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Entrevista a Gilbert Achcar sobre las revoluciones árabes
"Una experiencia fuente de esperanza para el futuro"
23/09/2017 | Yann Cézard

De la revolución a la contrarrevolución en el mundo árabe, ¿hay que perder la esperanza? ¿Mantienes alguna forma de optimismo a pesar de las tragedias y los retrocesos que se suceden estos últimos años?

No hay que perder la esperanza mientras exista el potencial que permite tener esperanza. Como ateos, no creemos en los milagros, ni en las intervenciones divinas. Lo que queda por tanto es una cuestión de juicio sobre el potencial de cambio. En lo que se refiere al mundo árabe, ha habido derrotas, cierto, pero no aplastamiento de los movimientos de masas y de las fuerzas políticas progresistas que hicieron los levantamientos de 2011, como se pudo hablar de aplastamiento del movimiento obrero alemán tras la llegada al poder de los nazis.

Incluso en el caso de Siria, donde la situación es de lejos la más trágica, no ha habido aplastamiento directo y sistemático de quienes -jóvenes, hombres y mujeres, demócratas, progresistas, laicos- estuvieron en el corazón del levantamiento de 2011. Pocos de ellos se han implicado en la guerra civil, y muchos han salido al exilio, desde donde mantienen la llama revolucionaria.

Por otra parte, mi opinión se apoya también en la conciencia de que lo que estalló en 2011 es un proceso revolucionario de larga duración que, naturalmente, no podía proseguir en línea recta, ascendente; tanto más en la medida que lo que se llama, en una cierta jerga, las condiciones subjetivas estaban lejos de estar reunidas. El retorno del péndulo era inevitable.

Sin embargo la ebullición actual en ciertos países, en particular en Marruecos, Túnez e incluso en Sudán, muestra claramente que el potencial explosivo anclado en la crisis socioeconómica, estructural, que conoce la región, ese potencial sigue estando ahí, y no está próximo a disiparse. No se trata de ser optimista. Rechazo la alternativa optimismo/pesimismo. No hay demasiadas razones para ser optimista hoy en el mundo árabe, pero no confundo optimismo y esperanza. La esperanza se funda en el potencial, la posibilidad objetiva a largo plazo que va a depender del factor subjetivo y de la concurrencia de circunstancias. No es en absoluto una creencia en la ineluctabilidad de un futuro feliz.

A propósito de Siria, el caso más trágico como dices, ¿piensas que Assad ha ganado definitivamente la guerra civil, o puede haber todavía otra salida?

Es una victoria pírrica. Assad ha ganado en el sentido de que sigue en pie, e incluso hoy hay un consenso internacional para mantenerle. El último que se ha sumado a ello ha sido Macron. Desde este punto de vista, Assad ha ganado, pero permanece en el poder con muchas comillas, pues es totalmente dependiente de Irán y de Rusia, e incluso entre los sirios que constituyen su propio campo, una buena parte de las regiones supuestamente bajo el control del régimen están de hecho sometidas al poder de milicias incontrolables, que son oficialmente pro-régimen pero tienen más que ver con el bandidaje.

Para un renacimiento del movimiento revolucionario en Siria, sería preciso un compromiso que pusiera fin a la guerra en condiciones que permitieran la vuelta de las personas refugiadas y la renovación de la acción política. La única posibilidad hoy sería un acuerdo internacional, comprendiendo el despliegue en el país de una fuerza internacional de mantenimiento de la paz que pudiera dar confianza a quienes no se fían ni del régimen ni de los grupos armados de oposición.

¿Qué hay de las condiciones objetivas que prevalecían en el momento de la explosión revolucionaria de 2011? ¿Porqué dices que las condiciones subjetivas no estaban reunidas en 2011?

Túnez es una buena ilustración de todo ello. En comparación con los demás países de la región, las condiciones subjetivas allí eran y siguen siendo de lejos las mejores. ¿Por qué? Porque es el único país de la región en el que existe un movimiento obrero organizado con una real autonomía en la base, e incluso en los escalones intermedios. Solo la cúspide estaba sometida al poder bajo Ben Alí. Es esta situación única la que hace que Túnez fuera el eslabón más débil de la cadena de los Estados de la región, y esto estaba determinado por la existencia de condiciones subjetivas que hay que añadir al peso de la crisis objetiva común a toda la región.

No es por casualidad que todo el levantamiento regional comenzara en Túnez, y que ese país fuera el primero de la región en el que el movimiento popular lograra apartar a un dictador. El movimiento obrero fue la punta de lanza, la verdadera dirección del levantamiento de diciembre 2010-enero 2011 en Túnez. No fue en absoluto una revolución facebook como han podido decir los medios occidentales sobre la primavera árabe.

Existía una poderosa organización que pudo dirigir la explosión tunecina. Si ésta pudo transformarse en levantamiento nacional, fue gracias a la central sindical, la UGTT, y en particular sus sindicatos más combativos, como los de enseñantes, que jugaron un papel clave en la extensión del levantamiento. No es tampoco una casualidad si de los seis países árabes que conocieron un levantamiento grande, Túnez es el único en que las conquistas democráticas han sido preservadas hasta hoy. Esto también es el producto de una correlación de fuerzas en la que el movimiento obrero es determinante. El movimiento obrero es la principal componente del factor subjetivo en Túnez, pero está limitado a la perspectiva del cambio político democrático. Sería necesario que se radicalizara para ir más allá, porque para salir de la crisis es indispensable un cambio radical del orden sociopolítico y socioeconómico; dicho de otra forma, de la naturaleza de clase del poder.

Esto nos lleva a discutir sobre la cuestión del partido revolucionario y de las fuerzas revolucionarias en el mundo árabe. Leyendo tu último libro, resulta chocante tu evaluación de los errores de la izquierda regional. Dibujas un cuadro muy crítico de ella.

Si. Es en esto en lo que consiste en primer lugar la debilidad de las condiciones subjetivas en la región: el cambio revolucionario que está al orden del día objetivamente no tiene correspondiente entre las fuerzas políticas en presencia. Sigue sin haber una fuerza política capaz de dirigir este cambio. Hay evidentemente gente de extrema izquierda que aspira al cambio radical, pero por regla general son demasiado débiles.

Lo que se ve en marcha son conglomerados de sensibilidades políticas diversas que van de la izquierda radical a los liberales-progresistas (en referencia al liberalismo político), que se han aliado a uno u otro de los dos campos contrarrevolucionarios que son las fuerzas de los antiguos regímenes y las oposiciones islámicas integristas. En un primer momento, un poco en todas partes, puesto que el levantamiento se hacía contra los antiguos regímenes, se vieron alianzas con los integristas, luego en un segundo momento, incluso de entrada en algunos casos (pienso en el caso de Siria), se ha visto que había grupos que tenían una actitud más que ambigua hacia fuerzas del antiguo régimen en nombre de la oposición a los integristas.

En Egipto, hemos visto a los mismos pasar de la alianza con los integristas contra el régimen, a la alianza abierta y declarada con el ejército, por tanto con el antiguo régimen, contra los integristas. En Siria, al contrario que en Túnez, o Egipto, no había red organizada a causa de la naturaleza ultrarrepresiva del régimen. La oposición había sido diezmada por la represión a lo largo de los años. El levantamiento fue dirigido al comienzo por una red de comités de coordinación que se había formado espontáneamente haciendo un uso intensivo de los medios que ofrece internet. Luego delegó en un autoproclamado Consejo Nacional Sirio, instalado en Estambul bajo tutela turco-qatarí y dominado por los Hermanos Musulmanes. Una parte importante de la izquierda siria se lanzó a esta aventura condenada al fracaso.

En ningún sitio se ha visto emerger una dirección mínimamente creíble con una línea de independencia política respecto a los dos polos de la contrarrevolución. Estos dos polos están por otra parte anclados en los bastiones de la reacción a escala regional que son las monarquías del Golfo, con Qatar apoyando a los integristas y los saudíes apoyando a los antiguos regímenes.

Planteas en tu libro una paradoja a propósito de Túnez. El Frente Popular y la UGTT quisieron aliarse a Nidaa Tunes, que reagrupa a los hombres del antiguo régimen, frente al peligro de una dictadura islamista dirigida por Ennahda, pero el episodio ha concluido con un compromiso entre los hombres del antiguo régimen y los islamistas. El Frente Popular se ha encontrado apartado de este compromiso... y condenado a la independencia política. Lo que para ti es más bien una buena noticia.

Si, condenado es el término apropiado. Una parte de la izquierda tunecina se alió con Ennahda en 2011, luego, tras la llegada al poder de Ennahda tras las elecciones, se le opusieron. Esto les llevó a establecer una alianza con los restos del antiguo régimen, reagrupados en Nidaa Tunes, contra Ennahda. Es un poco el mismo guión que en Egipto: hubo el 30 de junio de 2013 en Egipto [manifestaciones inmensas contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes precediendo al golpe de Estado militar del 3 de julio] y el 6 de agosto de 2013 en Túnez [una enorme movilización obliga a Ennahda a entrar en un proceso que conduce a abandonar el poder]. Con la diferencia por supuesto de que no ha habido golpe de Estado en Túnez, donde el ejército no juega el mismo papel y no tiene la misma influencia.

En el momento de la formación del gobierno por Nidaa Tunes, una parte de la izquierda tunecina estaba completamente dispuesta a formar parte de él. Lo que impidió esto fue la decisión de Nidaa Tunes de cooptar a Ennahda más que a la izquierda, y como la izquierda había declarado a Ennahda enemigo absoluto, no le era posible participar en ese gobierno de coalición. Se han visto entonces condenados a la independencia. Tanto mejor, es lo mejor que podía pasarles. Pero tampoco en este tema la izquierda tunecina está al nivel de radicalidad que exige la situación.

Ésta es totalmente explosiva. El paro de la juventud es abrumador y las condiciones socio-económicas no dejan de degradarse. Esto requiere una actitud más radical que la que ha adoptado el Frente Popular hasta ahora. En lugar de empujar al movimiento obrero por la vía política de un poder de clase, la izquierda se suma al mito del sindicalismo que debe permanecer fuera de la política, contrariamente a lo que ha sido la UGTT históricamente. Esta falta de radicalidad de la izquierda es una de las claves (no la única) que explican porqué la radicalidad del integrismo totalitario del Estado Islámico ha podido atraer a tantos jóvenes tunecinos. Túnez ha sido la que más jóvenes ha aportado al Estado Islámico, en proporción a su población. Las otras claves son el paro de la juventud y la inmensa frustración de una juventud que creyó en el cambio en 2011, y que se encuentra con un presidente que es ¡de los tres más viejos jefes de Estado del mundo!

Los islamistas, del tipo Hermanos Musulmanes, han llegado al poder en Egipto y Túnez. ¿En que se han convertido tras la prueba del poder? En Occidente, hay una musiquilla, que se ha vuelto ensordecedora los últimos años, según la cual las revoluciones árabes eran un malentendido, habrían estado condenadas desde el comienzo a estar dominadas por fuerzas reaccionarias, los islamistas. Ahora bien, tú dices en tu libro que el islamismo era "la ideología contrahegemónica dominante" en el mundo árabe desde el comienzo de los años 1980. Entonces, ¿en qué situación se encuentra actualmente? Y, ¿cómo la izquierda revolucionaria puede romper la tenaza formada por las dos grandes fuerzas contrarrevolucionarias de la región?

En 2011, la visión orientalista según la cual la cultura, la religión de esas poblaciones les condenarían a la reacción retrocedió durante un momento. Se constataba con ingenuidad: "Mira, esos árabes aspiran a lo mismo que nosotros...". No duró mucho: con la reacción, el viejo discurso volvió con fuerza. "Más vale tener unos dictadores en esos países que los integristas que son la única alternativa posible". Como cuando Chirac justificaba el puño de hierro de Ben Alí. Es una visión profundamente despectiva.

Dicho esto, el que los Hermanos Musulmanes fueran a jugar un papel crucial era algo sabido de antemano. Es una cuestión de correlación de fuerzas. La derrota del nacionalismo de izquierdas que dominaba la región en los años 1960, simbolizada por la derrota árabe frente a Israel en junio de 1967, abrió la vía al ascenso de dos polos opuestos: una nueva izquierda radical y las fuerzas integristas. Éstas eran apoyadas por los Estados Unidos y las monarquías del Golfo como antídoto al nacionalismo de izquierdas. En los años 1970, fueron promovidas por los gobiernos contra la izquierda radical en todas partes, incluso en países como Túnez y Argelia, donde serán aplastadas más tarde cuando se vuelvan peligrosas para los poderes.

Pero a escala de la región, los Hermanos Musulmanes, como los salafistas, han sido apoyados financieramente, así como por medio de la TV, por las monarquías del Golfo. A partir de mediados de los años 1990, Qatar convirtió en el patrocinador de los Hermanos Musulmanes y lanzó la cadena Al Jazeera puesta a su disposición. Así pues, cuando llegó el levantamiento, esas fuerzas, incluso allí donde habían sido duramente reprimidas, gozaban de medios financieros y de la televisión. Era por tanto evidente que iban a jugar un papel de primer plano.

Qatar les hizo valer como opción contrarrevolucionaria ante los países occidentales dirigidos por Estados Unidos de Obama. Era la opción de canalizar el movimiento, una opción de recuperación. Había en el lado contrario una opción claramente contrarrevolucionaria de enfrentamiento y de aplastamiento, apoyada por los saudíes. En Bahrein intervinieron directamente, pero si bien habrían deseado que el movimiento fuera aplastado en el huevo en todas las demás partes, las correlaciones de fuerzas resultaron diferentes, impidiendo la represión frontal.

Entonces la opción de recuperación sedujo a la administración Obama. Los Estados Unidos estaban en ese momento en el punto más débil de su hegemonía en la región desde su primera guerra contra Irak en 1991. En 2011, abandonan Irak con una enorme derrota: no solo el país escapa a su control, sino que ha caído bajo el control de su enemigo jurado, Irán. La administración Obama adopta entonces la opción promovida por Qatar. En Egipto, en Túnez, los gobiernos occidentales presionan para que se permita a esas fuerzas acceder al poder. En Marruecos, la monarquía se adelanta y coopta al gobierno al equivalente local de los Hermanos Musulmanes a fin de obligarle a enfrentarse a los problemas socioeconómicos, apostando por que eso le hará perder su credibilidad, a la vez que desactiva la protesta que había surgido igualmente en ese país en 2011.

Pero esto no ha durado. El antiguo régimen ha acabado por reaccionar. Siria es el país que ha parado del efecto dominó desencadenado por Túnez, gracias al apoyo de Irán que interviene masivamente desde 2013. Es la señal de un vuelco global de la situación, que continúa luego en Egipto con el golpe de Estado, en Túnez con la llegada al poder de Nidaa Tunes, luego con la guerra civil en Libia y Yemen. En todas partes se produce el enfrentamiento entre los dos campos contrarrevolucionarios. El antiguo régimen está en plena contraofensiva: incluso en Libia donde fue desmantelado de forma radical, el general Haftar reagrupa sus restos, contra los integristas. Es el choque de las dos opciones lo que explica en gran parte la crisis actual entre Qatar, de una parte, y los sauditas y los Emiratos Árabes Unidos de la otra.

¿Podemos repasar la experiencia de los islamistas en el poder? Muchos comentaristas occidentales han sido sorprendidos por la política de los Hermanos Musulmanes en Egipto y en Túnez, viendo hasta qué punto estaban dispuestos a llevar a cabo una política neoliberal, y en absoluto anti-occidental. ¿Nos puedes decir más, por otra parte, sobre la crisis actual entre Qatar y Arabia Saudita y sus aliados?

Estados Unidos sabía muy bien a qué atenerse con los Hermanos Musulmanes. En tiempos en que había una corriente de fondo de izquierdas en el mundo árabe, Estados Unidos colaboró con los Hermanos Musulmanes , con el régimen saudita como tercer elemento de esta tríada. Hubo desavenencias tras la intervención militar masiva de Estados Unidos contra Irak a comienzo de los años 1990. Era una intervención muy impopular, y los Hermanos Musulmanes se opusieron a ella.

Pero luego se ha visto que se producía de nuevo un acercamiento entre ellos y Washington, sobre todo tras el 11 de septiembre de 2001, cuando Washington les apreció de nuevo, no solo como aliados contra la izquierda, sino como aliados moderados contra Al Qaeda y los llamados yihadistas, que se volvían entonces un problema importante para los Estados Unidos. Había habido ya un cambio de actitud bajo la administración Bush: Washington había vuelto a entablar conversaciones con los Hermanos Musulmanes y ahí también Qatar había jugado su papel de intermediario. En 2011 Estados Unidos estaba muy contents de tener a los Hermanos Musulmanes como opción en un país como Egipto, para impedir una evolución que fuera clara y firmemente contra sus intereses.

En efecto, Mursi en el poder no significa solo el neoliberalismo. Nadie que no fuera verdaderamente ingenuo consideraba a los islamistas como una fuerza de izquierdas en el plano socioeconómico. Son partidarios decididos de la ideología neoliberal, incluso en su concepción propia de lo social que remite a la caridad prodigada por las instituciones religiosas, y no de un derecho de la ciudadanía y de una obligación del Estado.

Fue no solo en este terreno, evidente, sino también en política exterior en el que los Hermanos Musulmanes pudieron gustar a Estados Unidos. Morsi no puso en absoluto en cuestión sus relaciones estrechas con Egipto. Más aún, aún cuando Hamas es la rama palestina de los Hermanos Musulmanes, Morsi jugó un papel de mediador en el conflicto de Gaza, en lugar de apoyar a Hamas. Fue felicitado por esto por la administración Obama. La opción de los Hermanos Musulmanes es por tanto una opción completamente racional por parte de Estados Unidos y, por otra parte, la razón de que cuando se produjo el golpe de Estado militar en Egipto en 2013, la administración Obama no ocultara su descontento. Creo por otra parte que sobre esto se equivocaban, porque la alternativa habría sido una radicalización del movimiento social, cuya posibilidad existía con fuerza en Egipto en 2013.

Los sauditas y los Emiratos Árabes Unidos, por el contrario, apoyaron con entusiasmo la toma del poder por Sissi en Egipto. El golpe de Estado egipcio constituyó una dura derrota para Qatar. Sin embargo, sobre todo tras el cambio de su monarca, los sauditas, obsesionados por la amenaza iraní y constatando que en países como Siria o Yemen se encontraban en el mismo campo que los Hermanos Musulmanes, han privilegiado por un tiempo el frente único sunita, con estos últimos y Qatar. Hasta la llegada de Trump al poder.

Con éste se produce la instalación de un poder islamofobo en Washington, que contrasta fuertemente con la política de la administración Obama. Los consejeros de extrema derecha de Trump le incitan a clasificar a los Hermanos Musulmanes como terroristas. Van a encontrarse en afinidad con los Emiratos Árabes Unidos, ferozmente opuestos a los Hermanos Musulmanes. Los Emiratos están muy estrechamente aliados a Egipto, con el que intervienen en Libia para apoyar a Haftar, que acaba de recuperar Bengasi. Conjuntamente, han empujado a los saudíes en el sentido de un nuevo endurecimiento sobre la cuestión. La visita de Trump al reino ha sido la ocasión de concluir los acuerdos en este sentido. De ahí esta fuerte presión sobre Qatar, exigiendo que deje de apoyar a los Hermanos Musulmanes.

Esto es lo fundamental de lo que ocurre hoy. Asistimos a un conflicto entre, de un lado, Qatar apoyado por Turquía (Irán se beneficia ciertamente de la situación, pero Qatar procura no mojarse sobre esta cuestión que enfadaría a Washington, mientras que con Turquía no tiene problema puesto que es miembro de la OTAN) y, del otro lado, el eje Arabia Saudita-Emiratos Árabes Unidos-Egipto. La administración americana está dividida en esto entre, por un lado, Trump y sus consejeros de extrema derecha islamófobos que van en el sentido de El Cairo y de Abu Dabi, y de otra parte, el Departamento de Estado y el Pentágono, sobre todo teniendo en cuenta que Qatar alberga la mayor base y el centro de mando militar de los Estados Unidos para toda la región con los gastos pagados, a costa en este caso del emir. El Pentágono y el Departamento de Estado ven con malos ojos este conflicto. La administración Trump aparece como particularmente descompuesta...

¿Piensas que el episodio de los islamistas en el poder, y luego su caída en Egipto y su retroceso en Túnez, debilitan la ideología islamista en una parte del mundo árabe, y que esto da más posibilidades a la izquierda revolucionaria?

No es automático. Sissi no es mejor para la izquierda revolucionaria que Morsi. En un sentido, es incluso lo contrario: Morsi en el poder, era más eficaz para desacreditar a los Hermanos Musulmanes, más que transformarles de nuevo en víctimas. Estos golpes de Estado reaccionarios son contrarrevoluciones triunfantes, mientras que Morsi en el poder, no comprometía el potencial revolucionario; al contrario, la situación no dejaba de radicalizarse. La llegada del ejército al poder puso fin a esta radicalización. No hay vasos comunicantes entre Hermanos Musulmanes e izquierda revolucionaria. No es una oposición binaria, sino un juego triangular, y por tanto la derrota de los Hermanos Musulmanes, si pasa por un refuerzo del antiguo régimen y de la contrarrevolución en el sentido de una restauración violenta, no mejora las condiciones para la izquierda, lejos de ello. Por tanto es más complicado.

Lo que queda, una vez más, del potencial real para la izquierda, es la crisis socioeconómica. En Egipto Sissi ha elegido la terapia de choque planteada por el FMI. Pero está condenado al fracaso: no habrá auge espectacular de la inversión privada en el contexto de los países árabes. Lo que va a permanecer es el choque sin la terapia, como se decía en los años 1990 de Rusia. Ahora bien, la cólera popular crece, y ya se ha acabado el período de gracia de Sissi. Permanece el problema de la capacidad de las fuerzas de izquierda para organizarse como alternativa a la vez contra el antiguo régimen y contra los integristas. Hay que construir esa izquierda. Las condiciones para su construcción son bastante mejores hoy de lo que eran antes de 2011. La región ha vivido bajo el despotismo durante decenios, y por primera vez, en 2011, ha visto movimientos populares derrocando a dictadores. Esta experiencia es fuente de esperanza para el futuro. Se ha entrado en un proceso de larga duración que durará largos años, incluso decenios.

Entrevista realizada por Yann Cézard

Revue L´Anticapitaliste nº 90 (septiembre 2017)

https://npa2009.org/idees/international/entretien-avec-gilbert-achcar-une-experience-source-despoir-pour-lavenir

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur





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