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Abusos sexuales
El poder de #MeToo
29/11/2017 | Leia Petty

Muchas de nosotras creíamos que cuando estas palabras se filtraron un mes antes de las elecciones generales del año pasado, harían caer a Donald Trump. Pero ganó la presidencia.

Esta creencia de que Trump y otros hombres privilegiados como él puede hacer "cualquier cosa" a las mujeres —lo que Lindy West ha llamado en el New York Times el "derecho asfixiante, delirante y galáctico de los hombres poderosos"— ha conducido a incontables casos de acoso sexual, agresión y violación que rara vez reciben castigo.

El silencio al que se fuerza a las mujeres era ensordecedor. Pero la furia producida por esta injusticia —una furia que llevan todas las mujeres— no puede quedar enterrada para siempre. #MeToo es nuestra más reciente explosión. Y no será la última.

En las últimas semanas más de 30 hombres de perfil alto han sido acusados de acoso sexual y están por fin afrontando consecuencias reales. En muchos casos, se les acusa de una dinámica de abusos de décadas de duración —abuso que era conocido y fomentado en sus círculos cercanos— habitualmente a cambio de la promesa de avanzar en la carrera de las mujeres que trabajaban para esos hombres.

Hombres con posiciones privilegiadas en la industria del espectáculo —productores de cine, editores de revistas de arte, actores famosos, fotógrafos— han sido los primeros en ser escudriñados después de que la historia de agresiones sexuales del magnate Harvey Weinstein saliera a la luz.

Hollywood y sus industrias anexas son una institución colectiva en la que la cosificación de las mujeres se construye sobre la base de la creación de beneficios, produciendo una mezcla tóxica de explotación y sexismo que ha devastado la vida de las mujeres.

Pero #MeToo ha dado confianza a las mujeres para que cuenten su historia, porque, por primera vez en décadas, se las cree.

Recientemente, el actor Kevin Spacey ha sido acusado de agresiones sexuales por varios hombres, muchos de ellos adolescentes en el momento de la agresión, ayudando a un muy necesario diálogo sobre el abuso sexual experimentado por hombres jóvenes, que también fue reflejado en la campaña #MeToo.

El impacto de #MeToo, ha ido más allá de Hollywood. El secretario de defensa británico Michael Fallon se ha visto obligado a dimitir tras ser acusado de acoso sexual. Varios miembros del Parlamento y más de 30 legisladores del Partido Conservador de Theresa May han sido también acusados. Tres profesores de Dartmouth están de baja remunerada, mientras se desarrolla una investigación criminal por una "seria conducta inapropiada".

Todo va en esta dirección. Para aquellas que hayan sido víctimas de acoso y agresión contemplar esto genera una combinación de horror y vindicación. Es especialmente revelador cómo muchas mujeres que ahora salen a la luz lo han hecho también en el pasado y fueron silenciadas, sufriendo como resultado traumas de por vida.

La confianza para continuar hablando en público, la confianza que proviene de ser finalmente creídas sólo pueden ayudar al movimiento contra el acoso y la agresión sexual, y solo puede fortalecer la lucha contra la injusticia en general.

En estas últimas semanas hemos sido testigos de un diálogo nacional sobre el acoso sexual que no se había visto desde la audiencia de confirmación de Clarence Thomas para convertirse en miembro de la Corte Suprema.

En aquel momento, Anita Hill, profesora de derecho que había trabajado anteriormente para Thomas, dio un paso al frente y le acusó de acoso sexual. Pero en vez de enfrentarse a Thomas, el entonces presidente del Comité Judicial del Senado Joe Biden, sometió a Hill a juicio y optó por no llamar a tres otros testigos que hubieran respaldado los cargos de abuso sexual que presentó Hill. Thomas fue confirmado posteriormente.

Estamos en deuda con Anita Hill y los cientos de mujeres que dan ahora el paso haciendo públicas sus historias siguen su camino.

#MeToo proporcionó un medio para romper el silencio y transformar las injusticias en algo que debe ser "combatido en vez de soportado", como escribe Jen Roesch en SocialistWorker.org.

En suma, #MeToo ha transformado la condición de víctima, y esto tiene consecuencias políticas. Como escribió James Baldwin, "la víctima que es capaz de expresar la situación de la víctima ha dejado de ser una víctima: se ha convertido en una amenaza". Salir a la luz con nuestras historias individuales es una precondición necesaria para convertirse en una amenaza real.

La confianza de las mujeres para continuar saliendo a la luz dependerá de si los hombres responsables afrontan consecuencias reales. Hasta ahora, varias docenas de ellos se han visto obligados a dimitir o han visto anulados sus contratos.

#MeToo se ha desarrollado fundamentalmente en las redes sociales, pero eso está cambiando. Feminist Majority Foundation, junto con Civican y We for She, convocan una marcha en Hollywood el 12 de noviembre con el lema "Recuperar el centro de trabajo", que terminará enfrente de la sede central de CNN.

Las mujeres que participaron en el desfile de Miss Perú 2018 la semana pasada protestaron por el requisito previo de anunciar sus medidas de busto y cintura, y como respuesta publicaron las estadísticas sobre violencia contra las mujeres, iniciativa que se enmarcaba en una campaña de años de duración para llamar la atención sobre los altos índices de violencia contra las mujeres en Perú.

Y, más recientemente, el Departamento de Policía de Nueva York anunció que esperaba tener suficientes pruebas para detener a Harvey Weinstein.

En vista de esta marea de cambio que ha tenido lugar en cuestión de semanas, es aún más importante para los y las progresistas y socialistas apoyar a las mujeres y hombres que dan el paso, encontrar formas de convertir la mayor concienciación en activismo, y colaborar con compañeras feministas para construir un movimiento que combata el sexismo en todas sus formas.

El desdén contra la campaña #MeToo no es una buena manera de empezar, y algunos la han criticado desde el principio. Megan Nolan hace justo eso en un artículo para Vice, titulado "El problema con la campaña #MeToo".

"La concienciación de la dimensión de los abusos no afronta estos problemas", escribe Nolan. "El simple hecho es que no tengo ni idea de cómo afrontarlos. Están increíblemente arraigados en las bases de nuestra sociedad. La condición de estar sexualmente oprimidas es la condición de la mujer misma".

Muchas mujeres comparten una sensación de impotencia y de impaciencia, que es comprensible dado el peso de la opresión y cosificación sufridos por las mujeres que, hasta hace poco, se sentían completamente ignoradas.

Pero no podemos permitir que esto nos convierta en unas cínicas. Si lo hacemos, perderemos una oportunidad para resistir colectivamente justo en el momento en que más importa hacerlo.

Es cierto que la "concienciación de la dimensión de los abusos" no equivale a afrontar el problema. Pero una mayor concienciación produce un terreno más fértil para el activismo. Y docenas de hombres que acosan a las mujeres están realmente enfrentándose a investigaciones criminales o viéndose obligados a dimitir de posiciones de poder, lo cual es un buen punto de partida.

La actriz Jane Fonda y la escritora Jamilah Lemieux han dado voz a otra corriente de escepticismo afirmando que la concienciación sobre el acoso y la agresión sexuales tiene ahora lugar solo porque la mayoría de las víctimas que lo denuncian son blancas.

Lemieux va más allá que Fonda en un artículo titulado "Weinstein, lágrimas blancas y los límites de la empatía de las mujeres negras", en el que afirma que hay límites en el nivel de empatía que las mujeres negras puedes desplegar en respuesta al acoso sexual contra las mujeres blancas porque esa empatía no ha sido recíproca históricamente.

Es totalmente cierto que las mujeres negras han afrontado una experiencia distinta de ser victimizadas e incluso criminalizadas cuando se enfrentan a sus agresores. El proyecto #SurvivedAndPunished, que documenta la re-victimización de las que se enfrentan al abuso y violencia sexual presenta fundamentalmente historias de mujeres de color.

Todas las que se han sentido identificadas con el fenómeno #MeToo deben de conocer —si no lo saben ya— esta opresión especial que afrontan las mujeres de color. Pero precisamente ahora es el momento en el que la empatía por las distintas experiencias de las mujeres de color puede desarrollarse y difundirse, precisamente porque ha comenzado un diálogo nacional.

Las feministas deben poner estas historias en primer plano, no castigar ni minimizar lo difícil que fue para tantas mujeres dar el primer paso. La realidad es que incluso las mujeres blancas privilegiadas, como la actriz Rose McGowan, fueron silenciadas durante décadas antes de que consiguieran romper el silencio sobre el abuso del que fueron víctimas.

El hecho de que las puertas se hayan abierto para hablar del abuso y agresión sexual les da a las feministas la oportunidad de alzar las voces de las más oprimidas entre nosotras.

Tarana Burke, la creadora de #MeToo hace una década, inició la campaña para exponer las historias de agresión sexual experimentadas por mujeres negras y poner en relación entre sí a las mujeres. Como afirmaba Burke en una serie de tweets en respuesta al resurgir de la campaña #MeToo:

"El objetivo del trabajo que hemos hecho la última década con el “movimiento me too” es hacer saber a las mujeres, en especial las mujeres jóvenes de color, que no están solas. Es un movimiento... Va más allá de un hashtag. Es el comienzo de un diálogo y un movimiento más amplio por una cura radical de la comunidad"

Dónde pueda ir ese "diálogo y movimiento" debería ser la cuestión a discutir en la izquierda. Como escribe Alex Press en un artículo para Jacobin titulado "The Union Option":

"En una época en la que muchas de nosotras sabemos lo difundido que está el abuso sexual en los centros de trabajo, es importante fijarse en los detalles de un extraño caso en el que un acosador es acusado públicamente.

"Esta es la excepción a la norma, en la que un hombre poderoso como Weinstein acosa y agrede a las mujeres hasta que muere, sin importar cuántas personas de su negocio lo sepan.

"Pero una vez digeridos estos detalles, nosotras —o al menos aquellas de nosotras comprometidas en luchar contra estas injusticias— llegamos a la pregunta: ¿qué hacemos al respecto?"

Es significativo que el desenmascaramiento de Weinstein y el resurgir de #MeToo que provocó hayan tenido resultados tangibles al hacer caer a algunos infames sexistas, y al hacer más por poner sobre aviso a más hombres poderosos que todos los falsos cursos de "sensibilidad" corporativa.

Pero Press apunta a un paso más: traducir la mayor sensibilización en "acción colectiva formal. Cuando se trata del centro de trabajo, el medio más común para esta paso es un sindicato. Cualquier de nosotras que quiera acabar con el acaso sexual en el centro de trabajo debería luchar también por estas protecciones".

Esta es una contribución valiosa al diálogo: aumentar las protecciones de las mujeres y otros que experimentan acoso sexual y crear mecanismos para afrontarlo en nuestros sindicatos es un componente decisivo de nuestra lucha más amplia.

Pero dado que la densidad sindical está en momento bajo en la historia moderna de los EEUU, los sindicatos solo pueden ser parte de la solución.

Es más, la confianza necesaria para que las mujeres afronten el acoso sexual en el trabajo está directamente vinculada con la difusión del movimiento feminista fuera del centro de trabajo.

¿Qué se necesitaría para que al aumento de concienciación del abuso sexual y la confianza para oponerse a él se tradujera en una mayor combatividad y organización del movimiento feminista?

El activismo en torno al abuso y la agresión sexual fueron la piedra angular de los movimientos feministas anteriores, señaladamente el movimiento de liberación de la mujer en la década de los 70.

Y con la administración Trump, no hay ataque contra los derechos de la mujer que no debamos combatir. Mientras tenía lugar la explosión de #MeToo, la Cámara de Representantes votó la prohibición del aborto tras 20 semanas de embarazo, Trump decretó una orden ejecutiva que facultaba a los empresarios a denegar a las mujeres la cobertura para el control de la natalidad, la secretaria de educación Betsy DeVos destrozó las medidas del Título IX sobre agresión sexual en el campus, y se han hecho múltiples intentos para defender Planned Parenthood.

Las condiciones que han producido una derecha envalentonada han creado también la posibilidad de una resistencia más enérgica, y no hay campo de batalla en el que no pueda combatir un nuevo movimiento feminista.

La conexión entre una lucha contra el acoso sexual y la justicia reproductiva es una demanda por el control completo de nuestros cuerpos y la autodeterminación de nuestras vidas.

Dejad que todos los acosadores sexuales en posiciones de poder sigan cayendo. Pero la justicia a largo plazo no puede realizarse sin las socialistas y feministas que construyan la resistencia en organizaciones para continuar la lucha más allá de las redes sociales.

Necesitamos construir organizaciones de resistencia que puedan defender clínicas de aborto, exigir que la administración de los campus universitarios reintroduzcan las protecciones del Título IX, movilizar miles de personas contra el acoso sexual y, a la vez, dar a las mujeres y a los hombres que quieren acabar con el sexismo un lugar en el que unirse para construir la lucha.

#MeToo no es un deporte que contemplar para ser apoyado o rechazado. Es un momento que podemos transformar en un movimiento que lleve adelante la lucha contra el acoso sexual y todas las formas de opresión.

9/11/2017

Traducción: viento sur

https://socialistworker.org/2017/11/09/the-power-of-metoo





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