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Catalunya tras el 1-O
Una irrupción constituyente que suspenda el 155
14/10/2017 | Laia Facet - Oscar Blanco

El 10 de octubre la no-declaración de la República generó un estado anímico confuso e hizo perder la iniciativa a la calle, al menos momentáneamente. Aprovechamos esta tregua palaciega de la política catalana para tratar de aportar a la respuesta colectiva de lo que muchas personas estos días nos estamos preguntando… Ahora, ¿qué toca?

El punto de partida es que hemos vivido un episodio de desobediencia civil masiva en Catalunya. Y el 3-O, las movilizaciones más grandes desde la transición e incluso de la historia de algunas poblaciones. Una dinámica de auto-organización alrededor de la defensa de los colegios electorales en los barrios y la huelga general más grande desde finales de los años ochenta. Una huelga apoyada con un cierre patronal del Govern y pequeñas empresas, sí, pero con CCOO y UGT desmovilizando y confundiendo a las trabajadoras. Este episodio ha dejado una base organizada o, al menos, movilizada que va más allá de los sectores que se han acostumbrado a tomar la calle diada tras diada los últimos años. El 3-O eso era evidente. De golpe 15M, 11S y una huelga general se encontraban en un pastiche un tanto caótico. Este espectro hizo posible el referéndum desoyendo las consignas de frenar las ocupaciones de colegios o de formar colas ordenadas y silenciosas si se confiscaban las urnas. Centenares de miles de personas dispuestas a poner sus cuerpos para hacer frente a la represión policial desde la resistencia pacífica. ¿El resultado? No tuvimos colas gigantes ante colegios cerrados, sino un referéndum desobediente y un 43% de participación en un contexto de represión, con 400 colegios cerrados. El 1 de octubre el processisme quedó desbordado y se generó un escenario para el que no tenía plan.

Seguramente hablemos de la mayor crisis del orden constitucional desde la Transición. ¿Cuál ha sido la respuesta? Vivas a la Guardia Civil y a la Policía Nacional. Es decir, negación de la brutalidad policial (la bancada del PP riéndose de los más de 900 heridos en el pleno del 11 de octubre), uso de un lenguaje propio de la Guerra Civil (Casado y su referencia a Companys) y soluciones de carácter represivo como acusar de sedición a los presidentes de ANC y Omnium y al mayor de los Mossos por el 20-S. Este clima promovido por el gobierno del PP, con la complicidad de Ciudadanos y un PSOE disciplinado, ha normalizado y estimulado una irrupción fascista y nostalgias franquistas. Su máxima expresión son las palizas de la extrema derecha en Valencia frente a la pasividad de la Policia Nacional. Hay un claro giro reaccionario que busca suturar la crisis que venía arrastrando el régimen. Una sutura a base de triturar derechos y libertades fundamentales atentando contra la población catalana, pero también contra la de todo el Estado.

La izquierda se encuentra ciertamente aislada frente a toda la maquinaria del régimen trabajando en dividir el campo entre unidad/independencia, entre golpe/constitución… En definitiva, conmigo o contra mi. Las llamadas al diálogo, por ahora, obvian que hay una realidad viva en Catalunya que no se sintetiza en la figura de Puigdemont, como se ha puesto de manifiesto tras la no-declaración. Es verdad, los discursos del independentismo fácil han sido irresponsables, pero las llamadas a un diálogo sin concretar plazos, sin interlocutores legitimados, sin pedir la retirada de policía y tropas, sin un referéndum y sin la amnistía es también una irresponsabilidad. Así, el diálogo sin más puede ser una consigna defensiva, pero no materializa una estrategia que debe ser doble: frenar las fuerzas reactivas que están amenazando en las calles y la búsqueda de un cambio de la correlación de fuerzas actualmente desfavorable.

Eso no implica abogar por un aislamiento de Catalunya y un principismo de las izquierdas de ámbito estatal que sería aniquilador para ambas. Por un lado, hay que desenmascarar el papel de la oligarquía española, de los sectores neo-con del PP, así como,la connivencia de cuerpos policiales con la extrema-derecha. Por otro lado, las fuerzas democráticas del conjunto del Estado español, con la implicación del soberanismo catalán, debemos recuperar la iniciativa política rearmando un horizonte de procesos constituyentes que permita dar respuesta a las desazones de las clases populares y romper el aislamiento de Catalunya.

El giro reaccionario sólo tiene de especificidad española los símbolos en los que se expresa, pero no podemos desligarlo de un giro generalizado a escala internacional; tampoco del aislamiento que esto ha generado en Catalunya. La Unión Europa nos ha dado el toque: volved al orden constitucional. La Europa fortaleza tiene sus propios intereses que son los del capital español, como los tenía con la oligarquía griega enfrentada a la voluntad del pueblo heleno expresada en referéndum. Más allá de ecos internacionales de la represión, hay que rastrear solidaridades en los pueblos que sufren el giro xenófobo y autoritario. Encontrarnos con las aspiraciones de una salida favorable a las de abajo a esta crisis. Contagiarse o agonizar es la dicotomía para los intentos transformadores.

“¿Quieres que Catalunya sea un estado independiente en forma de República?”

Lo coherente desde el Govern sería que Puigdemont hubiera dicho que Catalunya se declara República independiente y abre un proceso constituyente para llegar a ésta. Lo interesante habría sido evitar caer en la trampa DUI dejando a amplios sectores por el camino que se han comprometido las últimas semanas. Recuperar la amplitud soberanista perdida con las plebiscitarias. Lo inteligente sería combinar un acto de ruptura con una mirada a medio plazo que permita armar el bloque soberanista en Catalunya, social y materialmente. Avanzar ensanchando, pero avanzar.

Sin embargo, la DUI ha operado estas semanas como palabra-cosa: azuzar contra la legitimidad del 1-O; intentar dividir las fuerzas movilizadas en Catalunya; justificar los artículos 155 y 116; frenar la dinámica generada a quienes querrían un proceso controlado; caramelo de auto-consumo independentista, etc. Puigdemont no ha escapado de la palabra-cosa-DUI, sólo ha hecho una pirueta de corto alcance. Una declaración de compromiso con el 1-O, auto-suspensión y emplazamiento al diálogo. Mano tendida que en menos de 24 horas ha recibido el requerimiento del consejo de ministros, primera fase recogida en el artículo 155. Sin embargo, las dificultades que atravesamos no pueden superarse con piruetas que han desorientado a la base social ensanchada que defendió colegios el 1-O y protagonizó una huelga histórica el día 3. El balón estaba en la calle, y no en los tejados de palacio.

En definitiva, la independencia fácil se ha agotado. Los discursos de la “desconexión legal” o el paso “de la ley a la ley” han coartado al soberanismo de un debate profundo sobre la desobediencia civil masiva, así como el tipo de herramientas organizativas y materiales para sostenerla. La cultura política de delegar en el Govern ha hecho que las bases de organización popular se hayan desarrollado a contra-reloj. Deprisa y corriendo, desde los Comités de Defensa del Referéndum y otros espacios similares, buscamos prepararnos para situaciones donde el apoyo mutuo será fundamental para vencer el miedo y las dificultades materiales. Mantener la unidad de acción, desbordando dificultades y superando miedos. Un debate serio sobre el poder por primera vez desde 2012 .

A las amenazas políticas se han sumado las amenazas del capital. Gas Natural, CaixaBank, Banc Sabadell,... y 6 de las 7 empresas catalanas del IBEX han cambiado de localización sus sedes sociales. Es una medida que no tiene efectos prácticos y sólo busca generar presión política. Como la presión del Cercle Català de Negocis sobre Puigdemont los días previos al 10 de octubre. Al vernos en este chantaje salta a la vista que las políticas de Convergència de privatización y externalización han desarmado el sector público, debilitándonos para hacer frente a estas amenazas. Por si fuera poco hay que sumarle la falta de un plan para este escenario. Un plan que pudiera desarrollar mecanismos de auto-gobierno y control económico, así como el impulso de la economía social y solidaria para afrontar las amenazas de ahogo económico y evitar la sensación de angustia de la gente. Las supuestas “estructuras de Estado” que debían asegurarnos un camino a la autodeterminación efectiva, utilizadas para callar la críticas a las políticas neo-liberales del Govern, no se han desarrollado prácticamente nada.

La Declaración de Independencia no podía materializarse inmediatamente. Sin embargo, el problema de la pirueta no ha sido esquivar la DUI, sino la desorientación y desmotivación provocada. Comunicativamente fue un despropósito y no se gestionaron para nada las expectativas. A diferencia del 1 y el 3 de octubre el papel reservado para la base social del soberanismo era de meras espectadoras. Las defensoras de colegios y huelguistas llamadas a ver en pantallas gigantes un pleno como si de una competición deportiva se tratará. Antes de los 8 segundos fatídicos ya iba todo mal. En un momento donde el giro reaccionario buscaba debilitar. En un momento donde la apuesta debe ser una propuesta que mantenga la unidad del bloque democrático, en vez de apostar todo a la represión del Estado, a nuestro entender, proclamar la República y abrir un proceso constituyente.

Estos días los Comités de defensa del referéndum (CDR) y otros espacios están rearmándose y explorando cómo construir un movimiento popular por la autodeterminación. Alguna gente recupera los ánimos y otra sigue confiando en jugadas maestras del Govern. Hay un potencial constituyente a desplegar, a recorrer y a experimentar. Además de imponer plazos para la ruptura seria el momento de abrir un proceso constituyente popular y radicalmente democrático. Una apuesta que puede devolver la iniciativa a las calles y a la movilización, evitando mandar a la gente a su casa. Constituir una república catalana, sin cerrar una posible relación confederada con el resto de pueblos del Estado que contagie al resto la voluntad de superar este régimen. El articulo 155 está sobre la mesa, hay que desbordar cualquier vía represiva del Estado. Pero también los intentos de freno vía pacto entre élites que nos devolverían ya no al processisme, sino al pujolisme, donde las élites políticas se han sentido siempre cómodas, donde las de abajo hemos sido siempre excluidas.

Esta irrupción constituyente necesita de la aportación del sindicalismo combativo y los movimientos sociales que ya anticiparon la represión del 1 de octubre y pusieron sobre la mesa la huelga general como respuesta, pese a que se les invisibilizara. De la misma manera, el cooperativismo y la economía feminista vienen aportando reflexiones y prácticas que pueden fortalecer un poder constituyente. El reto no es un “proceso participativo” para redactar una Constitución. Se trata sobre todo de buscar teclas para transcrecer la auto-organización popular en una nueva institucionalidad capaz de sostener el conflicto con el Estado español sin dejar a las clases populares y quienes no tienen medios privados para resistir en la cuneta. ¿Qué mejor manera de convencer a indecisos y apáticos que responder a sus problemas y emergencias?

13/10/2017

Laia Facet y Oscar Blanco, militantes de Anticapitalistes





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