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Cincuentenario de 1968
“Debajo de los adoquines, la playa”… ¿o la jacuzzi?
13/02/2018 | Hilary Wainwright

El año 1968 fue histórico, pero no en el sentido de constituir un momento singular en una evolución lineal de la historia. Las experiencias de aquel año –y, de modo significativo, de los años que le precedieron y le siguieron– marcaron a una generación, aunque generaron maneras de pensar que, retrospectivamente, han resultado ser tan ambivalentes como complejas.

Marcaron tanto a Richard Branson, aventurero capitalista y publicista de sí mismo, como a Tariq Alí, rebelde cultural y político de mucho estilo y confianza en sí mismo. Las revueltas internacionales de aquellos años sentaron las bases del movimiento de liberación de las mujeres de los años setenta, politizaron las organizaciones obreras de base e hicieron converger las campañas monotemáticas para abordar cuestiones sistémicas, como el poder militar, el capitalismo, el imperialismo y la naturaleza del Estado. Pero también prepararon el terreno para una renovación del capitalismo, creando un nuevo espíritu capitalista flexible, innovador, descentralizado y desregulado.

En este ensayo repaso críticamente estas ambigüedades y sus implicaciones en diferentes orientaciones para una transición contestada más allá del arreglo de posguerra, centrándome en los posibles legados específicos para una dinámica de cambio democrático e igualitario. Esta debe partir del capitalismo socialdemocrático, pero ir más allá del mismo.

Más allá de un cambio de personal, hacia un cambio potencial de sistema

Los legados políticos de los cambios generacionales suelen darse en forma de circulación de élites, de renovación del personal, en que los jóvenes acuden al relevo de los viejos exhaustos. Pero alguna vez, cuando son las instituciones las que están exhaustas o se han vuelto disfuncionales para la mayoría de la población, el cambio generacional puede producir culturas alternativas –que a veces dan lugar a estrategias alternativas– para la modernización de un sistema institucional o incluso todo un sistema político y económico. Son circunstancias en que las viejas instituciones han perdido credibilidad a los ojos de toda una generación, cuyos componentes se apoyan, de diferentes maneras, en las innovaciones culturales para conformar sus propias alternativas.

A finales de la década de 1960, las instituciones financieras, dominadas por EE UU, pero basadas en los Estados nacionales, empezaban a agrietarse. En los lugares de trabajo de toda Europa, los empresarios afrontaban presiones cada vez más incontenibles debido a las políticas de pleno empleo y, al amparo de las mismas, al mayor poder de negociación de una fuerza de trabajo colectiva y llena de confianza en sus propias fuerzas, que ya se mostraba inquieta con el trato fordista de obediencia absoluta a cambio de salarios elevados.

Esto comenzó a afectar a los beneficios y llevó por tanto a los empresarios a ejercer presiones políticas para una contención de los salarios y una legislación que mermara el poder del movimiento obrero organizado. En el Reino Unido, fue un gobierno laborista el que intentó implementar estas políticas en 1967, chocando con una fuerte resistencia. Al mismo tiempo, la expansión de la enseñanza superior había dado pie a crecientes demandas de más servicios, más diversidad y mayor poder para estudiantes y enseñantes. La demanda de aumento de salarios o inversiones colisionó directamente con el deseo de los gobiernos de frenar el gasto público, sin merma del militar. Sin embargo, estos movimientos no se limitaron a cuestionar las limitaciones del gasto público o los niveles de beneficios, sino que fueron mucho más al fondo.

El movimiento de liberación de las mujeres, por ejemplo, que surgió en 1969 y a comienzos de la década de 1970, alteró relaciones sociales fundamentales, poniendo en tela de juicio importantes pilares culturales y materiales del orden establecido. En particular, este movimiento alteró el marco idealizado de la familia nuclear, dominada por el hombre sostén de la familia y basada en el trabajo de la mujer dependiente, dedicada a criar la prole en la soledad del hogar.

Este movimiento de las mujeres no nació de la nada ni de alguna fuerza moral femenina esencial. La historiadora feminista Sheila Rowbotham lo deja muy claro cuando dice que “muchas de las ideas y supuestos subyacentes que se daban por hechos en los albores del movimiento de liberación de las mujeres provenían de los movimientos y de la cultura de izquierdas de la época”. Continúa, más concretamente, que “mientras que nosotras, nuevas feministas, tal vez hubiéramos querido distanciarnos de la ampulosidad r-r-revolucionaria que flotaba en el aire en 1968, nos quedamos con pedazos de aquel año extraordinario, incluido el embriagador utopismo”.

Fue su sentido de la posibilidad y la fuerza de una determinación y confianza compartidas para poner en práctica estas aspiraciones la fuente de la energía característica, palpable, encarnada e inextinguible de 1968, resumida en las famosas pintadas de las paredes de París y más tarde en carteles: “Debajo de los adoquines, la playa” y “Seamos realistas: pidamos lo imposible”. Este sentido de la posibilidad influyó en muchos movimientos. Sheila Rowbotham describe cómo “nos adaptamos sin dificultad a la insistencia en la acción humana característica de la izquierda libertaria de los sesenta y la trasladamos debidamente a los grupos de liberación de las mujeres que empezaron a formarse en 1969”.

En el frente internacional proliferaron movimientos de liberación anticoloniales y, como en México, contra gobiernos autoritarios, poniendo en entredicho la legitimidad de regímenes imperiales y dictatoriales antiguos y no tan antiguos. Los aspirantes a ciudadanos de Checoslovaquia y Polonia se sintieron inspirados a rebelarse, definiendo todavía más las revueltas de 1968 como el inicio de la búsqueda de una alternativa realmente democrática tanto a la burocracia soviética como al capitalismo de mercado. Esto quería decir democrática en lo político y lo económico; no simplemente el “mando de la economía más el parlamento”, como resumió una vez el ex ministro laborista Jack Straw su visión del socialismo en 1968.

Esta combinación de revuelta desde abajo y crisis de las instituciones de dominación generó visiones alternativas y diferentes estrategias para la modernización. Por un lado estaban las rebeliones de una juventud que se sentía fuerte y rechazaba el paternalismo del Estado de bienestar y el socialismo estatalista. Defendían y pusieron en práctica directamente formas de participación alternativas, como cursos académicos, ocupaciones de locales, comunas y viviendas cooperativas, centros de acogida de mujeres maltratadas, atención sanitaria centrada en las mujeres en el servicio nacional de salud del Reino Unido (NHS), guarderías comunitarias y diversas formas de medios de comunicación alternativos.

Estas alternativas se daban más en la práctica que en la teoría, de ahí su carácter experimental e inacabado. A riesgo de hacer que suenen más sistemáticas y completas que lo que fueron en realidad, yo diría que, retrospectivamente, estas eran las semillas esparcidas de lo que tenía el potencial de convertirse en un proceso de cambio democrático dentro, contra y más allá del arreglo de posguerra.

Por otro lado, 1968 también propició una estrategia alternativa, encabezada por partidos políticos y gobiernos, que abogaba desde mediados de la década de 1970 por una modernización explícitamente “dirigida por el mercado”. Margaret Thatcher y su entorno de corifeos del libre mercado, por ejemplo, ya habían iniciado su ascenso al poder dentro del Partido Conservador británico a mediados de los años setenta, tras la derrota de Edward Heath y el creciente poder de la izquierda dentro del Partido Laborista.

Visiones contrapuestas de una transición

Desde comienzos de la década de 1960 se debate a menudo, en particular por parte de académicos y periodistas cercanos al Nuevo Laborismo, sobre la modernización, es decir, el cambio para superar los límites evidentes del Estado de bienestar y de la gestión macroeconómica keynesiana, y especialmente en relación con las instituciones públicas, como una necesidad técnica, políticamente neutral. En los años ochenta, su forma dominante ya defendía el sometimiento al mercado y la privatización de instituciones públicas, entendidas, casi por definición, como intrínsecamente viejas, como si fueran imposibles de reformar desde dentro.

En manos de Margaret Thatcher, punta de lanza del poder del mercado, implicó asimismo la liberación del espíritu emprendedor, estrechamente relacionado con la libertad individual como fuerza vital para el cambio. La idea de la política guiada por el mercado como única vía –de hecho, casi un sinónimo de modernización– se convirtió en la ortodoxia dominante. Vino a lomos de la derrota, la marginación y ocasionalmente la represión pura y dura de un proceso de cambio alternativo y democrático que estaba naciendo. Este proponía la renovación de las instituciones, no mediante incentivos en forma de beneficios, sino a través de la creatividad colaborativa de personas antes subalternas, a saber, trabajadores del sector público, usuarios de servicios, obreros manuales, trabajadores precarios actualmente aislados, minorías étnicas, familias monoparentales, etc.

Queremos sustituir el poder basado en la propiedad, el privilegio o las circunstancias por el poder y la singularidad basados en el amor, la capacidad de reflexión, la razón y la creatividad. Como sistema social aspiramos al establecimiento de una democracia de participación individual, gobernada por dos propósitos centrales: que el individuo participe en las decisiones sociales que determinen la calidad y la orientación de su vida; y que la sociedad esté organizada de manera que favorezca la independencia de las personas y ponga los medios para su participación colectiva. (Declaración de Port Huron)

Mientras que el cambio guiado por el mercado significaba privatización, el cambio democrático implicaba varias formas de participación popular en la administración pública; la idea clave era la de la democracia participativa, una consigna central en 1968 y claramente defendida, por ejemplo, en la Declaración de Port Huron del movimiento estudiantil estadounidense, el SDS (Students for a Democratic Society). La participación de los trabajadores y de los usuarios de los servicios públicos, que tenían los conocimientos prácticos necesarios para hacer que los servicios fueran eficientes en términos de maximización del valor para el público y no del beneficio, sería fundamental en este proceso. Para comprender por qué surgieron estas vías alternativas para el cambio sistémico hemos que explorar las características de 1968 –y los años que condujeron a 1968– que contenían estas posibilidades ambivalentes.

Las bases del legado transformador de 1968

Las revueltas de 1968 y la década siguiente fueron mucho más que una protesta y que el ejercicio de un contrapoder frente al orden establecido. Porque mientras el contrapoder implica el ejercicio de un poder dentro de un marco dado de relaciones de poder –otra manera de describir el poder de negociación combativa–, los movimientos de finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 cuestionaron las bases mismas de las formas dominantes del poder. Pretendían transformar e incluso eliminar totalmente las desigualdades de poder.

A través de su práctica organizada y sus reflexiones sobre la misma, revirtieron los supuestos fundamentales de la política pública socialdemócrata y liberal. Concretamente: en primer lugar, la comprensión del conocimiento (en forma de leyes científicas primariamente codificadas que pueden centralizarse y convertirse, gracias a expertos neutrales, en la base de una intervención y administración del Estado más o menos benevolente, fundada en la presunción de conocer las necesidades de la gente y otorgar prestaciones sociales de una manera jerárquica estandarizada).

El cuestionamiento inicial vino de los estudiantes que ponían en entredicho sus experiencias con una enseñanza cada vez más estandarizada. Angelo Quattrochi, un periodista activista italiano que observó los acontecimientos de París en mayo de 1968, describe cómo “sus mentes se controlan mediante la disciplina, sirviendo los exámenes de patrulla policial. Sus corazones, congelados por la autoridad. Su universidad imita la sociedad, imita la fábrica. Sin embargo, no poseen ni pertenecen.” Continúa resumiendo sus intentos de acabar con las disciplinas universitarias (algunos se negaron a realizar exámenes, por ejemplo), y de cuestionar qué tipos de conocimiento se consideran válidos. A finales de la década de 1960, la enseñanza superior alimentaba las expectativas de aumentar las oportunidades para todos de vivir una vida más plena.

La realidad resultó ser contradictoria. Y en este terreno las mujeres experimentaron nuevos golpes de realidad más allá de los límites del mercado de trabajo fordista. Como señala Rowbotham:

El choque de la maternidad en tedioso aislamiento frustraría muchas esperanzas, mientras que la libertad sexual aparente de que gozaban las mujeres que pertenecían a los estratos intermedios de la clase media educada se vería complicada por las resacas de la doble moral, el miedo y el desprecio.

La negativa de las mujeres a aceptar su aislamiento y al mismo tiempo su subordinación compartida inspiró otro desafío a las mentalidades dominantes de la época, congeladas como estaban en la ideología y las instituciones de la guerra fría. Estoy pensando en el concepción dominante del individuo, atomizado y separado de otros, y del colectivo como algo que está por encima del individuo, sólido y parecido a un objeto, como si las relaciones sociales entre individuos no significaran nada.

Este enfoque contribuyó a una manera de pensar sobre la sociedad marcada tanto por una reacción a los colectivismos burocráticos del laborismo y de la Unión Soviética, como por la repugnancia hacia un individualismo subido de tono en el apogeo del consumo. Su visión “relacional” implícita de la sociedad asumió relaciones relativamente duraderas, pero transformables, entre individuos, más que como la suma de acciones individuales (el individualismo dogmático del capitalismo de libre mercado) o como conjuntos supraindividuales (el colectivismo burocrático del socialismo realmente existente).

El último desafío fue a las definiciones de derechos universales como algo basado en el paradigma del hombre blanco y supuestamente universal. En este punto, una influencia decisiva fue la de movimientos como el de derechos civiles en EE UU, seguido de Black Power, que contribuyeron a un nuevo lenguaje político que cuestionaba la subordinación cultural. Esto vino simbolizado por los puños enguantados de negro alzados por los ganadores de sendas medallas de oro y bronce, Tommy Smith y John Carlos, en los Juegos Olímpicos de 1968, cuando estaban de pie en el podio mientras se izaba la bandera y sonaba el himno nacional de EE UU. En su autobiografía, Silent Gesture, Smith declaró que el gesto no era un saludo de “poder negro”, sino “de derechos humanos”. Así fue como lo interpretaron los pueblos oprimidos y subordinados del mundo entero.

En general, en la nueva izquierda influida por los movimientos sociales, estos cimientos propiciaron un abandono del enfoque binario del Estado-mercado de la guerra fría, en el que el objetivo estratégico central era la “toma” del poder del Estado o la “conquista” del poder gubernamental y la asunción de las riendas del Estado para implantar el cambio social, para implicarse directamente en la creación de alternativas ejemplares y viables en la sociedad civil y la economía civil, facilitada o protegida por un nuevo tipo de Estado. (O, en los términos que expongo en el informe State of Power de 2016 del TNI, un desplazamiento de las estrategias basadas en el “poder como dominación” a otras basadas en construir poder como capacidad transformadora para la que el poder como dominación puede ser un recurso.)

Este pensamiento, que ha adoptado diversas formas en función de contextos históricos específicos, influyó en una rica y variada práctica a lo largo de la década de 1970 y hasta bien entrada la de 1980, mezcladas en su resultado, pero importantes en su éxito y su fracaso. En ocasiones adquirió una dimensión gubernamental, combinada con una visión parcial de transformación del Estado, como por ejemplo el Consejo del Gran Londres bajo Ken Livingstone en la década de 1980, brevemente el Chile de Allende a finales de la década de 1970 y el Partido de los Trabajadores (PT) brasileño a lo largo de la década de 1980.

A veces, esto adoptó la forma de una doble vía: construir poder popular y al mismo tiempo buscar la victoria electoral, pero sin la visión de transformar el Estado sobre la base del poder popular. El PT volvería a ser en este sentido un buen ejemplo con su insistencia de la democracia participativa, un tema clave del movimiento estudiantil en 1968 que influyó en los activistas del PT, muchos de los cuales se hallaban en el exilio en París a finales de la década de 1960 y en la de 1970. También desempeñó un papel importante la comprensión y valoración por parte del PT de las capacidades de los oprimidos (según la famosa fórmula de Paolo Freire, miembro del PT).

También tomó la forma de organizaciones de la sociedad civil que crearon alternativas que ejemplificaban vías participativas de organizar los servicios públicos y defendían los puestos de trabajo en propiedad para producir bienes de uso social sobre la base de las necesidades sociales y el control democrático.

En toda Europa, a lo largo de la década de 1970, se desarrollaron campañas radicales en torno a la cuestión de la vivienda, la educación, la salud, las necesidades de las mujeres y las personas con discapacidad que iban mucho más allá de la protesta e incluso del contrapoder, pero que contribuyeron a la creación de una contrahegemonía al demostrar que una alternativa era posible y crear confianza en el esfuerzo por conseguir que recibiera apoyo político. (Véase el ensayo de Luciana Castellina para conocer la experiencia del PCI y de Italia en general.)

Un aspecto crucial de estas prácticas eran las alianzas estrechas e innovadoras con el movimiento obrero organizado y los trabajadores en general. Estas se inspiraron inicialmente en las alianzas de obreros y estudiantes en Francia, y algunas eran más simbólicas que estratégicas. Por ejemplo, en la Universidad de Oxford, mientras los estudiantes de la Sorbona se unían a los trabajadores de Renault a las afueras de París, nosotros íbamos en nuestras bicicletas y motos, con nuestra alegría de mercadillo, a repartir panfletos a los trabajadores de la industria del automóvil cuando se arrastraban al trabajo en la oscuridad de las seis de la mañana. Actuábamos en solidaridad con un grupo político cuyos miembros estaban amenazados de expulsión de la universidad por repartir panfletos a aquellos mismos trabajadores industriales, que estaban siendo presionados para incrementar la productividad sin aumento salarial.

En 1968, trabajo y comunidad se juntaron cuando las mujeres de los trabajadores de los barcos arrastreros de Hull protestaron contra la inseguridad de las embarcaciones, que había causado la muerte de pescadores. En aquella época, estas conexiones no eran frecuentes, pero 1968 abrió nuevas posibilidades y creó también nuevas plataformas que permitieron la extensión de estas iniciativas de base (las mujeres de Hull contaron su historia a un numeroso público reunido en el Instituto para el Control Obrero, que a su vez era una convergencia de estudiantes radicales, artistas y sindicalistas combativos).

Como comenta Rowbotham, “esta protesta de las mujeres que previamente no se manifestaban en público fue profundamente inspiradora”. Este tipo de experiencias de los problemas a que se enfrentan los trabajadores manuales y la radicalización estudiantil que se generó influyó en una serie de cooperaciones más sostenidas y materialmente significativas a lo largo de la década de 1970. En efecto, un rasgo frecuente, aunque en modo alguno generalizado, del sindicalismo radical de base en aquel periodo era la implicación de académicos comprometidos en el estudio de las estrategias empresariales y en el desarrollo de alternativas de los trabajadores.

Además, determinados movimientos, en particular el movimiento feminista y los sectores más radicales del movimiento ecologista, priorizaron la organización de ciertos grupos de trabajadores. Por ejemplo, estudiantes de Oxford apoyaron la organización del personal de limpieza de las facultades, siguiendo el ejemplo de las feministas que desempeñaron un papel sostenido a comienzos de la década de 1970 en el difícil trabajo de organizar a las limpiadoras del turno de noche en las oficinas del distrito financiero de Londres. Ecologistas radicales cooperaron estrechamente con ingenieros y diseñadores que trabajaban para la empresa militar Lucas Aerospace en una inspiradora campaña dirigida por los sindicatos, encaminada a convertir la producción de artefactos militares a la de productos útiles, entre otros los que sirven para la preservación de la energía y el transporte de bajo consumo energético. Estas relaciones tenían una dinámica política autónoma.

Los años de derrota

Del mismo modo que las relaciones con las luchas obreras eran tan importantes para los movimientos de 1968 –en la práctica o en el ámbito de las aspiraciones–, el efecto de la guerra de clase lanzada por los gobiernos neoliberales contra los sindicatos y los gobiernos inclinados a la izquierda, nacionales y locales, fue devastador. Sin el material, las alianzas de clases y la base que estos movimientos construyeron en la década de 1970, la fractura cultural realizada por las revueltas de 1968 facilitó cada vez más un desplazamiento hacia el individualismo del mercado.

En ausencia de aquellas fuentes materiales que denomino “poder transformador”, las nuevas concepciones del conocimiento podían, y a menudo lo hicieron, propiciar un giro hacia lo que se ha denominado una perspectiva posmoderna, que suele centrarse únicamente en la dimensión cultural de los movimientos sociales, como si, en sus formas más extremas, no existiera una realidad extradiscursiva. Por citar un único ejemplo, podía llevar a asumir que el tratamiento de las mujeres como objeto sexual solo era una cuestión cultural, y que por tanto podía combatirse sin oponerse también a la sobreexplotación económica y la organización social de la reproducción a través de la familia nuclear. Un enfoque más materialista exploraría las vías por las que estas formas económicas de opresión apuntalaban y permitían el desprecio de las mujeres como seres humanos, sin negar la importancia de la representación cultural… y sus consecuencias materiales.

Mientras que se hacía eco y teorizaba el interés de los movimientos sociales por el lenguaje que crea nuestra vida social y cultural en vez de reflejar simplemente la realidad externa, aquellos posmodernos consideran que lo simbólico o discursivo para constituir la realidad no puede expresar lo que es crucial en los movimientos sociales como actores políticos: su esfuerzo colectivo encaminado a transformar estructuras que existen independientemente de sus actividades.

El posmodernismo adquirió mucha más influencia con el ascenso del neoliberalismo a finales de la década de 1970. Resultó ser atractivo para una generación de 1968 fiel a la cultura de estos movimientos, pero desilusionada con los esfuerzos frustrantes por realizar el cambio social. Ejerció su influencia más significativa en Francia y el Reino Unido, por ejemplo, donde los movimientos sociales tempranos fueron más fuertes (en 1968 en Francia y a comienzos de la década de 1970 en el Reino Unido), pero habían sufrido su derrota más grave.

Durante un periodo breve, pero decisivo, debilitó a la izquierda del movimiento social ante la ofensiva neoliberal. Lo hizo mediante una polarización engañosa entre los llamados “nuevos movimientos sociales” y la organización de la clase obrera, precisamente cuando estas colaboraciones necesitaban todo el apoyo que pudieran concitar para ser capaces de desarrollar cualquier tipo de desafío contrahegemónico a la influencia de la política de libre mercado, que era cada vez más influyente a partir de finales de la década de 1970, con el derrocamiento de Allende y la victoria de Margaret Thatcher en 1979 y Ronald Reagan in 1981.

Transformación bloqueada, el mercado desatado

Un factor decisivo en la apropiación del espíritu de 1968 por la derecha y la insuficiencia de la fractura cultural que había llevado a cabo, fue la respuesta contundente –y a veces directamente hostil– de los grandes partidos de izquierda (y, en algunos casos, también de los sindicatos) a los movimientos radicales de la época. Esto ocurrió en toda Europa; en Francia, Alemania e Italia fue especialmente notable la respuesta de los Partidos Comunistas de Francia e Italia y de la socialdemocracia.

En el Reino Unido lo ejemplificó la hostilidad sostenida de la dirección laborista frente a la izquierda radical influida por 1968, desde la nueva política de Tony Benn, quien respondía explícitamente a las nuevas ideas de finales de la década de 1960 y trataba de convencer al Partido Laborista de que integrara estas ideas en su ADN político (véase sus ensayos fabianos de la década de 1970, A New Politics; Socialist Renaissance), hasta la hostilidad igual de intensa hacia el Consejo del Gran Londres de Ken Livingstone, que podría calificarse de “los del 68 en el poder”, a comienzos de la década de 1980, y al mismo tiempo hacia la huelga de los mineros de 1984-1985, con su fuerte resonancia en los movimientos feminista, gay y negro de todo el país, que utilizaba los principios organizativos horizontales, no jerárquicos, asociados a los nuevos movimientos sociales, en su lucha por tejer acuerdos entre comunidades locales, habitualmente dirigidas por mujeres, y los diversos grupos que constituían la izquierda urbana.

Esta hostilidad del Partido Laborista se vio reforzada por la represión en ocasiones violenta de los partidos de la derecha y los ataques despiadados de los medios de comunicación del sistema. En general, esto hizo que estas fracturas culturales apenas hallaran una expresión institucional, y mucho menos supusieran un cambio institucional.

El resurgir de la cultura política de 1968

Dada esta marginación de la influencia de 1968, es de alguna manera sorprendente que, como los arroyos de montaña, el pensamiento radical, vigoroso en su práctica ejemplar y con su poderosa crítica de unas instituciones fundamentalmente deficientes, reaparezca en la superficie, ayudado por las memorias, cada vez que estas instituciones vuelven a un punto crítico. En particular, pienso en la ola de revueltas del llamado “movimiento altermundista”, que desafiaron a las instituciones del orden mundial empresarial y neoliberal a finales de la década de 1990. En sus formas de organización, su cultura antiautoritaria y su democracia antipatronal y proparticipativa se hicieron eco de los temas de 1968. Y una vez más, en las revueltas de 2011, de los Indignados en España y en el ascenso extraordinario del apoyo al liderazgo reticente de Jeremy Corbyn en el Partido Laborista de hoy, volvemos a verlo.

Esta vez se escucha un eco de algunas de las concepciones más estratégicas generadas en 1968; Bertie Russell, un activista académico implicado en la política urbana radical, nacido en 1985, lo expresa claramente:

En términos de un legado directo de 1968, hay un sentido de la historia que yo debería sentir, pero que no necesariamente está ahí. Pero no deja de ser un punto de referencia increíblemente importante, no solo para mí, sino también para mucha gente con la que me asocio. La historia que me cuento yo mismo –o que alguien de nosotros nos cuenta– es que esto fue un apartarse de una política obrerista, organizada alrededor de un lugar de liberación –o de lucha, o el lugar de oportunidad para una política progresista– definido, por un lado, por el lugar de trabajo y, por otra, por el Estado.

Fijándonos en Corbyn, por ejemplo, ha habido una fractura con respecto a la cultura dominante, un tanto cerrada, del pasado reciente del Partido Laborista, incluida la naturaleza tradicionalmente electoralista de los debates internos del partido. La apertura a una cultura participativa, evocadora de 1968, salta a la vista en los amplios debates que ha habido en los festivales de The World Transformed, que en los últimos dos años se han organizado paralelamente, pero en estrecha interacción con la Conferencia del Partido Laborista, con delegados que se mueven libremente entre ambos. Cuenta con el apoyo de Momentum, el movimiento organizado para consolidar y extender el apoyo al liderazgo de Corbyn y una transformación del Partido Laborista, pero autónomo con respecto al mismo. Dice Bertie Russell:

Ahora hay un espacio, ¿cómo lo llenamos? ¿Qué oportunidad tenemos de llenar este espacio? Ahora es cuando, de pronto, 1968 vuelve a ser relevante: ¿qué pensamos acerca de nuevas formas de comunidad, dónde organizamos la sociedad de modo distinto? O nuevas maneras de pensar la economía. 1968 nos enseñó que hay otra opción que circunscribir la lucha anticapitalista únicamente al sindicato; o que haya de ser el Estado el que te traiga el cambio. Ambas cosas han decaído por obra del espíritu de 1968.

Esto plantea la cuestión de cómo ha sido posible este resurgimiento de una política participativa y de acción directa, con un sentido de utopía factible. Por supuesto, la desaparición y reaparición de los ríos de montaña es objeto de muchos estudios científicos, geológicos. De modo similar, la reaparición de varios rasgos de la cultura organizativa democrática y colaborativa de 1968 nos exige estudiar cómo una cultura de nueva política se ha mantenido viva e incluso se ha renovado.

Una infraestructura descentralizada que mantiene la memoria y la continuidad fuera del alcance del radar

En cierto sentido, 1968 no es completamente único. Ha habido momentos en el pasado que, mientras fueron generados por evoluciones anteriores, definen a una generación y producen cambios tectónicos. El final de la guerra civil española en 1939 sería un ejemplo y la consolidación de los partidos comunistas en la mayor parte de Europa Occidental en 1945 sería otro: en el Reino Unido, la derrota de la Alemania nazi en el frente y en casa por parte del pueblo dio lugar a la determinación de derrotar a los enemigos de los tiempos de preguerra: el paro y la pobreza. Y esto llevó a su vez a la elección del modesto líder laborista, Clemens Attlee, frente al heroico caudillo de guerra Winston Churchill, y a sentar las bases del pleno empleo (masculino) y de unos niveles de educación y atención sanitaria que conformó la confianza en sus propias fuerzas y el optimismo de la generación que nació al término de la guerra.

La radicalización creada en aquellos momentos anteriores condujo al crecimiento de partidos políticos que entonces actuaron como una memoria colectiva del momento y al menos algunas de sus ideas: en 1939, fueron los partidos comunistas, especialmente los del sur de Europa, y en el Reino Unido en 1945 fue el Partido Laborista. Después de 1968, salvo la experiencia excepcional de Noruega, no fue habitual que surgiera un partido de los movimientos sociales de izquierda.

En todos los momentos de radicalización, la gente mantendrá vivas sus creencias particulares de maneras que van más allá de instituciones formales: a veces simplemente por la firmeza de sus convicciones, a través de la transmisión de sus ideas en su entorno familiar, a través de redes de amistad personal y grupos de amigos más o menos organizados. Por citar un ejemplo, en 1956 se reunió un grupo de miembros del partido comunista o ex comunistas para tratar de comprender qué estaba sucediendo en el mundo, especialmente el mundo comunista, y desde entonces se han vuelto a reunir todos los meses hasta por lo menos bien consolidada la revista en cuya fundación participé en 1996, llamándose el Club de Anjou por el restaurante en que se habían reunido por primera vez, e invitando a representantes de generaciones más jóvenes para ayudarles a mantenerse al día.

Cuando los movimientos de finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970 se dispersaron y entraron en declive, las relaciones y redes informales, en ausencia de partidos políticos significativos que se abrieran a la generación política de 1968, revestían todavía mayor importancia, especialmente porque las organizaciones obreras tradicionales estaban tan dramáticamente debilitadas a medida que las ideas neoliberales cuajaron en políticas encaminadas a destruir toda prueba material de colectivismo, por no decir de socialismo.

El rasgo distintivo que en este sentido caracterizó la resaca de 1968 fue el hecho de que la cultura de ese momento de radicalización valorara y facilitara este proceso recurrente, informal y personal, de construcción de una memoria compartida. El resultado fue la creación consciente de iniciativas para compartir ideas, la fertilización cruzada entre grupos sociales y localidades, la comunicación con un público más amplio y el debate y la clarificación de ideas, así como la creación de medios para la alimentación cultural y la solidaridad mutua.

Al menos en el Reino Unidos, en la década de 1970 la mayoría de ciudades contaban con una librería local de izquierda; en todas partes surgieron grupos de estudio, investigación y lectura, en universidades e independientemente; numerosos grupos de teatro radicales actuaban en bares y clubes de todo el país, juntando a activistas de distintas generaciones; aparecían y desaparecían publicaciones alternativas, formando a nuevos comunicadores cualificados que después iniciarían o apoyarían nuevas iniciativas; a veces, jóvenes activistas se comprometían con instituciones antiguas, como los consejos sindicales municipales, y las animaban a establecer nuevos vínculos con grupos de mujeres, inquilinos en lucha y comunitarios.

En ocasiones, instituciones locales se juntarían para hacer confluir estas diversas iniciativas de un modo que reforzara a todas y no socavara la autonomía de ninguna de ellas. El Tyneside Socialist Centre y el Islington Socialist Centre son dos ejemplos que contaban, durante algunos años, con estructuras relativamente estables; pero en muchas localidades, una izquierda dispersa convergía periódicamente para debatir y unir fuerzas frente a los recortes y los cierres de fábricas que proliferaron a medida que el gasto anticíclico keynesiano fue sustituido por el monetarismo, con un “nivel de desempleo aceptable”, un recorte del gasto público y un proceso gestionado de desindustrialización.

El carácter distintivo de la ruptura de los movimientos de 1968 con los modelos políticos centralizados del pasado significó en cierto sentido que estos movimientos estaban culturalmente dispuestos a sacar el máximo provecho de estos medios plurales y descentralizados de asegurar la continuidad política, reproduciendo una memoria compartida, aprendiendo lecciones e interconectando a las partes. El valor que otorgaban los movimientos al conocimiento práctico, no frente al conocimiento teórico, sino con su propia validez distinta, tendió a legitimar la idea de las iniciativas autónomas con su propia viabilidad; no dependientes del centro para vivir.

Por otro lado, la ruptura con la autoridad del conocimiento experto no se llevó a cabo –a diferencia de la ruptura luterana con la autoridad religiosa– a favor de la conciencia individual, sino más bien de la autonomía colaborativa. De este modo, el modelo favorecido era descentralizado, pero coordinado, que permitía que se propagaran las ideas y se reprodujeran sin un partido organizado a escala nacional. A pesar de la derrota formal, entonces, por debajo del radar político convencional se mantuvo un montón de iniciativa y capacidad. Esto fue lo que se recuperaría y se manifestaría cuando hubo una oportunidad para que un esfuerzo colectivo marcara la diferencia.

El potencial ambivalente de la web y la tecnología digital, y sus raíces en la contracultura de 1968

Esta combinación de iniciativa descentralizada con coordinación en red es exactamente lo que describe las relaciones sociales que permiten la web, internet y las nuevas tecnologías digitales en general. Se podría afirmar que la contracultura de 1968 allanó el camino a la cibercultura del siglo XXI. Existe, en efecto, una continuidad histórica directa con las revueltas de la década de 1960. Es interesante saber que el uso de internet y las tecnologías asociadas como instrumentos para realizar el sueño de una vida armoniosa (con todo el mundo y con el medio ambiente) hunde sus raíces en la contracultura californiana de finales de los años sesenta.

La continuidad no se da tanto con la política de la nueva izquierda ideológicamente comprometida de la época como con el deseo más difuso de cambiar el mundo que observamos en el movimiento comunal de retorno a la tierra conocido por el nombre de neorruralismo. Este se caracterizó por una visión holística de desarrollo personal y social y de compromiso con una ética de compartir y divulgar información e innovación, epitomizada y propagada por la revista Whole Earth Catalog, asociada con el máximo creador de redes y empresario contracultural, Steward Brand.

Pese a que algunas de las tecnologías específicas se remontan a la colaboración entre tecnólogos que trabajaban en el ámbito de la defensa, el desarrollo de internet fue posible por la miniaturización del ordenador, que permitió que usuarios individuales adquirieran el pleno control sobre sus aparatos. Al mismo tiempo, Whole Earth Catalog y la lógica cultural del neorruralismo proporcionaron a los informáticos –surgidos en su mayoría del legado intelectual y organizativo de la investigación de la guerra fría– los usos, y por tanto los marcos de comercialización, de los nuevos aparatos personales.

Stewart Brand dedicó muchos esfuerzos a juntar a estos dos grupos, además de bichos raros radicales y el mundillo del estilo de vida alternativo, aunque más tarde se acercó al ecomodernismo, que más bien contradice su anterior entusiasmo por la creatividad y la colaboración en la base.

La ética abierta y no exclusivista que subyace al uso de estos nuevos instrumentos se vio reforzada de forma inconmensurable por la creación de la World Wide Web por parte de Tim Berners-Lee y sus colegas de la Organización Europea de Investigación Nuclear (conocida por sus siglas en francés, CERN). Fue bastante explícito con respecto a su importancia como fuente abierta para una sociedad cambiante, y desde entonces hemos asistido también a la creciente monopolización encabezada por gigantes digitales como Facebook y Google.

Cualquiera que sea la historia exacta de la revolución de la tecnología y de la información y la comunicación (TIC), podemos ver que exhibe la misma ambivalencia que todas las corrientes que provienen de alguna manera de 1968: impulsada por una cultura que favorecía tanto la colaboración y la autonomía y que podía ser un instrumento, o bien para renovar el mercado privado, o bien para extender la economía cooperativa.

Un punto de inflexión con la crisis del mercado desregulado

Diez años después del colapso de Lehmann Brothers en EE UU (que precipitó la Gran Recesión) y en el año del colapso de Carrillion en el Reino Unido, y probablemente varios contratistas privados importantes más (muy a menudo implicados en iniciativas financieras privadas, o las llamadas asociaciones público-privadas), parece que nos hallamos en un punto en que lo que lo que está en juego no son simplemente la codicia empresarial y los préstamos irresponsables, no solo la subcontratación, no únicamente las iniciativas financieras privadas, sino toda la doctrina de “el mercado lo sabe mejor”, del Estado miniaturizado, el dejar que solo planifiquen las empresas, el abandono de la distinción entre el servicio público y el sector privado.

“Nos hallamos en un punto de inflexión”, comenta Bertie Russell, continuando con sus reflexiones sobre “qué demonios es el espíritu de 1968”, donde “lo poco que se consiguió fue libertad individual, y esta quedó inserta en la narrativa de la gestión neoliberal, pero la demanda era de libertad colectiva. Este es el punto en que estamos ahora. El mito está arrestado, la libertad individual del neoliberalismo está hecha; hemos de rehacer la historia de nosotros como colectivos y nosotras como comunidades. La idea es definir una libertad colectiva. Ha costado mucho tiempo recuperarnos.”

Bertie tiene razón en que Thatcher sacó el deseo de libertad individual de su contexto de emancipación social y lo transformó en su forma raquítica y atomizada para justificar el mercado desregulado. Pero ahora, 50 años después del Movimiento por la libertad de expresión en Berkeley, una de las acciones directas icónicas de 1968, he aquí una nueva generación que la recupera y actúa conforme a la creencia de uno de los líderes de aquel movimiento, el difunto Mario Savo, quien insistió en la responsabilidad individual en el contexto de un movimiento social por la libertad. Dijo lo siguiente:

Llega un momento en que el funcionamiento de la máquina se vuelve tan odioso, os pone tan enfermos, que no podéis participar. Y decidís poner vuestros cuerpos sobre los engranajes y sobre las ruedas, sobre toda la maquinaria y hacéis que se detenga. Y decís a la gente que la maneja que a menos de que seáis libres, la máquina no podrá funcionar más.

Esto, después de todo, es lo que hizo mucha gente joven cuando viajaron a Seattle en 1999 para cerrar la Organización Mundial del Comercio y parar el Acuerdo Multilateral de Inversión; cuando, en 2011, ocuparon el Zucotti Park, Wall Street y la iglesia de St. Paul junto al distrito financiero de Londres; cuando ese mismo año organizaron comunidades alternativas de resistencia en las plazas de España y Grecia. Y cuando se fueron de casa, dejaron de trabajar –si tenían empleo– para participar como voluntarios en las campañas de Bernie Sanders o Jeremy Corbyn y construir nuevos movimientos políticos como Momentum en el Reino Unido y Our Revolution en EE UU, que ya han alterado el funcionamiento de las viejas maquinarias políticas en ambos países.

Puede que no estemos en vísperas de un nuevo 1968, sea lo que esto signifique (¡aunque nunca se sabe!), y las energías de estos movimientos solo tienen una conexión tangencial con su predecesor. Pero siempre da ánimo saber que ha habido precedentes de los que podemos aprender algo. También ayuda a trabajar con líderes que han formado parte de aquellos movimientos anteriores y que por tanto captan el potencial de la nueva generación y son receptivos a sus necesidades y aspiraciones.

http://longreads.tni.org/state-of-power-2018/lessons-1968/

Traducción: viento sur

Hilary Wainwright es redactora y cofundadora de Red Pepper, una popular revista británica de la nueva izquierda e investigadora asociada del Centro Internacional de Estudios de Participación del Departamento de Estudios sobre la Paz de la Universidad de Bradford, Reino Unido.



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