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Estados Unidos
Democratic Socialists of America: ¿van en serio?
10/08/2017 | Kate Aronoff

Los DSA han experimentado un incremento en su militancia. Ahora la cuestión radica en si serán capaces de transformar ese entusiasmo en cambios verdaderos.

“Una figura asoma la cabeza tras el cazador, pescador, pastor y crítico en Marx”, escribía Michael Walzer en 1968, “aquella del ciudadano ocupado en asistir a reuniones sin fin”. “La vida”, pronosticaba este autor en referencia al socialismo, “se convertirá en una sucesión de reuniones”

Walzer, veterano editor del legado órgano socialista Dissent, jugaba a imaginarse como sería la vida cotidiana en la utopía izquierdista en base a la descripción de Marx. Esta misma descripción resulta a su vez adecuada para describir lo que fue la convención de losDemocratic Socialists of America que tuvo lugar el fin de semana pasado en Chicago, la primera desde que su número de militantes se disparara en decenas de miles tras la elección de Donald Trump.

Mientras el impulso los ayuda a construirse, los DSA han de hacer frente a numerosas cuestiones. ¿Cuál es su relación con el Partido Demócrata? ¿La dirección central debe limitarse a tener funciones administrativas o ha de tener la capacidad de marcar línea ideológica? Y, ¿cómo puede su militancia – que tiene un fuerte sesgo blanco y masculino – llegar a representar a un país cada vez más diverso?

Aun habiéndose tratado, ninguna de estas cuestiones ha quedado resuelta durante el fin de semana. Sin embargo, lo que sí ha quedado patente es que el compromiso de una nueva generación de militantes de izquierdas americanos con las ideas socialistas es tan fuerte como su compromiso con nuevas formas de participación democráticas.

La cobertura que se ha hecho de este resurgir del socialismo ha tendido en centrarse en las divisiones ideológicas y generacionales, resaltando el hecho de que la gente joven votará en masa a viejos izquierdistas como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn. Intelectualmente, los fundamentos de fe que sostienen al capitalismo como principio organizador de la economía global pocas veces han sido tan inestables. Pero los novatos activistas de izquierdas quieren hacer política con el mismo entusiasmo que hablan de ella. Quieren un movimiento que pueda organizar, que esté dispuesto a participar en acciones de desobediencia civil para frenar la agenda de Trump, y que además quiera meter socialistas de base en las instituciones. Y precisamente porque ofrece una oportunidad para realizar estos tres objetivos, muchos ven a los DSA como la alternativa natural tanto a Trump como al establishment demócrata.

“Como una organización democrática de abajo a arriba, todos nuestros miembros quieren tener voz en todo lo que sucede. Y eso es algo que queremos fomentar”, dice Maria Svart, la dirigente nacional de los DSA. “Estamos trabajando juntos para garantizar que se dé un debate fraternal”.

Como resultado de la vieja fusión entre la Democratic Socialist Organizing Committee (DSOC) y el New America Movement (NAM), los DSA habían existido durante años en una penumbra relativa hasta que Bernie Sanders se presenta en 2016 a liderar el Partido Demócrata como candidato socialista. Tras la derrota de Hillary Clinton ante Trump, la militancia de los DSA se disparó de forma casi inmediata, lo que les granjeó un incremento en su referencialidad al aparecer reportajes sobre ellos en un amplio espectro de publicaciones, que van desde Vox a Rolling Stone.

Sin embargo, a pesar del mayor perfil que tienen ahora los DSA, no contaban en su Convención con ponentes de renombre o cócteles destinados a cortejar a grandes donantes – prácticamente una imagen inversa a la de la pompa y las circunstancias en las que se desarrolló la convención nacional de los demócratas el pasado verano. La mayoría de la agenda estaba encaminada a elegir una dirección, la estructura y las prioridades políticas de la organización. Esto se consiguió a través de debates de varias horas estructuradas con el método de las Reglas de Robert, entre más de 700 delegados electos de todo el país, que votaban decenas de mociones y resoluciones redactadas en los últimos meses. Estos debates salpicaban tanto las reuniones centrales así como reuniones regionales, además de reuniones y fiestas fuera del horario de la propia convención.

“Me levanté a las 6 de la mañana y no me fui a la cama hasta las 2 de la mañana”, dijo Cathy García, una delegada de los DSA de Santa Fe que proviene del entorno vinculado al movimiento obrero. “Estaba entusiasmada, y eso que sólo había tomado una taza de café, pero no es el café lo que me está dando energías en este momento”.

García se unió a los DSA en diciembre tras sentirse frustrada con otros grupos de izquierdas, de los que decía que “no eran como mi sindicato. Allí tan sólo se hablaba y se tenían grandes ideas, con ideas que yo comparto. Pero las ideas no son suficiente para mí. Una no puede simplemente tener una buena idea. Una tiene que llevar a cabo esa idea y hacerla viable. Una tiene que movilizar. Una tiene que organizar”. García añade: “leer un periódico no ayuda a que la gente tenga más dinero en sus bolsillos.”

Los veteranos de la organización se han quedado impresionados por el entusiasmo que ahora atraviesa a los DSA. “Lo que veo aquí es un verdadero hambre de democracia,” me dijo Maxine Phillips. “La gente siente que durante las elecciones no se tuvieron en cuenta ni sus problemas ni sus opiniones”. Phillips lleva participando de una forma u otra con los DSA desde hace 40 años, primero como liberada en DSOC, después como dirigente nacional de los DSA, después como editora de Dissent, una publicación muy vinculada a la organización. Se retiró de la revista en 2013, y ahora edita el folleto de los DSA, Democratic Left.

Phillips afirma que el grupo vivió un fuerte declive en los años de Reagan, llevando a muchos a cuestionarse el futuro de la organización. “Mi sensación era que aquí estábamos contribuyendo a mantener la llama encendida, y que cuando llegara de nuevo el momento estaríamos presentes. Ahora la organización está preparada para atraer a gente nueva y aprovechar esa energía”, comentó a New Republic.

Phillips dice que hay “mucha más desconfianza” hacia el Partido Demócrata ahora que cuando ella empezó a participar por primera vez. Aun así, las votaciones de este fin de semana mostraron una cierta dosis de pragmatismo cuando se abordó la cuestión de cómo aproximarse a un partido que disfruta de una hegemonía casi total en el campo de las políticas progresistas en el país.

El concejal en la ciudad de Chicago, Carlos Ramírez-Rosa – uno de los pocos militantes de los DSA en las instituciones – aconseja una aproximación ecuménica a la política partidaria. “El Partido Demócrata no es un monolito. Es una marca”, dijo este concejal de 28 años a su auditorio en un evento paralelo la noche del jueves. “No es una organización militante como los DSA. Es una marca a la que las leyes estatales y locales han favorecido para acceder a las elecciones. Es también la opción electoral de una gran mayoría de gente que prefiere cosas como tener un único empleo y un salario mínimo de 15 dólares”.

Mientras tanto, los delegados decidieron priorizar el uso de sus recursos electorales en intentar meter en las instituciones a activistas de los DSA abiertamente socialistas. Una propuesta que apostaba por presentar a Sanders por un tercer partido para las presidenciales fue fácilmente derrotada, como lo fue otra que proponía transformar a los DSA en un partido político y romper formalmente con los demócratas. La prioridad de los DSA parece ser la de ganar elecciones que puedan hacer de avanzadillas de posturas socialistas, bajo cualquier papeleta electoral que pueda hacer más viable su victoria.

Otra prioridad para los DSA es ampliar su militancia. Aunque deseosos de incrementar su diversidad de género y racial, sus militantes se apresuran en rechazar la narrativa de los medios de comunicación consistente en plantear que el socialismo del siglo XXI es un juego de hombres blancos (o de colegas de Bernie). “Esa es una narrativa creada por gente que no conoce a los DSA”, me dijo García. “Si eso es lo que ven es porque es lo que eligen ver, y a la vez ignorar a alguien como a mí, cuya presencia en la dirección elegida es pública y notoria. No me gusta que se me arrincone a un papel meramente simbólico”.

Con todo, son pocos los organizadores que guardan ilusiones sobre la actual implantación demográfica de los DSA o en el cierre de la histórica brecha entre la izquierda blanca – de la que los DSA han venido formando parte – y las comunidades de color. Bianca Cunningham, presidenta del área de movimiento obrero de los DSA de Nueva York, se unió a los DSA hace dos años, cuando apenas algunas personas de color participaban en la organización. Cuando la militancia se disparó tras las elecciones, percibió que el grupo estaba atrayendo una gran cantidad de nuevos miembros que encajaban con un determinado perfil: blancos, hombres y en proceso de pauperización.

“La gente que venía a las reuniones expresaba su incomodidad de estar en espacios únicamente blancos” señalaba Cunningham. En respuesta a esto, empezó a convocar regularmente happy hours afrosocialistas tanto para miembros de los DSA como para otros activistas de izquierdas de color en Nueva York. “Fueron incrementando en número y se hicieron muy populares,” me dijo. “La gente dice que han llegado a marcar la diferencia en cuanto a su permanencia en los DSA”.

Así fue como se gestó la moción para formar un espacio nacional afrosocialista, en un intento para sistematizar la estructura informal establecida en Nueva York. Se creará para ello un espacio nacional para que la militancia de color de los DSA debata las formas en que la organización ha de aproximarse a toda una serie de problemáticas relacionadas con la justicia racial. La misma moción manifestaba a su vez un fuerte apoyo para las reparaciones – tal y como estaban esbozadas en la Agenda To Build Black Futures del Black Youth Project 100 – y fue aprobada sin controversia.

Al igual que casi todo aquel con quién hablé, Cunningham veía como el mayor reto de la organización mantener el momento que atraviesan para que la organización siga avanzando. Si el mantra de que toda política es local ha de ser creído, éste se verifica especialmente bajo la administración de Trump. La esperanza para un cambio transformador a nivel federal ha sido prácticamente pospuesta hasta el 2018, o incluso más tarde. Las campañas de los DSA y de la izquierda en general – y la propia confianza de mantener viva la esperanza – se orientarán cada vez más hacia los estados y las ciudades.

Dado el modesto tamaño de los DSA, estas escalas quizás sea en las que la organización está mejor situada para luchar por el poder. De hecho, esto ya se ha demostrado, como con la elección del candidato apoyado por los DSA Khalid Kamau en South Fulton (Georgia), además de las campañas que están en marcha en Seattle, la ciudad de Nueva York y Minneapolis.

Aunque los futuros candidatos apoyados por los DSA concurran como demócratas o no, la reciente convención del grupo demuestra que la división entre la dirección del Partido Demócrata y aquellos a su izquierda va más allá de las diferentes políticas e ideologías que cada campo apoya. Los DSA han sido capaces de absorber a muchos descontentos con los demócratas después de noviembre por una razón muy simple: tienen una democracia mucho más directa.

Los millenials especialmente, que ahora conforman la mayoría de la militancia de los DSA, puede que hayan tenido menos experiencias de democracia directa que cualquier otra generación de americanos en la memoria reciente. Los sindicatos han sido diezmados, lo que significa que probablemente los jóvenes tienen muchas menos posibilidades que sus padres de haber participado en una elección sindical, o de haber presentado alguna resolución en una de sus secciones locales o estatales. Como resultado de la decadencia del movimiento obrero, los centros de trabajo también son menos democráticos. Mientras tanto, el Partido Demócrata ha dejado en muchos casos su dirección política y estratégica en manos de consultores políticos y donantes del mundo empresarial. El Congreso es claramente disfuncional, y los gobiernos regresivos de los distintos estados hacen cada vez mas difícil que los electores vayan a votar.

El que hayan llegado a la edad adulta teniendo que enfrentarse a los escombros dejados por la crisis financiera, hace comprensible el giro de los millenials hacia la política socialista. Que estén hambrientos de experimentar un proceso democrático abierto no debería ser ninguna sorpresa.

“El problema del socialismo,” como bromeaba una vez Oscar Wilde, “es que le roba a uno demasiadas tardes”. Para los militantes de los DSA, puede que eso no sea un problema.

Kate Aronoff es una escritura de Brooklyn que cubre temas relacionados con el clima y la política estadounidense.

07/08/ 2017

https://newrepublic.com/article/144229/democratic-socialists-america-real

Traducción: viento sur





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