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Entrevista a Helena Vázquez
“Los CDR pueden sumar mayorías desde la base en clave republicana y constituyente”
29/11/2017 | Oscar Blanco

Los Comités de Defensa del Referéndum, ahora de la República, fueron el invitado sorpresa del 1 de octubre. Después del 20 de septiembre comienzan a aparecer como setas con asambleas multitudinarias. La defensa de las urnas y la resistencia pacífica a la violencia policial los sitúa en el centro del “octubre caliente catalán”. Hablamos con Helena Vázquez (Sabadell, 1991), activista, jurista y periodista, que ha hecho de portavoz del CDR de Sabadell, para reflexionar sobre el futuro de este proceso de autoorganización.

La huelga del 8N fue un momento de eclosión mediática de los CDR. De golpe están en todas partes y los medios tradicionales que no habían hecho mucho caso hasta el momento se interesan. El twitter nacional en menos de 200 tuits y retuits tiene cerca de 50 000 seguidores. ¿Qué hay detrás de este protagonismo?

Los Comités de Defensa de la República –entonces del Referéndum– empiezan a nacer casi espontáneamente y se van creando núcleos que entre ellos no se conocen para defender el referéndum del 1-O. El día siguiente, el mismo 2, vemos que la gente quiere seguir organizándose. Se consolidan el 3 [huelga general de los sindicatos combativos y paro de país de la Mesa por la Democracia]. Entonces pensamos en la necesidad de coordinarnos porque ya éramos más de 100 CDR en todo el país.

Después nos encontramos con el encarcelamiento de los Jordis y de medio govern, con una ANC y un Òmnium que no acaban de tomar el liderazgo en un momento de represión extrema del Estado español y con una República declarada pero no desplegada. Los CDR, entonces ya 280, deciden llamar a una huelga general convocada por sindicatos minoritarios, la Intersindical-CSC. En este momento hay un cambio de papel porque toman la iniciativa, con cierta complicidad de ANC y Òmnium. El mismo 8 de noviembre vemos que tenemos la capacidad de parar el país y los medios nos constatan como agentes principales.

Cómo decías, la jornada del 8-N fue un éxito sin duda como movilización, pero con una paradoja: como huelga general tuvo un seguimiento bajo. ¿Cómo lo explicas?

No sabemos si es legal hasta la vigilia de la huelga. Había confusión en los centros de trabajo y trabajadores que reciben amenazas. El 8-N la gente entiende que la huelga solo era un mecanismo para hacer una movilización potente. Por lo tanto, el seguimiento no era una cuestión relevante, sino si éramos capaces de paralizar el país. Pero lo más interesante es que es la primera convocada únicamente por sindicatos minoritarios y en un contexto de amenazas por parte del Estado español. Y funciona.

Pero que se puedan hacer 70 cortes de carretera simultáneamente y que el seguimiento sea del 20 % o, fuera del sector público, prácticamente anecdótico, ¿no demuestra cierta desconexión de la clase trabajadora con el conflicto?

Sí, pero vemos que no solo es un determinado sector de la clase trabajadora que no secunda esta huelga. Un amplio abanico de trabajadores seguramente independentistas tampoco la secundaron y el 3 estaban decididos a hacerlo, o también empresarios que habían cerrado el 3-O, el 8-N ya no están dispuestos. Lo que también confirmamos es que los Comités de Defensa de la República todavía no han conseguido desplegar un programa más de defensa de la República en clave democrática y no tanto independentista. Es un indicativo de que tenemos mucho trabajo por hacer.

Es un encaje difícil. Por ejemplo, construir un espacio no solo independentista en pueblos o ciudades donde el 1 de octubre hubo una participación alta y donde hay una mayoría independentista clara, se percibe como un paso atrás.

Es complicado encontrar el mínimo común denominador que pueda representar a todo el país y que pueda representar a toda la sociedad. Por eso, jugar con la autonomía local que tienen los CDR para articular la defensa de la República según su contexto es importantísimo. Entonces, cuando nos empezamos a coordinar a nivel nacional, vemos la necesidad de tener unos acuerdos políticos de mínimos que sean flexibles. Unos acuerdos que sean tan viables en el área metropolitana de Barcelona como en poblaciones como Vic.

A veces no es solo una cuestión programática, sino incluso metodológica. Como tú decías, los CDR aparecieron en paralelo y con iniciativas de muchos agentes diferentes. Por ejemplo, hay CDR que aún no han hecho una asamblea abierta. Culturas políticas diversas y difíciles de compaginar…

Es complicado. Las últimas semanas hemos visto que seguimos siendo un espacio de movilización pero con una agenda que queremos hacer nuestra. Esto hace que inevitablemente los CDR no sean un simple grupo de WhatsApp que llama a una manifestación, sino que también hay personas que debaten propuestas que llegan de otras territoriales. Por suerte o por desgracia, no ha habido organizaciones políticas que hayan volcado su militancia en la participación en los CDR. Hay una experiencia militante que sin querer no estamos recogiendo del todo y a veces se tiene que empezar desde el principio.

Después del 1-O, había gente que nunca había participado de ningún espacio político. Eran quienes forzaban que los CDR fueran una cosa de la gente, tenían ganas de trasladar sus propuestas y de decir la suya, porque no encontraban ningún otro espacio. Estos procesos de aprendizaje hacen que se vaya generando algún tipo de metodología común.

Si organizaciones políticas o sindicatos se hubieran implicado del todo (por ejemplo, Podemos, los Comunes o la CGT), probablemente nos encontraríamos en un escenario diferente. Quizás seriamos más capaces de llamar a participar a todo este espectro de la clase trabajadora al que no hemos podido llegar. Esto no es homogéneo, ¡eh! Porque hay barrios a donde se ha podido llegar y esto también se tiene que entender. No podemos tener una imagen reduccionista de pensar que lo que está pasando en Barcelona pasa exactamente igual en Sabadell, por ejemplo. Cada CDR se ha configurado de formas diferentes y en ciudades donde los movimientos sociales han tenido una presencia más notoria, los CDR se han configurado de otro modo.

Sabadell ha jugado un papel incluso en la organización nacional de los CDR. Hizo el primer llamamiento, después se ha implicado al dar continuidad o intentó generar vínculos entre los CDR y los sindicatos que habían convocado la huelga del 3 de octubre. De alguna manera se ha convertido en uno de los modelos de CDR con una composición interna muy plural. ¿Por qué se ha configurado así?

Sabadell ha sido un nido de muchas luchas en diferentes frentes. Hay unos precedentes de trabajar con personas de procedencias políticas diferentes antes de crear el CDR. Desde un primer momento tenemos claro que queremos constituir un espacio transversal donde quepan desde las fuerzas políticas del centro derecha hasta la izquierda revolucionaria, libertarios o anarquistas. En la primera reunión ya estamos todos. Los que nos podríamos situar en extremos diferentes entendemos la necesidad de participación de los otros. Existe en la ciudad una red más o menos transparente a través de la cual nuestras diferencias políticas no han supuesto limitaciones.

¿Qué papel juega la PAHC?

Lo más destacable es la experiencia militante de personas que han jugado un papel clave dentro de la PAH y que han sido capaces de desplegar un proyecto revolucionario como ha sido la PAHC (Plataforma de Afectadas por la Hipoteca y el Capitalismo) de Sabadell. No es tanto la participación en masa de la gente de la PAH. Tiene más a ver con los conocimientos recogidos. Se confirma que en aquellas ciudades donde ha habido una militancia activa que a través de la práctica política aprende y se transforma, los CDR han podido funcionar mejor.

A veces el error quizás es pensar que con una coordinadora de organizaciones políticas somos capaces de llegar a toda la gente, que no participa de forma regular en ningún espacio político. En Sabadell hemos querido que la ciudadanía tenga un papel central en proyectos que hemos puesto en marcha los últimos años, como la Crida por Sabadell, la PAHC u otros proyectos. Siempre se ha intentado encontrar espacios a través de los cuales la gente pueda sentirse representada de alguna forma. Es obvio que esta tradición acaba definiendo los CDR.

Martí Caussa hablaba hace poco de crisis estratégica del independentismo. Las semanas previas al 26-O, los CDR se preparaban por un escenario de proclamación efectiva de la República. En el momento en que el escenario no es este, hay un vacío estratégico. ¿Qué papel pueden tener los CDR para rehacer una hipótesis estratégica soberanista?

En el momento de proclamación de la República también es cuando se empieza a evidenciar que los CDR tenían que jugar un papel de liderazgo, que es lo que intentan hacer el 8-N. Después del 8-N, se encuentran ante una sensación de derrota por parte del movimiento soberanista y de un govern que no había hablado de forma sincera a la ciudadanía. Muchos esperaban que la gente volviera a casa. En cambio, la gente quiere continuar con lo que había empezado, quiere continuar diciendo la suya y quiere continuar movilizándose. La última semana se han creado nuevos CDR (ya hay 300).

El 8-N hubo 280 personas identificadas, es decir, personas que en algún momento pueden ser citadas y que tienen que encontrar una red que les pueda dar apoyo y les que pueda hacer acompañamiento. Por lo tanto, los CDR tienen que continuar existiendo porque la represión continuará existiendo, porque estas elecciones no las tenemos todas que puedan efectuarse con todas las garantías. Mientras la derrota no se coma las ganas de la gente continuarán existiendo. Ahora bien, lo que pase después del resultado de las elecciones seguramente jugará un papel determinante.

Hay dos tensiones estratégicas: los CDR convertidos en un espacio meramente antirrepresivo o los CDR como el espacio independentista más convencido y consecuente de todos, en clave procesista. ¿Qué tipo de propuesta puede mantener la pluralidad, pero sin una dinámica meramente reactiva que dependa de la represión del Estado?

El último mes hemos visto un cambio profundo en la sociedad catalana que se cuestiona todo el modelo del Estado español. Nacen por lo tanto demandas que no son estrictamente independentistas y que se reflejan en esta defensa abstracta de los valores republicanos. Tenemos que consolidar esta nueva red pensando en clave constituyente. Si lo pensamos en estos términos, los CDR pueden convertirse en un espacio central que sí que puede sumar mayorías en defensa de unos valores democráticos desde la base. El otro día un compañero decía que se había encontrado que en una asamblea un hombre decía: “yo soy español, pero soy republicano”. Este fenómeno no es tan aislado ni tan residual.

Si los CDR son capaces de defender esta República, como tendrían que hacer el resto de pueblos del Estado español, seremos capaces de crear un monstruo que un día pueda impulsar una República efectiva. La conclusión de este mes y medio ha sido la siguiente: la República catalana no podrá existir hasta que no seamos capaces de tener un poder judicial propio, de tener una policía propia, de tejer complicidades en todos los niveles… con los funcionarios, pero también construyendo grandes mayorías que puedan apoyar este proyecto. Los políticos también han visto que no lo pueden hacer solo desde el Parlamento. Los CDR pueden jugar este papel no siendo un espacio que represente el nacionalismo más liberal, sino que son un espacio absolutamente amplio que se puede convertir en un proyecto transformador.

Ahora apuntabas uno de los debates centrales, el independentismo transversal ha negado prácticamente la existencia del poder: “proclamaremos la República y como somos democráticos, hay Estados que nos darán la razón”. Si tú estás preparando una ruptura con un Estado, es una visión liberal-naif de lo que es un Estado. ¿Hasta qué punto lo que ha pasado los últimos meses ha hecho entender a una mayoría social en Cataluña lo que es un Estado?

El cambio en las conciencias de la gente que se ha movilizado es que los Estados no guardan valores ni principios. Lo hemos visto cuando la comunidad internacional ha cerrado los ojos ante la violencia policial del 1 de octubre o ante la negación del derecho de autodeterminación de los pueblos. Hay un cuestionamiento del proyecto político de la Unión Europea. Hace tres años el movimiento soberanista se quería constituir como un “Nuevo Estado de Europa” y ahora esto ha cambiado radicalmente.

En el caso del Estado español hemos visto los límites fundacionales de la propia Constitución que configura un estado seudodemocrático. Inevitablemente los fundamentos de cualquier Estado también se tambalean si un Estado europeo se funda a través de la represión del movimiento obrero y de unos consensos dudosos. Simbólicamente se incorpora a la conciencia de la gente y hace que ahora mismo estemos entendiendo que la única manera de desplegar la República es la construcción de aquellas estructuras de Estado que Artur Mas prometió y nunca construyó.

Hay otro punto ciego del soberanismo –además de la cuestión del poder y el Estado–, que son las alianzas estatales. Para afrontar electoralmente un horizonte de cambio estatal protagonizado por Podemos o las candidaturas del cambio, se ha renunciado a alianzas. Ahora uno de los hándicaps del independentismo es el aislamiento con respecto al Estado. ¿Cómo se sale de esta situación?

No todo el independentismo. Hay una parte representada por la Esquerra Independentista [CUP, Endanvant, Arran, COS, Poble Lliure, SEPC...] que sí ha intentado construir alianzas estatales. La gente este mes y medio no podía comprender cómo sus hermanos del Estado español no reaccionaban ante la represión. Nos hemos visto solos, pero la gente ha aplaudido cualquier movilización y se ha repetido la pregunta: “¿Qué pasaría si esto estuviera pasando en todo el Estado español?”

Si esta misma izquierda progresista hiciera efectivo el programa político con el que se presenta en el Congreso de los Diputados; si fuera capaz de reproducir los CDR fuera de Cataluña intentando destituir una Monarquía de herencia franquista, probablemente nosotros ahora mismo podríamos ver la República mucho más cerca. Este sentimiento de hermandad creo que el movimiento soberanista ahora mismo lo siente. Nuestra soberanía nacional va extremadamente ligada al trabajo que hagan el resto de pueblos del Estado español.

La Esquerra Independentista ha construido puentes con el resto de proyectos independentistas del Estado español. Con las fuerzas políticas que tienen un proyecto para el conjunto del Estado, este intercambio es más débil o inexistente.

El independentismo ha aplaudido la solidaridad con Cataluña y una parte se ha solidarizado con Murcia por el conflicto del soterramiento o con Galiza por los incendios. Es verdad. Pero, una parte importante del independentismo tiene un discurso prácticamente étnico cuando habla de “nuestra manera de hacer” o utiliza “español” como insulto incluso hacia personas catalanas. No es mayoritario pero…

Sigue existiendo. No niego que haya una parte del independentismo que desgraciadamente tiene este perfil, pero en los últimos años están convirtiéndose cada vez más en una minoría. El soberanismo se está convirtiendo en el bloque progresista más importante de Europa. No quiero ni puedo hacer una defensa de las alianzas que han tejido los movimientos políticos de Cataluña, porque no represento a ninguno, pero lo que sí que se ve mucho es este internacionalismo descuidado. Internacionalismo pensando en el Estado español, pero también en el conjunto de Europa y especialmente del sur de Europa. Esta solidaridad de clase que ahora mismo tendríamos que tener y que no hemos tenido. Es la consecuencia de no haber hecho el trabajo de hormiguita para tejer alianzas y picar a las puertas para construir solidaridades muy amplias, que es de lo que va el internacionalismo.

La mayoría de personas que han participado en las movilizaciones se han quedado paradas con esta Europa que anda hacia la derecha y a veces hacia la extrema derecha y con que la izquierda europea ha sido casi incapaz de solidarizarse. Cuando nos hemos encontrado solos ante la Unión Europea recordábamos el caso griego. Nos sentimos unidas al pueblo griego abandonado a merced de la Unión Europea.

Cuando el pueblo griego fue aplastado por la Unión Europea, la solidaridad internacional también fue prácticamente anecdótica. Ahora la situación es similar, hay la iniciativa “With Catalonia” que se impulsa desde el CIEMEN y la izquierda radical. Las redes de la izquierda radical están respondiendo, pero es un sector muy concreto… En un contexto de giro a la extrema derecha en Europa e incluso en América Latina, donde se había hecho un trabajo de conseguir simpatías.

Al final es el desierto con el que nos encontramos dentro de la izquierda progresista y socialdemócrata. Ha sido un choque de realidad para muchas. Estamos solos, pero lo más preocupante es que el proyecto de construcción europea se va a la derecha y juega un papel contra nosotros. Hemos visto que en el momento en que incluso nuestra vida esté en peligro, este proyecto a nosotros no nos defenderá, ¿no? No sabemos qué hubiera podido pasar si lo que ha declarado Marta Rovira hubiera pasado, es decir, si hubiera salido adelante el proyecto de la República y –tal como el Estado español amenazó– hubiera habido muertos. No podemos saber la respuesta de la Unión Europea. Lo que sabemos a ciencia cierta es que la Unión Europea no ha hecho nada para prevenir que esta amenaza exista.

Igual que no hace nada para evitar las muertes en el Mediterráneo... Hay un sector de la izquierda y de los movimientos sociales que se lo mira con cinismo y piensa que el independentismo es ridículo: “¿Qué se pensaban que era el Estado? ¿Qué se pensaban que era la Unión Europea?” Pero no deja de ser un proceso de radicalización.

Pasa lo mismo con el papel que han jugado las élites económicas. ¿Cómo se puede sostener un proyecto donde la “independencia no va de trabajadores y empresarios”, cuando la Patronal denuncia la huelga del 8 de noviembre?

De hecho una parte de la izquierda anticapitalista, y me incluyo, pensábamos que seriamos incapaces de llegar a este nivel de conflicto porque no teníamos el apoyo del gran capital catalán y nos frenaría el catalanismo pactista. También que el movimiento soberanista estaba controlado por ANC y Òmnium y que difícilmente podrían salirse de esta agenda. El desenlace ha sido que incluso el PDeCat ha demostrado no ser una fuerza homogénea que representa facciones del capital con aspiraciones políticas diferentes. Hay una parte que se acaba aventurando –casi a la fuerza, por el miedo y por no desaparecer del mapa político– en una lucha que juega en contra de lo que hasta ahora habían representado. Había una guerra por parte del gran capital contra el independentismo vía declaraciones amenazantes y cambios de sedes sociales.

Paralelamente es recibido por la mayoría de gente de una forma que cambia también su manera de comprender la vida. Entienden que los intereses que defienden las grandes empresas catalanas no están en consonancia con sus aspiraciones democráticas. De alguna manera consolida el camino del soberanismo catalán hacia la izquierda y es una cosa que la izquierda progresista española tiene que comprender. No pueden continuar con una comprensión tan rígida y tan estática como hasta ahora.

Llegamos a una paradoja: los sectores más conservadores del PDeCat en algunos momentos han hecho pinza con las direcciones de Comuns o Podemos exigiendo una salida pactada y de orden.

Este último mes ha traído alianzas muy extrañas, pero que de alguna manera también destapan la naturaleza de determinados proyectos políticos, como es el caso de Barcelona en Comú. De alguna manera, los Comuns han jugado a la contra de la construcción de un movimiento absolutamente democrático y de calle, que es el proyecto inicial que venían defendiendo. No sé qué impacto electoral tendrá, pero lo que es cierto es que sin su complicidad a nosotros nos está costando más construir un movimiento donde la gente haga suya la política. Denota que hay proyectos que hasta ahora entendíamos que son transformadores, pero que juegan un papel reaccionario para frenar procesos de participación.

Pero, ¿pueden caber dentro del mismo movimiento la base del PDeCat y la base de Barcelona en Comú o Podemos?

En la medida en que avanzamos en esta demanda de una república democrática donde se puedan garantizar los derechos sociales –porque ahora y aquí en Cataluña lo que hemos visto es que el Tribunal Constitucional tampoco está dispuesto a que se puedan garantizar–, cabe un abanico de personas. Pero, quizás lo que tenemos que defender ahora no es el mero independentismo, sino este nuevo proyecto constituyente. En este nuevo proyecto constituyente veremos si finalmente la base social del PDeCat de aquí cuatro años es la misma o no.

Este es el papel que tiene que jugar la izquierda revolucionaria. No desde fuera como espectadora ni desde arriba. Tiene que forzar que todos estos procesos de transformación se den desde la base y no desde un papel más mediático, como se ha hecho hasta ahora. A través de espacios de participación popular muy amplios para preparar que los CDR puedan jugar un papel más protagonista.

El proyecto dominante del independentismo hasta ahora ha sido la independencia sin que se rompa un plato: “Desconexión legal. Estabilidad económica. No hacer daño a la economía catalana.” El 21-D lo encaran con las mismas herramientas. ¿Hasta qué punto los CDR pueden tomar el relevo de una hipótesis estratégica que se ha demostrado muerta?

En el imaginario de muchos independentistas nos ha quedado una lección: lo tendremos que hacer casi solos y entraremos en un estado de confrontación tanto con el Estado español como con la Unión Europea. Ahora hemos visto que con las estructuras populares que tenemos no somos capaces de levantar un proyecto de esta envergadura, pero sabemos que a largo plazo sí podemos serlo. Es determinante crear y consolidar estructuras de clase. Espacios donde participe la clase trabajadora para que llegado el momento encuentren las redes de solidaridad y hayan avanzado a nivel de conciencia a la hora de dar un paso de ruptura.

En cuestión de dos semanas casi nos daba igual si la economía catalana se veía afectada por un cierre de fronteras. ¡En dos semanas! Entonces en cuatro años de picar piedra no sabemos a dónde podemos llegar. Hay una cosa importante, que es que los Comités de Defensa de la República ahora mismo funcionan en los barrios, pero se están creando Comités en los centros de trabajo. Podemos entenderlos también como espacios de unidad sindical entre organizaciones sindicales que hasta ahora se han entendido poco y quizás sean una oportunidad para poner en marcha luchas también dentro de otros muchos ámbitos. Las revolucionarias tienen que leer el contexto y acompañar esta experiencia de empoderamiento.





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Madrid. 14 de diciembre 2017. 19.30 h. Poesía en el Bulevar Leerán sus poemas AUILES GARCIA BRITO, ANA PÉREZ CAÑAMARES y ALFREDO PIQUER. Presenta ANTONIO CRESPO MASSIEU Lugar: Casa de Cultura y Participación Ciudadana -C/BRAVO MURILO 37-39- Plaza del Parque Móvil









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