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Reflexión desde el Archipiélago
¿Cómo entender el unionismo y el independentismo de Canarias?
29/12/2017 | Jorge Stratós

Dos palabras vetadas por inconvenientes

“Unionismo” es un término que no se usa en Canarias. Se cumple así la paradoja de que “no vemos lo que tenemos, pero vemos lo que no tenemos”, como se ha hecho evidente en Catalunya, donde el unionismo solo se hizo visible cuando fue impugnado, en su formato españolista actual. Ahora, son los propios unionistas los que han dejado de ocultar la palabra para reivindicarla abiertamente. No está mal. De la misma manera, el unionismo canario —que existió en formato colonial desde la conquista y colonización de las Islas por parte de la Corona de Castilla— no es visible para la mayoría ciudadana, aunque no estaría nada mal que saliese a la luz y fuese precisado y evaluado. Sabríamos así lo que tiene de valioso el unionismo españolista canario y lo que tiene de inaceptable. Pero para eso hay que romper con el cómodo no querer ver ni saber. Hay que empezar a usar el término. Hablemos, pues, del unionismo canario, de en qué consiste y en qué no, qué lo justifica y qué no.

“Independentismo” es otra de las palabras proscritas en el Archipiélago. En su caso el veto se basa en el miedo secular y la mala conciencia a perder lo que se apropiaron las fuerzas vencedoras, primero, y con-vencedoras, después. Hay que reconocer que la atmósfera suscitada en los setenta del pasado siglo por el independentismo cubillista —¡que llegó por un medio tan peligroso como las ondas radiofónicas, ahí es nada!— produjo un gran pánico culpable tanto en las autoridades del tambaleante Régimen franquista como en las del pragmático Régimen suarista del 78, con Rodolfo Martín Villa como martillo de herejes y espada de Roma (y con el visto bueno, por cierto, de las principales cancillerías occidentales). Ahora, con el auge de la rama principal del catalanismo, allá por el Mediterráneo, el término independentismo ya no puede ser vetado, ni en España ni en Europa (allí la “mayoría silenciosa” unionista ya no es silenciosa, ni es mayoría). Pero dado el espanto que la palabra produce en Canarias, seguirá siendo demonizada. Y sin embargo, es imprescindible poder usarla sin que tiemblen las cuadernas de este país nuestro; poder reflexionar y dialogar sobre lo que el independentismo significa, en toda su amplitud y más allá de su primario e instrumental sentido españolista.

Pensemos Canarias desde la diferenciación y la identificación

Aunque pocos se den cuenta, ambos términos —unionismo e independentismo— se refieren, antes que a la realidad social canaria, al modelo político que consideran que mejor se ajusta a ella. Porque muchas veces “lo que socialmente somos” se confunde con “lo que políticamente quisiéremos ser”. De esta forma los deseos también se hacen confusos y no alcanzan a ser expresados de forma idónea. El unionismo, que en el Estado español es obviamente españolista, en el mejor y peor sentido del término, agrupa variantes bastante diferentes, en algunos casos contradictorias entre sí. ¿Qué significa creer que lo óptimo es mantener una estrecha relación con el Estado español, cuando hay múltiples modos de vincularse, desde modelos de pertenencia opresiva hasta modelos de soberanías compartidas? Asimismo, el independentismo admite variantes no menos diferenciadas, puesto que la más corriente —la variante antiespañolista entendida como el vivir al margen del Estado del que se forma parte— no es ni mucho menos la única, ni tal vez la más necesaria o la mejor.

Para poder elegir con sensatez entre el conjunto de variantes políticas de ambas opciones hay que de forma previa caracterizar a la sociedad canaria, aunque sólo sea desde el punto de vista de su estructura social básica. Porque los modelos políticos preferidos, ya sean variantes del unionismo o del independentismo, deberían adecuarse y responder a los problemas reales de esa estructura básica del Archipiélago. Hay que pensar, pues, la sociedad canaria desde las diferencias con las sociedades de su entorno y desde la identificación de sus rasgos propios. Una de las posibilidades, la más extrema (y ridícula) desde luego, es negar que existan diferencias básicas entre la sociedad canaria y el resto de sociedades que se agrupan en el Estado español. Y en el otro extremo puede situarse la posibilidad (también irrisoria) de negar lo contrario, negar que existen rasgos básicos compartidos. Aunque parezcan delirantes, esas pretensiones se han dado en nuestro pasado y se dan en nuestro presente. Y sirven para tratar de justificar —negando de manera grotesca la realidad más palmaria— un unionismo españolista dogmático o un independentismo antiespañolista no menos sectario.

¿Cómo caracterizar a la sociedad canaria?

Más allá de esos absurdos, el dilema ahora se produce entre la concepción tradicional y heredada de las Islas como una región española y europea más, que es respaldada por las derechas e izquierdas convencionales, las del interior y las del exterior, y la concepción actualizada del Archipiélago Canario como nación neocolonizada que forma parte del Estado español, tal como sostienen derechas e izquierdas heterodoxas minoritarias. No es este el momento de explicitar los argumentos de los que se nutren ambas concepciones —pero tiempo habrá. Porque lo importante es señalar que el modelo político a construir se deriva de una de esas dos caracterizaciones sociológicas, que son determinantes en casi todos los sentidos.

Si la sociedad canaria no es más que una prolongación, en todos los planos, del Estado español y de la Unión Europea, como pueden ser comunidades como Murcia o Madrid, por ejemplo, entonces bien estará que su destino a corto y largo plazo se establezca en el ámbito de las decisiones estatales e interestatales. Como viene ocurriendo. Y de ahí la Autonomía Ultraperiférica que —como mera descentralización oligárquica— nos han impuesto, sin que así podamos salir de la cola en todos los indicadores de desarrollo.

Pero si la sociedad canaria no es una mera continuación regional española y europea, como evidencia el conocimiento científico desde la interdisciplinariedad geográfica, arqueológica, antropológica, histórica, económica, politológica, lingüística, etcétera, entonces resulta que una de dos: o se reconoce tal cual existe la auténtica condición nacional canaria, o se está encubriendo con los procedimientos neocolonizadores propios del siglo XXI. Sépanlo nuestros regionalistas, expertos en dispersar singularidades identitarias. Y, por tanto, el subdesarrollo desde la dependencia, más que un destino soberano libremente elegido, será una condena forzada desde un permanente adoctrinamiento consentido.

El unionismo y el independentismo que la sociedad canaria necesita

Saltando por encima de la transculturación política que padecemos, el debate público canario deberá en algún momento cuestionar la seudoidentidad regionalista de la concepción tradicional heredada y las políticas minimalistas consiguientes, de mirada exclusivamente cortoplacista, que con tanta irresponsabilidad asumen la casta gobernante canaria y sus recaderos en todos los asuntos cruciales. El debate social y cultural deberá ir más allá.

Las preguntas fundamentales son dos: primera, ¿qué unionismo permitirá a la sociedad canaria coger las riendas de su mejor destino, uno simplemente descentralizador-y-autonomista u otro autocentralizador-y-confederalista?, y segunda, ¿qué independentismo facultará al pueblo canario para esa tarea, uno meramente secesionista-e-institucional u otro equitativista-y-soberano? Hagamos frente a la realidad en vez de vivir de forma atemorizada en el engaño.

Al igual que ocurre con la sociedad catalana actual (que conforma una nación capaz de subsistir y de valerse por sí misma, con sobrada suficiencia y solidaridad interna y externa, pues es un objetivo del todo viable, como bien sabe el inconsciente colectivo reprimido), la sociedad nacional canaria también puede avanzar igualmente hacia un horizonte no lejano centrado en el bienestar social, con más autogobierno soberano y equitativo, manteniendo relaciones confederales con España y Europa, y más abierto al mundo, empezando por los países de nuestra área continental africana.

29/12/2017

Jorge Stratós es un heterónimo de Pablo Ródenas Utray

Referencias

No es silenciosa, ni es mayoría: Enric Juliana, lavanguardia.com/politica/20171223/ 433826863380/elecciones-catalanas-teorema-defectuoso.html y también Manuel Castells, lavanguardia.com/opinion/20171223/433827239753/ de-resistencia-a-negociacion.html

Españolista, en el mejor y peor sentido: Jorge Stratós, tamaimos.com/2017/10/21/como-podemos-entender-el-espanolismo/

El independentismo admite variantes: Jorge Stratós, tamaimos.com/2017/12/13/como-podemos-entender-el-independentismo/

http://www.tamaimos.com/2017/12/29/como-entender-el-unionismo-y-el-independentismo-de-canarias/Final del formulario







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