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A propósito de la obra de Eric Fassin: Populismo, el gran resentimiento
¿Popular o populismo?
13/08/2017 | Federico Tarragoni

[Publicamos a continuación una revisión crítica del último ensayo de Eric Fassin. Sin embargo, nos parece que uno de los aspectos centrales de la presente discusión sobre el populismo llamado de izquierdas sigue marcado por una característica que Ellen Meiksins Wood calificaba de [una política sin clases] The Retreat from Class (Ed. Verso, segunda ed. 1998, primera en 1986). En 1986, (en la edición original) E. Meiksins Wood subrayaba el punto de partida de la teorización de E. Laclau: "la autonomización de la ideología".

Laclau ya había desarrollado este punto central de su teoría en su obra publicada en 1977: Politics and Ideology in Marxist Theory (New Left Books); un escrito ignorado por presuntuosos académicos que descubren la pólvora con aires inspirados.

En este libro, como subraya Meiksins Wood, Laclau valida aún el concepto de clase desde el punto de vista teórico, pero "le hace perder su significado histórico". Aún oponiéndose a la caracterización de sectores sociales no productivos como pertenecientes a la "pequeña burguesía" -lo que pretendía Poulantzas- Laclau consideraba como secundaria la posición específica de esos sectores de las clases asalariadas en las relaciones de producción. Por el contrario, insistía en un dato: para esos sectores (no productores de plusvalía, no "cuellos azules"), la contradicción primera y más importante frente al "bloque dominante" no se establecía "a nivel de las relaciones de producción dominantes, sino en el plano de las relaciones políticas e ideológicas". En otros términos, según Laclau, su "identidad como pueblo juega un papel mucho más importante que su identidad en términos de clases".

Sin este punto de partida, no puede entender la deriva sociopolítica de Laclau y Mouffe -y de sus adeptos actuales- en su génesis; es decir, lógicamente, en su culminación.

Dejaremos de lado las notas de F. Tarragoni sobre el peronismo que, aunque de una calidad superior al análisis de Laclau, dejan abierto un campo de debate, aún no cerrado, ni en la historiografía argentina, ni en la sociología "historicista". La única que es avanza en su comprensión. En la web de A l´Encontre continuaremos informando sobre este debate (12/07/2017 C-A. Udry).

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En este libro sintético y contundente, el sociólogo Eric Fassin aporta una contribución a la comprensión de uno de los rasgos cruciales de la política contemporánea: el ascenso de los populismos. En Europa y en el mundo, este fenómeno es considerado como característico de nuestra época democrática.

El libro de Eric Fassin contribuye a detectar los retos del populismo para la reconstrucción porterior de una crítica democrática (y de la izquierda que sería su expresión). Su intención no es reconceptualizar sociológicamente el fenómeno; el populismo le parece un concepto indeterminado que no describe ninguna ideología o tradición política específica. Para Eric Fassin se trata de identificar el populismo sin definirlo; o más bien definiéndolo a mínima (pues ¿cómo problematizar algo sin definir de qué se trata?), como un estilo político seductor e ilusionista que se apoyaría en una visión "totalizante [e] inseparablemente excluyente" del pueblo. El populismo designaría así un estilo de comunicación y de gobierno propio a todos esos líderes políticos -Trump, Erdogan, Le Pen- que intentan unificar y encarnar al pueblo oponiéndole a las élites que supuestamente le desposeen de su soberanía.

De entrada, conviene subrayar que cuando se aborda la tradición histórica del fenómeno 1/ semejante definición, aún cuanto está extendida en los media y las ciencias sociales, no es evidente; sobre todo, tiende a desideologizarlo, asimilándolo al fascismo, lo que plantea la cuestión de la coexistencia de dos designadores para un mismo campo fenomenal 2/. En fin, hablando con propiedad, una definición así saca al populismo del terreno epistemológico de las ciencias sociales, donde la explicación nunca puede estar separada de una definición rigurosa e históricamente pertinente de los fenómenos 3/.

Sin duda hay que poner este encuadramiento conceptual difuso en la cuenta de la reflexión contemporánea sobre el populismo y, en el caso del libro de Eric Fassin, en la cuenta del hecho de que se trata de un ensayo, reivindicado como tal. Pero, de entrada, conviene insistir en ello, pues orienta toda la problemática del libro.

¿Un momento populista propicio para la izquierda?

Si el populismo traduce hoy un cierto número de retos para la democracia y la izquierda, es porque, como recuerda el autor, cambia de significación ante nuestros ojos. Ahí donde en Francia aún designa a la derecha nacionalista y xenófoba, experiencias políticas inéditas, en América Latina y Europa, lo han recalificado en la izquierda. Entre el giro a la izquierda en América Latina a comienzo de los años 2000 (Venezuela, Bolivia, Ecuador) y la progresión de Podemos en España, de Syriza en Grecia y del Frente de Izquierdas en Francia, experiencias calificadas en el sentido común de "populistas", se plantea una nueva interrogante: ¿podría utilizar la izquierda ese mismo populismo que es universalmente criticado en Francia, y reputado como un cáncer de la democracia, para radicalizar la democracia?

Evidentemente, emplear un término hasta ahora reservado a la derecha nacionalista y xenófoba para calificar a la izquierda antineoliberal supone una redefinición conceptual. Ha sido la filosofía política de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe la que se ha encargado de ello, apoyándose en un "vuelco, incluso una inversión" (p. 21) de las significaciones comúnmente asociadas al populismo. En efecto, las nuevas experiencias de la izquierda radical surgidas en América Latina y Europa se han construido sobre una oposición discursiva y programática entre "políticas del pueblo" (participativas, inclusivas, ciudadanas) y el neoliberalismo como "política de las élites" (tecnocrático, excluyente, antidemocrático o que se limita a la versión liberal de la democracia representativa). Poniendo el acento en la significación democrática y plebeya del "pueblo" más que en su esencia nacional o étnica, estas experiencias han mostrado que un populismo de izquierdas es posible; de ese modo, podría ser que el populismo no fuera ya necesariamente “la cara demagógica de la democracia”, sino “una forma de renovación democrática, incluso de izquierdas” (p. 21).

Tal hipótesis suscita sin embargo el escepticismo de Eric Fassin, por dos razones principales. Primo: incluso suponiendo que se hace compatible al populismo de izquierdas a partir de su crítica del neoliberalismo y de las oligarquías, el simple hecho de que un populismo nacionalista y xenófobo persista en la derecha conduce a aceptar la idea de que una misma filosofía de acción política pueda adaptarse a dos traducciones ideológicas opuestas (p. 21). Secundo: fundándose el populismo en la oposición matricial entre el pueblo y las élites, no es seguro que la cultura histórica de la izquierda pueda adaptarse fácilmente a ello: “muchos están en una situación incómoda. De un lado, la denuncia del populismo oculta mal, muy a menudo, un odio al pueblo; del otro, ¿ puede el antielitismo convivir verdaderamente con los valores de la izquierda?” (p. 22).

Estas dos críticas apuntan en efecto a lo esencial. En primer lugar, defender la perspectiva de un populismo de izquierdas supone, más de lo que hacen E. Laclau y C. Mouffe 4/, inscribir el populismo en una tradición ideológica específica, nacionalista-xenófoba o democrático-plebeya. Tal perspectiva, que Eric Fassin excluye de entrada, obliga a mostrar, desde un punto de vista histórico, que si las mencionadas experiencias de la izquierda radical son claramente populistas, sus supuestos avatares en la extrema derecha no lo son, y que se acercan bastante más a la constelación fascista 5/.

En segundo lugar, como subraya Eric Fassin, defender la perspectiva de un populismo de izquierdas supone superar la agorafobia consustancial a los usos contemporáneos del concepto, es decir el desprecio por el pueblo, la democracia y el conflicto popular que vehiculiza 6/. Esto supone también clarificar “el antisemitismo” del que se trata. Pues si, desde un punto de vista histórico, la izquierda radical francesa se ha opuesto a menudo a la oligarquía, retomando de buena gana el mito del “pueblo” contra los “grandes” 7/, no ha mostrado jamás una filosofía orgánicamente antielitista (hay que pensar en el “elitismo para todos” de Jean Vilar o la promoción de las élites obreras en el seno del PCF 8/).

Es teniendo en cuenta estas dos series de críticas como Fassin enuncia su tesis, que se plantea como una refutación pragmática de la utilidad política de un giro populista en la izquierda: “repatriar el populismo en la izquierda no aportará los resultados electorales que se pretenden. Incluso escapando a toda deriva, es decir si se lograra purgar el populismo de la xenofobia y del racismo heredados de las derechas extremas […], la izquierda […] corre el riesgo de disolverse, en la medida en que coloca el populismo por encima de la diferenciación entre derecha e izquierda” (p.22).

Una crítica pragmática del populismo de izquierdas

E. Fassin añade aquí un argumento fundamental, en relación a la oposición entre populismo y neoliberalismo, pues en la interpretación de E. Laclau y C. Mouffe, el populismo es un tipo de política “agonística” anclada en las movilizaciones populares y opuesta al neoliberalismo; política “despolitizante” que tiene por objetivo desconflictivizar la democracia y, siguiendo la expresión de Wendy Brown, “despoblarla”.

Pero si se supone que el populismo es un estilo que tiene por objetivo unificar al pueblo, purgarlo de sus diferencias y de sus enemigos internos y oponerlo a las élites, tal oposición aparece artificial: en la medida en que el neoliberalismo se adapta completamente al resurgimiento del nacionalismo y de la xenofobia, el populismo viene a garantizarle, contra toda apariencia de conflicto, una legitimidad popular.

Los ejemplos de Thatcher y de Trump dan fe de ello perfectamente. En el caso de Thatcher, la retórica populista viene a sellar el desmantelamiento de los derechos sociales para todos bajo la cobertura de proteger al buen pueblo trabajador de los asistidos/as o de la gente inmigrante.

En el de Trump, no es su programa económico intervencionista (por otra parte muy cambiante) lo que fideliza a su electorado, sino su racismo y su machismo, en definitiva su batalla cultural. Su populismo da una expresión política al resentimiento “no de los “perdedores” de la mundialización, como gusta creer, sino de quienes, cualquiera que sea su éxito o su fracaso, rumian el hecho de que otros, que sin embargo no lo merecen, salen mejor parados. Es en estos términos como se puede comprender la rabia contra las minorías y las mujeres, pero también contra la gente “asistido” (p. 70). Este resentimiento, fundado en lo que Spinoza llamaba “pasiones tristes”, no va en el sentido de la democracia sino del odio y la violencia.

Por otra parte, los populismos no tienen, ni mucho menos, el monopolio de la voz popular. Comparando los datos de la última elección presidencial americana, del Brexit británico y del voto FN (Frente Nacional) en Francia, Eric Fassin muestra que las clases populares no se movilizan, como un frente único, a favor de los populismos. En Estados Unidos, son la abstención y la desafección del electorado de la Rust Belt (cinturón industrial) de los demócratas quienes han anunciado el fracaso de la campaña de Hillary Clinton, bastante más que el voto de los blancos pobres sin educación (p. 53). En Gran Bretaña, es difícil sostener la hipótesis de un voto popular en favor del Leave, en ausencia de datos raciales y en la imposibilidad de apreciar la influencia específica de la renta y de la educación sobre el voto (p. 54). [El reciente voto, el 8 de junio, por Jeremy Corbyn y su programa, en legislativas deseadas por Theresa May es otro índice]. En Francia, el partido popular por excelencia sigue siendo la abstención, mayoritaria entre la población proveniente de la inmigración postcolonial (p.56).

Esto permite al autor proponer algunas distinciones analíticas que puedan servir de base a los debates sobre el populismo. El pueblo al que los populismos convocan recubre al menos tres, que es importante separar cuidadosamente en el análisis: el pueblo político, es decir el depositario de la soberanía, elemento clave de la ideología populista; el pueblo de las clases populares, el “pueblo llano”, la gente, que permanece a menudo al margen de la política, al menos electoral; y el pueblo electoral, que no es uno sino plural, pues a través de las elecciones se expresan varios pueblos.

El asunto es teórico: la política de la representación nacional lleva a construir, no el pueblo, sino un pueblo (más que otro). Sería una ilusión populista, simétrica de la ilusión del consenso, no conocer y reconocer más que un solo y único pueblo, como si el trabajo político consistiera en expresarle más que en construirle (p.61).

De ahí la conclusión de E. Fassin: la tarea de la izquierda no es asumir por su cuenta la forma populista para seducir al electorado de la extrema derecha, sino reconquistar a las clases populares abstencionistas. Pues la abstención no es solo indiferencia. Expresa un disgusto de la política tal como es; dicho de otra forma, es claramente política (p. 81).

Es a partir de este electorado potencial como la izquierda puede reconstruir un programa, resueltamente internacionalista y cosmopolítico, agregando diferentes causas de derecho, es decir diferentes pueblos (el pueblo de las mujeres, de los gitanos, de los obreros, de los precarios, de los sin papeles) 9/. Una izquierda así no debería estructurarse a través de la oposición entre “los de abajo” y “los de arriba”, oposición que el autor asimila (p. 84), equivocadamente, a la que traza Maquiavelo entre los “humores de la ciudad” y que, por su parte, no es de naturaleza sociológica, sino propiamente política 10/. Contra el populismo de izquierdas, donde el “populismo” es el sustantivo primario y la “izquierda” un calificativo secundario, sería necesario “esbozar un programa sustancial para una izquierda sustantiva, primera y no segunda” (p. 85).

¿Y si el populismo no fuera lo que se creía?

Si bien la tesis es sólida, nada nos garantiza sin embargo que el populismo sea efectivamente lo que el autor afirma que es. En la tradición latinoamericana, a la que el autor no se refiere a pesar de su centralidad para el objeto tratado, el populismo designa claramente otra cosa que una simple política del resentimiento. El populismo que la sociología subcontinental ha analizado de forma positiva y crítica desde los años 1960 ha designado sobre todo una política de creación de derechos sociales y de estructuración del Estado de bienestar, en relación estrecha con movilizaciones obreras heterogéneas desde el punto de vista de la pertenencia nacional o étnica 11/.

Tomemos, entre una multitud de ejemplos posibles, el caso de la Argentina peronista descrita por los primeros sociólogos del fenómeno, como Gino Germani o Torcuato di Tella. Aquí, el populismo no es el lugar de una batalla cultural con el objetivo de legitimar el racismo, el sexismo o la violencia. Al contrario: el populismo puede ser visto como la cuna de una nueva, y poderosa, democratización pasando por el Estado y la institución sindical 12/. La orientación ideológica del peronismo no es, por su parte, nacionalista sino internacionalista, sobre la base del antiimperialismo defendido por el movimiento de los no alineados. Al menos en el peronismo de los años 1945-1954 y en su prolongación posterior en los Montoneros, el pueblo no es unificado o totalizado sino pluralizado a partir de una multitud de figuras de la emancipación popular (culturales, sexuales, coloniales, indígenas, etc.).

Aparece, en otros términos, como un operador de la política democrática y no como una esencia fabricada retóricamente e institucionalmente por la exclusión xenófoba del chivo expiatorio. Dicho esto, Germani y di Tella insisten en una contradicción estructural del peronismo, que vale para todo el populismo: la democratización, efectiva, va pareja con la tentativa estatal de instrumentalizar políticamente las masas, a través del aumento del control de las organizaciones populares.

Esta contradicción viene del hecho de que el populismo es un tipo de política plebeya de izquierdas estrechamente dependiente del liderazgo carismático del jefe y de la forma estatal, y que sufre por tanto sus excesos: el personalismo y el estatalismo (autoritarismo o corporativismo).

Son estas características las que se observan en los populismos latinoamericanos entre los años 1930 y 1970, así como en su “revival” en ciertos países del giro a la izquierda (en primer lugar de la Venezuela chavista), o también en la izquierda radical que se reivindica de ellos hoy en Europa.

Todo depende por tanto de la definición del fenómeno que se adopte y, conforme al método de las ciencias sociales, de la construcción conceptual que se hace del objeto. Podría ocurrir que el giro democrático popular que Eric Fassin preconiza para la izquierda no sea otra cosa que un populismo compatible con la historicidad latinoamericana y consciente de sus contradicciones internas: dicho de otra forma, un populismo de izquierda basado en una definición plural, inclusiva, democrática y no etnonacionalista del pueblo, y consciente de su doble escollo personalista y estatalista.

Más en general, si el populismo designa bien algo que no abarcan las categorías ya existentes, como la demagogia o el nacionalismo xenófobo (de otra forma ¿para qué utilizar otro término?), su análisis sociológico queda por hacer. Tal análisis necesitaría que no se den por sentadas las construcciones mediáticas del fenómeno (que suponen que, como Trump, Erdogan o Marine Le Pen “hablan para el pueblo”, son automáticamente populistas) y una definición conceptual rigurosa, aplicada en un contexto histórico y geográfico preciso.

El ensayo de E. Fassin tiene el mérito de proponer un análisis en sintonía con la actualidad mediática y política, abordando de lleno “la alternativa” que supone para la izquierda esta palabra gastada y desprestigiada, capaz de evolucionar de forma kaleidoscópica, que es el populismo. En esta actualidad, este libro constituye una referencia esencial. Para las ciencias sociales, sirve como invitación a reflexionar: Eric Fassin nos invita a reabrir el debate sociológico e histórico sobre la dimensión transideológica del populismo, sobre el pueblo y su operatividad política, así como sobre las vías que se ofrecen a la izquierda cuando asume plenamente la crítica del horizonte neoliberal (Artículo publicado en La Vie des idées, el 10/07/2017, ISNN: 2015-3030).

http://alencontre.org/debats/debat-populaire-ou-populisme-a-propos-de-louvrage-deric-fassin-populisme-le-grand-ressentiment.html

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

p>1/ Guy Hermet, Les populismes dans le monde. Une histoire sociologique (XIXe-XXe siècle), Paris, Fayard, 2001. Tradición que el autor liquida en una frase en la Introducción, afirmando que los populismos contemporáneos, de matriz nacionalista y xenófoba, no tienen nada que ver con la tradición histórica del populismo, mas bien plebeya y agraria: “el recurso a la historia no resuelve nada: las declinaciones actuales no son la simple recuperación del populismo agrario de finales del siglo XIX en Estados Unidos o de su versión intelectual contemporánea en Rusia; no más que algunas figuras que se han impuesto en la escena política en América Latina a partir de los años 1930” (p. 12-13). Se plantea la cuestión de la continuidad histórica de un fenómeno, que se nombra con el mismo término, cuando sus orígenes no tendrían ya ningún lazo con sus manifestaciones contemporáneas.

2/ Según Enzo Traverso, el fascismo designa en efecto movimientos políticos nacionalistas y conservadores que defienden la purificación del pueblo en relación a sus diferencias internas inasimilables, así como su totalización y encarnación contra élites moralmente “degeneradas”. Enzo Traverso, Les nouveaux visages du fascisme, Paris, Textuel, 2017. E. Fassin emplea, por otra parte, la palabra “fascismo” como sinónimo de “populismo” (p. 81).

3/ El autor defiende esta idea haciendo del populismo “un arma más que un concepto”. Se trataría, a partir de ahí, “no ya de construir una definición coherente, sino de deconstruir una injuria” (p.17). Pero al hacerlo, ¡el autor barre de un revés medio siglo de trabajos sociológicos, entre América Latina (Germani, di Tella, Jaguaribe), Estados Unidos (Goodwyn, Kazin) y Europa (Canovan, Gelner&Ionescu, Mudde), que han intentado construir rigurosamente el concepto de populismo!

4/ Según cuales, el populismo esencialmente una construcción discursiva, que reorganiza el espacio de las oposiciones políticas a partir de un “significante vacío” cargado de conflictividad, el “pueblo”. Ver Ernesto Laclau, La razón populista.

5/ Federico Tarragoni, Faut-il renoncer au populisme ?, Paris, La Découverte, 2018 (por publicar).

6/ Federico Tarragoni, “La science du populisme au crible de la critique sociologique : retour sur l’archéologie d’un mépris savant du peuple”, Actuel Marx, n°54, 2013, p. 56-70.

7/ Pierre Birnbaum, Genèse du populisme. Le peuple et les gros, Paris, Fayard, 2012.

8/ Julien Mischi, Le communisme désarmé. Le PCF et les classes populaires depuis les années 1970, Paris, Agone, 2014.

9/ El autor había sostenido ya esta tesis en Gauche : l’avenir d’une désillusion, Paris, Textuel, 2014.

10/ Claude Lefort, Le travail de l’œuvre : Machiavel, Paris, Gallimard, 1986.

11/ Danilo Martuccelli, Maristella Svampa, La plaza vacía. Las transformaciones del peronismo, Buenos Aires, Losada, 2011.

12/ Juan Carlos Torre, La vieja guardia sindical y Perón. Sobre los origines del peronismo, Buenos Aires, Razón y Revolución, 2011.



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