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Ecología, cultura, vida
El hombre cazador
26/05/2017 | Enrique Nafría

La caza en el Estado español supone la matanza oficial de más de veinte millones de animales al año. Las cifras de las estadísticas anuales del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente 1/no incluyen las vidas sesgadas por el furtivismo ni las de aquellos y aquellas que huyen malheridas para morir tras una lenta agonía, o la de tantos otros que perecen a causa del estrés. Tampoco a las crías huérfanas que aparecen en los bosques después de la temporada.

Es necesario incluir en esta trágica lista el abandono, dolor y muerte que sufren las aves en la cetrería o cientos de miles de perros, cuya consideración por el colectivo de cazadores es el de mera herramienta. Como agravante, muchas de las modalidades de caza que se practican son especialmente crueles. Basta echar un vistazo a algún vídeo en internet que muestre, por ejemplo, una típica jornada de caza de jabalí con perros y cuchillo.

Además de las evidentes consecuencias negativas que para tantos animales conlleva el especismo en general y la caza en particular, la dominación ejercida en cualquier ámbito de la socialidad -en este caso la dominación que el ser humano impone sobre otro no humano- ayuda a fortalecer significados y símbolos que legitiman otras formas de discriminación, al menos, en nuestras modernas sociedades estatales.

Si observamos la actividad de cazar que se lleva a cabo en Occidente como una cuestión exclusivamente ligada al pasatiempo y desde la justificación de la predación entre especies, el resultado es que se invisibilizan las consecuencias políticas derivadas de esta práctica. Existen grupos de poder que gestionan el recurso cinegético (las vidas de los animales) en función de intereses antropocéntricos, de clase y machistas. La decisión de qué animales se cazan, qué terrenos se declaran cinegéticos, quiénes tienen la posibilidad de acceder a los privilegios de la caza, así como la demostración de cierto estatus a través de la posesión de derechos sobre mejores cotos, mejores trofeos, mejores armas, mejores coches o mejores fiestas, son la consecuencia de un modo de relación que exige dominación y competencia.

Este artículo pretende señalar los aspectos sociales que influyen y se dispersan en y desde la actividad de cazar ejercida por el hombre moderno de Occidente.

Empezaré adoptando una definición de cazar, señalando la perspectiva antropológica que pretendo. Con la definición trataré de mostrar el carácter reduccionista que las sociedades occidentales asumen de la actividad de cazar, y cómo esta característica es utilizada para construir un consenso ideológico interesado sobre la caza. Una vez establecida la acotación, apuntaré los mecanismos derivados de dicho consenso. Posteriormente explicaré cuáles son las consecuencias, es decir, cómo dichos mecanismos contribuyen a mantener ciertos aspectos de las ideologías de discriminación, necesarias para el sostenimiento de las relaciones de producción capitalistas, dejando implícita la relación dialéctica entre ideología y modo de producción. Por último, indicaré algunas conclusiones que pueden extraerse a la hora de valorar la toma de posición contra la caza en Occidente como modo de enfrentar eficazmente las ideologías de discriminación tratadas.

Algunos cuestionamientos pueden ponernos sobre la pista del objetivo de este trabajo: ¿por qué la caza, en el Estado español (y por extensión en Occidente) es practicada fundamentalmente por hombres?; si somos capaces de identificar los valores que se desarrollan en el acto social de cazar, ¿existen mecanismos quetrasladan estos valores a otros ámbitos de la socialidad? ¿Sirven las dinámicas especistas para mantener el patriarcado, el racismo, el clasismo y, finalmente, este sistema económico que necesita de toda forma de discriminación?

¿Qué es cazar?

La Antropología incluye en el concepto cazar la busca y captura de animales en general. Engloba también, por lo tanto, la acción de recoger pequeños animales, como los moluscos, antiguamente desempeñada por mujeres. El objetivo de esta acción ha sido fundamentalmente energético, es decir, la búsqueda de alimento.

Este supuesto pasatiempo se enfrenta a un rechazo social creciente, como le ocurre a la tauromaquia, lo que obliga a pensar, por parte de quienes se benefician de ella, estrategias que la justifiquen ante la opinión pública. Un ejemplo institucional se extrae de algunas conclusiones obtenidas en el simposio “Manthe Hunter 2/, que fijó un consenso respecto a la caza y que William Laughlin resume bien en una de sus formas más radicales:

“La caza es el sistema básico de comportamiento de la especie humana. Es la actividad organizadora que integra los aspectos morfológicos, fisiológicos, genéticos e intelectuales de los organismos humanos individuales y de las poblaciones que componen nuestra única especie. La caza es un modo de vida, no simplemente una técnica de subsistencia, que implica compromisos, correlaciones y consecuencias que alcanzan al continuum entero biológico y comportamental del individuo y de la especie entera de la que él es miembro” (Laughlin, 1968).

En la categorización de la caza que pretende el simposio subyacen al menos tres mecanismos ideológicos que se mantienen: el conservadurismo radical, la esencialización de la cultura y el culto al individualismo.

A continuación pretendo exponer cómo se explicitan en la caza estos valores y cómo legitiman el consenso ideológico basado en la jerarquía, imprescindible para el mantenimiento de nuestras sociedades capitalistas.

El conservadurismo radical como determinismo(impuesto en la creencia popular a través del mantra “es así porque siempre ha sido así”).

Las ideas expresadas desde el estilo romántico de Laughlin carecen de validez científica. “Por un lado, la importancia en la dieta del alimento vegetal obtenido por recolección a cargo de las mujeres reducía el valor de la caza a actividad secundaria y ocasional; por otro lado, se impuso la evidencia de que las tareas de subsistencia no exigían tanto tiempo de dedicación como se creía, de modo que el tiempo de ocio era sorprendentemente extenso y daba la trama esencial a su vida social.” 3/

Las conclusiones del simposio se basan en considerar la caza como la forma más estable de adaptación de la especie humana. El argumento se construye alrededor de la idea de que el ser humano se ha visto obligado a cazar durante gran parte del tiempo de estancia en el Planeta 4/. Aunque aceptáramos como posibilidad -en contra de lo que la tendencia antropológica moderna defiende- el hecho de que la caza supusiera la fuente principal de alimento de algunas comunidades humanas en algunos tiempos concretos, esto no puede hacernos caer en el vicio metodológico de identificar la causa de algo con su persistencia.

Algunas comunidades practicaron el canibalismo durante miles de años. Podríamos decir, antes de que cesara, que el canibalismo es innato al ser humano e integra los aspectos organizativos individuales y colectivos de las poblaciones de nuestra especie porque así fue durante un tiempo, cayendo en la falacia mencionada. Sin embargo, las verdaderas causas las encontramos en cómo se organiza culturalmente la producción o el aprovechamiento de los recursos, en procesos rituales bélicos, o en una creencia compartida sobre la dignificación de las personas familiares muertas (como era el caso de la ingestión del cerebro). El hecho de que el canibalismo fuese practicado durante todo el tiempo de existencia de un pueblo no explica las causas que llevaban a ese pueblo a practicar el canibalismo.

Esencialización de la cultura.

El consenso ideológico derivado de ciertas conclusiones del simposio es el resultado de un proceso que atribuye significado esencial a una acción social humana. Esta visión atávica de una práctica más, entre tantas otras, como es la de cazar, recurre a la explicación mítica para zanjar una compleja cuestión cultural, buscando la transformación en materia biológica, por extensión, incuestionable. Cazar, al contrario, constituye una acción incluida en una red de condiciones y relaciones materiales concretas; es una respuesta en un contexto a una necesidad, como es la necesidad animal de proteínas.

La caza en las sociedades de recolectores-cazadores se comprende, fundamentalmente, como actividad de subsistencia. De igual forma, el ser humano ha utilizado la recolección y la agricultura como medios para subsistir, y de esto no puede deducirse que el individuo humano se integre morfológica y fisiológicamente a través de la recolección y la agricultura. Menos aún que exista un ADN agrícola-recolector que transforme esta actividad en universal humano. Cumple, como otras, funciones de mantenimiento, de adaptación al medio, que obviamente han sido o son todavía parte necesaria en la descripción de relaciones socio-económicas, pero no una suerte de imposición divina, de germen establecido o de destino predeterminado, sino una cuestión cultural.

Ningún hecho biológico tiene consecuencias sociales por ni en sí mismo, es decir, lo biológico está culturalmente significado. Las consecuencias sociales que se derivan del hecho biológico de la necesidad de alimento se construyen culturalmente. Dicho de otra manera, nuestra necesidad biológica de alimentarnos no convierte en biológicas nuestras maneras de alimentarnos.

En los Estados actuales, la mayoría de sus miembros no practica la caza –entre otras razones- porque esta ha dejado de ser necesaria para la supervivencia. Si, como se concluyó en Manthe Hunter, lo llevásemos en los genes, si la caza esculpiera nuestro intelecto, si nuestra morfología y fisiología estuviesen predeterminadas para cazar (y, como hasta ahora, obviásemos las implicaciones éticas que conlleva), los seres humanos continuaríamos empleándola como actividad central de organización, ya que no habría alternativa individual o colectiva. Al contrario, comprobamos cómo esta práctica constituye una ocupación minoritaria, casi residual. No se trata, pues, de una necesidad para sobrevivir.

Sin embargo, persiste en nuestros días disfrazada con trapos mitológicos, contribuyendo a la consecución de fines bien diferentes. El cazador dice buscar el campo, la naturaleza, la paz, desde un punto de vista hereditario de su ser. De nuevo se esencializa retóricamente la acción de cazar, identificándola con una necesidad biológica venida de tiempos inmemoriales ante la que debemos ceder 5/
>.

Culto al individualismo.

La teoría necesita de la idealización del modo de vida de los antiguos cazadores, obviando las penurias que en muchos casos esta actividad conllevaba, al tratarse de una labor fundamentalmente solitaria en la que se ponía en juego la propia integridad física y que, por otra parte, ofrecía un balance neto de dudosa eficacia en el aporte energético. El éxito en la caza no implicaba garantía alguna de más alimento o más estatus, como demuestran los estudios arqueológicos y etnográficos sobre los recolectores-cazadores de aprovechamiento de recursos inmediato.

Una de las consecuencias de esta idealización es la concepción romántica y redonda del individualismo. La actividad de cazar se concibe, desde esta perspectiva, como un acto solitario en el que el cazador camina sin compañía o, como mucho, la de un perro, presentando al hombre como el guerrero ante la imponente naturaleza, independiente y auto-suficiente. La identidad individual radical (el individualismo) es necesaria para el sostenimiento de las sociedades postindustriales, basadas en la concepción del individuo como guardián de sí mismo (aquí desde Foucault). Sin embargo, lejos de este planteamiento que reduce la amplia y diversa actividad de cazar a lo largo de la historia y culturas, antropológicamente se descifra como cualquiera que implique la captura de otros animales, desde la caza de un ciervo tras la persecución solitaria de un hombre durante días, hasta la recogida de moluscos en grupos de mujeres que desarrollaban la oposición al individualismo desde la práctica en común y la cooperación.

En la construcción del individualismo se requiere negar el hecho de que “la naturaleza” sea un espacio socialmente construido, para pretenderla un ente separado del ser humano con el que relacionarse en oposición. Precisamente, la visión de la naturaleza como una fuente de “experiencias auténticas” es una muestra de la visión eurocéntrica de esta actividad 6/

Consecuencias.

La actividad de cazar en Occidente contribuye, en mayor o menor medida, al mantenimiento de las relaciones de producción actuales a través del sostenimiento de unas funciones específicas a las que sirven ciertas ideologías de discriminación. Hablamos, al menos, de antropocentrismo moral (Riechmann, 1995), androcentrismo y naturalización de la jerarquía.

El antropocentrismo moral comprende la naturaleza como un almacén al servicio del hombre lo que, por extensión, contribuye a fijar el derecho auto-otorgado de la Humanidad a explotar todo lo no humano. La caza produce y reproduce esta perspectiva.

La masculinización de la caza es un vehículo de transmisión del androcentrismo. En la caza, la limitación efectiva de género afianza la identificación del par armas-hombre, reforzando así el monopolio de la violencia. Como bien explican algunas vertientes del ecofeminismo, una de las principales características de nuestras sociedades patriarcales es el culto a la muerte, y este se vehicula a través de un rol determinado de hombre. Siguiendo esta línea, el hombre no es agresivo, sino que se comporta agresivamente al ser socializado en un rol basado en estos valores. Los espacios donde se desarrolla la acción de cazar están reservados casi exclusivamente para el varón. El niño se presupone genéticamente preparado para la dureza que la violencia de la naturaleza impone, de esta manera, al principio de su vida toma contacto con un modo de relación basado en el choque, la muerte, la sangre, la ley del más fuerte. La niña es concebida como dulce, sumisa y lenta, lo que hace su presencia poco adecuada para estos lugares. Se socializa desde la premisa que dice que el género está biológicamente determinado, cuando en realidad se trata de una cuestión de roles de género, de una cuestión cultural. Los espacios en los que se desarrolla la caza son ámbitos de socialización que reproducen esquemas heteronormativos de hombre y mujer. El hombre tecnológicamente cazador. La mujer biológicamente cuidadora.

La legitimación de la jerarquía través de la sacralización de la cadena trófica constituye una forma de ordenar la realidad. La dominación explícita del ser humano sobre individuos de otras especies animales, además de constituir la opresión más abyecta de la historia de la vida, reifica la supremacía de unos seres sobre otros, configurando símbolo y significado que contribuye a justificar la imposición de la sociedad de clases a través de una construcción interesada del concepto de Naturaleza. La acción de cazar del hombre se naturaliza a través de la identificación con la predación entre especies, ayudando a la aceptación social de otras formas de explotación 7/
.

Como se ha dicho antes, la Antropología incluye en el concepto cazar la acción de recolectar, también, pequeños animales, antiguamente desempeñada por mujeres. La obstinación por reducir toda forma histórica de caza a dos clases de animales -mamíferos y aves- es un intento por identificar la violencia explícita que supone matar a los individuos que pertenecen a ellas (algunos significados culturales del capitalismo actual consiguen que no se perciban de igual manera la muerte violenta de un ciervo y la de una culebra) con la capacidad del hombre para ejercerla. No es, por lo tanto, una simple cuestión metafórica, sino la reproducción explícita de valores en espacios donde se legitima la dominación y se extrapola a otros ámbitos sociales.

Conclusiones.

Independientemente del punto de vista que se adopte, es un hecho biológico que los animales poseen sistema nervioso, es decir, son seres que pueden verse dañados o beneficiados. Si entendemos que la amenaza a la integridad física y la muerte constituyen daño, la caza se descubre como una acción cuyas consecuencias son perjudiciales para los animales.

Sin embargo, como cualquier práctica especista, la caza repercute también en otros ámbitos de la socialidad. Los significados y símbolos culturales que las instituciones capitalistas ponen en práctica se basan en la dominación, y el especismo proporciona una herramienta útil para naturalizar la ley del más fuerte. La caza, desde la base de la sacralización de la cadena trófica, contribuye a la reproducción de valores clasistas y machistas.

Por otra parte, las personas que se oponen a la caza son estigmatizadas desde dos tipos de discursos. Uno que las acusa de promover el desequilibrio natural, el caos en la naturaleza, identificando de esta manera la sensibilidad por los intereses de los animales con una utopía peligrosa en lo referente a la supervivencia de la especie humana. La amenaza a un falso concepto de equilibrio biológico y control de la naturalezase hace extensiva al equilibrio de la sociedad de clases, que según la ideología dominante de la competencia supone el único modo de sobrevivir en un mundo supuestamente en lucha constante. Quienes cuestionan el equilibrio natural de las cosas (concepto cuyo significado está definido por la ideología dominante) lo cuestionan en todos los ámbitos sociales.

El otro relato alude a un aspecto individual. Así, se les atribuye a las personas que de una u otra forma defienden los intereses de los seres sintientes, una “especial sensibilidad” o predisposición a la empatía. De esta manera, al individualizar y convertir en extraordinaria una forma de acción social, se asume incuestionable la realidad actual de las sociedades basadas en relaciones de opresión, y se cierra la posibilidad de un cambio cultural hacia los valores de solidaridad, comprensión y respeto.

La acción social que supone la actividad de cazar ejercida por el ser humano es susceptible de transformación, en consecuencia,se puede abandonar. Al demostrar que se trata de una cuestión cultural y no esencial, se evidencia una respuesta positiva al cambio. Un punto de vista ético impide justificar la práctica del canibalismo ya que esta viola intereses fundamentales de los seres humanos, como el interés en no sufrir o en vivir una vida propia. Desde esta perspectiva, no es posible tampoco aceptar ninguna clase de actividad que atente contra el interés en no sufrir o el interés que tienen en vivir todos aquellos y aquellas que sufren y son poseedores de una vida, es decir, los animales. Actuar de manera diferente ante intereses iguales supone un modo de relación discriminatoria, donde el grupo que tiene el poder decide arbitrariamente quién tiene intereses y quién los reparte. Independientemente de la consideración de la actividad de la caza como legal o furtiva, legítima o ilegítima según tradiciones rurales o ancestrales, y que suponen cuestiones importantes a la hora de comprender la práctica de cazar en contextos diferentes, todas ellas necesitan la muerte violenta, el sufrimiento extendido y la agonía de millones de animales cada año en los bosques.

La consideración de la capacidad que tienen los animales de ser dañados o beneficiados constituye motivo suficiente para plantearnos la alternativa a nuestros hábitos. Sin embargo, mantener una postura contra la caza en las sociedades occidentales no solo enfrenta la injusticia de millones de animales sufriendo en la naturaleza. Supone, también, un modo de cuestionar los valores heteropatriarcales-al chocar con el modelo heteronormativo de masculinidad-, así como una actitud política que refuerza la oposición al capitalismo, un sistema que no concibe excluir a nada ni a nadie susceptible de ser explotado.

Enrique Nafría es activista de Mirada Animal (www.miradaanimal.info )

Notas:

1/
href="http://www.mapama.gob.es/es/biodiversidad/estadisticas/Est_Anual_Caza.aspx">http://www.mapama.gob.es/es/biodiversidad/estadisticas/Est_Anual_Caza.aspx

2/
"Manthe Hunter" se celebró en 1966 en la Universidad de Chicago, promovidoby Richard Lee and IrvenDeVore. Irven de Vore; Richard B Lee. Chicago III.: Aldine-Atherton, 1972.

3/
i>Hablar y pensar, tareas culturales. Temas de antropología lingüística y antropología cognitiva. Honorio M. Velasco Maillo. UNED- Madrid, 2003.

4/ Ubaldo Martínez Veiga explica este efecto en su crítica al origen de la desigualdad de género basada en estos planteamientos.

5/ "Los bosques nos hicieron humanos, las ciudades civilizados y hay gentes que estamos en medio, humanos pero aún por civilizar, negándonos a entrar en la amnesia de la urbe pero olvidada ya la sabiduría de la tierra, a medio camino de ningún sitio. Quien ha visto cómo caza el gavilán a un palmo de los ojos no entiende el sucedáneo virtual, confortable, televisivo en el que no hay frío, ni lluvia, ni muerte irrepetible, ni misterio. Quien no ha sentido la arrogancia del jabalí defendiendo su vida a dos metros, avisando que sus armas también son milenarias se conforma con la asepsia de la imagen con voz en off entre dos cortes de anuncios. Pero no nosotros, cazadores de vida, bichos medio de campo medio de ciudad, alimañas en uno y otro mundo. Solo a quien siente el campo como hogar, quien sueña siempre con volver, le angustia de verdad perderlo. Los visitantes, admiradores de paisajes, turistas de la naturaleza, coleccionistas de postales, buscadores de decorados verdes, entomólogos de nombres y parques buscan en el campo vivir el documental, el bucolismo, el relax. Para el cazador el campo es duro, incómodo y difícil -por eso es hermoso pero es su casa y la ciudad un lugar de visita en el que se vive mientras tanto" Ramón J. Soria Breña, en "Días de llovizna", Revista Trofeo, 2005.

6/
La mercantilización de la naturaleza encuentra aquí una buena expresión con la intención de los cazadores de buscar “experiencias auténticas”, no artificiales, pero hechas posible gracias a todoterrenos, rifles, dominación de perros, guías de agentes medioambientales, puestos de espera y reserva, etc. De caza y cazadores. Las construcciones teóricas sobre la actividad cinegética actual a partir de los discursos de sus actores. Gaceta de Antropología. Roberto Sánchez Garrido.

7/
Merece la pena detenerse a analizar dos espacios concretos de la actividad de cazar: la caza menor y la caza mayor. La primera supone la concesión a las comunidades rurales -por parte del poder actual- de una actividad con influjos de autarquía. Estas comunidades tratan de vindicarse ante la imposición de un modo de vida urbano basado en el modelo de ciudad total, que entiende el campo como “la despensa de la metrópoli”. La segunda, la caza mayor, se dota de un carácter elitista. Los precios de los precintos y de los medios necesarios para llevarla a cabo garantizan el acceso exclusivo a las clases dominantes. La caza mayor crea espacios de prestigio y estatus donde el poder se masculiniza y se hace hermético a través de comportamientos heteronormativos. Es también importante señalar el carácter colonialista que el poder económico situado en los centros de decisión urbanos ejerce sobre la propiedad legal de los terrenos en manos de administraciones públicas locales y sumisas. En el modelo rural actual aparece el choque cultura urbana que se cree poseedora de todo el saber científico versus cultura rural que identifica al saber popular. Se gestiona el recurso cinegético desde la urbe, imponiendo la prepotencia elitista de la ciudad sobre el campo. Estas élites se sirven de las instituciones diseñadas a su servicio para manipular los ecosistemas desde la distancia, de acuerdo a sus necesidades y a la superior conciencia ecologista que abanderan.

Referencias bibliográficas.

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2006 “De caza y cazadores. Las construcciones teóricas sobre la actividad cinegética actual a partir de los discursos de sus actores”. Gaceta de Antropología. Universidad de Granada.

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