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Primera vuelta de las legislativas francesas
Croquis. A izquierda, el caos de los irreconciliables
15/06/2017 | Hubert Huertas

¡Que desastre! La izquierda ha alcanzado su nivel más bajo en votos desde 1958. Es todavía peor en escaños. El Partido Socialista se ha hundido, Francia Insumisa está debilitada y Europa Ecología y el PC marginados.

En primer lugar no mirar para otra parte. En el resultado de esta primera vuelta de las legislativas hay una multitud de incertidumbres que no solo afectan a la izquierda. Expresan una crisis muda, ya que se expresa en una ausencia, pero que no puede ser ignorada. Este domingo 11 de junio, en una elección importante, los abstencionistas han sido más numerosos que los votantes. Es la primera vez que eso ocurre, es siniestro y el poder estaría loco si lo ignorase. La deserción de los electores expresa una distancia alarmante entre las instituciones y lo que perciben los franceses.

Decididamente, la introducción del “quinquenato” (se designa con este término el mandato de 5 años de la presidencia de la República; fue introducido en el año 2000 mediante referéndum, rompiendo con el anterior período de 7 años; al no concordar con la duración del mandato parlamentario, provocaba discordancias entre el partido del presidente y la mayoría parlamentaria, dando lugar a lo que se llamaba gobiernos de cohabitación, ndt) y la inversión del calendario de las legislativas están haciendo nacer una República cuyo poder ejecutivo, es decir, el de una sola persona, el presidente, ha disuelto el poder legislativo. Las elecciones legislativas se han convertido en el anexo de la presidencial, su retaguardia y, asombrosamente, perdón por la imagen, ¡los electores no se apasionan por una rabadilla¡

Si el presidente todo-poderoso, embriagado como sus predecesores por las comodidades del poder persona, no mide la urgencia de una reforma institucional, pagará las consecuencias, como Hollande y Sarkozy, quizá de forma más expeditiva. Será tanto más duramente alcanzado ya que su mayoría es caricaturesca. Es necesario haberse habituado a lo impensable para constatar sin asombrarse, como se hace en Francia, que un partido que dispone del 16% de los inscritos pueda obtener el 80% de los escaños en la Asamblea Nacional.

Todo ello es preocupante y podría ser, para una izquierda atomizada, una ocasión para inquietarse por otra cosa que ella misma. Hacer como si no pasara nada y esperar, invocando un otoño caliente, que caiga el fruto para recogerlo. Como si fuera posible coger una pelota del fondo cuando no se tiene ni brazos ni piernas,.

El domingo por la tarde desapareció el Partido Socialista (PS). Dominaba la escena y la izquierda desde hace 40 años; había instalado bastiones ocupados por millares de electos, centenares de diputados y senadores, había ocupado El Eliseo (sede de la presidencia, ndt) dos veces y se ha volatizado. Una debacle inusitada, más impresionante que la de 1993, que sin embargo pasaba por ser, con la presidencial de 1969, el fracaso que no podía ser mayor. ¡Y bien, eso está hecho; cuando se comparan los resultados, la derrota de 1993 parece casi una mermelada!

¿Como “Solferino” (sede del PS, ndt), cuyo primer secretario Jean-Christophe Cambadelis se ha hundido con el navío, ha llegado hasta ahí? La respuesta es compleja. El PS ha cogido agua a largo plazo, antes de hundirse brutalmente. El largo plazo es la despolitización creciente, la perpetuación de los responsables transformados en notables que los franceses no aguantan, la conversión, tras los imperativos de gestión, a un social-liberalismo que desorientaba o enfurecía a los electores de izquierda, todo eso ha minado el edificio. Pero el corto plazo es también el quinquenato Hollande y la llegada de Manuel Valls a Matignon (sede del primer ministro, ndt). Han acelerado la catástrofe, dinamitando la mayoría que, cinco años antes, disponían en departamentos, regiones, Senado y Asamblea.

Cuando Manuel Valls ha decretado que las izquierdas eran irreconciliables”, ha ido al final de una trayectoria que destruía al PS de Epinay, al de François Miterrand. Miterrand había instituido el mercado en el que mueren las izquierdas antinómicas. La consigna era hacerlas compatibles. Cuando, en las elecciones municipales de 1977, ese hombre que venía de la derecha obligó a centenares de buenos notables rosas, del estilo de Gaston Deferre, a aliarse con el PC, puso en marcha “alianzas antinaturales”, como decía la derecha de la época.

A fin de cuentas, la conciliación de los “irreconciliables” ha llevado a la izquierda al poder, con sus límites, sus marchas atrás, sus cambios y esa izquierda coja ha ganado las elecciones, mientras que los franceses conseguían algunas conquistas: la quinta semana de vacaciones, la jubilación a los 60 años, la abolición de la pena de muerte, los comités de empresa, la precursora de la RSA (Ingreso de Solidaridad Activa, prestación social) la CMU (cobertura sanitaria universal, ntd), las 35 horas, los PACs (Pacto Civil de Solidaridad, forma de unión civil basada en la convivencia, ntd) o el matrimonio para todos.

Al teorizar el fin del partido “mitad cabra rosa mitad repollo blanco”, Manuel Valls ha entregado al PS al centro derecha de Emmanuel Macron yha saldado una cuenta que vale lo que vale, pero que Miterrand hizo durar cuarenta años.

Así pues el PS ha caído por su culpa y por sus giros. Ello es un hecho. Flores y coronas, es el pasado, no hablemos más de ello.

Pero esta constatación política no explica todo. No dice por qué esta Bérézina (batalla en el rio de ese nombre –en Bielorrusia- del ejército de Napoleón que iba de retirada; en francés el término se utiliza para indicar un desastre, ndt) se ha convertido en la de toda la izquierda y por qué nadie ha cogido el lugar que había abandonado el PS. Es que en esta debacle colectiva hay un actor central que no ha se alzado a la altura del momento histórico que había sabido sin embargo crear con su talento, en la primera vuelta de la presidencial.

El 23 de abril, Jean-Luc Mélenchon se convirtió, por la voluntad de los electores, en el número 1 de la izquierda, el patrón, hacia el que dirigían las miradas. Podía reconciliar las izquierdas, suavizar las divergencias, hacer venir hacia él a los electores desconcertados por cinco años hollandismo. Pero ha escogido echar gasolina al fuego, excomulgar, denunciar las contradicciones en lugar de sobrepasarlas. Los socialistas –para él- eran acosadores”, los comunistas el nada y la muerte.

A su manera, Jean-Luc Mélenchon ha decretado, como Manuel Valls, pero por razones rigurosamente inversas, uno por desmoronamiento ideológico, el otro en nombre de la pureza, que las izquierdas eran irreconciliables y ha abrumado a sus socios potenciales. El resultado está ahí. Incluso en su propia circunscripción, el Mélénchon legislativo ha perdido terreno en relación con el Mélénchon presidencial (34% el domingo frente al 39% el 23 de abril).

El mal está hecho. La izquierda se ha debilitado como nunca, lo que no quiere decir que no se levantará, en su diversidad y con sus contradicciones. Los cementerios políticos están poblados de resucitados. Pero hace falta que los unos y los otros no se contenten con frotarse las manos ante las desgracias del rival. Es necesario que cada cual asuma sus equivocaciones. Y que todo el mundo renuncie a perderse en la base del monumento a los muertos.

12/07/2017

ttps://www.mediapart.fr/journal/france/120617/croquis-gauche-le-chaos-des-irreconciliables





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