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Estado español
La Constitución del nacionalismo ofensivo
14/10/2017 | Juan Carlos Moreno Cabrera

La represión del referéndum de autodeterminación del pueblo catalán llevada a cabo el 1 de octubre pasado ha puesto de manifiesto la cara violenta del nacionalismo ofensivo fundamentado en los últimos decenios en la actual Constitución española.

Las aspiraciones del pueblo catalán de constituir un Estado propio han provocado, entre otras cosas, un resurgimiento de la exposición explícita de la violencia de ese nacionalismo españolista. Se trata de un nacionalismo que se intenta ocultar o disimular (y que es invisible para muchas personas) utilizando la Constitución de 1978 y el constitucionalismo como cortina de humo para presentarse a sí mismo como superador del punto de vista nacionalista, como defensor de los intereses comunes del conjunto de la ciudadanía española frente a las ansias diferenciadoras, disgregadoras y separatistas de los denominados nacionalismos periféricos, que caracterizo en general como defensivos.

Por poner un ejemplo, es lícito (y obligado) defender los intereses comunes de la clase trabajadora independientemente de la nación a la que pertenezcan las personas que la componen. Lo que es ilícito y un engaño es decir que se lucha por esto, pero subordinando este empeño a los intereses de un tipo de nacionalismo que no solo pretende justificar el dominio de una nación sobre otra, sino que incluso se niega a aceptar la existencia como naciones de esos pueblos oprimidos o dominados. Como manifestó Lenin en sus últimos escritos, no se puede luchar por los justos intereses de la clase trabajadora sobre la base de la injusta dominación de una nación sobre otra 1/. La lucha de la clase trabajadora ha de superar las diferencias nacionales, pero nunca la opresión de una nación sobre otra puede servir de base para esa lucha; por eso Lenin era partidario del reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones que integraron la Unión Soviética, frente a Stalin, que tenía en mente un proyecto más autonomista o regionalista.

El artículo segundo de la Constitución y el nacionalismo españolista

En la Constitución de 1978 se afirma explícitamente que la nación española es indisoluble. De hecho, según su segundo artículo, la unidad de la Nación española no solo es indisoluble sino que, además, es indivisible: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas”. En este mismo artículo aparece también el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones. Por ello, queda claro que no se puede renunciar a lo primero sin renunciar a lo segundo. Cuando se votó esta Constitución, al pueblo no se le dio en su día la posibilidad de aceptar lo segundo sin aceptar lo primero: había que votarlo todo conjuntamente. Y esta necesaria compañía de la indivisibilidad nacional con la autonomía hace de esta Constitución una declaración de principios contra la posibilidad del reconocimiento del Estado español como un estado plurinacional.

La interpretación legal vigente de este artículo es exactamente la que acabo de caracterizar, basada en su lectura literal. En efecto, la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional lo dejó claro hace ya más de cinco años: no hay más nación que la española y el artículo segundo de la constitución no es un mero flatus vocis, es decir, un hablar por hablar. Como afirma A. Boix: “Se pretende dejar claro que nación hay una y solo una. Y hacerlo explícitamente. Para así, de paso, recordar eso que dice la Constitución de la indisoluble unidad de la nación española” 2/. Sabemos, además, que este artículo de la Constitución fue sugerido por la cúpula militar franquista: “Así las cosas tenemos que el artículo 2 de la Constitución es el producto de una imposición extraparlamentaria, casi con toda seguridad de proveniencia militar” 3/. Por consiguiente, no tenemos más remedio que reconocer que su enunciado está redactado e impuesto con el fin de eliminar de un plumazo la posibilidad del reconocimiento como nación soberana de los pueblos catalán, gallego y vasco. Esta disposición de la Constitución es un signo inequívoco de un nacionalismo radical excluyente que acabo de denominar nacionalismo ofensivo dado que se fundamenta en la idea de que la existencia misma de la nación española está determinada por la negación de la condición de nación a otras comunidades integradas por ley en esa nación 4/. No es difícil percatarse de que esta concepción de que la esencia de una nación consistente en la negación de esa condición para otras comunidades es una monstruosidad intelectual, ética y política sobre la que es imposible fundamentar una convivencia ciudadana mínimamente armónica. La definición de la esencia de una nación no debería basarse en negaciones o exclusiones: el nacionalismo españolista constitucional es un grave caso de obsesión patológica, sobre el que difícilmente puede construirse nada positivo y que fundamenta la incomprensión, la opresión y la violencia. Lo vimos el 1 de octubre pasado y lo seguiremos viendo en los meses y años venideros.

La reforma de la Constitución

Quienes hablan insistentemente de reforma de la Constitución ¿están pensado en la eliminación del artículo segundo? Si es así, deberían decirlo y argumentarlo. Valgan las anteriores apreciaciones para ayudarles. Defender la actual Constitución como base de convivencia y armonía, es situarse dentro de un nacionalismo radical excluyente, un nacionalismo ofensivo que queda malamente disimulado cuando lo que se dice que se apoya es una constitución como marco de convivencia para la ciudadanía española, aprobada por ella, incluida la catalana. Es evidente, al menos para mí, que lo que la ciudadanía catalana aprobó mayoritariamente cuando votó a favor de la actual Constitución fue la creación de un estatuto de autonomía para autogobernarse, una de las reivindicaciones básicas de la oposición antifranquista, no la idea de que la nación española es indisoluble e indivisible. Si quería tener gobierno propio, Catalunya tenía que aprobar la Constitución: tenía que tragarse la píldora entera con sus maliciosos efectos secundarios; no se le dio otra posibilidad. Ahora está sufriendo las consecuencias.

La violencia policial e institucional del nacionalismo españolista

Los acontecimientos de Catalunya de septiembre y octubre han provocado manifestaciones explícitas del nacionalismo ofensivo que he caracterizado en los párrafos anteriores. Una es el ¡A por ellos! jaleado a las fuerzas policiales que se desplazaban a Catalunya, que ha tenido su expresión institucional en las severas acusaciones llevadas a cabo por el Jefe del Estado en su mensaje del 3 de octubre según las cuales las autoridades catalanas “con sus decisiones han vulnerado de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado […] han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana” 5/ (por cierto, una buena descripción de las consecuencias del nacionalismo constitucionalista español). Otra es la exhibición de banderas españolas y las manifestaciones en favor de la unidad de España, incluida la contundente e inquietante (y también tradicional) exhibición de fuerza armada del pasado 12 de octubre. Sería un grave error pensar que esto es simplemente cosa de la extrema derecha o que gran parte de la población española ha adoptado la ideología falangista o franquista. Estamos ante la expresión de un nacionalismo ofensivo que está arraigado en la ciudadanía y que normalmente no se expresa de modo explícito, obsceno, porque se pretende ocultar, entre otros medios (incluido el adoctrinamiento educativo: piénsese, por ejemplo, en el concurso infantil ¿Qué es un rey para ti? que tanto predicamento tiene en los medios de comunicación), a través de la adhesión incondicional a la Constitución española de 1978.

El afamado y premiado escritor Mario Vargas Llosa, en su discurso del día 8 de octubre en Barcelona ante miles de personas que portaban banderas españolas y señeras y que clamaban por la unidad de España, dijo que los nacionalismos han sido y son una plaga que genera guerras y destrucción. ¿A qué nacionalismos se refería? ¿A los nacionalismos ofensivos e imperialistas? ¿Al español, quizás? Porque la gente a la que se dirigía seguía dando gritos a favor de la indisoluble unidad de España y en contra de la Generalitat y del derecho a la autodeterminación de Cataluña. El nacionalismo españolista ofensivo está tan asimilado e interiorizado que la inmensa mayoría de las personas que lo profesan no es ni siquiera consciente de él: las nacionalistas son siempre las otras naciones y las críticas al nacionalismo excluyente e imperialista nunca parecen concernirles.

Un nacionalismo radical y excluyente

Los partidos constitucionalistas tienen una gran responsabilidad porque a través de su adhesión incondicional, o más o menos incondicional según los casos, a la Constitución española de 1978, siguen ocultando, amparando y potenciando un nacionalismo españolista ofensivo de carácter radical y excluyente. Radical, porque la raíz de la nación española está, en su opinión, en una unidad indisoluble que hace imposible el reconocimiento de las naciones que conviven el estado español actual. Excluyente porque no aceptan la posibilidad de que comunidades culturales, lingüísticas, sociales e históricas como la catalana puedan reconocerse como una nación soberana distinta de la española. Los partidos constitucionalistas defienden y/o fomentan, pues, un nacionalismo ofensivo excluyente sobre en el que nunca se podrá fundamentar la armonía y la buena convivencia entre las diversas naciones que conviven en el Estado español actual.

Nacionalistas y no nacionalistas

Frente a este nacionalismo españolista ofensivo, existe un nacionalismo defensivo, que tiene un carácter bien distinto, fundamentalmente reactivo y protector. En Catalunya, en el País Vasco y también en Galiza, donde el nacionalismo ofensivo español se hace más evidente a los ojos de la ciudadanía, se ha visto necesario, imprescindible establecer un modo de contrarrestarlo y de resistirlo. Por eso hay partidos e instituciones en estas comunidades que se conciben a sí mismos como nacionalistas. Estas iniciativas solo pueden entenderse en su totalidad a partir de esa circunstancia: es imposible entender los nacionalismos gallego, vasco y catalán sin tener en cuenta el nacionalismo español. Pero los constitucionalistas dicen que no son nacionalistas, que los nacionalistas son quienes pertenecen a determinadas comunidades y luchan por su reconocimiento como naciones soberanas. En nuestro país se dice que hay partidos nacionalistas y partidos no nacionalistas y esta dicotomía parece ser aceptada por la opinión pública y por los medios de comunicación. Pero aceptarla es caer en una trampa de la que es difícil escapar: los partidos constitucionalistas siguen actuando en consonancia con los intereses del nacionalismo españolista (y del gran capital), no con los intereses de la ciudadanía española, sin que se les vea como nacionalistas.

El socialismo y la solidaridad obrera internacional

Acabo con un ruego a todas las personas que militan o apoyan a los partidos constitucionalistas que se reclaman del socialismo: por favor, pidan a sus direcciones que abandonen la defensa de los intereses del nacionalismo españolista y de la sacrosanta unidad de España y que trabajen en favor de los intereses de la clase obrera y del derecho de las naciones a ejercer la autodeterminación, que es una de las cosas que une a la clase obrera de las diversas naciones en su lucha contra la dictadura europea y mundial del gran capital. El socialismo es internacionalista y, por eso, tiene que fundamentarse en el respeto hacia la igualdad de derechos de todas las naciones. Actuar a favor del dominio de una nación sobre otra o aprovecharse de él nunca debería fundamentar la lucha por el socialismo y por la solidaridad obrera. La dictadura del imperialismo capitalista ha fomentado el enfrentamiento entre las naciones (al que hacía referencia Vargas Llosa en su discurso), basado en ese tipo de dominio, para dividir y debilitar a la clase obrera de los diversos países; es importante distinguir esta manipulación imperialista del nacionalismo de la justa lucha de las naciones dominadas en favor de su liberación. Lenin supo hacerlo; a los cien años de la revolución bolchevique, es un ejemplo que deben seguir quienes se reclamen del socialismo.

Juan Carlos Moreno Cabrera es profesor del departamento de Lingüística de la Universidad Autónoma de Madrid

14/10/2017

Notas:


1/ Lenin, “Acerca del problema de las nacionalidades o sobre la "autonomización", V.I. Lenin, Obras escogidas, vol. 3 Madrid,Akal, 1975, pp. 773-778.

2/ A. Boix Palop “La rigidez del marco constitucional español respecto del reparto territorial del poder y el proceso catalán de ‘desconexión’”, en J. Cagiao y Conde y G. Ferraiuolo (coords.) 2016, El encaje constitucional del derecho a decidir, Madrid: Catarata, p. 42

3/ X. Bastida Freixedo “La senda constitucional. La nación española y la Constitución”, en C. Taibo (dir.) El nacionalismo español. Esencias, memoria e instituciones, Madrid: Catarata, 2007, p. 122

4/ Véase sobre este punto y sobre los que expondré a continuación la exposición de J. Pastor, Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda, Madrid, La oveja roja, 2012, p. 169-192.

5/ https://politica.elpais.com/politica/2017/10/03/actualidad/1507058161_929296.html





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