni Moretti, de los girotondi contra Berlusconi) y Henri Weber. Por la tarde tuvo lugar una sentada improvisada en la plaza de la Sorbona, en la que Dany Cohn-Bendit trató con aspereza a Aragon, llamándole crápula estalinista. Iba llegando la hora y comenzamos a preocuparnos por la suerte de nuestro mitin. Entonces Weber tuvo la idea de ofrecérselo al movimiento, abriendo la tribuna y retirando (en una innovadora operación de No Logo) las siglas que decoraban la sala. Cohn-Bendit se unió a los oradores inicialmente previstos. Al día siguiente fue la tremenda noche de las barricadas.

Partiendo del viejo león de Denfert, la manifestación en protesta contra el cierre de la Sorbona llegó al cruce del Luxembourg, donde vaciló, sin decidirse a dispersarse. De pronto, golpes sordos. Se estaban extrayendo adoquines. ¿Provocación? ¿Innovación? ¿Espontánea repetición simbólica de un gesto que recordaba los gloriosos precedentes de la calle Saint-Merri, de la calle de la Fontaine-au-Roi (defendida por Varlin, Ferré y Jean-Baptiste Clément), de la calle Ramponeau (donde disparó Lissagaray), del cruce Ledru-Rollin (donde cayó el diputado Baudin)? En varios momentos pareció que este arrebato se iba a extinguir con la caída de la noche. Pero aparecieron motosierras, no se sabe de dónde. Cayeron árboles. Coches volcados, transformados en murallas, con troneras y matacanes. Los barricadistas rivalizaban en imaginación, como si participasen en el concurso del más hermoso edificio subversivo, decorando los adoquines con macetas de flores, con telas, con piezas antiguas. ¡La barricada más generosamente inútil fue levantada, por una especie de ironía, voluntaria o no, delante del… impasse [callejón sin salida] Royer-Collard! Pero sus defensores no mostraron menos determinación contra cualquier idea de rendición.

De madrugada, nos encontramos con Alain Krivine y un puñado de extenuados supervivientes, con los ojos enrojecidos y lagrimeantes, en el patio de la ENS de Ulm. Algunos alumnos maoístas de la Escuela Normal, que habían corrido a esconderse la víspera por la noche, denunciando ese capricho de jardinería pequeño burguesa, emergían corridos de vergüenza de sus sueños escarlatas.

Había comenzado Mayo 68

http://danielbensaid.org/Mais-l-heure-a-sonne?lang=fr

Traducción viento sur

Notas:


1/ Nuestro círculo contaba en sus filas con Xavier Langlade, Bernard Conein, Jean-François Godchau, Nicole Lapierre, Marc Sandberg, Alain Frappard, Dominique y Florence Prudhomme, Scalabrino, Brossat, Denise Avenas, Martine y yo mismo. Durante el año, se unieron a nosotros Aron Barzman (hijo de un guionista americano víctima del maccarthysmo), Pierrette Bourgoin (la hija del coronel), Sophie Petersen (futura consejera en el Elíseo con Mitterrand), Raymond Piskor, Danièle Schulman, Jacques Rzepsky, Manuel Castells (refugiado español, militante de Acción Comunista, entonces joven encargado de curso de sociología), Evelyne Haas (la compañera de Serge July, cofirmante junto a Geismar y él, del memorable Hacia la guerra civil). Brigitte Jacque y Pascal Bonitzer hicieron apariciones furtivas.

2/ Martine Maurance, compañera de Daniel Bensaïd en esa época

3/ SDS : Union de estudiantes socialistas alemanes, cercana al Partido Socialdemócrata.

4/ Policía nacional de Alemania del este.

5/ ¡Somos una pequeña minoría radical!

6/ Michel Surya, De la domination, Tours, Farrago, 1999, p. 33.





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