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Una nueva mirada sobre el centenario
“Octubre” de China Miéville
23/08/2017 | Anxel Testas

Hace 100 una Rusia convulsa no dudó en inyectarse, directamente en la yugular, ríos de tinta. John Reed estaba ahí: “Toda Rusia estaba aprendiendo a leer -política, economía, historia - porque la gente quería conocer[...] Rusia absorbía cualquier material escrito como la arena absorbe el agua, insaciable”. China Miéville, cuyo Octubre (Verso Books, 2017) será publicado por Akal en otoño, jura no haber estado ahí. Eso no le impide contarnos cómo los soldados del Segundo Batallón de Artillería del Cáucaso, lamentándose por carta de su falta de educación ante un líder menchevique, le pedían urgentemente que les enviaran libros. Los soldados tenían prohibido recibir libros y periódicos hasta que Febrero lo resquebrajó todo. Libros y periódicos fluyeron por aquellas grietas e impidieron que se cerraran y, ensanchándolas, ensancharon el mundo. De este modo se invertía el viejo anhelo revolucionario de arraigar las ideas para convertirlas en fuerza material: en este caso, en un giro hegeliano, era la fuerza intempestiva la que buscaba comprenderse.

Sin embargo, los ejemplares del Octubre de Miéville respiran aliviados porque saben que les espera un destino mucho más cómodo. No sufrirán el traqueteo del tren, el desgaste del mano a mano, no viajarán en bolsillos secretos y no conocerán ni el barro, ni la pólvora, ni el sudor ni la sangre. Pero aun así, la narración que Miéville hace de la Revolución Rusa atesora algo del poder de los relatos orales, de los mitos y de las leyendas. Y es que bajo la cadencia narrativa de novela moderna, podemos atisbar (quizás sería más apropiado decir oler) algo de otro tiempo, de un tiempo de experiencias densas (Erfahrung que diría Benjamin), el tiempo de la redención y de las bifurcaciones.

En su “salto de tigre hacia el pasado”, Miéville nos pone frente a la “placidez bovina” del zar y sus estúpidos telegramas a Rodzianko negando que pase absolutamente nada mientras su imperio centenario se venía abajo. Telegramas que compiten en hilaridad con el intercambio entre Kerensky y Kornilov por ver quién se erige como salvador de la patria. Un Kerensky que va ganando en histrionismo con sus continuos coup de théâtre, y que conforme se acerca octubre se rodea de los más variopintos intrigantes, de esos que sólo surgen cuando la historia se hace novela. Mentirosos y rufianes, estafadores y criminales de toda ralea, asesinatos, venganzas, progroms y linchamientos forman también parte del elenco y escenario de Octubre.

En el mismo tablado vemos surgir a los guardias rojos vestidos con sus ropas de “boda, domingo o misa” para esa gran ocasión que era la autodefensa a la intentona fascista de Kornilov, vemos al padre que arenga a su hijo por dejarse golpear por un oficial tras mostrar simpatía por los bolcheviques y vemos la irrupción de nombres femeninos con mayúsculas, en una revolución (en realidad, ¿en cuál no?) cuyas llamas siempre tuvieron nombre de mujer: Maria Spirinidova, Inessa Armand, Alexandra Kollontai, Ludmila Sthal, Anna Larin, Krupskaya, Larisa Reiner, etc.

Miéville nos lleva a tiempos en que la condición de veteranía militante se adquiría con escasos dos meses, tiempos en se acababan las elucubraciones y las certezas de las teorías, en los que los debates históricos exigían concreción y mujeres, hombres y organizaciones se veían abocados irremediablemente a decidir, a asumir consecuencias. Tiempos en que una pléyade de organizaciones se sostenía en unas redes inmensas de activistas y militantes a menudo autodidactas, que convertían de la noche a la mañana en experimentados oradores, embajadores de la revolución.

En ese milieu se movía ese ente vivo que era el Partido Bolchevique. A menudo se admira a esta organización con toda una serie de adjetivaciones metálicas, desplazando elementos que pertenecen al plano político, al plano organizativo. A través de su narración, Miéville nos descubre un Partido Bolchevique mucho más complejo. Las disputas intestinas en sus órganos de dirección, con calumnias, desobediencias flagrantes, censuras y descalificaciones sin paliativos iban en paralelo a los choques entre sus diversos espacios. Su comité local de Petrogrado, siempre más susceptible a las presiones pasionales del barrio de Vyborg, bastión del proletariado radical peterburgués; su Organización Militar oscilando, con su alma conspirativa, entre un insurrecionalismo temperamental y una cautela basada en cuestiones puramente militares; sus múltiples instancias en las diversos espacios institucionales nuevos (soviets, conferencias) y viejos (Dumas), donde siempre tenían más fuerzas las corrientes más inclinadas a la conciliación. Una organización donde se insultaba sin demasiados remilgos y sin demasiadas consecuencias a cualquiera. Y luego Lenin, cuyas andanzas le proporcionan a Miéville un material excelente para entretejer entre sus páginas un relato de aventuras. Escondido en cabañas, disfrazado, escabulléndose a última hora del peligro, haciendo apariciones fantasmales ante sus aterrorizados compañeros. Constantemente escribiendo, constantemente tirándose de los pelos con una desesperación tal que el lector se sorprende de que haya conservado alguno. En este aspecto, es de agradecer la aproximación que hace Miéville exenta de toda la beatería que a menudo padecen las corrientes políticas referenciadas en Octubre. La mirada comprometida de Miéville es tan socarrona como su aspecto físico, y su toque irónico sólo puede molestar a los catequistas.

Alguien podría echarle en cara que las exigencias del tempo novelesco puedan desvirtuar el desarrollo real de los debates que entonces se dieron, pero en la opinión de quién escribe estas líneas, Miéville consigue un buen equilibrio en su narración sin perder ninguna rigurosidad, argumento que se apoya en la detallada bibliografía comentada que acompaña a la obra. Porque Octubre es también una magnífica introducción a muchos de los debates clásicos de la socialdemocracia de la II Internacional: la cuestión nacional, la posibilidad de ir más allá de la etapa democrático-burguesa de la revolución en un país “atrasado”, la diatriba sobre qué fuerzas sociales habían de llevar adelante las transformaciones (y por ende qué alianzas llevar a cabo), la guerra, el imperialismo, etc.

En definitiva, Octubre resulta una excelente introducción a aquellos meses que rompieron el tiempo, en el que las más altas pasiones se mezclaban con los episodios más grotescos y peregrinos, meses de errores y aciertos, farsas, confusiones y entusiasmo, episodios concomitantes a cualquier revolución y donde la lucha de clases de libró desde los gestos hasta la gramática.

Cien años después, la placidez paralizante de la visión histórica exaltada por el Thermidor y heredada por sus actuales discípulos, que sólo es capaz de explicar los fracasos presentes y pasados mediante fantasiosas confabulaciones, contrasta cada vez más con la realidad que se nos impone. Octubre no estaba inscrito en su pasado, estamos condenados a la acción si queremos escapar de la barbarie. Benjamin decía que existe un acuerdo tácito entre las generaciones pasadas y la nuestra. Que nos esperan en la tierra. Octubre pone su grano de arena para oír los anhelos de aquellos muertos. Y jurarles venganza.

Anxel Testas

23/08/2017





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