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Debate
Pensamiento social crítico, cultura y filosofía en diálogo con la fe liberadora
08/06/2017 | Agustín Ortega Cabrera

"No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla". Esta frase, atribuida a Voltaire, expresa la clave de fondo del título que encabeza este artículo para un diálogo crítico y fraterno. Mucho se ha escrito, ríos de tinta y océanos de palabras, sobre las relaciones o diálogo entre la fe y la cultura, la religión y la razón, la espiritualidad y las ciencias, el cristianismo y la ética o el compromiso sociopolítico. Desde estas diversas perspectivas, con las materias de la filosofía y ciencias de la religión, como pueden ser la antropología, la psicología o sociología, se puede mostrar que la experiencia religiosa puede ser un fenómeno ambivalente como otras experiencias y realidades. Como ha mostrado la historia, por un lado, puede ser un factor de patologías, deshumanización, fundamentalismos e integrismos, alienación y evasión de la realidad, colaboración o complicidad con los poderes dominantes e injustos. Por otro, ha manifestado su potencial fraterno y solidario, crítico, ético, social y liberador como realidad de humanización, de servicio y compromiso transformador por la paz, la libertad y la justicia con los pobres.

En esta realidad humanizadora y liberadora de la fe, más en concreto del judeo-cristianismo y en especial de la fe católica, nos vamos centrar. Con la finalidad de poder establecer estos cauces de diálogo y puentes con otras tradiciones en afinidad como las humanistas, ilustradas y emancipadoras, críticas y liberadoras. Tales como las tradiciones humanistas de carácter liberal o social como el movimiento obrero, el pensamiento crítico, personalista y latinoamericano de carácter liberador. Siguiendo a diversos autores, escuelas y testimonios como Mounier, la escuela de Frankfurt, Bloch, Gramsci, Habermas, Dussel o Ellacuría. Algunos estudios recientes de M. Lowy, B. Sousa de Santos, Zizek u Houtart… Perspectivas y escritos de F. Fernàndez Buey, C. Fernández Liria, L. Alegre o S. Alba Rico que, en este sentido, últimamente mantuvo un interesante y ejemplar diálogo con J. Manuel de Prada que se puede encontrar en http://www.abc.es/cultura/cultural.

En los inicios del cristianismo originario iniciado por Jesús de Nazaret, como incluso en cierto sentido viera el mismo Engels, se muestra la disconformidad y rebelión de la fe frente al imperialismo romano que terminaba con el martirio de muchos cristianos. Frente a la política y economía de tipo esclavista, bélica y propietarista, las comunidades cristianas mostraban la dignidad y libertad que toda persona debe tener, lo que deslegitimaba los cimientos de la esclavitud. La existencia de amor fraterno en la comunión de vida, de bienes y de justicia con los pobres ponían en cuestión ese individualismo posesivo y propietario en el que se basaba el derecho e imperio romano. La paz y no violencia inspirada en la fe rechazaba las guerras, los ejércitos y armas convirtiendo a los primeros cristianos en pioneros de lo que, más tarde, se conocerá como la objeción de conciencia e insumisión militar.

Los estudios sociales e históricos académicos, más serios y cualificados de los orígenes del cristianismo nos están mostrando este carácter fraterno, humanizador, ético, crítico y liberador de la fe frente a los poderes e imperialismos como el egipcio, el judío o el romano. Nos transmiten como este cristianismo originario se fue transmitiendo por esta profunda acción cultural, educativa, ética, social y solidaria con los pobres, enfermos, extranjeros, marginados y víctimas de estos imperialismos que los empobrecían, oprimían y excluían. Las semillas de lo que, en la modernidad, se dará en llamar el Estado de bienestar o social de derecho-s.

En este sentido, todo lo anterior se va desarrollando por Europa con el surgimiento de la vida monástica que, como ha sido estudiado, es una crítica y alternativa a degradación y corrupción del imperio romano. Surgen los conocidos como “padres de la iglesia”, primeros filósofos y teólogos del cristianismo naciente que desarrollan toda una vida fraterna, un pensamiento social y ética transformadora. En una antropología integral basada en la realidad de la persona, hasta ahora desconocida como tal por el pensamiento helénico. Con la vida y dignidad sagrada e inviolable de todo ser humano por encima de toda ley y sistema que, como la economía y la política, deben asentarse en la ética con los valores del bien común, la justicia y el destino universal de los bienes. El poder económico y la riqueza-ser rico queda deslegitimada por una justicia real que ha de restituir todos los bienes que les pertenecen a los pobres, al igual que la propiedad que no es un derecho absoluto e intocable y que solo es ética si sirve a este destino común de los bienes, con una justa distribución de los recursos.

Ya en la edad media, las órdenes mendicantes con las revoluciones espirituales y populares continúan este espíritu de vida fraterna y pobreza solidaria en el compartir la vida, los bienes, la paz y la justicia con los pobres. Impulsadas por todo este movimiento espiritual y cultura, nacen las primeras universidades con los profesores y doctores como Santo Tomás de Aquino, que recogen y transmiten la filosofía y cultura clásica como había sido guardada (custodiada) en los monasterios. Con el desarrollo del pensamiento social y ética inspirada en la fe, como la mostraron los padres de la iglesia, poniendo la leyes, política, economía y propiedad en el marco de una moral humanista. Al servicio del bien común, de la justicia distributiva y de las necesidades de las personas, de los pueblos y de los pobres que libera de las idolatrías del poder y de la riqueza-ser rico.

Se ponen así las bases para los humanismos modernos con sus utopías y revoluciones como la renacentista, liberal y la social u obrera que quiere hacer valer estos ideales espirituales y éticos. Tal como ya habían sido transmitidos por el movimiento mendicante con los valores de fraternidad, libertad e igualdad. Como se ha estudiado, aquí es esencial subrayar la escuela de Salamanca con Vitoria, Soto, Suarez y los misioneros en América que, como A. de Montesinos o Bartolomé de las Casas, son los pioneros de los derechos humanos y del derecho internacional. Vitoria, Suarez, Montesinos, las Casas, el mártir Valdivieso y un largo etc. promueven la defensa, emancipación y liberación integral de los indios, negros, guanches y pueblos oprimidos. Con la defensa de su libertad, dignidad y derechos políticos, sociales, interculturales y de resistencia a la tiranía de los poderosos y sus sistemas perversos como era la encomienda.

Estas revoluciones humanistas, liberales y la promulgación de los derechos civiles-políticos, asociados a estos ideales de la libertad y emancipación del antiguo régimen como es el yugo feudal, se pervierten con el liberalismo económico y el capitalismo que niegan la justicia e igualdad. Lo más valioso del humanismo liberal e inspirado en la fe con Kant, Rousseau, Hegel e incluso el propio A. Smith, que mantenía unida la libertad civil y económica con la ética humanista, es tergiversada por este liberalismo del individualismo posesivo con nombres Hobbes y, en especial, Locke. Surgirá de aquí la naciente cuestión social u obrera, con la dominación y explotación de la clase trabajadora a manos del capitalismo ya industrial, a la que responde la ciencia social naciente y el humanismo socialista inspirados por el cristianismo como Saint-Simon, Fourier u Owen y más tarde el propio Marx que, como judío e ilustrado tal como ha sido estudiado, asimismo tiene de fondo toda esta matriz bíblica y judía. Lo más valioso de todo este humanismo socialista y de Marx, junto a otras corrientes importantes como la libertaria con nombres como Proudhon, sobre todo lo plasmado por toda esta cultura judeo-cristiana del movimiento obrero, suponen la lucha por la justicia e igualdad en las relaciones económicas, en el trabajo y la propiedad frente a la dictadura del capital.

Y, en esta línea, lo más importante de todo este movimiento obrero y social, que a veces no se suele tener en cuenta, es su cultura y antropología militante en la pobreza solidaria, honradez e ideales de vida moral en la solidaridad y lucha por la justicia con los obreros, oprimidos y pobres; frente al individuo burgués, posesivo, insolidario y su vida ególatra en el poseer, tener y producir, en el lujo, hedonismo, derroche y consumismo con los ídolos del poder, la corrupción y la riqueza-ser rico.

En este contexto, surge la moderna y conocida como doctrina social católica con los movimientos apostólicos obreros, como la JOC con Cardijn o la HOAC en España con Rovirosa, la misión obrera y la renovación del pensamiento católico con su teología y autores como Chenu, Congar o Rahner. Los nuevos humanismos y pensamientos de raíz judeo-cristiana como la teoría crítica de la escuela de Frankfurt, Bloch y S. Weil, la teología política de Metz o Moltmann. El personalismo con Mounier, Levinas, Zubiri y la pedagogía emancipadora de Milani. Y, en sintonía con los anteriores, posteriormente el pensamiento latinoamericano y teológico liberador con autores como Freire con su educación liberadora, Fals Borda, G. Gutiérrez, Ellacurìa, I. Martín-Baró, Dussel o J. C. Scannone. Con obispos y testimonios como Mons. Romero, H. Camara o L. Proaño.

Todos estos testimonios, autores y pensamiento personalista o humanista de carácter crítico, ético y liberador nos muestran la solidaridad y promoción integral de los obreros, trabajadores y empobrecidos como protagonistas de sus propia emancipación y autogestión. La razón crítica en la memoria compasiva, solidaria y justicia con los sufrimientos y dominación de los oprimidos, de las víctimas de la historia en la utopía, esperanza y anhelo de sentido liberador de todo mal, muerte e injusticia. La opción por los pobres como sujetos de su desarrollo y liberación integral promoviendo la civilización del trabajo, una economía al servicio de las necesidades y el desarrollo integral de los pueblos, y la de la pobreza solidaria. Con el compartir en el amor fraterno la vida, los bienes y las luchas liberadoras por la justicia con los pobres de la tierra en contra de la civilización de los ídolos del capital y de la riqueza-ser rico; frente a las idolatrías de poseer y del tener por encima del ser persona, solidario en esta vida pobre en solidaridad y justicia liberadora con los pobres.

Vemos pues todo este legado de lo más valioso de la vida de la fe en el cristianismo e iglesias con estos testimonios, con su pensamiento social y ética, tal como lo ha desarrollado este pensamiento contemporáneo de carácter crítico, personalista, humanista y liberador. En sintonía con esta doctrina (enseñanza) social católica y con los Papas como Francisco. Así se ha plasmado con la colaboración y alianza de movimientos sociales, ciudadanos y espirituales que buscan ese otro mundo posible, una globalización más justa. Por ejemplo, en los foros sociales mundiales y temáticos como los celebrados en Porto Alegre, en los encuentros de los movimientos populares con el Papa Francisco. Ciertamente pueden existir diferencias en determinados planteamientos o visiones, por ejemplo la relativas a la bioética o sexualidad que no hay que porque ocultar, más con un dialogo sincero, crítico y fraterno se trata de ir caminando juntos. Potenciando lo común que no une en estas luchas liberadoras por la paz, la justicia con los pobres de la tierra y el desarrollo humano, ecológico e integral. Dejando a un lado los prejuicios, sectarismos excluyentes y demás actitudes que no permiten la unión de estas tradiciones críticas y liberadoras.

En la acción y vida no debe existir el purismo maniqueo e integrismo religioso o ideológico que impide el diálogo, el encuentro y la comunión en todas estas casusas e ideales con la praxis liberadora y transformadora de la realidad social e histórica, con la acción por la justicia social-global y ecológica, por la dignidad y los derechos humanos. Como ha mostrado y expresado muy bien los estudios y autores citados u otros, como el admirado Paco Fernández Buey, la fe católica y el cristianismo tiene un caudal de sentido, emancipador y liberador que no se debe despreciar. Con los valores, ideales y el sentido que afrontan las cuestiones vitales como el sufrimiento, el mal (personal y estructural), la muerte e injusticia, que asientan la fraternidad universal en la pobreza solidaria y liberadora con los pobres como base indispensable para libertad auténtica y la igualdad real; que conjuga bien la razón crítica-ética y fraterna para la unión de la justicia con la democracia real, la igualdad con la libertad. En contra de los totalitarismos como los fascismos, el neoliberalismo con el capitalismo y un comunismo colectivista o colectivismo tipo leninista-estalinista que impiden el protagonismo emancipador de las personas, de los pueblos y de los pobres. Es la vida fraterna y la solidaridad que, con la utopía en el principio-esperanza, nos va liberando de todos esos ídolos e idolatrías del poder y la riqueza-ser rico, del capital y del Estado que, como falsos dioses, acaban sacrificando la vida de los seres humanos en su altar de la dominación y del beneficio. Es la utopía y esperanza que nos posibilita el ir caminando juntos en la búsqueda de esa felicidad y vida con más plenitud en la que todos nos vayamos liberando de todo mal, muerte e injusticia.

Agustín Ortega Cabrera, Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC), Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología (UM-ITM). Profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y en el Centro Universitario de Estudios del Seminario Diocesano de Ibarra. Investigador en la Universidad Loyola Andalucía.



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