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Entrevista a Gilbert Achcar
El imperio y Oriente Medio en la edad de Trump
20/12/2017 | Alan Maass

El anuncio por Donald Trump de que EE UU va a reconocer a Jerusalén como capital de Israel y trasladar la embajada estadounidense a esta ciudad ha provocado una oleada de protestas en todo Oriente Medio y más allá. Pero la influencia de Washington en la región está en declive desde hace algún tiempo debido a una serie de reveses.

EE UU se ha concentrado principalmente en derrotar al Estado Islámico (EI) en Irak y Siria, objetivo que parece haberse alcanzado en gran parte con las ofensivas encaminadas a expulsar al EI de sus principales bastiones en ambos países. Primera pregunta: ¿Qué va a ocurrir ahora con el EI?

Está claro que el EI ha sido derrotado, esto no tiene vuelta de hoja. Pensaba que había construido un Estado, un califato que duraría mucho tiempo en una franja muy amplia del territorio de Siria e Irak, y básicamente ha perdido todo esto. Ha durado unos tres años hasta el hundimiento. Se podría decir que ya ha sido todo un logro para el EI haber controlado un territorio tan vasto durante tanto tiempo contra prácticamente todo el mundo, no en vano es el único grupo contra el que se ha formado cierta unanimidad entre todas las demás fuerzas involucradas en la región.

El EI ha sufrido una grave derrota, pero esto no significa que vaya a desaparecer. Muchos de sus combatientes han logrado pasar a la clandestinidad en Irak y Siria, y cuentan con secciones en otros países. Y como vemos en el caso de Al Qaeda, el terrorismo puede seguir activo durante mucho tiempo a través de redes clandestinas. Estoy seguro de que veremos muchas de estas acciones terroristas en el próximo periodo, pues no existe ninguna vía real para acabar con este flagelo sin cambiar las condiciones que lo producen.

Hoy en día, estas condiciones son bastante complejas. Incluyen, en primer lugar, el terrorismo de Estado, empezando por el de Israel y el perpetrado por la dominación imperialista occidental en la región. Muchas de las cosas que han ocurrido en todo el mundo desde 1990 tienen sus raíces en las guerras desatadas por EE UU contra Irak en 1991 y 2003 y la subsiguiente ocupación de este país. Pero también hay muchos regímenes despóticos en la región que practican el terrorismo de Estado y generan un odio similar, creando de este modo un terreno fértil para grupos como el EI.

Globalmente estamos asistiendo a lo que califiqué, en un libro que escribí después del 11 de Septiembre, de “choque de barbaries”. La barbarie del fuerte crea las condiciones para la contrabarbarie del débil. Esto es lo que hemos estado viendo –y que seguiremos viendo, me temo–, tanto si la barbarie del fuerte es la de EE UU, la más mortífera de todas, como la de Rusia o de regímenes despóticos de la región como la tiranía de Asad en Siria, el más bárbaro de los gobiernos regionales, o la dictadura de Sisi en Egipto, por solo señalar a dos.

La otra cara de la cuestión que se deriva de la conquista de los bastiones del EI en Irak y Siria es dónde queda ahora el imperialismo estadounidense. ¿Cuál es la situación de EE UU en relación con los poderes regionales en Oriente Medio y sus rivales imperialistas internacionales?

No cabe duda de que EE UU se halla en el punto más bajo de su influencia en la región desde 1990. Entonces fue cuando EE UU intervino, desplegando un contingente masivo de fuerzas en la región en los prolegómenos de la primera guerra contra Irak. EE UU alcanzó entonces el punto culminante en la historia de su hegemonía regional. Esto ocurría en un momento en que la Unión Soviética estaba agonizando, de modo que Washington se hizo con el control total de la situación en Oriente Medio. Si comparamos la situación actual con aquel punto álgido, veremos qué bajo ha caído EE UU.

La ilustración más clara de ello fueron las revueltas de 2011. Fue el año en que EE UU tuvo que salir de Irak sin haber logrado ninguno de los objetivos de la ocupación, dejando atrás un país que había pasado a estar controlado por el archienemigo regional de Washington, Irán. Teherán ejerce ahora una influencia mucho más decisiva sobre el gobierno iraquí que Washington. 2011 fue también el año en que los principales aliados de Washington se enfrentaron a revueltas masivas. Fue el caso de Hosni Mubarak en Egipto, después del dictador tunecino Zine El Abidine Ben Alí. Les siguió el libio Muamar el Gadafi, que se había pasado al bando de Washington en 2003, y Baréin conoció una rebelión popular que asustó a todas las monarquías del Golfo.

La intervención militar en Libia en apoyo del levantamiento contra Gadafi fue la ocasión para aplicar la famosa fórmula de Obama de “dirigir desde la retaguardia”, fiel reflejo del hecho de que EE UU tuvo un perfil más bajo en esta intervención que sus aliados europeos de la OTAN, que encabezaron la operación. Pero esa intervención acabó en un fiasco. El intento de controlar a la insurgencia libia y canalizarla hacia un desenlace que preservara el Estado libio fracasó estrepitosamente, y el Estado libio colapsó por completo. De este modo, Libia se convirtió en el único país árabe en el que la revolución consiguió tumbar el régimen gobernante, aunque sin que hubiera ninguna alternativa, y mucho menos una alternativa progresista. El caos fue la consecuencia.

La “solución yemení” –un compromiso entre el grupo dirigente de este país y la oposición, fraguado por las monarquías petroleras del Golfo con el apoyo de EE UU y tan elogiado por Obama que lo puso como modelo a aplicar en Siria– fracasó trágicamente al cabo de menos de tres años.

Por tanto, EE UU ha acumulado toda una serie de reveses en la región desde la invasión de Irak. La guerra de Irak será recordada en la historia del imperio estadounidense como un error importante: una ocupación inviable emprendida por el gobierno de Bush en contra del consejo incluso de íntimos amigos de la familia Bush que sabían con qué problemas se toparía EE UU. A resultas de ello, Washington se halla en un punto muy bajo en comparación con unas pocas décadas antes. Aprovechó la oportunidad de la expansión del EI a Irak en 2014 para escenificar un retorno limitado. Organizó una coalición para lanzar una campaña de bombardeos contra el EI, recuperó cierta presencia en Irak e hizo lo mismo en Siria.

La principal intervención de Washington sobre el terreno en Siria se produjo al lado de las fuerzas kurdas. Esto es en sí mismo una paradoja, ya que dichas fuerzas provienen de una tradición de izquierda radical; pese a ello, fueron la principal aliada de EE UU en la lucha contra el EI en Siria. Donald Trump ha calificado esto de “ridículo”, declarando que va a ponerle coto. Todo esto demuestra una vez más la debilidad general de Washington, mientras Irán expande su poder, influencia e intervención directa en la región. Y Rusia, desde luego, aparece como el caballo ganador en toda esta situación, desde Siria hasta Libia.

Moscú comenzó a intervenir directamente en Siria con su fuerza aérea en 2015. En aquel entonces, el gobierno de Obama aplaudió la intervención de Rusia con el pretexto de que Rusia participaría en la guerra contra el EI. Sin embargo, todo el mundo sabía que el principal objetivo de Moscú iba a ser la oposición siria al régimen de Asad, no el EI. En realidad, Washington dio a Rusia libertad para ayudar el régimen sirio as aplastar a la oposición. Tras la elección de Trump, pero antes de que este accediera a la presidencia, Rusia comenzó a prepararse para asumir el papel de solucionadora en Siria, haciendo de pronto de árbitro entre el régimen y la oposición, y contando con la colaboración de Turquía e Irán.

Hay una cuestión más en todo esto. En el otoño de 2016, Turquía, enfurecida por el apoyo de Washington a las fuerzas kurdas en Siria, decidió aliarse con Rusia, asestando así un nuevo golpe contundente a la influencia de EE UU en la región. Hoy, Rusia aparece como el país que está ganando terreno en el conjunto de la región, mientras que EE UU lo pierde. Moscú es actualmente el puntal más efectivo del orden represivo regional. Después del papel sumamente brutal que ha desempeñado en Siria, Sisi le permite utilizar las instalaciones de una base aérea en Egipto para respaldar la intervención de este país en Libia, junto con los Emiratos Árabes Unidos, en apoyo del hombre fuerte local, Jaliha Haftar. Todas las monarquías petroleras, incluida Arabia Saudí, cortejan a Moscú y compran armas rusas.

Está claro que Donald Trump no va a revertir esta tendencia al declive regional de EE UU. Al contrario, él es el motivo de un nuevo deterioro rápido de la influencia estadounidense en Oriente Medio.

Y ahora Trump ha anunciado que EE UU pretende reconocer a Jerusalén como capital de Israel. ¿Qué repercusiones tendrá esto?

Se trata de un provocación totalmente gratuita que solo podía llevar a cabo un hombre irracional como Trump; irracional, quiero decir, desde el punto de vista de los intereses básicos del imperialismo estadounidense. Definitivamente no sirve a los intereses de EE UU jugar este juego. Trump lo hace por ninguna razón aparente que no sea complacer al sector más reaccionario de sus seguidores y satisfacer su narcisismo enfermizo de haber “cumplido” cuando sus predecesores no hicieron honor a sus promesas electorales.

Lo ha hecho sin ofrecer nada para tratar de apaciguar a los palestinos. No ha intentado obtener nada del gobierno de Netanyahu en Israel a cambio de esta iniciativa. Simplemente no tiene sentido desde el punto de vista de la política de EE UU en Oriente Medio. El coste para Washington será elevado, en un momento en que su imagen, por culpa de Trump, ya es terriblemente negativa en el mundo árabe, el mundo musulmán y el Sur global. Toda mejora, aunque limitada, de esta imagen que logró Obama ha quedado completamente anulada y sustituida por la imagen más fea que jamás ha tenido EE UU en el mundo. El resultado solo puede ser más odio a EE UU, alimentando el terrorismo, que es el arma de los débiles. Y una vez más, la población estadounidense tendrá que pagar el precio de la rapacidad de sus gobernantes, igual que lo hizo el 11 de Septiembre, que fue un resultado directo de la política de EE UU en Oriente Medio.

Quiero preguntar sobre otra parte del cuadro: ¿Puedes hablarnos de los sucesos en Arabia Saudí con las maniobras del príncipe heredero Mohamed bin Salman?

Lo que está ocurriendo en el reino saudí es, antes que nada, un asunto interno, es decir, una lucha por el poder. Se trata de una especie de “revolución palaciega”, que se produce un poco a cámara lenta en el sentido de que se ha llevado cabo por etapas, hasta la reciente detención dramática de varios magnates entre los emires y otros miembros de la aristocracia del país. Asistimos al intento de Mohamad bin Salman [también conocido por sus iniciales MBS] de adaptar el régimen a un modelo más tradicional de las monarquías, donde reina un familia más reducida. En el reino saudí, por el contrario, reina una familia amplia, formada por los hijos de Abdulasis (Ibn Saud), un rey que tuvo una prole numerosísima –45 varones de un total de 100–, a raíz del número de esposas que tenía: ¡más de 20!

MBS trata de poner fin a esta tradición de la familia saudí y de concentrar el poder en sus propias manos, inaugurando una nueva línea dinástica. Lo hace desde su posición de príncipe heredero, ya que su padre es el rey, y este respalda todo lo que hace, de modo que tiene carta blanca a este respecto. Es un joven ambicioso que fue nombrado ministro de Defensa en enero de 2015 –después de que su padre Salman accediera al trono–, cuando todavía no había cumplido los 30 años de edad. Lo primero que hizo como ministro de Defensa fue lanzar la guerra en Yemen, una campaña de bombardeos devastadora y mortífera por parte de los saudíes y sus aliados. Ha sido un fracaso en el sentido de que la esperanza de que los saudíes y su coalición resolverían el problema rápidamente no se ha cumplido.

Como se desprende de acontecimientos recientes –especialmente el asesinato del ex presidente Alí Abdallah Saleh después de que volviera a cambiar de chaqueta y anunciara la alianza renovada con los saudíes–, están muy lejos de lograr la victoria. Lo único que han conseguido es provocar lo que ya es la peor tragedia humanitaria de nuestro tiempo, con cerca de 7 millones de personas a punto de morir de hambre y cerca de un millón a causa del cólera.

Así que MBS decidió centrarse más en asuntos internos, y eso fue cuando el anterior príncipe heredero, que había sido designado conforme a la vieja tradición, fue simplemente depuesto de este cargo y sustituido por MBS. Este fue un momento clave de la “revolución palaciega”, la primera ruptura importante con la tradición. Desde entonces, MBS ha ido consolidando su poder personal eliminando a potenciales rivales. Todo aquel que pudiera interponerse en su camino ha sido reprimido, detenido y acosado bajo diversos pretextos, uno de los cuales es la corrupción.

Está claro que MBS recurre a este pretexto porque es popular, y es innegable que hay una gran podredumbre en el Estado saudí. Pero también es evidente que no se trata más que de un pretexto. El propio MBS está metido hasta el cuello en la corrupción: es un hombre joven que puede utilizar cualquier suma de dinero como le venga en gana, mientras impone la austeridad de los súbditos del reino. Así lo demostró el año pasado cuando se encaprichó con un yate perteneciente a un magnate ruso y lo adquirió por medio millar de millones de euros, alrededor de ¡550 millones! Esto para dar una idea del personaje de que estamos hablando.

¿Qué repercusiones tiene esta lucha por el poder en la región? Por ejemplo, el régimen saudí parece haber intentado intervenir en Líbano, logrando que dimita su principal aliado local, el primer ministro Saad Hariri. Todos esto manejos tienen que ver con su inveterada rivalidad con Irán, ¿no es cierto?

El reino saudí está cada vez más preocupado con el expansionismo iraní, primero en Irak, después en Siria, y ahora en Líbano. Existe ya un corredor de dominación iraní que va de Teherán a Beirut y que incluye la presencia militar de Irán, directa o por delegación. Los saudíes están muy preocupados con esto porque para ellos Irán es su archienemigo. Esto es así desde la revolución islámica en Irán, que acabó con la monarquía en 1979, una auténtica pesadilla para los saudíes, que aquel mismo año asistieron a una revuelta ultrafundamentalista en La Meca.

Cuando Salman accedió al trono en 2015, lo primero que hizo fue adoptar una política de unificación de las fuerzas suníes en la región en torno al reino saudí. Aplicó esta política durante varios años, restableciendo incluso las relaciones, hasta cierto punto, con los Hermanos Musulmanes. Esto continuó hasta que Donald Trump se hizo con la presidencia de EE UU. Trump, aconsejado por el siniestro Stephen Bannon, presionó a favor de un cambio de política y de una escalada de la tensión con Irán por un lado y los Hermanos Musulmanes por otro.

Esto condujo, este mismo año, a la ruptura de Arabia Saudí con Catar, que es el principal patrocinador de los Hermanos Musulmanes. Hasta entonces, Catar participaba en la coalición que bombardea Yemen, pero fue expulsado de la misma a raíz de este asunto. Fue una maniobra torpe, y más de un tiro salió por la culata.

La escalada contra Irán es lo que condujo al reciente episodio con Líbano. Hariri depende totalmente de los saudíes. La familia Hariri amasó su fortuna en el reino saudí, gracias a sus conexiones con miembros de la familia reinante, lo cual es un requisito indispensable para hacer dinero en este país. El mensaje que enviaban los saudíes es que “no queremos que los nuestros, es decir, Hariri, participen en un gobierno libanés que está dominado por los proiraníes, es decir, Hisbolá”.

Este fue el mensaje. Pero incluso este cayó en saco roto debido a la intervención de gobiernos occidentales, entre ellos EE UU y Francia. El presidente francés, Macron, desempeñó un papel activo sacando a Hariri del reino y haciendo que volviera a Líbano, donde está buscando ahora de nuevo alguna forma de compromiso, que es a lo que los saudíes querían poner fin. La situación allí, de todos modos, es sumamente inestable.

¿Puedes formular algunas conclusiones generales sobre el balance de la revolución y contrarrevolución ahora, casi siete años después de la primavera árabe? En el pasado has escrito diciendo que hay que entender la situación como un proceso en curso, no fragmentado en diferentes episodios, sino formando un continuo. ¿Puedes desarrollar este punto de vista?

El punto de partida es la comprensión de que lo que se llamó la primavera árabe no se limitó a las cuestiones de democracia y libertad, como la presentaron los medios. Fue una explosión social y económica mucho más profunda, fruto de la acumulación de agravios de carácter social. Tasas de desempleo récord, especialmente entre la juventud; bajos niveles de vida; pobreza… todo esto colmó el vaso en 2011. Por esto insistí en la época en que entonces había comenzado lo que llamé un “proceso revolucionario prolongado”, un proceso que traería muchos, muchos años de turbulencias, y hoy podemos decir con certeza: décadas.

Esta parte del mundo no volverá a estabilizarse durante mucho tiempo, en efecto, porque la condición de la estabilización radica en un cambio político y social radical, un cambio que encaminara a la región hacia un tipo de desarrollo económico y social muy distinto. Sin este cambio radical, la inestabilidad de Oriente Medio no se superará. El problema inmediato estriba en estos momentos en que las fuerzas progresistas que afloraron en la primavera árabe se quedaron marginadas en todas partes pocos años después de 2011. Desde entonces, la región ha quedado desgarrada entre dos fuerzas reaccionarias.

Por un lado están los regímenes, o lo que queda de ellos en los países en que fueron derrocados o se vieron debilitados significativamente. Y por otro están las fuerzas fundamentalistas islámicas, sobre todo los Hermanos Musulmanes, patrocinados por Catar, y los salafistas, inspirados por los saudíes; estas fuerzas surgieron en las décadas de 1970 y 1980 sobre las cenizas a una anterior oleada de actividad de izquierda, en la que desempeñaron un papel clave partidos nacionalistas y comunistas. Lo cierto es que el conjunto de la región se ha desplazado a partir de 2013 de la fase revolucionaria anterior, llamada primavera árabe, a una fase contrarrevolucionaria. Esta última se caracteriza por el choque entre los dos polos contrarrevolucionarios, el de los regímenes y el de sus rivales fundamentalistas islámicos.

Esto es lo que hay detrás de las guerras que han estallado en Libia, Siria y Yemen; básicamente, encontramos ambos ingredientes en todas partes. Existen en la situación que se agrava en Egipto: la forma que adoptaron allí fue el retorno del antiguo régimen con venganza, aplastando a los Hermanos Musulmanes. Nos hallamos en medio de esta fase contrarrevolucionaria, pero al mismo tiempo podemos ver, gracias a numerosos indicadores, que las cuestiones sociales están en plena efervescencia. No solo siguen estando allí todos los factores económicos y sociales que condujeron a la explosión en 2011, sino que encima han empeorado mucho.

Esto dará lugar a nuevas explosiones y nuevos desórdenes: esto es seguro. Solo podemos esperar que el potencial progresista que afloró con fuerza en 2011 sea capaz de reconstituirse y organizarse para aspirar al poder. Esto es lo que faltó en la primavera árabe: organizaciones que encarnen este potencial, dotadas de una estrategia clara de construcción de una alternativa tanto a los antiguos regímenes como a sus rivales fundamentalistas.

11/12/2017

https://socialistworker.org/2017/12/11/empire-and-the-middle-east-in-the-age-of-trump

Traducción: viento sur





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