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Francia. Segunda vuelta elecciones presidenciales
Las fracturas siguen abiertas
09/05/2017 | Josu Egireun

Con la victoria de Emmanuel Macron (En Marche!) sobre Marine Le Pen (Front National) concluye la elección presidencial en Francia. Los resultados son los siguientes: Macron obtiene el 66,1 % de los votos y Marine Le Pen el 33,9 %.

Ha sido una victoria holgada, pero al mismo tiempo una victoria frágil y que deja como rastro una progresión enorme del Front National (FN). Una elección en la que la izquierda radical se ha visto confrontada a elegir entre la peste y la cólera, con fuertes divisiones internas e incapaz de construir un frente de rechazo común, tanto a la extrema derecha del FN como al centro extremo de En Marche!, en una perspectiva que mirara más allá de esta segunda vuelta. Y en medio de ese cuadro no hay que olvidar el incremento de la abstención (25,44 %) y, sobre todo, el de votos blancos y nulos: 11,47 %.

A falta de las elecciones legislativas (11 y 18 junio) que cerrarán este ciclo electoral, vamos a asistir a tiempos convulsos. Según las encuestas, se conformaría una Asamblea Nacional, totalmente escorada a la derecha: En Marche, entre 250 y 290 escaños; Los Republicanos+Udi (centro derecha), en una horquilla de 200 a 210; el PS, de 28 a 43, el FN entre 15 y 25 (primera vez con grupo parlamentario propio) y Francia Insoumisa+Frente de Izquierdas entre 6 y 8 escaños 1/.

Victoria frágil

Ha ganado el candidato de las finanzas, del establishment, el hombre de recambio a la crisis de los partidos pilares del sistema (ambos descabalgados de la segunda vuelta) para las élites francesas y europeas, y el encargado de poner velocidad turbo a las políticas neoliberales; el artífice, durante el quinquenio de Hollande, del desmantelamiento de los servicios públicos (La Ley Macron), del Pacto de responsabilidad (regalo de 40 000 millones para las empresas), el impulsor de la contrarreforma de la Ley del Trabajo hace un año.

Su programa electoral se resume en pisar aún más fuerte el acelerador: supresión de 120 000 puestos en la función pública, una vuelta de tuerca más a la reforma laboral, acabar con el actual sistema público de pensiones, poner fin a las 35 horas, etc. Y consciente de que puede tener dificultades para lograr la mayoría absoluta, así como para evitar el engorre de un procedimiento parlamentario muy largo, gobernar a través de “decretos-Ley”.

Pero se trata de una victoria frágil. De entrada, porque carece de una adhesión popular mayoritaria, como en su día pudo tener Hollande frente a Sarkozy. Su victoria se basa en el voto prestado para evitar que ganara la peste negra que representa Le Pen (que hasta su catastrófica intervención televisiva se situaba en el 40-41 % y en progresión). De hecho, a la derecha que llamó a votar Macron le ha faltado tiempo tras su victoria para anunciar una legislatura convulsa. En segundo lugar, porque si se confirman las encuestas, E. Macron no dispondrá de una mayoría parlamentaria para impulsar su proyecto político y, en tercer lugar, porque las medidas que va a tratar de impulsar van a generar un clima de convulsión social. Como ocurrió en el mandato de Hollande.

FN: La paradoja de la derrota

El FN ha salido electoralmente derrotado y probablemente vivirá tensiones internas debido a que esperaba ganar tras un largo periplo de “desdiabolización” de la extrema derecha y tras haberse situado a la cabeza en 40 departamentos en la primera vuelta. A lo que se añadió el pacto gubernamental firmado con un sector de la derecha extrema (France debout, que obtuvo el 4,7 % devotos en la primera vuelta). Y si bien, como recogen P. Del Moal y U Palheta en el balance de la primera vuelta, salvo el estancamiento que conoció en 2007, el FN viene progresando de forma estable desde 1995, en estas elecciones su progreso ha sido excepcional y va a marcar el diapasón de la derecha en un contexto de derechización global de la sociedad.

De ahí que de cara a la segunda vuelta “minorizar” al FN, no solo impedir que ganara, constituía un elemento de preocupación central en amplios sectores de izquierda. Sectores que no comulgaban con el Pacto Republicano (apoyar a Macron para defender la República frente a los “extremos”) pero para quienes la posibilidad de que Marine Le Pen quedara a las puertas de la presidencia o reducida al 21,3 % de la primera vuelta no era una cuestión banal.

Una izquierda hecha jirones

Justamente el debate sobre qué hacer en la segunda vuelta ha desgarrado a los sectores de izquierda que no entraban en el “Pacto Republicano”. Desde France Insoumise al NPA, las divisiones internas han sido fuertes en todos los partidos.

La cuestión de cómo hacer frente al ascenso del FN en la segunda vuelta era un debate con muchas aristas. En 2002, cuando la segunda vuelta se dirimió entre Chirac y Jean M Le Pen, una fórmula que hizo consenso fue “vencer al FN en la calle y en las urnas”: el FN apenas progresó del 16,86 al 17,79 %. En esta ocasión el abanico de opciones ha sido más abierto: quienes consideraban que no había que optar entre la peste y el cólera (los “ni-ni”) y partían directamente a la abstención, quienes decían que había que combatir el FN, pero que la vía no era votar Macron (voto nulo-voto en blanco) y quienes llamaban a derrotar el FN en las urnas votando a Macron y combatir Macron al día siguiente de ser elegido.

Estas opciones han cristalizado en prácticamente todas las fuerzas políticas y a ello contribuyó mucho que la noche de la primera vuelta electoral Jean Luc Mélenchon no se pronunciara al respecto y dejara el campo libre a su electorado.

En cierta medida, durante la campaña que ha precedido a la segunda vuelta hemos asistido a una especio de “desdiabolización” del FN por parte de sectores de la extrema izquierda, con fórmulas como: votar Macron en 2017 es situar a Le Pen en la presidencia en 2022.

El problema, en el sistema electoral francés, es que está ideado para que en la segunda vuelta la única fórmula de evitar que la extrema derecha llegue a ganar es votar al contricante en liza. No hay otra alternativa. ¿Era posible “huir” de esta dicotomía? Dificil; el riesgo de “huir” de la dicotomía, en condiciones de reflujo político y social, se situaba en que si Macron no superaba a Marine Le Pen ésta alcanzaría la presidencia…. no en 2022 sino en 2017.

Y si bien su derrota es una buena noticia, su elevado porcentaje no lo es tanto. Y lo preocupante es que más allá del debate sobre la fórmula de voto, la izquierda haya estado prácticamente ausente a lo largo de la segunda vuelta, que no haya existido ninguna dinámica unitaria de denuncia y confrontación con el FN y sus propuestas políticas, salvo determinadas movilizaciones estudiantiles.

La ausencia de una dinámica unitaria también se va a expresar de cara a las legislativas. De entrada porque France Insoumise –siguiendo en cierta medida el modelo inicial de Podemos-, sólo concibe la unidad si el resto de fuerzas políticas se disuelven en sus filas y tragan con su programa. Algo que a todas luces no se va a dar. Por eso las posibilidades de avanzar marcos unitarios en las distintas circunscripciones que permitan situarse en la disputa por la segunda vuelta (es necesario superar el 12,5 % de los votos en la primera) va a resultar más que problemático 2/.

Más allá de las elecciones

En general, no resulta arriesgado pronosticar que se abre un nuevo tiempo político. Un tiempo en el que vamos a asistir a reconfiguraciones tanto en el campo de la izquierda como en el de la derecha, que aún no ha acabado de digerir no haber llegado a disputar la segunda vuelta. Incluso el FN va a estar sujeto a tensiones. Pero el dato dominante es que se anuncia un tiempo mórbido: de medidas austeritarias y liberticidas, de acentuación del Estado policial y securitario, de reforzamiento de las políticas contra la inmigración, de incremento del racismo y la xenofobia, etc.

En este contexto, la izquierda está confrontada a dos desafíos: la construcción de un espacio unitario y amplio de resistencia social ante el quinquenio que se anuncia duro, pero también abordar un proceso de recomposición política que se antoja urgente.

Aunque no hayan sido masivas, las movilizaciones del 8 de mayo en Paris y en otras localidades son todo un síntoma de los tiempos que se avecinan en unas condiciones de asfixia social y democrática, que demandan la acción en la calle pero también de la unidad para avanzar.

Tiene razón Philippe Poutou, candidato del Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) en la primera vuelta, cuando insiste en que es preciso “unirse para para preparar la resistencia a la apisonadora de Macron… [que]… debemos organizar unitariamente todo tipo de movilización para revertir la relación de fuerzas y construir un frente que defienda de forma unitaria nuestros derechos sociales y democráticos”.

En el ámbito político, respecto a France Insoumise, más allá de lo que representa en cuanto a al proyecto de JL Mélenchon -fusión entre el líder y las masas al margen de la construcción de un marco colectivo basado en una democracia pluralista y de base-, el dato a retener es que ha servido de catalizador de decenas y decenas de miles de activistas que corren el riesgo de dispersarse si se ven sometidos a una dinámica vertical, plebiscitaria y totalmente orientada a la política electoral.

Pensar en una recomposición política de la izquierda es pensar en una alternativa política que se inscriba en las dinámicas de resistencia, en la calle y en los centros de trabajo, y que articule de una forma nueva tanto las relaciones con los movimientos sociales como entre estos y las dinámicas institucionales. El problema está ens que siendo no solo necesaria sino urgente esta recomposición política de la izquierda, como urgente es crear espacios para la elaboración de propuestas concretas que lleven hacia ella, ahora mismo las condiciones para lograrlo son mínimas. La falta de unidad de cara a las legislativas es toda una muestra.

En este terreno, retomando la fórmula de Daniel Bensaïd, habrá que trabajar con una “lenta impaciencia”. La crisis de régimen sigue abierta y, también con ella, las fracturas que siguen desgarrando a la sociedad francesa, pese a la “revolución pasiva” que quizás intente poner en pie Macron… con el permiso de la Alemania de Merkel.

Josu Egireun es miembro de la redacción de viento sur y militante del NPA.

Notas:

1/ La mayoría absoluta se sitúa en 290 escaños.

2/ Justo tras escribir el artículo la noticia ha salido a la prensa: no hay acuerdo entre FI y el PCF y van a competir entre sí en cerca de 535 circunscripciones.



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