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Tras los ataques terroristas en Catalunya
No pasarán
19/08/2017 | David Fernández

Original en catalán

“I en un murmuri

de cançó, dir-te:

t’estime Barcelona”

Ovidi Montllor

Las pesadillas -las malas y las peores- suelen abolir el tiempo. Todavía bajo el impacto emocional de la ciudad herida, de la hibris de la brutalidad nihilista, de la evidencia de la fragilidad que somos y a menudo olvidamos, y del fuego cruzado de retrotopías políticas que creen en un pasado fortificado que no volverá, cuesta escribir. Incluso es posible que sea mejor enmudecer solidariamente -un silencio ensordecedor y colectivo, resistente e indomable- para apoyar a las víctimas hasta que el dolor deje paso al luto y podamos retomar, tocados y traumatizados, nuestras vidas compartidas. Hay días de los miserables en que las palabras no encajan, momentos trágicos en que llueve la certeza de que el mundo puede ser todavía un lugar peor y lugares comunes que recuerdan que los refugiados que huyen, y que todavía no acogemos, huyen precisamente de lo mismo que ayer se huía en la Rambla.

Y si las muertes -las de aquí y las de allá, sin ninguna jerarquía- ya son sobrecogedoramente irreversibles, las hipotéticas consecuencias funestas y nefastas hay que evitarlas de raíz y desde hoy mismo. Aun sin tenerlas todas consigo en sociedades edificadas sobre castillos de arena que se tambalean por un solo golpe: como si todo estuviera construido sobre el aire y una furgoneta lo mandara a paseo y lo echara por tierra. Pero con Barcelona dolorida y golpeada, habrá que recordar que las víctimas del fundamentalismo yihadista global son, mayoritariamente, musulmanas. Que el mundo, repleto de violencias cotidianas, estalla cada día en diferentes latitudes; que los zarpazos ya son universales, y que nos hace falta urgentemente una internacional del dolor. Ayer, 30 muertos a Maiduguri -y niños decapitados en Molai-. Hoy, Barcelona. Y si erramos el diagnóstico, erraremos la resolución. La Fundació per la Pau nos recordaba ayer mismo la evidencia de que “la violencia, como la paz, no es un hecho aislado ni casual, es un resultado”. De todo lo que se ha hecho -y no se ha hecho- antes. De lo que habrá que hacer a partir de ahora, incesantemente, para cambiarlo.

Quién crea que Boko Haram, que la destrucción de Alepo, que el Dáesh, que las mujeres libres de Kobane, que las muertes de Niza, que el trío de las Azores, que la posverdad de Trump-Putin-Erdogan, que el 11-M o que Faluya devastada no tienen nada que ver ni están estrechamente interrelacionadas con la globalización del miedo y el terror, con la miseria criminal de la geopolítica, con las dictaduras toleradas o amparadas y con la metástasis de las desigualdades, las pobrezas y las corrupciones por todas partes tendrá imposible hacer del mundo un lugar común algo mejor. En el tablero de la perversión concurre el riesgo de que el miedo se salga con la suya y que islamofobia y radicalización yihadista se retroalimenten en una terrible espiral de cismogénesis complementaria, que amenace con romper cohesiones imprescindibles, atizar segregaciones inaceptables y desatar sandeces políticas irracionales.

La fantasía, en política, suele derivar en infierno. Y la condición humana, extremadamente ambigua, es capaz todavía de lo terrible y de lo sublime. No hay que competir a ver quién es más bestia. En la fragilidad consciente que hoy nos hace paradójicamente más resistentes a sabiendas de todo lo que podemos perder es cuando hay que preservar más que nunca lo que todavía tenemos y que hemos construido entre todas y todos. En la misma ciudad del Diari de la Pau de 1991, de las manifestaciones multitudinarias desbordando las calles contra la guerra ilegal que devastó Iraq, en la Barcelona que se sintió Madrid el 11-M, en las avenidas que llenamos en febrero en solidaridad con los refugiados, en los barrios de las trescientas lenguas maternas que definen el país caleidoscópico -plural, complejo, diverso- que vamos siendo. Sin miedo -a pesar del miedo- contra el miedo quiere decir también que ayer mismo la solidaridad se escampaba por abajo: que los taxistas bajaban la bandera, que las puertas de cualquier portal se abrían de par en par, que los vecinos drenaban agua contra la jaula del miedo, que cada pintada ultraderechista era borrada con colores, que la justa huelga de Eulen se suspendía, que nos reconocíamos en cada uno de nuestros servicios públicos y que las colas de vida desbordaban hospitales. Juntos, sí. Que es cuando todavía podremos.

No es ningún santo de mi devoción, pero en 1941, sobre las bombas que nos llovían en 1938, Churchill escribió: “No quiero infravalorar la severidad de la prueba que cae sobre nosotros, pero confío en que nuestros conciudadanos serán capaces de resistir como lo hizo el valiente pueblo de Barcelona”. Que así sea, aunque soy ateo, por todos los dioses. Pese a que ingenuamente (para decirlo todo entre paréntesis) creyera que los proxenetas del dolor, los doctrinarios apolegetas del shock, los aprovechados de los réditos políticos malos y las grises operaciones mediocres de estado tardarían algo más en salir. También más convencido que ayer de que si los políticos tienen que dimitir cuando toca, algunos periodistas también: no diré ningún nombre, dado que el autorretrato de la brutal mediocridad se lo han hecho solos.

Contra la impotencia del sufrimiento evitable que ensombrece el presente queda mucho por hacer. Pero si renunciamos -si ya no nos creemos-, si nos debilitamos -si nos autoagrietamos-, si desistimos -si ya no defendemos que paz, cooperación y justicia son el futuro-, esto equivaldría a decir que ellos ya han ganado. Evitémoslo: la internacional del dolor, de la esperanza en las dos orillas del Mediterráneo, se tiene que reconstruir comunitariamente en cada barrio, en cada café y en cada escalera de vecinos. Hoy, más que nunca, nos tenemos que sentir, sin fronteras ni barreras, como un antifascista en Charlottesville, como un musulmán europeo en una banlieue, como un judío del gueto de Varsovia, como un cristiano copto de Egipto, como una mujer kurda activista en Kobane, como una exiliada siria que no sabe cuando volverá: el mundo donde todavía caben todos los mundos menos los que niegan los de los otros. Contra el rompecabezas del miedo, hagamos de esta ciudad nuestro refugio. De pie, con las heridas abiertas de hoy y las cicatrices que nos quedarán mañana, pero de pie. Por más que hagan, que nunca más pasen: ni los unos ni los otros. Nunca más. En ninguna parte. Contra nadie.

18/08/2017

http://www.ara.cat/opinio/David-Fernandez-No-passaran_0_1853814657.html

Traducción: Àngels Varó Peral





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