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Medioambiente
China no puede evitar la destrucción medioambiental
12/03/2018 | Peter Dolack

Hace un año, en el Foro Económico Mundial, el presidente chino, Xi Jinping, se ganó el aplauso de las élites reunidas en Davos por su defensa del comercio abierto. Por supuesto, dado que la economía china depende en gran medida de las exportaciones, el llamado libre comercio le interesa, de modo que el posicionamiento del presidente Xi no sorprendió a nadie.

Lo que ya no llamó tanto la atención fueron las declaraciones de Xi sobre el medio ambiente, cuestión en que las élites del capitalismo mundial se encuentran menos cómodas. El pasado mes de octubre, en el XIX Congreso del Partido Comunista Chino (PCC), por ejemplo, declaró lo siguiente: “El hombre y la naturaleza forman una comunidad de vida; nosotros, como seres humanos, hemos de respetar a la naturaleza, seguir sus vías y protegerla. Solo si observamos las leyes de la naturaleza podremos evitar graves errores en su aprovechamiento. Cualquier daño que inflijamos a la naturaleza acabará volviéndose contra nosotros. Esta es una realidad que hemos de afrontar.” Fijó el objetivo de “restaurar la serenidad, la armonía y la belleza de la naturaleza” y ascendió la agencia de protección medioambiental a la categoría de ministerio.

Dada la enorme contribución de China al calentamiento global y la grave contaminación que sufre, estas declaraciones merecen un aplauso. Sin embargo, ¿significa esto realmente que China pasará ahora a ser un país que prime sobre todo el medio ambiente y, tal vez, salve al capitalismo de sus excesos? Esto es muy improbable, vista la integración de Pekín en el sistema capitalista mundial y la dinámica del capitalismo en general, en que todos los incentivos apuntan en la misma dirección: hacia un mayor crecimiento. Es un sistema que necesita el crecimiento.

Además de las leyes fundamentales del capitalismo, una interesante ponencia de Richard Smith –un historiador económico que escribe a menudo sobre la imposibilidad de un capitalismo verde– señala que la naturaleza del sistema chino es una nueva barrera frente a cualquier giro hacia la primacía del medio ambiente. En su ponencia, titulada “Los motores del sistema chino y el colapso ecológico planetario”, Smith afirma que a pesar de todo el poder que por lo visto ha acaparado el presidente Xi, cambiar los incentivos económicos del país no es algo que esté a su alcance. Smith escribe:

Xi Jinping no puede liderar la lucha contra el calentamiento global porque gestiona un sistema político-económico caracterizado por unos motores de crecimiento sistémicos –la necesidad de maximizar el crecimiento más allá de toda racionalidad del mercado, la necesidad de maximizar el consumismo– que son, más que nada, todavía más potentes y más ecosuicidas que los del capitalismo normal de Occidente, pero que Xi no puede cambiar. Estos motores son los responsables del crecimiento ciego irracional de China, de su producción ciega y su contaminación descontrolada, lo que el propio Xi califica de “desarrollo insensato en detrimento del medio ambiente”.

Son tres los factores que impulsan el crecimiento chino, dice Smith: una industrialización destinada a la sustitución de las importaciones (la necesidad de competir efectivamente como economía nacional frente a EE UU y otros países capitalistas avanzados); la creación de puestos de trabajo (la razón principal de que las autoridades chinas no permitan cerrar a las empresas); y el consumismo. En su ponencia, señala que pese a todas las reformas de mercado introducidas en las últimas décadas, las empresas estatales chinas no operan según las reglas del mercado. Escribe:

Con todas las reformas de mercado implantadas desde 1978, el gobierno no ha permitido que ninguna empresa estatal suspenda pagos o se declare en quiebra, por muy ineficiente que sea y por muy endeudada que esté, porque esas empresas sirven a una finalidad distinta. No están ahí tan solo para hacer dinero. Existen para cumplir los deseos de los dirigentes del Partido Comunista Chino, sobre todo porque contribuyen a la sustitución de importaciones y a la industrialización del país.

Diez millones de despidos en las empresas estatales

Asegurar la estabilidad social es sin ninguna duda un objetivo de los dirigentes chinos, pero Smith parece subestimar la importancia del normal comportamiento capitalista de las empresas estatales chinas. Un informe de 2006, publicado en el Boletín Sindical y titulado “Nadar contra la corriente”, no solo señala la continua consolidación de dichas empresas, sino también la consiguiente pérdida masiva de puestos de trabajo provocada por las reestructuraciones. El informe dice:

A finales de la década de 1990, sin embargo, el gobierno intensificó mucho la reestructuración de las empresas estatales. Este proceso desahució y marginó a decenas de millones de trabajadores, mientras que al mismo tiempo creó una nueva clase de capitalistas poderosos con vínculos estrechos y muy influyentes con los gobiernos locales. Es más, en aquella época el gobierno central pareció abandonar toda idea de adoptar medidas adicionales para poner remedio a la situación, y básicamente concedió a los gobiernos locales y los directivos de las empresas estatales rienda suelta para repartirse entre ellos los bienes del Estado.

Entre 1995 y 2002, las empresas estatales despidieron a nada menos que 30 millones de trabajadores. […] Mientras tanto, los directivos de estas empresas aprovecharon su poder y sus relaciones con los gobiernos locales para apropiarse bajo mano de activos de las empresas a precios ridículamente bajos, de modo que pasaron de ser meros directivos a propietarios de aquellas. Según un estudio, más del 20 % de las empresas privadas creadas en la primera mitad de 2006 fueron fruto de la reestructuración de empresas propiedad del Estado y colectivas.

Minqi Li, en su libro The Rise of China and the Demise of the Capitalist World Economy (El ascenso de China y la desaparición de la economía capitalista mundial), al examinar el desarrollo de la economía china, no tiene pelos en la lengua cuando describe la falta de interés por la gente trabajadora:

En toda la década de 1990 se privatizaron la mayoría de empresas del Estado y colectivas. Decenas de millones de trabajadores perdieron el empleo. La clase obrera urbana se vio privada de los derechos heredados del régimen socialista. Además, el desmantelamiento de la economía colectiva rural y de los servicios públicos básicos forzó a cientos de millones de campesinos a trasladarse a las ciudades, donde se convirtieron en trabajadores migrantes para formar una enorme fuerza de trabajo barata que trabajará para empresas multinacionales y capitalistas chinos a cambio de los salarios más bajos posible y en las condiciones más exigentes. La entrada masiva de capital extranjero contribuyó a una enorme explosión de las exportaciones.

La dinámica capitalista está firmemente establecida en la economía china, un hecho que sin duda se intensificará, no en vano la dirección del PCC pasó a calificar la función del mercado de básica a decisiva en un importante pleno del Comité Central, confirmándose la continuidad de esta orientación en el congreso del partido de octubre de 2017, que recalcó el papel decisivo del mercado.

El derroche y la obsolescencia programada se suman al consumismo

No obstante, Smith tiene razón cuando señala que hay más intervencionismo estatal en la economía que en los países capitalistas ordinarios. China es de lejos el país que más materias primas industriales consume, fruto del frenético ritmo de inversión en el país. El despilfarro abarca también los bienes de consumo, escribe. La obsolescencia programada está desbocada. Dados los incentivos existentes para producir por encima de cualquier necesidad racional, se construyen infraestructuras innecesarias, llegando al extremo de crear ciudades fantasma; muchos edificios se derriban al cabo de un par de décadas; y muchos electrodomésticos, como las neveras, están diseñados para dejar de funcionar después de unos pocos años, para espolear el consumo.

Smith afirma que la introducción de reformas capitalistas ha ampliado, y no reducido, las tendencias de la vieja economía burocrática a la inversión redundante. Los gerifaltes provinciales y locales se afanan en crear sus propias bases industriales, cosa que desalienta la cooperación y la eficiencia. Pese a que el PCC es capaz de desplazar a millones de personas con el fin de hacer sitio para proyectos de construcción, no puede imponer los imperativos medioambientales ni frenar los excesos; hay demasiados intereses en juego, dice Smith:

Los funcionarios ministeriales, gobernadores provinciales, cargos municipales y directores de empresas estatales casi nunca han de preocuparse. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un Estado policial neototalitario altamente centralizado no consiga obligar a sus propios funcionarios subalternos a obedecer sus propias órdenes, leyes, normas y reglamentos? Esta es una cuestión sumamente interesante. Creo que la respuesta hay que buscarla en la naturaleza colectiva de la clase dominante china. Pekín no puede hacer cumplir sistemáticamente sus decisiones porque no puede despedir sistemáticamente a los funcionarios por insubordinación: no son meros empleados, como en el capitalismo, sino miembros del PCC, que forman parte de la misma clase dominante que los líderes en Pekín.

Si diriges un ministerio o una empresa estatal, sobre todo si es una empresa campeona nacional que Pekín desea promover a competidora industrial en el mercado mundial, entonces Pekín estará dispuesta a mirar para otro lado si te pasas de la raya. […] Los ministerios chinos del carbón y del petróleo y sus gigantescas empresas estatales son instancias muy poderosas y rentables, donde trabajan millones de burócratas del partido y empleados. Los jefes de las grandes empresas estatales tienen rango ministerial. De las 120 empresas estatales gestionadas directamente por el gobierno central, nada menos que 45 directores de las mismas tienen rango ministerial. Les gustan las cosas como están y su voluntad es que sigan así.

La descentralización administrativa de China hace que cada provincia tenga que alcanzar el mayor grado posible de autosuficiencia. Esto incluye la energía, en el sentido de que la energía se produce para el consumo local y no necesariamente de una manera económicamente racional:

En 2015, China se gastó 102.000 millones de dólares –todo un récord– en instalaciones de energía eólica, solar, geotérmica y otras fuentes de baja o nula emisión de carbono. Sin embargo, en 2016 las turbinas eólicas apenas produjeron el 4 % de la generación eléctrica total del país, y los paneles solares se quedaron en un 1 %. A título comparativo, EE UU invirtió 44.000 millones en 2015 y en 2016 el viento produjo el 6,9 % de su generación eléctrica: casi el doble de la producción china con menos de la mitad de inversión. La razón de que China produzca tan poca energía renovable a pesar de las enormes inversiones radica en que buena cantidad de su energía renovable se pierde (se derrocha). El gobierno admite que a escala nacional se pierde alrededor del 21 % de la energía eólica, en algunas provincias incluso el 40 % y en Xinjiang (curiosamente, la provincia con más instalaciones de energía eólica) más del 60 %.

Viviendas suficientes para la mitad de la población mundial

El hecho de que estas inversiones continuarán a un ritmo vertiginoso lo demuestra la noticia de que si se suman todos los planes de construcción de vivienda nueva, en 2030 habrá en China viviendas suficientes para alojar a 3.400 millones de personas, cosa que un artículo que informa de ello en Shanghaist glosa secamente con el comentario de que “parece algo excesivo”. La causa de este desafuero, señala Shanghaist, reside en “las más de 3.500 nuevas urbanizaciones proyectadas a nivel comarcal por los gobiernos locales”.

Uno solo de esos proyectos, la Nueva Área de Xiongan, abarcará una superficie tres veces mayor que la de la ciudad de Nueva York, informa The Guardian. Esta futura ciudad, cercana a Pekín, ha desatado un frenesí inmobiliario tan intenso que se dice que está provocando atascos en las carreteras que conducen al lugar, y los precios del suelo al parecer se han duplicado en horas tras el anuncio de los planes por parte del gobierno. Y por supuesto, las inversiones chinas no se limitan al interior de las fronteras del país. En la página web del Diario del Pueblo se calcula que hasta 2016, unas 30.000 empresas chinas habían invertido 1.200 billones de dólares en infraestructuras de la llamada “nueva ruta de la seda”.

El beneficio privado, con todos los problemas que conlleva, se ha convertido en la fuerza motriz de la economía china. Timothy Kerswell y Jake Lin señalan, en un artículo publicado recientemente en Socialism and Democracy, titulado “Capitalism Denied with Chinese Characteristics”, que las empresas estatales operan como compañías privadas y están controladas por “un puñado de ricos hombres de negocios y ejecutivos que en gran parte son hijos de altos dirigentes [del partido] y sus familias”. A comienzos del siglo XXI habían escrito lo siguiente:

La China urbana ha pasado de un sistema superprotector de férreo cuenco de arroz, que garantizaba el empleo estable de los trabajadores del sector público y prestaciones vitalicias, con un grado de igualdad relativamente alto, a un tipo de empleo básico contractual determinado por el mercado y con numerosos sectores informales y desprotegidos en su periferia.

La especulación del suelo por parte de los gobiernos locales comporta la rápida pavimentación de terrenos agrícolas, lo cual también contribuye al calentamiento global. Las tierras vendidas con fines comerciales pueden costar 40 veces más que lo que se ha pagado a los campesinos, dicen Kerswell y Lin:

Desde muchos puntos de vista, la urbanización en China puede concebirse como un proceso en que los gobiernos locales envían a los agricultores a vivir en bloques de pisos mientras se quedan con sus tierras. La propiedad seudocolectiva del suelo rural también se ha convertido cada vez más en un frente de la corrupción rampante de los dirigentes rurales y del amiguismo en la búsqueda del beneficio personal en el proceso de transferencia de los derechos de uso. Desde 2005, los estudios revelan un aumento constante del número de expropiaciones forzosas de terrenos, y alrededor de cuatro millones de agricultores pierden sus tierras todos los años.

Cuantos más incentivos a la inversión, más calentamiento global

No se trata de un sistema que dé prioridad al medio ambiente. Y dado que buena parte de la economía de sobreexplotación china se basa en el ensamblaje de componentes fabricados en otros países para obtener los productos finales –primero se transportan los componentes desde todo el mundo y después se envía el producto acabado a los países de destino–, el transporte que comportan estas cadenas de producción mundiales contribuye enormemente a la contaminación y al calentamiento del planeta. Así que por mucho que podamos dudar de la caracterización que hace Smith de las empresas estatales, tiene mucha razón cuando dice que todos los incentivos a la contribución de China al calentamiento global seguirán aumentando y por tanto Pekín no puede ayudar a revertir el calentamiento del planeta ni a prevenir el futuro colapso medioambiental.

No hay más alternativa que consumir menos. Smith concluye su ponencia con estas líneas:

[L]a única manera de abordar efectivamente la emergencia climática a que nos enfrentamos pasa por suspender urgentemente toda producción industrial inútil, superflua, innecesaria y dañina en todo el mundo, pero sobre todo en China y EE UU, los principales países contaminantes… Si los chinos no organizan una reducción y suspensión gestionadas racionalmente de industrias insostenibles, la madre naturaleza se ocupará de cerrarlas y lo hará de una manera muchos menos complaciente. No hay ningún rodeo que permita evitar esta verdad sumamente incómoda: hay que dejar de fabricar demasiadas cosas.

No es que haya que cargar todas las culpas sobre Pekín. Compañías multinacionales occidentales han desplazado su producción a China, agravando en buena medida el calentamiento del planeta. Tampoco cabe minusvalorar el papel del capital occidental en la financiación de los proyectos chinos. El Banco Mundial facilitó préstamos para el proyecto de la presa de las Tres Gargantas, que supuso el desplazamiento de 1,3 millones de personas, y para la construcción de la presa también se aportaron capitales de Canadá, Francia, Alemania, Suiza, Suecia y Brasil.

No cabe desdeñar el argumento de que la ciudadanía de Occidente ha podido gozar de un tren de vida sumamente consuntivo y que sería injusto imponer ahora unos niveles más bajos a los habitantes del Este y del Sur globales. Es un argumento razonable. Pero solo tenemos una Tierra, y la humanidad está consumiendo recursos que exceden de lejos el límite de sostenibilidad, el equivalente a 1,6 Tierras. Si el mundo entero consumiera lo mismo que EE UU, necesitaríamos cuatro Tierras. (Kuwait se lleva la palma en esta clasificación, con 5,1 Tierras, seguido de Australia con 4,8.)

Este nivel de consumo es imposible a la larga. Quienes viven en los países capitalistas avanzados tendrán que consumir mucho menos. Sin embargo, esto es imposible en un sistema económico mundial que exige crecimiento y que no proporcionará puestos de trabajo a quienes dependen de industrias contaminantes. La industrialización del sistema solar, si es posible, no hará más que aplazar lo inevitable. Podemos tener un futuro sostenible si orientamos la producción a las necesidades humanas, o podemos seguir produciendo para el beneficio privado hasta que descubramos de mala manera que no podemos comer dinero.

04/03/2018

http://newpol.org/content/china-cant-save-capitalism-environmental-destruction

Pete Dolack es activista y escritor.

Traducción: viento sur







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