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Conversación con Enzo Traverso (extractos)
Los nuevos rostros del fascismo
18/05/2017 | Régis Meyran

Lo que es inquietante en el aspecto místico de la República, es que va acompañado de una negación o de una minorización de un cierto número de crímenes cometidos por esta misma República (Charonne, Sétif, etc)… Ahora bien, el FN aparece hoy como uno de los partidos de la derecha radical más importantes de Europa. A la inversa, en la RFA, los alemanes han hecho un análisis crítico sobre su pasado y las extremas derechas no adquieren tanta amplitud como aquí. ¿Ves en ello una relación de causa-efecto?

Creo que hay una relación, aunque no haya ningún determinismo y cada país siga siendo un caso particular. En España el neofascismo es casi inexistente y, sin embargo, la nostalgia del franquismo está muy presente en las capas más conservadoras de la sociedad, que votan al Partido Popular, un partido de derecha posfranquista que no tiene ningún vínculo con las organizaciones fascistas antiguas, como la Falange española. En Italia, se ha asistido a la muda del neofascismo, convertido en una fuerza liberal conservadora e integrada en la derecha clásica, precisamente cuando nacen en otras partes nuevos movimientos fascistas o postfascistas como la Liga del Norte, que originalmente no tenía nada de fascista.

En el caso de Alemania, pulsiones conservadoras profundas se manifiestan sobre todo en el Este, con Pegida, y ahora Alternative für Deutschland (AfD) que explota la crisis de las personas refugiadas. Pero, por otra parte, este país ha arreglado sus cuentas con el pasado nazi. Alemania ha reconocido los crímenes nazis e incluso ha hecho del Holocausto uno de los pilares de su conciencia histórica y, casi se podría decir, de su “identidad nacional”, en la medida en que la memoria del nazismo constituye en gran medida un consenso y se ha convertido hoy en una de las matrices del “patriotismo constitucional”, según la fórmula de Jürgen Habermas, de un país que ha desterrado el nacionalismo étnico. Francia, en cambio, no ha asumido nunca de forma verdadera su pasado colonial, que vuelve como un boomerang.

Si el antiguo FN estaba alimentado de un imaginario colonial, ¿no ha evacuado el nuevo FN completamente, salvo error, toda referencia al colonialismo? No se les oye criticar a los militantes “decoloniales” ¿quizá porque se introducen a través de esa lógica republicana que criticas?

Si, esto es sin duda un aspecto del problema. Pero, al mismo tiempo, hay algo nuevo que merece ser analizado. El éxito del Frente Nacional y la popularidad de su discurso xenófobo y racista implican una dimensión reaccionaria en el sentido propio de la palabra: revelan una debilidad, una falta de autoconfianza, una postura defensiva.

Es una de las razones por la cual la comparación con el papel del antisemitismo en la primera mitad del siglo XX me parece pertinente. Cuando se lee el libro de Éric Zemmour, Le Suicide français, se encuentra una postura defensiva evidente. Hay que defenderse contra las nuevas invasiones bárbaras, las de los musulmanes que vienen de África y del mundo árabe. Se encontraba esto también en las tristemente célebres fórmulas de Nicolas Sarkozy: “Francia, o la amas o te vas”, y más recientemente: “En cuanto eres francés, tus antepasados son los galos”. Las minorías salidas de la inmigración podrían muy bien retomar el primer eslogan hoy, devolviéndoselo al remitente: Francia es un país plural en el plano social y cultural, religioso, étnico, es un mosaico de identidades. Es así; si no te gusta, no tienes más que irte.

Francia ha sido forjada por más de un siglo de inmigración, esa es la razón por la que ese discurso violento antiinmigrante es un discurso verdaderamente “utópico”, en el sentido literal de la palabra. Es imposible dar marcha atrás, y el discurso reaccionario sobre los franceses “de pura cepa”, desconfiado respecto a los descendientes de inmigrantes, postula e idealiza una Francia que no existe, que ha dejado de existir hace más de un siglo y medio y que jamás podrá volver en la era de la globalización. No solo no puede volver sino que, si eso fuera posible, sería una catástrofe para el país, fuente de un repliegue, de un aislamiento y de un empobrecimiento general.

Esto vale por otra parte para una Europa que, en su conjunto, da pruebas desde hace años de una miopía suicida. La inmigración es el porvenir del viejo mundo, la condición para evitar su declive demográfico, su declive económico, para pagar las jubilaciones de una población que envejece, para abrirse al mundo, para renovar sus culturas y hacerlas dialogar. Todos los analistas hacen esta constatación elemental, pero nuestros políticos no quieren admitirlo por cálculos rastreramente electorales. La crítica ritual del “comunitarismo” no es más que un pretexto para afirmar una forma regresiva de etnocentrismo.

El discurso sobre la identidad nacional se ha banalizado con la era Sarkozy y consejeros suyos como Claude Guéant y Patrick Buisson. ¿Cómo explicas que en nuestra época la ideología reaccionaria y xenófoba históricamente defendida por la extrema derecha se haya difundido muy ampliamente en el espacio público cuando, por otra parte, los partidos postfascistas progresan adaptándose a elementos ideológicos muy diferentes y de conciliación con ideas tradicionalmente más progresistas?

Como decía, la postura defensiva es anacrónica y por tanto está condenada de antemano. Nicolas Sarkozy creó el Ministerio de la Inmigración y de la Identidad Nacional para oponerse tanto a la una como a la otra, lanzó el proyecto de la Casa de la Historia de Francia, y en los dos casos fue un fracaso total. La iniciativa abortada de la Casa de la Historia de Francia es un ejemplo instructivo. Los textos fundadores del proyecto -es decir, los discursos de Sarkozy y un primer esbozo proveniente de conservadores de museos y de especialistas de heráldica- hacían un uso muy desenvuelto de autores como Pierre Nora y Fernand Braudel, utilizando las contradicciones de los dos historiadores sobre la cuestión de la identidad. Se veía emerger una visión tradicionalista y conservadora del país, Francia como nación étnicamente homogénea, como encarnación de una historia continua y teleológica, desde la Edad Media a la V República, una visión monolítica de la nación que es la de la derecha nacionalista. Pero es interesante comparar el proyecto inicial con su último borrador, ¡tan diferente del primero que yo mismo habría podido suscribirlo!

En una última tentativa de salvamento, este proyecto había sido puesto in fine en manos de historiadores como Benjamin Stora, Étienne François, Pascal Ory y François Hartog, para quienes Francia es una construcción cultural y no existe sino por sus sucesivas hibridaciones con otras culturas. Este giro completo ilustra bien el carácter defensivo y la inanidad de la retórica sobre la identidad. La base ideológica era, de todas formas, muy frágil: Sarkozy quería lanzar una iniciativa políticamente contundente, pero nunca fue capaz de legitimarla en el plano cultural. Hay en esto un fenómeno revelador. Hoy, la política no deriva ya de la ideología; es más bien la ideología la que, a posteriori, está montada para legitimar una política. Hay que partir de la idea de que si las derechas radicales tienen una dimensión “posmoderna” en términos de referentes ideológicos, esto vale también para Los Republicanos. En cuanto al Partido socialista, los intelectuales que le son cercanos, como Benjamin Stora o Michel Wieviorka, han renunciado desde hace mucho, me parece, a orientar su política. Se movilizan regularmente para limitar sus estragos.

Evocabas el culto místico de la República que desarrollan numerosos políticos hoy… Pero ¿ el otro punto problemático no es un discurso muy rígido del laicismo? Jean Baubérot estima, por ejemplo, que durante estos últimos años se ha desarrollado una concepción identitaria del laicismo que se encuentra a la vez en Marine Le Pen, Nicolas Sarkozy y Los Republicanos y hasta en un cierto número de socialistas. Esta visión ideológica de la laicidad, orientada contra el islam, ignora el hecho de que la laicidad supone por una parte la neutralidad del Estado, pero de otra, para cada individuo, el respeto de la libertad de creer o no. ¿Cuál es tu posición sobre esta temática?

El uso que se hace hoy de la noción de laicidad es más que discutible y a menudo directamente reaccionario. Esto se explica por las ambigüedades de la tradición republicana, que explicaba antes. Es algo corriente oponer dos concepciones de la laicidad resultantes de las Luces, una anglosajona y la otra francesa, que se podría resumir por una fórmula muy sencilla: libertad “pour” (para) (for) y libertad “à l’égard de” (respecto a) (from) la religión. For y from, estas dos preposiciones constituyen una gran diferencia. La primera concepción, muy enraizada en los países protestantes, hace del Estado el garante de todas las minorías religiosas, permitiéndoles expresarse en la sociedad civil. En los Estados Unidos, este principio es estructurante para un país que ha constituido una tierra de acogida para las minorías religiosas, expulsadas y perseguidas en Europa.

En este contexto, la palabra laicidad ni siquiera existe en el sentido francés, el Estado asegura en primer lugar el pluralismo religioso, bastante antes de la aparición del multiculturalismo. En Francia, al contrario, la noción de laicidad nació como resultado de una lucha emancipatoria respecto a la religión y como una conquista en una lucha tenaz contra el Antiguo Régimen: el espacio público se liberó progresivamente de la tutela de la Iglesia católica. En este contexto, la ley de 1905 es una medida que la República adopta para defenderse contra los ataques del nacionalismo conservador, antirrepublicano y católico. Se podría suscribir la concepción de la laicidad que resultó de ello: la separación entre el Estado y los cultos y, al mismo tiempo, el reconocimiento de la libertad de expresión para todas las confesiones religiosas (así como para los no creyentes) en la sociedad civil.

En Francia, sin embargo, la historia de la laicidad se cruza con la del colonialismo, puesto que la III República lleva a cabo su combate por la laicidad a la vez que construye su imperio. Deriva de ello una especie de antropología política subyacente a la noción misma de ciudadanía republicana. A saber que, bajo la III República, el ciudadano se opone al indígena, que no dispone de los mismos derechos. Dicho de otra forma, la República nació no solo defendiéndose contra sus enemigos internos, sino también fijando fronteras jurídicas y jerarquías políticas respecto a súbditos colonizados. En el cambio del siglo XX, la III República defendía la laicidad para hacer frente a un cierto número de amenazas reaccionarias; hoy lo utiliza como un arma de exclusión respecto a minorías a las que niega derechos. Hay una cierta continuidad en estas posturas de exclusión republicanas y laicas. ¡Salvo que, hoy, esta laicidad apunta a poner en cuestión el carácter plural de la Francia real! No se trata pues de poner en cuestión el principio de la laicidad, que sigue siendo irremplazable para toda sociedad libre y democrática, sino de tomar conciencia de las contradicciones de su historia, de la hipocresía de muchos de sus defensores y del carácter a menudo neocolonial de sus usos.

Las recientes polémicas sobre el burkini en las playas del hexágono son un ejemplo elocuente de lo anterior: una interpretación sectaria de la laicidad como “laicismo” -la laicidad vista no como neutralidad del Estado en relación a los cultos sino como obligación de los ciudadanos de adaptarse a una postura antireligiosa encarnada por el Estado -ha sido el vector de una campaña islamofoba. El asunto del burkini ha revelado, una vez más, las ambigüedades de una cierta concepción de la laicidad, pero el fondo del problema es la islamofobia, no la laicidad. Por otra parte, numerosas voces se han levantado precisamente en nombre de la laicidad para condenar las intervenciones odiosas de la policía contra mujeres con velo en las playas y para defender una visión de una Francia multicultural.

¿Esta deriva actual de la laicidad es una consecuencia de la problemática interna republicana o tiene que ver también con elementos de contexto, en particular el posfascismo?

Las dos cosas están ligadas: no se puede comprender la muda republicana del Frente Nacional si no se la relaciona con esta especificidad de la historia republicana francesa. No se puede por otra parte sino constatar una convergencia objetiva muy inquietante entre esta forma de laicismo y un cierto feminismo islamofobo -desde Elisabeth Badinter a Caroline Fourest.

Esas personas presentan el velo islámico como un instrumento de dominación masculina en una religión retrógrada…

A finales del siglo XIX, Cesare Lombroso, el fundador de la antropología criminal, gran sabio positivista y creyente en el Progreso, veía en los orígenes europeos de la filosofía de las Luces la prueba irrefutable de la superioridad del hombre blanco sobre las razas de color. El feminismo que evocas en tu pregunta postula la superioridad de la civilización occidental y se inscribe, me parece, en esta concepción de las Luces.

En esta visión, la existencia de las mujeres que usan velo no sería en el fondo más que la expresión del carácter inacabado de la misión civilizadora del colonialismo europeo. Numerosas investigaciones han mostrado que el uso del fular islámico responde a una multiplicidad de opciones que no son ciertamente reducibles solo a la dominación masculina. Muchas mujeres musulmanas, portadoras del velo o no, se han expresado sobre este tema reconociendo la heterogeneidad del fenómeno. Cualquier enseñante universitario que ha tenido entre sus estudiantes a chicas que usaban el velo podría dar fe de ello. E incluso postulando de forma unívoca su carácter patriarcal, la idea de combatirlo mediante medidas represivas y legales -como la prohibición de los cultos en la antigua URSS- me parece inaceptable.

Por lo demás, Elisabeth Badinter ha declarado recientemente que “no hay que tener miedo de que a una le traten de islamofoba”…

Si… Ella legitima un cierto número de pulsiones xenófobas y reaccionarias que atraviesan hoy a la sociedad francesa y que alimentan al FN. En efecto, si ser laico significa arrancar el velo a las musulmanas que han decidido llevarlo, en ese momento el mejor defensor del feminismo es ¡el Frente Nacional!. En cualquier caso, estas convergencias se alimentan de esta simbiosis antigua entre República y colonialismo. Esto explica el uso islamofobo de la laicidad tal como es practicada hoy; y también el hecho de que el FN pueda reclamarse tan fácilmente de la tradición republicana. Si el populismo es ante todo una forma de demagogia política, me parece claro que el uso actual de la noción de laicidad es populista al más alto grado. En efecto, siempre se intenta ocultar el verdadero objetivo de una proposición legislativa: quienes han hecho la ley contra los “signos ostentatorios” de la religión no dejan de repetir que se refiere a todas las religiones y que no tiene por objetivo especialmente al islam, es decir la única religión contra la que ha sido hasta ahora aplicada. Igualmente, la enmienda constitucional que intenta introducir la privación de la nacionalidad para los binacionales estaba justificada con toda serie de argumentos retóricos a fin de negar el hecho de que estaba dirigida esencialmente contra los musulmanes -y era por otra parte una antigua proposición del FN. El mensaje estaba claro: los terroristas no pertenecen a Francia (aunque claramente sea la sociedad francesa quien los ha engendrado) y el islam es un cuerpo extranjero a la nación (aunque se haya implantado en ella). Quizás demos marcha atrás, pero está claro que estamos frente a tentativas de contener al FN adoptando su retórica y su discurso. Es Francia quien debe protegerse de una parte de ella misma que emana de su pasado colonial.

Extracto de Les nouveaux visages du fascisme. Conversations pour demain. Paris, Textuel, 2016.

http://www.contretemps.eu/traverso-postfascisme-republique-islamophobie/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur



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