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Ciencia
Poner la ciencia al servicio de las personas
28/04/2017 | Eugene Dardenne

“El concepto de calentamiento global ha sido ideado por los chinos para

que la industria de EE UU deje de ser competitiva.” – Donald Trump

La presidencia de EE UU está en manos de alguien que niega la realidad de la ciencia climática, de manera que está bien que una parte de la resistencia sea la Marcha por la Ciencia que tendrá lugar el próximo fin de semana en Washington y en todo EE UU. La ciencia puede demostrar que Trump y sus acólitos de los medios de la derecha divulgan noticias falsas, pero tiene más que ofrecer.

Los líderes del Partido Demócrata aceptan la realidad del calentamiento global, pero creen que un consumo responsable combinado con una diplomacia prudente evitará a las futuras generaciones una catástrofe climática irreversible. Insisten en que la política climática ha de ser práctica, así que bajo Bill Clinton y Barack Obama aparecieron los créditos de carbono y se impulsó la instalación de bombillas de bajo consumo y la construcción de edificios con certificación ecológica. Desde su punto de vista, la realidad del cambio climático era otro problema que debían resolver el mercado y el Departamento de Estado. Durante más de 20 años, estas soluciones a la crisis climática no han logrado detener el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global, y mucho menos revertirlo.

Se podría concluir que la política ha sido el problema. La ciencia ha cumplido su parte identificando el calentamiento global y advirtiendo de sus consecuencias, y la política ha eludido su responsabilidad de hacer algo al respecto. Sin embargo, separar ciencia y política de este modo equivale a ceder ante los políticos y burócratas en el ámbito mismo en que la ciencia podría servir a la sociedad. En las décadas de 1970 y 1980, una organización mostró cómo la gente puede hacer valer la ciencia al servicio de la justicia social: Science for the People (SftP, Ciencia para las personas). Esta organización y los movimientos de los que formaba parte hicieron más por promover un uso racional y correcto de la ciencia en la sociedad que lo que podría soñar el mismísimo Al Gore.

En 1969, la Harvard Educational Review publicó el artículo How Much Can We Boost I.Q. and Achievement? (¿Cuánto podemos mejorar la inteligencia y el rendimiento escolar?), de Arthur Jensen. Este artículo afirmaba que el 80 % de la inteligencia era hereditario y que las desigualdades sociales podían explicarse por desigualdades genéticas. Afirmaciones como esta sobre la supremacía biológica de tal o cual grupo no eran nada nuevas en la política estadounidense. Jensen no hizo más que actualizar los viejos argumentos racistas de la eugenesia con una nueva pintura de seudociencia para sostener que los esfuerzos educativos suplementarios como el programa federal Head Start/1 son fútiles.

Afortunadamente, Jensen se encontró con la oposición decidida de SftP. Durante los siguientes 20 años, SftP –tanto la organización como la revista mensual del mismo nombre– estuvo batallando contra Jensen y los reaccionarios que siguieron su estela. Bajo la tutela de E.O. Wilson, de la Universidad de Harvard, el campo recién bautizado de la sociobiología pretendía remozar la eugenesia más cruda y el determinismo biológico de Jensen y los más antiguos socialdarwinistas. Sin embargo, al igual que Jensen, Wilson tuvo que ponerse a la defensiva cuando activistas de SftP mostraron que su trabajo estaba al servicio del régimen político e incluso fueron a debatir con él en persona cuando lo presentó.

Casi cada número de SftP contenía una contribución a la polémica, y la agrupación de Ann Arbor de la organización organizó un grupo de trabajo que publicó el importante libro Biology as a Social Weapon (La biología como arma social). Los miembros más conocidos de SftP, Stephen Jay Gould y Richard Lewontin, desempeñaron un papel crucial en el debate, y sus escritos siguen siendo la mejor crítica de las explicaciones de la desigualdad social basadas en la eugenesia. Lewontin allanó el camino a los estudios ampliamente citados que demuestran que existe una mayor variabilidad genética dentro de las razas que entre ellas. Y The Mismeasure of Man (La falsa medida del hombre), de Gould, es un alegato indispensable contra toda política educativa basada en el coeficiente de inteligencia.

Lo revolucionario de su planteamiento era que, en vez de dejar las pruebas abiertas a interpretación, los autores de SftP siempre ponían en evidencia al otro bando con una explicación política. Como escribió Lewontin en su introducción de Biology as a Social Weapon:

“Todavía hay ricos y pobres, poderosos y débiles, tanto en el interior de las naciones como entre unas y otras. ¿Cómo se explica esto?

Podríamos suponer que las desigualdades son estructurales, que la sociedad […] tiene la desigualdad como un elemento consustancial o que incluso depende de esta desigualdad para su funcionamiento. Este supuesto, si se le da crédito, generaría […] revolución. La alternativa es afirmar que las desigualdades se deben más a rasgos característicos de los individuos que a la estructura de las relaciones sociales. Esto es lo que ha afirmado nuestra sociedad sobre la desigualdad que es humanamente posible, diciendo que las diferencias de condición social y riqueza y poder que quedan son manifestaciones inevitables de desigualdades naturales de capacidad individual […].

Este punto de vista no amenaza el status quo, sino que, por el contrario, lo refuerza diciendo a los que no tienen poder que su situación es el resultado inevitable de sus propias deficiencias innatas y que, por tanto, no hay nada que hacer al respecto.”

Uno se estremece cuando imagina las consecuencias de que la batalla contra el determinismo biológico se hubiera dejado en manos de los Demócratas realistas en vez del Black Power y los movimientos por los derechos de las mujeres apoyados por científicos progresistas. A su vez, Jensen es recordado por el Southern Poverty Law Center (Centro Jurídico de la Pobreza del Sur) como el “padre del racismo académico”, pero si no fuera por los esfuerzos de SftP, tal vez hoy se le conocería como un psicólogo evolucionista respetado.

La lucha de SftP contra el determinismo biológico es instructiva actualmente, al menos por tres razones. En primer lugar, deberíamos recordar que un argumento científico que concitaba mucho menos consenso que la ciencia del cambio climático en la actualidad no solo fue capaz de ganarse a la opinión pública, sino también de defender los logros de los movimientos sociales. Imaginemos el efecto de una contribución similar en nuestros días por parte de los científicos del clima exponiendo su mensaje directamente al movimiento medioambiental y a las comunidades que se hallan en la línea del frente del cambio climático.

En segundo lugar, la experiencia de SftP en el combate contra la eugenesia resulta útil porque ese mismo debate está de nuevo sobre la mesa. Los movimientos sociales de las décadas de 1960 y 1970 tuvieron que desvanecerse antes de que las ideas más deplorables de la derecha pudieran recuperar terreno. La desaparición de organizaciones y publicaciones como SftP a finales de la década de 1980 coincide con el resurgimiento de ideas como la de Jensen.

Charles Murray, cuyo libro (escrito conjuntamente con su correligionario racista Richard Herrnstein, destinatario de la crítica regular de SftP) The Bell Curve (La curva campaniforme), de 1994, relanzó el mismo debate que había provocado Jensen una generación antes. En esta ronda más reciente, Murray y Herrnstein afirmaron que los genes podían explicar entre el 40 y el 80 % de la inteligencia cognitiva (frente a la cifra del 80 % de Jensen en 1969). La gran diferencia era que en 1994 ya no quedaba nadie capaz de desenmascarar, por no decir desbancar, el racismo subyacente a esa ciencia. Así que mientras Murray se enfrentó a muchas protestas tras la publicación del libro, no hubo ninguna campaña sostenida para rebatirle.

Otros dos decenios después, la notoriedad de Murray se ha desgastado con el paso del tiempo y los medios lo tratan como a un incomprendido y víctima propiciatoria de la corrección política y la intolerancia universitaria. Sin embargo, la izquierda no debería rehuir el debate ante alegaciones relativas a la “libertad de expresión” o la “libertad académica” que se plantean cínicamente en defensa de Murray por parte de gerentes universitarios y comentaristas de los medios. SftP demostró que era posible librar y ganar la batalla contra el determinismo biológico mediante una polémica sostenida y vínculos con los movimientos sociales. Que cualquier viejo racista con un contrato editorial tenga derecho a un honorario es una idea que solo podía ganar peso en el marco del declive de la izquierda y de SftP.

Una tercera lección que se desprende de SftP y su lucha contra el darwinismo social es que cuando los activistas están armados con conocimientos científicos, su solidaridad puede ser sumamente significativa. Por ejemplo, SftP criticó sistemáticamente el papel de la eugenesia dentro de la lucha por ampliar el acceso al aborto. Dos artículos de Linda Gordon, publicados en 1977, explicaron cómo la generación anterior de defensoras del control de natalidad estuvo encabezada por Margaret Sanger, que la alejó del feminismo y la condujo de lleno al campo de la eugenesia:

“Los hombres que mandaban en el movimiento socialista [en las décadas de 1920 y 1930] no contemplaron el control de la natalidad como un aspecto fundamental de sus propios intereses, y su teoría lo calificó de reforma periférica a la lucha de la clase obrera. Los defensores de la eugenesia, por otro lado, una vez asumieron la idea de impulsar el control de la natalidad entre los pobres y no condenarlo entre los ricos, estaban dispuestos a ofrecer un apoyo activo y potente.”

Como ocurre siempre, la debilidad de la izquierda redundó en la fuerza de la derecha, de modo que lo que vino después fueron décadas de política de control de la población, acompañada de campañas racistas de esterilización y “opciones” de control de la natalidad centradas en las familias, que garantizaban muy poca cosa a las desfavorecidas. Al igual que toda la labor de SftP, los artículos de Gordon aportaban tanto el conocimiento científico para desenmascarar a la derecha como la orientación política para guiar a la izquierda. Al relatar la historia del movimiento por el control de la natalidad, Gordon desveló su desplazamiento a la derecha, del ámbito del movimiento feminista al de la eugenesia a través de la orientación “profesional” de médicos y sanitarios. Quienquiera participe actualmente en el debate de Planned Parenthood sobre cómo defender el acceso al aborto haría bien en leer los artículos de Gordon y observar cómo SftP esgrimió argumentos similares hace 40 años.

El determinismo biológico no fue el único objeto de crítica de SftP. En los 20 años que duró la publicación, la organización batalló contra todo tipo de opresión y toda ciencia esgrimida a favor de la misma. Sin embargo, este ejemplo que hemos explicado muestra cómo los científicos progresistas, al servicio de los movimientos sociales y armados de marxismo, pueden contribuir a comprender el sistema bajo el que vivimos; librar y ganar un debate para ampliar la definición de los derechos humanos por parte de la sociedad; y aportar lecciones históricas críticas para guiar a los y las activistas de hoy.

19/04/2017

https://socialistworker.org/2017/04/19/making-science-serve-the-people

Traducción: viento sur

Nota:

1/ Head Start es un programa de refuerzo escolar para los niños y niñas de familias de bajos ingresos, a cargo de un organismo público. [n.d.t.]

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