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Debates
¿Estamos en los años 30?
22/08/2017 | Daniel Tanuro

Trump en los Estados Unidos, Orban en Hungría, Farage en Gran Bretaña, Le Pen en Francia, Wilders en los Países Bajos, Duda en Polonia, Erdogan en Turquía...: más allá de las especificidades nacionales, está claro que en numerosos países está en ascenso una tendencia, autoritaria, nacionalista, machista y racista.

¿Se trata de fascismo? ¿Estamos de nuevo hundidos en la situación de los años 1920 y 30, que vieron la toma del poder de Mussolini y Hitler? Si no es fascismo, ¿de qué se trata? ¿Por qué esta discusión es importante en la práctica, en la lucha social y política cotidiana? Estas son algunas de las preguntas abordadas en este artículo, que no es sino una contribución al debate.

Todo régimen autoritario en la historia, aunque sea sanguinario, no es fascista. El fascismo es un fenómeno propio del capitalismo llegado a un cierto nivel de desarrollo (o de putrefacción). La dictadura estalinista provocó millones de muertos pero no era fascista. El régimen norcoreano es abominable, pero no es fascista. Numerosas sociedades antes del capitalismo han sufrido déspotas crueles, pero Ivan el Terrible no era fascista.

Todo régimen autoritario no es necesariamente fascista

El capitalismo tiende hacia formas de Estado cada vez más autoritarias. Es el resultado de la concentración y de la centralización del capital: gigantescas inversiones son planificadas para largos períodos. Están financiadas a crédito por los bancos. Toda la economía flota en un océano de deudas. El descenso de la tasa de ganancia derivada de la mecanización es compensada por el aumento de la masa de mercancías. La competencia es feroz. El Capital, sobre todo en período de crisis, tiene necesidad de hacer respetar el pensamiento único, recortar los derechos sindicales, restringir las libertades democráticas. Es la tendencia al Estado fuerte. Es peligrosa, pero el Estado fuerte no es un fascismo: de Gaulle no era Hitler.

En ciertas circunstancias, el Capital da el poder al ejército que instaura una dictadura. América Latina ha presentado numerosos ejemplos: Brasil, Bolivia, Chile..., golpes de Estado (decididos en Washington) que instauraron dictaduras feroces. Pero describirles como “fascistas” sería escamotear la especificidad del fascismo: su demagogia pseudo-anticapitalista, nacionalista, de acentos revolucionarios, que emplea para reclutar en las capas desclasadas de la clase obrera y de la pequeña burguesía arruinada por la crisis capitalista.

El fascismo, en efecto, no es un Frankenstain creado en todas sus piezas por el Capital. Es un movimiento popular militante, de masas, salido de los bajos fondos. Un movimiento violento, racista, machista, reaccionario, pero que nace fuera del control y de la voluntad del Capital. Hay patronos que lo financian pero los grandes burgueses en general -la clase burguesa- no siente ninguna simpatía por los fascistas: lo ven como un parásito que quiere comerles sus riquezas. Los fascistas, por su parte, desprecian a los burgueses, los encuentran ciegos y sin ideales. Es por tanto erróneo decir que el capitalismo se fascistiza o que hay una fascistización del Estado capitalista, etc. Esas fórmulas impiden comprender el punto clave: los fascistas deben tomar el poder. No es posible más que si se hacen indispensables a ojos de la clase dominante, y eso no es algo automático.

El fascismo no se caracteriza por sus ideas, no las tiene...

La historia lo muestra. Contrariamente a una leyenda tenaz, Hitler no llegó al poder por las urnas. Los nazis no tenían la mayoría (no la tuvieron jamás); incluso, entre julio y noviembre de 1932, perdieron millones de votos. Hitler fue nombrado canciller por el Presidente, el viejo general Hindenburg. Hindenburg era un reaccionario, que gobernaba por decreto usando y abusando de su derecho a disolver el Parlamento. Se negaba sin embargo a nombrar a Hitler (decía que justo era capaz de ser Ministro de Correos). ¿Por qué cambió de opinión? Porque la crisis política era enorme. La socialdemocracia y los comunistas totalizaban más votos que los nazis. Éstos formaban el primer partido, pero el gran capital desconfiaba de ellos. Hitler fue convocado ante algunos patronos (Krupp, Thyssen, Allianz, Deutsche Banck...) que le preguntaron si pretendía “nacionalizar todas las empresas pertenecientes a trusts”, como estaba prometido en su programa. Hitler les tranquilizó: evidentemente, no. Pero, les libraría de los sindicatos... Hindenburg obtuvo la luz verde.

El fascismo no se caracteriza por sus ideas, no las tiene. Lucha por el poder, punto. Su mensaje se basa únicamente en mitos reaccionarios: la unidad de la nación, del pueblo, de la raza y de la familia, el papel del jefe, la exaltación de la violencia. Esos mitos implican a su vez el racismo, la opresión de las mujeres, de los gays y lesbianas, el odio visceral contra la acción autónoma de los y las explotadas y oprimidas, la banalización del asesinato. El fascismo no tiene ni análisis, ni programa, ni moral, ni principios. Sus acentos anticapitalistas constituyen un grosero engaño. La palabra capitalismo, en boca de los fascistas, no designa un sistema sino a personas ricas extrañas (o traidoras) al pueblo, a la nación y a la raza. De ahí la focalización en la corrupción (“todos podridos”) y en los impuestos más que en la explotación y la plusvalía. De ahí la rabia contra el capital financiero "cosmopolita”. De ahí la función clave del antisemitismo en los nazis.

No trataremos aquí sobre todas las situaciones nacionales enumeradas al comienzo de este artículo. A pesar de sus especificidades, tienen numerosos puntos comunes, algunos de los cuales son fascistoides. Pero una situación puede presentar rasgos fascistas sin que haya fascismo propiamente dicho. Ejemplo: el golpe de Pinochet en Chile era un golpe militar, pero la huelga de los patronos camioneros y las caceroladas que precedieron al golpe tenían rasgos fascistas. En el mismo orden de ideas, cuando Théo Francken (secretario de Estado de Migración y Asilo belga) dijo que MSF (Médicos sin Fronteras) hacía el juego a las mafias salvando refugiados, su mensaje estaba claro: es preciso que seres humanos se ahoguen en el Mediterráneo, y que se sepa en su país de origen, para que los candidatos a asilo que intenten la travesía disminuya. Esta declaración es claramente fascista, y hace el juego a los fascistas. Pero el N-VA es un partido de derecha nacional-liberal, no un partido fascista.

¿Qué pasa con el FN?

Concentrémonos en el caso francés. ¿Qué pasa con el Frente Nacional (FN)? A diferencia de otras formaciones de derecha extrema actualmente en ascenso, el FN es un partido dirigido por fascistas salidos del fascismo histórico (Pétain, etc.). El gran capital no está dispuesto a dejarles el poder, pero no es dueño de los electores. Ahora bien, la estrategia del FN es sutil. Sabe que no es manifestándose con camisas pardas como se volverá indispensable: es preciso que la clase dominante tenga necesidad de lo que él le ofrece. Y ¿ qué es lo que más necesita hoy la clase dominante? ¿De tropas de choque para romper los sindicatos? No. De un instrumento político fuerte para profundizar radicalmente la política de austeridad a la vez que mantiene el control de las contradicciones sociales.

Frente a esta necesidad, la estrategia del FN implicaba (y continúa implicando) en líneas generales tres aspectos: desviar los sentimientos antiglobalización hacia el nacionalismo (el “proteccionismo inteligente”), excitar el racismo y la islamofobia, debilitar así a la izquierda, crear una situación de violencia comunitaria; utilizar las palancas del Estado fuerte gaullista, el arsenal de medidas racistas/securitarias añadido estos últimos años y la influencia FN organizada en la policía para transformar esta situación de violencia en situación de guerra civil; crear así un contexto en el que el fascismo propiamente dicho pueda desarrollarse y justificar su acción de destrucción de los derechos democráticos sen nombre de la unidad de la nación.

No ganó Le Pen. Ganó Macron ofreciendo una perspectiva diferente: la alianza de la derecha, del centro y de la izquierda de derechas sobre una base neoliberal modernista y proeuropea. Este proyecto tiene los favores del gran capital. Éste sabe que un Estado fuerte, no es solo una policía brutal y leyes represivas: es también, necesariamente, una clase política fuerte, que se base en una cierta legitimidad, en un bloque histórico mayoritario. Esta legitimidad en Francia está considerablemente debilitada por los escándalos y la falsa alternancia entre derecha e izquierda. Macron intenta reconstruirla presentándose como un moralizador de la vida política y un Bonaparte, ni de izquierdas ni de derechas. La apuesta es audaz, pero arriesgada. Pues se mantiene el fondo del problema: la austeridad impuesta despóticamente por una Unión Europea (UE) ultraliberal, de la que Macron es un defensor, alimenta el ascenso del FN. No hay razón de que esto cambie solo porque el nuevo inquilino del Elíseo sea joven y dinámico. A partir de ahí, o bien la UE se reforma para librarse de lastre, o bien la crisis política volverá y el FN estará más cercano al poder que nunca.

Le Pen ha perdido una batalla, no la guerra. Con sus 11 millones de votos, el FN apuesta por un fracaso de Macron para recomponer una derecha autoritaria que aparezca como un recurso en el caos político. Una derecha que tome el relevo para continuar la austeridad sembrando la desorientación en las capas populares por su posicionamiento nacionalista/soberanista añadido a una utilización sin frenos del racismo y la islamofobia que gangrenan la sociedad francesa. No estamos verdaderamente en los años 1930. Los ritmos son más lentos. Pero la bestia inmunda sabe mostrarse paciente. Unificar las luchas contra la política neoliberal es más urgente y necesario que nunca, en Francia y otras partes.

11/08/2017

http://www.lcr-lagauche.org/sommes-nous-dans-les-annees-30/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur





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