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Conversación (temporalmente interrumpida) con Arnaldo Otegi
“Defendemos una estrategia constituyente que tenga su ‘epicentro’ en nuestra sociedad”
08/06/2017 | J.R. Castaños/ Petxo Idoiaga

El sábado 21 de enero finalizaba el Congreso de la –de lejos- mayor organización política de la izquierda abertzale, Sortu 1/ y lo hacía renovando casi en su totalidad la anterior dirección. Ahora, cinco meses después, el próximo 17 de junio, se celebra el Congreso de EH Bildu donde esta pasará de ser mera coalición de cuatro partidos (Sortu, Aralar, EA y Alternativa), a constituirse como un partido-movimiento, en el que el peso y la representación directa de los partidos sea mucho menor y en el que tengan lugar independientes sin partido. Sortu pone ahora su principal prioridad política en esa construcción de EH Bildu y Arnaldo Otegi dejará la próxima semana su función como secretario general de Sortu, para pasar a ser el coordinador general de la nueva EH Bildu 2/.

Esta conversación con Arnaldo Otegi se inició tras el congreso de Sortu. En particular el primer tema de esta conversación (donde el propio Sortu planteaba su conversión en partido-movimiento) corresponde a aquel momento. No obstante lo mantenemos porque da luz a los hechos actuales. Posteriormente el desarme de ETA del pasado 8 de abril, analizado ya en viento sur 3/ha añadido nuevas perspectivas.

Pero aunque la conversación se interrumpió por meras cuestiones técnicas, se ha vuelto a retomar más tarde y mantiene, en su conjunto, un interés “estratégico” muy por encima de la coyuntura de comienzos de año o de ahora mismo. Porque más allá, incluso, de los debates en el pasado congreso de Sortu o en el próximo de EH Bildu, los temas sobre los que conversamos con Arnaldo Otegi son sobre balance estratégico y futuro, estratégico también, de la izquierda en Euskal Herria y de sus repercusiones para el conjunto de la izquierda del Estado español. Así que la publicamos en su totalidad.

viento sur. Habéis definido el congreso de Sortu como el de “refundación”. Habéis subrayado que, si no el único, al menos el elemento principal de “refundación” es convertirse en “partido-movimiento”. Ante la mala tradición no democrática de los partidos clásicos de izquierda, ser asambleario y aceptar hasta “un puntito de trasgresión” (en expresión de vuestro responsable de Acción Política), está muy bien. Eso es necesario para la democracia en un partido, pero no lo convierte, aún, en “partido-movimiento”. ¿Podrías concretar y explicar qué contiene –además de la democracia interna- ese carácter de movimiento? Vinculado a ello, está la relación Sortu y EH Bildu. Parece que en vuestra perspectiva EH Bildu debe pasar de ser una coalición de partidos a un espacio de actividad (no sólo electoral) que recoja personas y sectores diversos y se estructure teniéndolo en cuenta. Eso sería lo más parecido a una organización-movimiento como el Frente Amplio de Uruguay. Pero, entonces, ¿cómo podrían convivir Sortu y EH Bildu ambos como “movimiento” o frente amplio? Y, si Sortu, finalmente, se convierte en un “movimiento” plural y socialmente activo, ¿se convertirá EH Bildu en sólo un acuerdo electoral y parlamentario entre partidos algunos de los cuáles estarán (ya lo están) fuera del activismo social?

Arnaldo Otegi. Venimos de una larga y rica tradición de lucha y búsqueda permanente de fórmulas organizativas novedosas. En la izquierda abertzale siempre hemos sido reacios ante fórmulas de organización política excesivamente ortodoxas, también de las consideradas tradicionalmente como de izquierdas. Por eso nunca nos autoorganizamos al estilo de los clásicos PCs, por eso a menudo hemos sido observados con recelo por todas las variantes de la ortodoxia.

Y tenemos muy claro que eso nos ha mantenido con vida y con el pulso necesario para afrontar nuevos desafíos. La forma partido-movimiento es la expresión de la combinación de esa tradición y las innovaciones que nos exigen los retos del siglo XXI en un momento muy esperanzador en Euskal Herria, pero también lleno de dificultades y múltiples incertidumbres.

Con esta fórmula queremos decir que queremos ser un movimiento social pero también un agente político articulador, esto es, capaz de ayudar a conectar diferentes luchas, con trabajo en las instituciones y en eso que solemos llamar la calle.

Una de los grandes obstáculos para la acción transformadora en estos tiempos líquidos es la fragmentación social, que por desgracia es también consustancial en el campo de los movimientos sociales. No se trata de pretender dirigir esos movimientos, tenemos muy claro que el modelo dirigista-vanguardista es muy perjudicial y debe de ser definitivamente superado; pero es necesario construir alianzas, sumar fuerzas, superar las tendencias corporativistas y esos narcisismos de la pequeña diferencia tan nuestros, de la izquierda, quiero decir. Creemos que hacen falta agentes políticos con verdadero pulso social capaces de construir esas conexiones y levantar alternativas integrales que vayan más allá de las demandas sectoriales. Para eso hace falta una cultura de la articulación desde la base, del cambiar el mundo en común, y nuestra vocación es contribuir a generar esa cultura y expresarla en avances sociales y políticos concretos.

Una cosa es que las condiciones legales te obliguen a ser un partido, porque la legislación española es como se sabe sumamente restrictiva (tanto que confunde política con partidos) y otra que asumas esa lógica de agente institucional que prima sus intereses sectarios y las ansias de poder de sus líderes y cuadros. Ese modelo está en caída libre en toda Europa y es normal, porque la gente no ve diferencias de proyecto, sino vanidades, oportunismo y sumisión a los poderes económicos. No queremos ser eso y por eso apostamos por las dinámicas sociales, pero el terreno de lo institucional, incluso de lo institucional en un marco que cuestionamos profundamente, debe ocuparse con políticas transformadoras y soberanistas. Por eso hay que construir nuevas sinergias entre espacios diferentes y se precisan fuerzas políticas que trabajen en esa dirección.

vs. El 31 de octubre de 2006, las representaciones de Batasuna, PSE-PSOE y PNV que venían reuniéndose en el santuario jesuita de Loiola (Gipuzkoa) se retiraron de la mesa con un borrador de acuerdo en el que se afirmaba que partiendo de la existencia de dos ámbitos institucionales diferenciados - la Comunidad Autónoma Vasca (CAV) y la Comunidad Foral Navarra (CFN)- se iba a crear un órgano institucional común para ambos con atribuciones ejecutivas y de propuesta legislativa. Cuando las tres delegaciones volvieron a reunirse en noviembre, Batasuna planteó como condición para el acuerdo establecer como tarea expresa de ese organo institucional elaborar un “Estatuto de Autonomía” común para ambas comunidades, es decir, ser, desde el inicio, un órgano constituyente común para ambas. Aunque no fuese la única causa de la ruptura, poner eso como condición previa para la constitución misma de la institución común, era ya, por sí sólo, impedir el acuerdo. Y la ruptura de este trajo consigo la vuelta de ETA –atentado T4 en Barajas- al escenario del conflicto. Con el congreso de refundación de Sortu además de diferenciar como sujeto político la CAV y la CFN se acepta que “hoy por hoy no hay mayoría suficiente para un proceso independentista ni siquiera en la CAV y que ese proceso necesita una estación intermedia favorable al derecho a decidir, una cuyas herramientas es un nuevo estatus político de la CAV, con o sin el acuerdo con Madrid” (vuelve a ser la explicación oficial sobre el Congreso de vuestro responsable de Acción Política).

¿Cómo valoráis desde vuestra perspectiva y propuestas actuales el papel de la izquierda abertzale en Loiola? y ¿cómo ha sido el proceso de reflexión para concluir como objetivo –si fuese necesario- en ese nuevo estatus político que reconozca el derecho a decidir a la CAV?

A.O. En cierto modo el proceso de Loiola fue nuestro último gran intento de buscar un acuerdo político que, aunque se sustentaba en las grandes corrientes políticas del país, miraba a la bilateralidad con el Estado español. Hemos aprendido mucho de aquel fracaso. Por nuestra parte hicimos cuanto estuvo en nuestra mano para llegar a un acuerdo que, de haberse llevado a la práctica, habría supuesto un avance enorme. Pero tanto el gobierno español como otros agentes prefirieron cerrar esa vía y apostar por una nueva vuelta de tuerca en la estrategia represiva. Como se sabe, esto nos llevó a muchos/as a la cárcel.

Hemos tenido tiempo para reflexionar sobre esta experiencia y también hemos tenido la honestidad suficiente como para admitir que también por nuestra parte se cometieron graves errores de cálculo político e incluso humano. La ruptura de aquel proceso negociador, independientemente o no de la voluntad del Estado, fue un error político de calado. Hemos tomado nota y asumido todo ello ante el pueblo vasco, que es a quien nos debemos. Pero en lo principal tenemos que ser muy tajantes: aquello no salió mal por nosotros/as, que nos dejamos la piel en el intento de construir una solución justa y democrática al conflicto mal llamado vasco.

Pero, como decía, aquel proceso termino por demostrar que no había vía bilateral a la solución del mal llamado problema vasco. Esto lo ha explicado muy bien hace unos pocos días ni más ni menos que Ibarretxe en un multitudinario acto de solidaridad con Catalunya: si no hay otra parte dispuesta a sentarse y dialogar no se puede hablar de bilateralidad. Y tiene razón. No se trata de nuestros deseos o de la estrategia que nos parezca mejor, sino de tomar nota de la realidad: el Estado español (y podemos decir lo mismo del francés) no quiere afrontar estas cuestiones en términos democráticos. Ante esta reflexión, lo lógico es sacar conclusiones y la responsabilidad política te lleva a decirle a la gente, por duro que sea, que no se puede confiar en llegar a acuerdos bilaterales con Estados que creen que hacer tal cosa sería suicidarse. O dicho de otra manera con Estados para los que la solución es la reedición de la tragedia nacional del 98. Nuestras soluciones son sus pesadillas y es esa razón la que impide un acuerdo satisfactorio para las partes. La lógica del Estado es de suma cero.

Por eso defendemos una estrategia constituyente que tenga su epicentro en nuestra sociedad. Una estrategia autoconstituyente de la futura República Vasca, un proceso que imaginamos confederal, en base a tres ritmos confluyentes en la CAV, Navarra y el País Vasco continental o Iparralde.

Esto no quiere decir que renunciemos a llegar a acuerdos. Lo sensato y lo deseable, desde nuestro convencimiento reforzado cada día de que lo mejor para nuestro país es tener un Estado diferente de Francia y España, es llegar a ese escenario de un modo pactado, civilizado, que evite conflictos innecesarios y permita un escenario en cualquier modo de auténtica colaboración, y buena vecindad. Pero hay que actuar con responsabilidad y no aferrarnos a vías muertas: eso hoy por hoy no es posible. Lo que sí es posible es avanzar en esas dinámicas constituyentes en Euskal Herria y mantener, por supuesto, la mano tendida para pactar, pero sin conceder a los Estados el poder de veto al condicionar cualquier avance a lograr su consentimiento.

vs. Nos parece muy razonable poner en primer plano el derecho a decidir, el soberanismo democrático, en lugar de un impulso unilateral e irreversible del independentismo hasta la independencia, que, a nuestro entender, venía siendo un discurso excesivamente escorado en los últimos tiempos, aunque sea llamativo que la resolución final del Congreso sea la República Vasca independiente y que hasta se le ponga fecha (aunque sea con interrogantes): 2026.

Pero volviendo al soberanismo como camino. Pese a que en la propia CAV haya una mayoría parlamentaria (PNV, EH Bildu y Podemos) formalmente de acuerdo con el derecho a decidir, afirmáis que con la actual dirección del PNV es un proceso imposible; en la votación sobre la constitución de la ponencia sobre el nuevo estatus político EH BIldu se ha abstenido porque la ponencia remite a la legalidad del nuevo estatus como límite, aunque participará en ella. En la campaña de las últimas elecciones al Parlamento Vasco y en las reuniones posteriores entre partidos, más bien fueron vuestras expectativas (al menos así consta en declaraciones vuestras) sobre un “acuerdo de gobierno” con el PNV lo que llevó a retrasar vuestra presentación como alternativa de gobierno a Urkullu (que habría permitido, a nuestro entender, presionar seriamente a Podemos para apoyarla). Parecen bandazos, de los que no siempre es clara la razón. Pero, en todo caso, ¿por qué este cambio ahora sobre la imposibilidad de acuerdos con el PNV?

A.O. Lamento que hayáis podido hacer esa interpretación, sin duda no hemos sabido explicarnos con la claridad exigible si habéis interpretado nuestro Congreso como un cuestionamiento de la apuesta independentista. En realidad, en grandes trazos, esa es la idea central de la reflexión que hemos hecho en el proceso Abian en el conjunto de la izquierda abertzale y ahora en Sortu. Por eso hablamos de decantación independentista y de la independencia como horizonte de época para nuestro país, concepto este de horizonte de época que tomamos prestado, del vicepresidente boliviano García Linera.

Pero vemos ese recorrido hacia la independencia como una posibilidad para construir acuerdos y articularnos con fuerzas que no tienen por qué ser independentistas. No son sólo palabras, lo hemos demostrado con el compromiso con el cambio en Nafarroa, que queremos que sea no sólo un relevo en los gobiernos foral y municipales sino una verdadera democratización de la versión impuesta en este territorio del régimen del 78. Y lo hemos probado también en Ipar Euskal Herria, apoyando esa limitada pero histórica institucionalización que se ha producido.

El derecho a decidir es una de las claves de articulación social y políticas como se está viendo sin ir más lejos en las numerosas consultas organizadas en nuestro país para este 2017. Vemos el derecho a decidir como una de las ideas-fuerza principales de la revolución democrática del siglo XXI. Por ahí pasa la radicalización de la democracia y nos permite trabajar en común a personas y grupos sin que sea necesario compartir una estrategia independentista.

Creemos que el vendaval neoliberal ha ratificado la corrección de nuestra hipótesis estratégica: la clave del cambio social en Euskal Herria es la defensa de nuestra articulación político-jurídica como pueblo. O lo que es lo mismo, la lucha de clases toma en nuestro país, como hace cinco décadas, la forma de proceso de liberación nacional. El soberanismo es uno de los vectores de resistencia y construcción de alternativas a un capitalismo desbocado que coloniza estados, instituciones y partidos, porque pone en el centro del debate la cuestión del poder: ¿quién manda aquí y por qué?

Así que, en realidad, no hay contradicción alguna entre la apuesta por lograr cuanto antes la independencia y, a la vez, fomentar acuerdos y prácticas concretas en torno al derecho a decidir.

vs. Pero si esa imposibilidad se manifiesta, ¿qué aliados políticos o sociales pueden crear una mayoría suficiente –siquiera en la CAV- para pasar de estar de acuerdo con el derecho a decidir a presionar de verdad por su reconocimiento? Habláis de las bases del PNV, pero no es de esperar que se sumen, contra su dirección, a la dinámica propuesta por la izquierda abertzale, aunque en ocasiones se hable de Ibarretxe como referencia alternativa. El propio movimiento por ese derecho a decidir “Gure Esku Dago”, está flojo y apenas incorpora sectores sociales (aunque sí personalidades) que no sean cercanos a la izquierda independentista. Una de las lecciones de Catalunya es que, para ganar una mayoría por la soberanía hay que unir demandas sociales y democráticas a la reivindicación soberanista. Hay en todo esto un debate apenas esbozado en la izquierda abertzale. La idea de un espacio político-sindical (creado junto con el sindicalismo mayoritario de la CAV) como partida y de encuentro en todo ello con los espacios feministas y ecosocialistas, tiene muchísimo interés… pero sería bueno que se planteraan con mayor claridad líneas de trabajo y se realizaran más experiencias para poder visualizarlo. En concreto ¿cuáles pueden ser esas líneas de trabajo y esas experiencias para Sortu y EHBildu?

A.O. Hemos llegado a la conclusión de que el independentismo debe demostrar no sólo que tiene el mejor proyecto para el país, sino de que es capaz de traer cambios positivos en el día a día. Por desgracia, como ocurre con el socialismo, es fácil caer en el esquema del “Día D”, una especie de momento mágico de ruptura ante el que sólo cabe esperar y empujar para que llegue cuanto antes. No, la independencia o se construye cada día, conectando y desconectando, sumando y con rupturas concretas o no llegará nunca.

Desde este punto de vista, planteamos una propuesta estratégica clara, pero tenemos la mano tendida para llegar a acuerdos que posibiliten otras políticas aquí y ahora. Insisto, lo hemos hecho en Navarra y no vemos por qué algo así no sea posible y deseable en la CAV.

No puedo estar de acuerdo en que la izquierda abertzale esté sólo esbozando un debate sobre la relación entre soberanía, cambio social y democracia. De hecho, la izquierda abertzale es ese debate. Esa es nuestra hipótesis fundacional y tiene más de 50 años. Eso nos diferencia tanto del PNV y las otras derechas locales o exógenas como de la izquierda española. Por eso se nos conoce como izquierda abertzale, esto es, izquierda patriótica.

Toda nuestra trayectoria política se explica en torno a la soberanía como ejercicio democrático y mejora para las condiciones de vida y trabajo del pueblo trabajador vasco, la mayoría social. Lo que hace falta es reinventar esa formulación de acuerdo a las circunstancias concretas de nuestro tiempo. Es decir para nosotros la recuperación de la soberanía tiene dos naturalezas convergentes: la recuperación de nuestro futuro político como pueblo y la recuperación ciudadana de la democracia secuestrada por las oligarquías.

Y en esa articulación entre la demanda de un Estado propio y la defensa de los intereses de la mayoría social frente a las élites y la agenda neoliberal es donde queremos construir nuevas alianzas. Pero eso sólo es posible con dinámicas sociales participativas y abiertas, esperamos mucho más de eso que de eventuales acuerdos entre direcciones de partidos, sindicatos u otros agentes. Siempre, y ahora también, estamos comprometidos con esas articulaciones y, por supuesto, vemos con buenos ojos las llamadas de ELA a unir fuerzas o el acercamiento entre este sindicato y LAB. Es para nosotros fundamental que el sindicalismo nacional y de clase ocupe un espacio central en la propuesta estratégica que defendemos.

vs. Un repetido argumento de la izquierda abertzale es el de la convicción de que resulta imposible que se produzca en España una ruptura democrática con el “régimen de la transición”. Se ha dicho que si eso ocurre se apoyará, pero que si no se produce se llama a la izquierda de España a apoyar el independentismo vasco o catalán o gallego… porque estos procesos independentistas sí tienen perspectiva de triunfo y, además, serían la mejor aportación a la crisis de ese régimen de la Transición. Desde luego está complicado eso de la ruptura del “régimen de la transición” en el Estado español. Pero tampoco la perspectiva de su ruptura unilateral en Euskal Herria está para tocar campanas (aunque defendamos, como debe ser, que no debe estar a la expectativa de la previa ruptura en el conjunto del Estado español).

A.O. Pero lo malo del repetido argumento es que parece que la izquierda abertzale no es un sujeto importante en las políticas y las prácticas que se generan en el conjunto del Estado español y que apuntan al deterioro y derribo del “régimen de la transición”. Pero sí debe serlo. Por supuesto debe serlo en las mareas de los movimientos sanitarios, de la enseñanza, del feminismo, del ecosocialismo y de las movilizaciones obreras, en lugar de pensar, en cada ocasión, en la forma de tener sus fechas y acciones desvinculadas de las del resto del Estado. Y debe serlo, también, en el reconocimiento y trabajo mutuo con una izquierda (como Podemos o IU) del conjunto del Estado –no sólo del interior de Euskal Herria- que aun con un proyecto unionista del Estado, lo es de manera democrática y reconocedora del derecho a decidir. En un contexto en el que el mismo Sortu considera que un Estado vasco no se logrará antes del 2026, ello no solo es importante para acabar con el “régimen de la transición” sino para poner una línea de resistencia contra las agresiones sociales, ecológicas y democráticas que afectan y van a seguir afectando también a la población vasca. Para que esa resistencia sea victoriosa es necesaria, cuando sea posible, la actuación lo más unida posible de quienes combaten, en el resto del Estado, contra esas agresiones.

Durante décadas el soberanismo-independentismo vasco y en general los movimientos populares de este país han sido la única resistencia socialmente enraizada y políticamente potente al “régimen del 78”. Si este régimen ha entrado en crisis es, entre otras razones, por el desgaste que ha acumulado, un desgaste incomprensible sin reparar en la historia de la lucha del pueblo vasco. Y esto nos ha costado mucho sufrimiento. Hace unos días, sin ir más lejos, recordábamos los miles de personas torturadas. Creo que ningún análisis honesto puede hacerse en torno a la crisis de régimen sin prestar atención a esta resistencia vasca, a la larga rebelión vasca contra el franquismo, primero, y contra su reforma, después. Y creo honestamente también que la crisis de régimen que vive el Estado español no se hubiera producido sin el cambio de estrategia operado por la izquierda abertzale. La desaparición de ETA (o de su actividad armada para ser exactos) ha supuesto la desaparición del “enemigo interno· que cohesionaba al conjunto del régimen

En cuanto a la situación actual, seamos realistas, no hay a nivel de Estado una estrategia de ruptura con el régimen de 1978. Que nos digan quién tiene un plan claro para derribar este régimen y construir otro, que nos digan dónde hay momentos constituyentes o expectativas de ponerlas en marcha fuera de Catalunya o Euskal Herria. Ahora mismo no hay en el Estado nada parecido al camino de auto-organización del pueblo de Catalunya. Y, a otro nivel, claro está, pero también hay que decirlo, no se puede apreciar nada comparable con el cambio en Navarra, que se ha hecho dejando de lado al PSOE y, pese a todas sus limitaciones, afrontando medidas destituyentes del régimen de 1978. Y tampoco se ve nada equiparable a las dinámicas populares para realizar consultas sobre sobre la posibilidad de crear un estado en las que van poder votar decenas de miles de personas este mismo 2017.

Celebramos el 15M, la aparición de Podemos y las mareas, nos felicitamos de la llegada de plataformas progresistas a numerosas instituciones, pero eso está muy lejos a día de hoy de ser una alternativa constituyente a nivel de Estado y no se nos escapa que ya ni siquiera se habla de ello.

Pero, sobre todo, por desgracia no apreciamos masa crítica para un cambio de régimen a nivel de Estado. No será desde estas UGT o CCOO que esto se vaya a hacer y no vemos a los movimientos sociales en fase de movilización y fortalecimiento, sino todo lo contario.

La verdad es que todo esto nos reafirma en que nuestra escala preferente es la nacional vasca. Siempre abiertos y abiertas a la colaboración, pero conscientes de que las escalas no son neutras. El espacio vasco está marcado por una rica tradición de lucha, resistencia y organización, nuestros sindicatos mayoritarios son combativos, tanto que muchas veces nos critican porque consideran que no somos suficientemente radicales en el sentido transformador de la palabra. Es decir, hay fuerzas que nos desbordan, que empujan hacia el cambio, nos enriquecen, y yo no veo en el conjunto del Estado nada semejante a este potente juego de poderes y contrapoderes. Y lo digo con pena, porque es una catástrofe que esto esté así, pero hay que ser consecuentes con este diagnóstico.

Por eso hemos dicho en más de una ocasión que la gente de izquierda, la gente que quiere dejar atrás el “régimen del 78” debiera apoyar al soberanismo catalán y vasco. Y nunca, por supuesto, jactarse de ser la única opción capaz de frenar el independentismo. No creo que el papel de perro del hortelano (no cambia el régimen en el Estado ni deja romper con él en Catalunya o Euskal Herria) sea una gran idea para la izquierda española.

vs. Durante todo el proceso del Congreso de refundación, como en el anterior de fundación de Sortu y, más allá, en todo el proceso desarrollado desde “Zutik Euskal Herria” en febrero de 2010, se deja fuera de la agenda de la izquierda abertzale un balance político –repetimos el calificativo: político- sobre ETA. Desde la primera comparecencia de fuerzas abertzales en Gernika tras el cese definitivo de la actividad armada de ETA, pasando por las posiciones públicas de la Mesa Nacional y hasta del propio colectivo de presas y presos de ETA, EPPK 4/
, la izquierda abertzale ha reconocido el dolor causado y se ha hecho autocrítica ética sobre su indiferencia ante el mismo. La importancia que ha tenido la votación muy mayoritaria del congreso de Sortu sobre la estrategia de “desobediencia civil”, también hay que entenderla en clave de rechazo –actual al menos- a estrategias de actividad armada como la que sostuvo ETA.

Sin embargo no hay balance ni debate público sobre la valoración y justificación política de la actividad armada de ETA desde la transición, ni siquiera sobre sus acciones indiscriminadas que afectaron a civiles (Hipercor…), sobre las que supusieron estrategias contra representantes de partidos políticos elegidos por voto popular o sobre periodistas y otras similares.

Hoy todos los movimientos memorialistas ponen la denuncia de la violación de los derechos humanos básicos tanto a los fusilamientos de la guerra y la posguerra, como a las actuaciones policiales, torturas etc., del tardofranquismo y la transición. Hoy la izquierda abertzale pone, con razón, la defensa de los derechos humanos en el centro argumental para el proceso de paz. Hay que afirmar, efectivamente, que la base de una denuncia democrática a todo ello es que fueron violaciones de derechos humanos. ¿No lo fueron, también, muchísimas de las actuaciones de ETA, no casos aislados sino espina dorsal de su estrategia? Frente a los argumentos antiterroristas sostenemos que la militancia en ETA no se debía a afanes racistas ni nada parecido. Pero las razones políticas de esa militancia no impiden considerar que no había razones que justificaran esa violación de derechos humanos.

¿Por qué en el análisis de la izquierda abertzale sobre su pasado no hay un espacio (debería ser principal) para una valoración política sobre el sentido de la existencia de ETA y de sus acciones, al menos desde Hipercor en adelante? ¿No creéis que es necesario un balance político sobre una organización como ETA que fue referente y dirigente del conjunto de la izquierda abertzale? Y ¿no creéis que sin ese balance político, existirán –como existen ahora- presiones reivindicativas del pasado y hasta movimientos escisionistas como el presentado en Iruñea, que -incluso si no son amenazas de reaparición de violencia armada- impiden avanzar y definir lo que la mayoría del reciente Congreso y la mayoría del nuevo Consejo Nacional considera que debería hacerse?

La propuesta para la paz y la convivencia presentada por Julen Arzuaga es un conjunto de medidas que se pueden apoyar, ¿pero puede articularse un plan de paz y puede cerrarse el conflicto sin una valoración política sobre la estrategia de ETA, una valoración que niegue su justificación política al menos (este “al menos” es consciente), insistimos, desde el periodo de Hipercor?

A.O. El pueblo vasco creó la izquierda abertzale y a él nos debemos. Ya hemos ejercido nuestra responsabilidad y nuestra autocrítica acerca de nuestra trayectoria y lo hemos hecho hasta desde la cárcel, entre torturas y guerra sucia. Pero, ¿hay condiciones democráticas para un debate sobre la validez política histórica de la lucha armada? Quien piense que ha sido un error puede defenderlo sin problemas, pero, ¿qué pasa con quien eventualmente no esté de acuerdo con esa idea? Ese debate hoy no puede hacerse. ¡Pero si te meten en la cárcel, doy fe, por mancillar el honor de Carrero Blanco, que era el lugarteniente de Franco!. Además este es un debate que no se puede desarrollar porque los hechos son demasiado recientes. Este es un debate que si no se hace en condiciones solo provocara el aumento de las heridas en una y otra parte. Hay que ser responsables y estar a la altura de las circunstancias. Mientras haya quien plantee estos debates no en términos constructivos y de futuro sino como una especie de ejercicio de suma cero, de intento de imponer un relato único, de construir un relato de vencedores y vencidos sencillamente será un debate que no se podrá desarrollar. Nosotros no vamos a estar en este debate en las circunstancias en las que lo plantea el Estado. Sería un grave error, reabriría heridas aun sin cicatrizar y además sería una hipoteca para la construcción de la convivencia democrática para las siguientes generaciones.

Aquí también hemos de actuar con honestidad y no es posible hacer ese debate, así que nadie debiera actuar como si ese debate fuera posible.

vs. Al referirse al Congreso de Sortu han aparecido bastantes declaraciones hablando de cambio generacional, juventud, etc. Sin lugar a dudas hay un cambio radical entre los componentes de la anterior dirección y la actual. También es cierto que la organización juvenil de la izquierda abertzale –Ernai- inicia su propio proceso de refundación. Pero los datos no nos parecen muy optimistas sobre la incorporación de la juventud. Más bien lo contrario. La media de edad del nuevo Consejo Nacional es de 39’6 años y sólo 5 de sus miembros tienen menos de 30. ¿No hay en la izquierda abertzale una brecha de militancia joven?

En la participación de la gente más joven en la acción política hay ciclos, tanto en Euskal Herria como en cualquier lugar. Sortu se ha rejuvenecido notablemente, desde la base hasta la dirección. Y cualquiera puede comprobar que EH BIldu tiene centenares de concejales y otros cargos jóvenes. Hay miles de jóvenes en Ernai y en numerosos movimientos sociales. La presencia de gente de edad en la izquierda abertzale es la expresión de una trayectoria muy rica: en nuestro movimiento hay muchos lustros de experiencia. En nuestra cultura política esta experiencia es un valor a preservar, no se nos pasaría por la cabeza renunciar a ese capital humano acumulado.

Pero efectivamente, no nos basta con esto. Uno de los retos para abrir un nuevo ciclo de movilización social en Euskal Herria es el protagonismo de la juventud. Queremos empujar ese ciclo tras décadas de resistencia y se precisa una renovación que sólo la juventud puede liderar, obviamente. El cambio en la dirección de Sortu es un paso más en ese sentido.

vs. ¿Quieres añadir algo más?

A.O. Querría, siquiera brevemente, lanzar dos ideas.

Una primera, un mensaje de apoyo a toda la gente que está intentando cambiar las cosas. Hay más vida en el campo popular y de izquierdas del Estado que en las últimas décadas y eso es magnífico, aunque sospechamos que ciertas expectativas puedan estar siendo erosionadas. Nos sentimos muy cerca de todas esas personas y queremos que sepan que compartimos con ellas muchos de sus desvelos, sus ilusiones y sus sueños.

La segunda, nuestra preocupación por los monstruos que está creando el neoliberalismo y la desorientación de buena parte de la izquierda en este delicado momento. Si no acertamos a dar forma en Europa al socialismo del siglo XXI mientras avanza a toda máquina el fascismo del siglo XXI algo está fallando, algo muy grave. Y en este sentido, creemos que una parte de la izquierda debe asumir que ha sido un gravísimo error dejar de lado la cuestión de la soberanía, del sentimiento nacional, haberse tragado ese cuento neoliberal del fin de los estados. Alguien tendría que preguntarse, por ejemplo, cómo se pasa en algunos barrios del predominio del nacionalismo banal francés del PCF, disfrazado de cosmopolitismo o internacionalismo proletario, al éxito del FN. No hay una sola razón, pero no iremos muy lejos sin prestar atención a la ceguera de buena parte de la izquierda ante la cuestión nacional.

Notas

1/ Un Congreso autodefinido como “refundacional” y celebrado tres años después del fundacional de la organización. Para participar en el mismo se inscribieron 7 000 personas de las que casi la mitad ejercieron su derecho al voto. En aquella fecha se le reservó a Otegi -que estaba preso en la cárcel de Logroño- el cargo de secretario general; en el Congreso pudo tomar la palabra, como tal, comprometiéndose a poner en marcha un proceso soberanista desde una perspectiva de izquierda, para lo que “tenemos que convencer a una mayoría del país”. Un Congreso, por lo tanto, que pretendía marcar dicen- “el paso de la identidad de resistencia a la identidad de proyecto” y hacerlo, en palabras de Otegi ·”recuperando espacios de desobediencia civil y confrontación política”.

En la primera parte de este Congreso, celebrada en noviembre del pasado año se aprobó la ponencia base Zohardia (significa tanto “cielo sereno” como “resplandor”) con un 91% de los votos, y se eligieron los 14 miembros del equipo dirigido por Otegi que se presentó –sin alternativa- para formar parte y asumir las principales responsabilidades del nuevo Consejo Nacional. Para la segunda parte del Congreso, junto a las 37 propuestas para ocupar los 15 puestos restantes de dicho Consejo, se presentaron 919 enmiendas parciales de las que 574 fueron directamente incorporadas al texto. De entre las que pasaron a votación hay que destacar, sin duda, un grupo de 8 en defensa de la desobediencia civil que fue aprobada con casi el 85% de votos/.

Las tres ponencias del congreso (“bases ideológicas”, “línea política”, “organización”), así como la totalidad de las enmiendas, los resultados de las votaciones de ellas y del Consejo Nacional, así como de las resoluciones “República Vasca” y “Posición ante la situación internacional” aprobadas, están publicadas en euskara, español y francés en http://sortu.eus/es/

2/ Sortu sostiene que todo su esfuerzo de futuro será dinamizar EH Bildu como un espacio de encuentro de la izquierda vasca.

3/ Ver http://vientosur.info/spip.php?article12424, http://vientosur.info/spip.php?article12462, http://vientosur.info/spip.php?article12464 y http://vientosur.info/spip.php?article12505.

4/ El 26 de febrero de 2013 la izquierda abertzale hizo público un manifiesto titulado Construyamos la paz en el proceso democrático. El documento partía de reconocer "el dolor y el sufrimiento que las diversas manifestaciones de violencia han producido en Euskal Herria". Pero añadía, expresamente, su "profundo pesar" por "las consecuencias dolorosas derivadas de la acción armada de ETA" y aceptaba que "mediante sus (de la izquierda abertzale)declaraciones o actos ha podido proyectar una imagen de insensibilidad frente al dolor causado por las acciones de ETA" y que esto “haya podido suponer, aunque no de manera intencionada, un dolor añadido o un sentimiento de humillación para las víctimas". Declaraciones posteriores han subrayado esta argumentación.

La línea de actuaciones del EPPK había sido, tradicionalmente (a diferencia de la “via Nanclares”), la de plantear una negociación de conjunto para modificar la política penitenciaria y, en particular, el acercamiento a cárceles cercanas a Euskal Herria. Pero siguiendo las recomendaciones que en mayo de 2013 planteó el llamado Foro Social, http://www.forosocialpaz.org, en diciembre de ese mismo año hizo público un comunicado en el que decía “Asumimos toda nuestra responsabilidad sobre las consecuencias derivadas de nuestra actividad política en el conflicto político. Asimismo, mostramos nuestra voluntad para analizar la responsabilidad de cada uno de nosotros, dentro de un proceso acordado que reúna las condiciones y garantías suficientes (…)” .





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