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Los derechos humanos en entredicho
Infantilización y brutalización, herramientas de sometimiento
06/10/2017 | Gonzalo Grimaldi

Nuestra sociedad está cada día más dominada por herramientas basadas en la infantilización y la brutalización como medio de control y dominio sobre la población. Son los dos pilares fundamentales que el complejo mediático-patriarcal-capitalista utiliza para que no sólo dejemos de cuestionar las estructuras de poder vigente, sino que, además, estas se propaguen de forma virulenta con el fin de que pasemos a tener un rol activo en la sociedad y formemos parte de esas realidades psicológicas en la que las ideas dominantes, descritas como “El pensamiento único” 1/por el escritor y periodista Ignacio Ramonet —ex-director de Le Monde diplomatique y miembro fundador de ATTAC, Asociación por la Tasación de las Transacciones financieras y por la Acción Ciudadana—, se desarrollen como las herramientas base con las que el poder establecido trata de hegemonizar, con éxito, sus principios y dogmas, basados en la anulación del pensamiento crítico, la imposición de la privatización y saqueo como forma de gobierno y, por último, el deterioro y colapso de los derechos fundamentales de los seres humanos, establecidos —no sin un periodo de luchas que tardarían siglos en cristalizar— en la Carta Internacional de Derechos Humanos 2/.

Estos documentos forman parte base de lo que conocemos como el mundo de la Política y la Jurisprudencia, encontrándose sus fuerzas de oposición en los medios —financieros, laborales, productivos, mediáticos y también políticos— que los grandes capitalistas, los que están en los mercados financieros internacionales, utilizan para imponer aquello que la crítica llama la lógica neoliberal. Un término, neoliberalismo, que no ha llegado a ser admitido en un documento del Fondo Monetario Internacional hasta el año 2016 —y que de hecho lo asume cínicamente como un fracaso 3/—, que resulta en la acumulación progresiva, en su gran mayoría por parte de hombres blancos de ascendencia europea naturales de Norteamérica y Europa, de las grandes riquezas financieras y gigantescos recursos naturales globales, así como de la fuerza de trabajo, y de lo que trata este artículo, el desarrollo de gran parte de la conducta humana.

El dogma de esta nueva iglesia que, desde que echara abajo el muro antifascista de Berlín, propone supeditar todo lo político a lo financiero, siempre menos Estado y de peor calidad, consiguiendo modelar culturalmente a través de los medios de comunicación de masas lo que se viene a llamar la opinión publicada, distinto pero en relación al tan manido significante de la opinión pública. A menudo ejerciendo la segunda una relación de vasallaje respecto a la primera, algo que fluctúa en el campo de lo inconsciente pero que tiene enormes efectos determinantes sobre la realidad, y es aquí donde vienen a la cabeza las palabras de Ramonet, que puntualizó “Sabiendo con certeza que, en nuestras sociedades mediáticas, repetición equivale a demostración”. Las herramientas base están tan propagadas en la cultura global, que podemos encontrarlas en cualquier rincón del mundo; son dos y muy sencillas: la infantilización y la brutalización de la población. Como ejemplo reconocible para cualquiera, las estrategias psicológicas de poli bueno y poli malo.

Estas herramientas de dominio psicológico pulsan en diferentes estratos de la conciencia humana y están tan repetidas y normalizadas que la mayor parte de la población no las cuestiona como algo ajeno a su propia naturaleza. Como cualquier psicólogo y psiquiatra del siglo XXI sabe, forman parte del comportamiento adquirido. ¿Cómo adquirimos estas conductas? Por un lado, a través de la cultura propagada en los medios de comunicación de masas, en manos de corporaciones; por otro, en la cultura que la gran mayoría de los núcleos familiares han establecido de forma adquirida, bien sea por origen directo o indirecto, a través de las diferentes formas de cultura patriarcal incrustadas en las educaciones religiososas y propiamente domésticas; la palabra familia viene del latín “familia”, patrimonio doméstico y a su vez de “famulus”, sirviente, esclavo. También se adquieren en la cultura laboral y competitiva que producen las relaciones —y cada día más, la falta de estas— entre trabajadores de empresa, sin importar escalafones en las jerarquías, aunque siendo estas un elemento determinante para su desarrollo. Por último, en la cultura académica, donde es particularmente importante la educación adquirida en las etapas más tempranas, la educación infantil, primaria y secundaria, pero no menos importante el cambio de modelo educativo, también cultural, que se vive en las educaciones superiores basadas en la misma lógica neoliberal, una desuniversalización y restricción del acceso a las educaciones superiores, que era más habitual en los Estados Unidos de América durante el siglo XX, donde ha ido a peor con el sistema de créditos universitarios y que en Europa pasa a concretarse de forma abrupta y traumática a través de los Procesos y Acuerdos de Bolonia.

Por desgracia, y contando excepciones que confirman la norma, Occidente se encuentra en un estadio de plena decadencia social, para gran beneficio de unos pocos, que se han enriquecido de estas estrategias de dominación social. Esta desuniversalización de la educación superior repercute en una exclusión al mercado laboral intelectual para la mayor parte de la población, ya que la nueva visión de la Universidad como industria basada en el lucro, sólo permitirá el acceso a esos títulos a quienes puedan cargar con el peso de las tasas, y que con el tiempo y para la mayoría, en un futuro se convertirán en pesadas cadenas crediticias. En su gran mayoría, esas factorías de acumulación de capital responsables de estos retornos a tiempos previos a la Primera Guerra Mundial están en relación, bien por origen o por relaciones colusivas, a la aristocracia capitalista, lo que los británicos llaman old money y que en muchos casos como el español, coinciden casi plenamente con la propia aristocracia nobiliaria, cuando no se entrelazan directamente a través de matrimonios de conveniencia como el caso de los Entrecanales Franco, dos de las familias beneficiarias del Canal de los Presos del Bajo Guadalquivir. Y cuando no es así, se crean y conceden los títulos nobiliarios para la ocasión, hablamos aquí de las familias que tradicionalmente han tenido y tienen gran poder y riqueza a lo largo de su linaje, en escalas que van desde los mercados locales, pasando por los domésticos y regionales —en el sentido económico— y llegando hasta los globales.

¿Por qué es tan importante para ellos infantilizar y brutalizar a la población de sus países? En primer lugar, para que pierdan tanto la capacidad crítica que conllevan las herramientas intelectuales que les permitirían ejercer una oposición ideológica a sus políticas, como las herramientas organizativas que les permitan ejercer una oposición fáctica a sus entramados. En segundo lugar, para generar una serie de prácticas no escritas que se propagan a través de conductas adquiridas y que a su vez generan conflictos internos en el seno de los núcleos familiares y laborales de las clases trabajadoras, así como en la propia conciencia de los individuos, pasando estos a ejercer parte activa —muy conveniente para las élites— de esas culturas en las relaciones humanas, y que vemos reflejadas en las encuestas de opinión y en los procesos electorales que llevan a los partidos tradicionalmente hegemónicos al poder político, aquellos que ejercen de mecanismo de transmisión a los intereses de las oligarquías, en un proceso psicosocial que viene a ser conocido como “conciencia de esclavo”.

Esto se ve particularmente claro a través del análisis de los agentes del patriarcado, que aunque mayoritariamente es ejercido por hombres, muchas de las mujeres que viven en nuestras sociedades modernas se ven arrastradas por los mecanismos de habituación, coerción y coacción con los cuales el patriarcado, íntimamente ligado a la cultura capitalista, degrada las condiciones materiales de las mujeres, que a su vez y en la mayoría de ocasiones, se ven obligadas a tomar decisiones contrarias a sus propios deseos. Es algo que también podemos encontrar en el mundo laboral, desde la existencia de los esquiroles —producto en sí mismo de la propaganda de los medios de comunicación corporativos y el miedo a la patronal— hasta el amarillismo sindical contrario a los intereses de la clase trabajadora; o también, en el mundo de la información, cuando un actor periodístico se ve obligado a malinformar a la población a causa de la presión que desde la dirección de un medio de comunicación se ejerce por motivos políticos y patrimoniales convenientes a las oligarquías, o simplemente por afinidad ideológica y oportunismo, asumiendo como cierto el beneficio a corto plazo de la ’teoría del derrame’.

¿Cómo se desarrollan estos procesos en psicología social? En sociología, el término poder se divide en cuatro significantes. Primero, la capacidad de hacer o ser; segundo, la capacidad de ejercer un dominio hegemónico sobre uno o varios individuos; tercero, la habilidad de influir sobre estos; y, por último, la autoridad suprema reconocida en una sociedad. La infantilización y la brutalización son estrategias combinadas de poder para anular el poder de otros, desde individuos hasta grandes colectivos.

La infantilización consiste en tratar a los demás, bien sea en el fondo semántico, bien sea en las formas utilizadas, como si fueran niños. Es el lado blando e invisible del autoritarismo. Se encuentra tan normalizado que es la forma en la que la mayoría de las veces escuchamos a los adultos dirigirse a las personas que tienen 12 o menos años. Este proceso incluye tratar a los demás adultos como si tuvieran dificultades de comprensión y a su vez se diversifica en grupos sociales completos, como los jóvenes. Por ejemplo, la utilización peyorativa que los opinadores de los medios de la oligarquía dan a los términos millenial, de moda en esta década, o el uso de nini, aún vigente, que en lugar de ser una manipulación verbal, es creado de la nada en la década anterior. En suma, se trata de establecer una relación de superioridad intelectual y de sometimiento desde la propia conducta, que en muchos casos produce rechazo, pero que en la mayoría de las ocasiones se integra al subconsciente colectivo y hace que en base a la repetición, la víctima ejerza un papel propagador de esa forma de dar el trato, cuando a su vez son víctimas de ese mismo maltrato idiotizador, convirtiéndose la víctima en defensor del opresor de forma inconsciente. En estos días, vemos al colectivo de trabajadores de la estiba en lucha por sus derechos laborales; están muy bien organizados y llevan varios meses realizando huelgas con un 100% de seguimiento. Los opinadores de la oligarquía hablan de unos supuestos privilegios que estos trabajadores tienen respecto a las condiciones materiales en las que viven los demás trabajadores, en una clásica estrategia de dividir y vencer a la clase obrera; no sólo en esta lucha en particular, si no en general a todo el colectivo de la clase trabajadora. Por desgracia, vemos como amplios sectores de la población entran al juego y se dedican a repetir el discurso idiotizante. La infantilización se puede ver también en otros escenarios que llegan hasta el núcleo familiar.

Por otra parte, la brutalización consiste en otra medida de represión basada en la modificación de la conducta y que está íntimamente relacionada a la infantilización, pues sus objetivos son exactamente los mismos, anular el pensamiento y la voluntad de individuos y colectivos que se encuentran en una posición subalterna, y disuadirlos para su auto-organización. La diferencia está en los medios, en los que interviene la violencia, tanto la estructural como la cultural, que se visibiliza en la física, y que puede ser también verbal. Sobre la violencia estructural en el capitalismo debemos referirnos a la transición del concepto de riqueza desde el feudalismo hasta el sistema vigente actual. Como explica Silvia Federici, “[en el capitalismo] cambia la concepción de la riqueza social, los primeros economistas del capitalismo dicen que la riqueza no es la tierra, la riqueza es el trabajo humano. Entonces comienza con el capitalismo una concepción del trabajo humano nueva, como algo que se puede intensificar, que se puede desarrollar, que puede tener nuevas formas de productividad; así como se cultivaba la tierra, así se cultiva el trabajo humano. El objetivo era medir cuanta fuerza de trabajo había. Es por esto, que en el desarrollo del capitalismo en su primera fase, lo que puede verse es una acumulación inmensa de trabajo humano, se ve esclavitud, millones y millones de personas traficadas para el trabajo esclavo” 4/
. Del trabajo esclavo se pasa al trabajo asalariado, y esto supone la creación del concepto de las condiciones materiales, que subordinan cualquier relación social a la situación material en la que un individuo o colectivo se encuentre.

Johan Galtung, que fue quien creó la teoría del “Triángulo de la Violencia,” desarrolla que la violencia estructural es la peor de las tres violencias de su modelo y que esta se centra en el conjunto de estructuras que niegan la satisfacción de las necesidades básicas a los seres humanos. A su vez, la violencia estructural se retroalimenta en la violencia cultural, ejercida de forma colectiva por el patriarcado y el liberalismo económico. Es el marco legitimador creado por estas estructuras de pensamiento que definen las actitudes, donde se desarrollan tanto la infantilización como la brutalización, que ya entra en el campo de la violencia física. Según Galtung, las formas de violencia cultural se legitiman y expresan “desde infinidad de medios —simbolismos, religión, ideología, lenguaje, arte, ciencia, leyes, medios de comunicación, educación, etc.—, y cumplen la función de legitimar la violencia directa y estructural, así como de inhibir o reprimir la respuesta de quienes la sufren, y ofrecer justificaciones para que los seres humanos, a diferencia del resto de especies, se destruyan mutuamente y sean incluso recompensados por hacerlo”. 5/.Podemos encontrar claros paralelismos entre la “Cultura de la violencia” de Galtung y la “Cultura de la violación” desarrollada por la segunda ola del feminismo en los años 1970. La cultura de la violación forma parte de la brutalización —término muy usado por las y los miembros del partido Pantera Negra de Autodefensa— a la que la especie humana se ve sometida por el patriarcado, el liberalismo económico, el supremacismo blanco y el eurocentrismo cultural.

La brutalización la practican desde el maltratador laboral, en donde quien la sufre es el trabajador maltratado, pasando por el maltratador doméstico, donde las víctimas suelen ser la pareja y los hijos e hijas de esta, así como específicamente los policías antidisturbios —enfatizar aquí el artículo masculino, ya que las mujeres son completa minoría dentro de esos cuerpos policiales—, que habitualmente vemos maltratar a colectivos como Stop Desahuciosy quienes les apoyan en su defensa ante bancos, fondos buitre y grandes inmobiliarias asociadas a estos, que visibilizan esas situaciones. Esta brutalización también es ejercida por los policías antidisturbios que se dedican, junto a elementos de la inteligencia policial, a reventar grandes manifestaciones de componente obrerista en las que la élite financiera de una sociedad se siente amenazada, sin que estas tengan un componente literalmente insurrecto en su concepción, para así ser deslegitimadas hacia la opinión pública, que ya ha sido previamente doblegada de forma cultural para condenar actos de violencia explícita contra la autoridad represora leal a los nuevos absolutismos que representan los mercados financieros internacionales —a menudo vemos que cuando esta autoridad es contraria a esos intereses se le ataca permanentemente desde esos mismos flancos—, siendo el Estado quien pasa a ejercer de forma directa la violencia creada por la superestructura capitalista. Remarcar, finalmente, y por si no hubiera quedado claro, que todas las violencias nacen y se establecen desde la negación de las necesidades fisiológicas humanas básicas como techo, alimentación, descanso, ropa, seguridad económica —estabilidad y seguridad laboral y de recursos—, seguridad física —debido a la guerra, desastres naturales, maltrato y abusos—, acceso a salud y bienestar, y por último y no menos importante, una red de seguridad en previsión de jubilaciones y contra accidentes, enfermedades y cualquier tipo de impacto adverso. Es más que evidente que en la actualidad, a efectos prácticos, estos derechos plasmados en la Carta Internacional de los Derechos Humanos son ignorados en la inmensa mayoría de los países del mundo.

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En el video, una trabajadora mexicana se graba mientras es despedida por su jefe por haberse quedado embarazada. Le dan 2.000 pesos que hoy, en 2017, equivalen a 100 euros, 110 dólares americanos. En el mismo video que acabó por ser borrado de la página de videos virales F A F H O O, en el debate abierto en los comentarios a raíz de esta publicación se pudieron ver los altos niveles de ignominia que alcanzan los resultados de esta violencia cultural, patriarcal, generalizada en la actualidad.


Notas:

1/ Ramonet, Ignacio. (1995) La pensée unique, editorial de Le Monde diplomatique de enero de 1995

Traducción http://altermundismo.blogspot.com.es/2006/07/n26-el-pensamiento-unico-ramonet.html

2/ Que incluye, a saber, el Pacto Internacional de los Derechos Civiles y Políticos adoptado por la Asamblea General de Naciones Unidas a través de la resolución 2200A (XXI) de diciembre de 1966, que entró en vigor en marzo de 1976; el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de diciembre de 1966, activado en enero de 1976; los Protocolos Facultativos correspondientes a este Pacto Internacional, el segundo destinado a abolir la pena de muerte, junto al Protocolo Facultativo del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, adoptado en diciembre de 2008 y que entró en vigor en mayo de 2013; todos estos basados en la Declaración Universal de Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de Naciones Unidas en la resolución 217 A (III) el 10 de diciembre de 1948 en París y que también se incluye en esta Carta Internacional de los Derechos Humanos. Recordar que estos documentos son de carácter consultivo y consuetudinario, que sirven para establecer fuentes de derecho y desarrollar así leyes fundamentales y constituciones de muchos Estados y de otras legislaciones nacionales. Los dos Pactos Internacionales; el de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y el de Derechos Civiles y Políticos, constituyen los acuerdos vinculantes de 1966, y en ellos se desarrolla la Declaración Universal, plasmando en obligaciones jurídicas los derechos que aparecen en esta y, a su vez, estableciendo órganos para vigilar el cumplimiento de los Estados parte.

3/ Jonathan D. Ostry, Prakas Loungani y David Furceri. (2016) Neoliberalism: Oversold? Finance & Development. IMF href="http://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2016/06/ostry.html">http://www.imf.org/external/pubs/ft/fandd/2016/06/ostry.html

4/ Federici, Silvia. (2015). El Patriarcado del Salario: “Lo que llaman amor, nosotras lo llamamos trabajo no pagado” http://www.anred.org/spip.php?article9860

Entrevista original de Gladys Tzul Tzul, 2015. Comunidad de Estudios Mayas y doctoranda en Sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Fuente más antigua encontrada en https://comunitariapress.wordpress.com

5/ Galtung, Johan. (2003). Tras la violencia, 3R: reconstrucción, reconciliación, resolución. Afrontando los efectos visibles e invisibles de la guerra y la violencia. Gernika: Bakeaz/Gernika Gogoratuz.





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