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Francia. Elecciones presidenciales
Primera vuelta: el sistema político francés en la tormenta
26/04/2017 | Patrick Le Moal, Ugo Palheta

“Fillon hablaba con desprecio de los “candidatos que sueñan y no tienen ninguna posibilidad de salir elegidos”. ¡Sí! Soñamos con otro mundo porque nuestras vidas valen más que sus beneficios. Y nuestros sueños son los que nos llevan a actuar porque sabemos que nadie los hará realidad por nosotros, no existe un supremo salvador. Únicamente nosotros y nosotras mismas, movilizadas, autoorganizadas, decididas y fuertes con nuestros sueños.” Christine Poupin [Portavoz del NPA]

La Vª República entra en crisis abierta. Ese Estado fuerte, instalado en plena guerra de Argelia por Charles de Gaulle, puso fin a la incapacidad del régimen parlamentario para imponer las reformas económicas necesarias para la expansión del capital francés. En el centro de este dispositivo se halla la elección presidencial, mediante sufragio universal desde 1961, concebida para designar un bonaparte que cuenta con los medios necesarios para dirigir el país por encima de los partidos. Conoció una primera modificación en 1974, tras la expulsión del poder del gaullismo histórico, que se acentuó con la victoria de François Mitterrand en 1981. Después, con el paso del septenio al quinquenio en el año 2000, el sistema se organizó alrededor de dos grandes partidos: benficiándose el vencedor de la elección presidencial de la dinámica adquirida para obtener una mayoría en la Asamblea Nacional y disponer de este modo de una base sólida para gobernar con cierta estabilidad institucional.

Este sistema político, que ya había conocido varias crisis, acaba de estallar en pedazos al término de esta campaña electoral: los dos partidos que estructuran el espacio político desde hace más de 40 años estarán ausentes en la segunda vuelta. Esto ya le ocurrió al Partido Socialista (PS) en 2002, pero nunca antes a la derecha. Esta victoria de “ni derecha ni izquierda”, sea reivindicada por la extrema derecha o lo que Tariq Ali denomina el "extremo centro" abre un capítulo nuevo e incrementa la inestabilidad política.

En efecto, las elecciones legislativas -que serán una especie de 3ª vuelta-, se presentan llenas de incertidumbres. El sistema electoral [a dos vueltas] está concebido para otorgar una prima al más fuerte de los dos partidos dominantes y, por tanto, una mayoría parlamentaria sólida. Por ello todas las puertas abiertas cuando, como ocurrirá dentro de unas semanas, hay cuatro fuerzas electorales del mismo nivel. La hipótesis más probable es que podamos asistir a una segunda vuelta en la que ya no solo compitan los dos partidos más votados, sino tres o cuatro [siempre que se sitúen por encima del 12,5 % de votos del electorado], y por tanto con resultados imprevisibles. No es imposible que el próximo mes de junio no haya ninguna mayoría política clara en la Asamblea Nacional. Y todo ello con una escasa legitimidad de Emmanuel Macron, cuyo triunfo proviene en gran parte del “todo salvo Le Pen”, que no le protegerá de la impopularidad que provocará su política. El sistema entra en plena tormenta.

La campaña electoral se ha caracterizado por una enorme volatilidad de los votos: sometidos a los efectos de las circunstancias más que a los debates sobre los programas no ha girado en torno a la confrontación de proyectos políticos. Las connotaciones monárquicas de la elección presidencial han otorgado siempre una función particular a los individuos, a su presupuesta “capacidad” o "carisma". Por eso, los motivos que hacen que la gente vote a un candidato u otro guardan una relación muy etérea con los programas. Algo que comprendió bien Macron que, en repetidas ocasiones, ha reivindicado la ausencia de programa en provecho de su propia "visión"... poniendo en sordina el tratamiento neoliberal que va a imponer a la sociedad francesa. Este fenómeno se ha visto acentuado por la ausencia de confrontación con proyectos alternativos al capitalismo.

Iniciada con las primarias en la derecha, que engendraron una radicalización reacionaria y xenófoba contra la inmigración, la población musulmana y el funcionariado, la campaña giró después hacia el rechazo de la corrupción, de los escándalos, de la oligarquía en el poder, lo que se tradujo en la eliminación de Fillon en la primera vuelta cuando a penas unos meses antes se le daba como ganador.

Esta volatilidad se ha visto acentuada por la dictadura de los sondeos. A falta de un debate claro sobre perspectivas contrapuestas, sectores amplios del electorado han tratado, sobre todo, de hallar el voto “útil”, sobre todo el que peritiera derrotar al Frente Nacional (FN), al margen del programa de dicho candidato, incluso estando en contra de él en otros aspectos. En este contexto de búsqueda del mal menor, los sondeos han ocupado un lugar central, sin duda. Cuando indicaban que Macron era el único capaz de asegurar esta unidad contra el FN, pasó del 15 al 25 % en la intención de voto. Cuando empezaron a indicar que Jean-Luc Mélenchon también podía batir al FN, el movimiento a favor de él adquirió un nuevo dinamismo.

El ascenso del proyecto xenófobo y autoritario del Frente Nacional

En Francia, la extrema derecha -fundamentalmente representada por el FN- agrupa históricamente a los nostálgicos del fascismo histórico (así como del vichismo), pero también a las corrientes católicas integristas e identitarias que defienden una línea islamófoba especialmente violenta, así como de soberanistas xenófobos, en ocasiones provenientes de la corriente de Chevenement -por ejemplo Florien Philippot. No hay que subestimay este núcleo duro, que no solo ha sabido dejar de lado sus símbolos y diferencias, sino también,a lo largo de estos últimos años, mostrar una gran habilidad para conquistar una hegemonía ideológica que obliga a cada cual a definirse en relación al FN.

Lo que da base a esta unión abigarrada, inicialmente diseñada or el grupúsculo Ordre nouveau como un frente en el que los neofascistas podrían seguir a sus anchas, es el nacionalismo y el racismo. Es en torno a ello que el partido ha desarrollado una retórica pseudo-social, a veces incluso anticapitalista, que a lo largo de los años le ha permitido lograr la adhesión, parcial o integral, de una parte de la población (de entrada, la pequeña burguesía (artesanos y comerciantes) en declive desde los años 1980 y, después, de sectores de las clases populares) víctimas de las políticas neoliberales de austeridad impulsadas tanto por la derecha como por la socialdemocracia.

Además, el FN está solidamente implantado en los aparatos represivos del Estado: policía, gendarmería (principalmente en los CRS -antidisturbios-, BAC, etc.). En esta la situación de volatilidad global que afecta al electorado de otras formaciones políticas, es el FN quien aparece la fuerza con un electorado más estable.

Dado que las instituciones de la V República permiten establecer en cuestión de semanas un régimen autoritario, y que el estado de excepción ofrece los medios para prohibir legalmente las protestas sociales y políticas, la elección de Le Pen podría tener consecuencias graves, para las y los de abajo, de inmediato. En primer lugar, las y los inmigrantes, la población musulmana, gitana y las y los habitantes de los barrios populares, pero también las y los militantes de izquierda y del movimiento obrero.

En estas elecciones la extrema derecha ha polarizado todo el campo político. Otros candidatos -Duont-Aignan [que acaba de firmar un acuerdo de gobierno con el FN para apoyarle en la segunda vuelta. ndt], Asselineau y Cheminade- también defienden posiciones nacionalistas, y la deriva reaccionaria de Fillon en esta campaña es total.

Tras años esforzándose por desdiabolizarse, el FN ha recuperado temas muy queridas por el padre de la candidata, Jean Marie Le Pen: "Francia para los franceses" (rebautizada como "Primero Francia"), "preferencia nacinal" (ahora "prioridad nacional"), "esta es nuestra casa" (estribillo que resuena sistemáticamente en los mítines del FN). Temas que han estado en el primer plano de la campaña.

Los escándalos financieros que afectan al FN y la denuncia -sobre todo por Ph Poutou en el único debate televisivo que reunió a los 11 candidatos- de que M Le Pen recurra a la inmunidad parlamentaria al mismo tiempo que se reclama de ser anti-sistema, probablemente han llevado a que las expectativas de voto para Le Pen cayeran de cara a la primera vuelta. Pero si el porcentaje final ha sido menor que el que preveían determinadas encuestas (que le situaban en el 30%), el número de votos que recibde el FN no deja de crecer de elección en elección.

1995

Jean Marie Le Pen

4 571 000 votos

2002

Jean Marie Le Pen

4 804 000 votos

2007

Jean Marie Le Pen

3 834 000 votos

2012

Marine Le Pen

6 421 000 votos

2017

Marine Le Pen

7 641 000 votos

El FN es el partido más votado en más de 40 departamentos del Norte, del Este y del Sudeste, alcanzando en algunos casos nada menos que el 35 %. Por mucho que parezca seguro que la segunda vuelta la ganará Macron contra Le Pen, en esta situación política no se puede descartar, hoy por hoy, la otra hipótesis, lo que hace necesaria una campaña (dificil) para derrotarla, en la calle pero también en las urnas, los más ampliamente posible.

La radicalización tatcheriana y reaccionaria de la derecha

El primer acto de la crisis fue la eliminación de Nicolas Sarkozy en las primarias en beneficio de François Fillon, el campeón dela honestidad y la austeridad radical, enemigo del gasto y de los funcionarios y defensor de la desregulación más brutal, apoyado en los sectores más reaccionarios (sobre todo la corriente "Sens Commun", que reagrupa las redes militantes provenientes de la "Manif pour tous" [las movilizaciones contra el matrimonio homoxesual.ndt] y bajo la presión del FN (que gano -en los votos- las elecciones regionales de 2015).

Esta redicalización cobró impulso tras la revelación de las malversaciones y desvíos de fondos públicos por parte de Fillon, quien se mantuvo contra viento y marea a pesar del aparato de su partido, que fue incapaz de ponerse de acuerdo para imponer otro candidato. Aprovechando esta crisis del aparato de Los Republicanos, logró imponerse con el respaldo del ala más conservadora y más reaccionaria de sus apoyos, estructurada por el movimiento “Sens commun”, que ahora llama a votar contra Macron porque se trataría de un "candidato abiertamente anti-familia".

Su ausencia en la segunda vuelta abre la batalla en el seno de la derecha atenazado entre el FN y del proyecto del "extremo centro" de Macron. Pero esta eliminación refleja igualmente la acentuación del carácter oligárquico del sistema político y la oposición que suscita. Efectivamente, connivencia entre los dirigentes políticos y los dirigentes patronales y financieros es tal, que en conjunto constituyen una oligarquía en la que el funcionamiento de las puertas giratorias es habitual. Los suculentos regalos a Fillon no son mas que una gota de agua en un océano de corrupcion estructural. En el momento que los más insignificantes signos de ellos se hacen públicos es cuando se ve claro la enorme fosa que separa a las y los de abajo, a quienes se intenta imponer sacrificios cada vez más dolorosos, de los de arriba. Fillon ha caído en esta fosa.

Si las instituciones parlamentarias están marginalizadas (ahora más que antes) y los márgenes de maniobra del personal político reducidos, los sectores centrales del capitalismo siguen teniendo necesidad de un Estado; es decir, de una institución que constituya el marco legal favorable al Capital y que imponga las lógicas del mercado allí donde aún no están presentes. Esto genera un dilema: la burguesía exige d los dirigentes políticos una sumisión total a sus propuestas; es decir, que sean capaces de imponer políticas antisociales sin ninguna contrapartida real para las y los asalariados. Ahora bien, esta sumisión creciente produce una gran inestabilidad del sistema política, dado que las y los electos pierden de forma cada vez más rápida la legitimidad lograda en las elecciones.

Macron o el atraco del extremo centro neoliberal

Paradójicamente ha sido un puro producto de esta oligarquía el que ha logrado aparecer, debido a la derechización de la campaña de Los Republicanos con Fillon (pero también debido a los escándalos de corrupción que le estallaron en plena campaña), como el “candidato de fuera del sistema” que está en mejores condiciones de vencer a Le Pen. Que este cuadro surgido del ENA que pasó por las finanzas y fue ministro haya podido aparecer ante algunos como una solución o una "ruptura" con el sistema habla mucho del estado de crisis ideológica en el que se encuentra la sociedad francesa.

Este asociado de la banca Rothschild, experto financiero, antiguo secretario general del Elíseo, ministro de Hollande y responsable de la ley Macron y de la reforma laboral, preparó metódicamente su puesta en órbita. Gracias a una burbuja mediática hábilmente organizada, logró aparecer como alguien que rompió con los partidos dominantes, a pesar que fue el inspirador de la política económica del quinquenio que concluye. También logró el apoyo de los aparatos partidistas (de Madalin a Hue pasando por Cohn-Bendit o Ségolène Royal)

Hoy en día, el movimiento que ha creado hace un año agrupa entre 200 000 y 240 000 personas, con numerosos tránsfugas de la derecha y de la izquierda. Ya se ha perdido la cuenta de altos cargos del PS que llamaron a votar por Macron frente al candidato oficial, Benoît Hamon. Con el fin de seguir alimentando la ilusión de la renovación, que se disipará a medida que Macron tenga que afrontar las consecuencias de du destructiva política y llegar a acuerdos con otras fuerzas por lograr una mayoría en la Asamblea Nacional, Macron afirma que piensa presentar a las elecciones legislativas una lista en que al menos la mitad de la candidatura provenga de la “sociedad civil”, es decir, carentes de antecedentes políticos.

Este candidato de la patronal, cuya victoria constituirá probablemente un auténtico "golpe del CAC 40" [el IBEX 35 francés] tiene como objetivo explícito ampliar los ataques contra el código laboral, contra el seguro de desempleo, contra el pago de pensiones por repartición, que desea aligerar cada vez más las “obligaciones” de las empresas, ampliar el CICE (ventajas fiscales para las empresas en concepto de competitividad y empleo), rebajar el impuesto de sociedades, ya ha anunciado que gobernará a base de Decretos-Ley, certificando la marginalización de las formas parlamentarias de dominación políticas burguesa. Es decir, ampliará las políticas neoliberales y autoritarias del quieneio de Hollande, conduciendo de forma inexorable a las calamitosas consecuencias que hemos conocido estos últimos años; entre otras, el nuevo ascendo del FN (en caso que entre tanto no emerja una alternativa política de izquierdas).

El estallido del PS ha comenzado

Habida cuenta del hundimiento electoral del PS con la candidatura de Hamon, es en este partido donde seguramente se notarán los primeros efectos del seísmo en curso.

Los votantes de las primarias -principalmente quienes no pertenecían al PS- rechazaron a Manuel Valls y su política al frente del gobierno, cuya simple enumeración permite deducir un balance desastroso: más parados y pesonas mal alojadas, condiciones laborales degradadas, pérdida de derechos para los trabajadores y trabajadoras y más medios a las empresas para despedir e imponer recortes sociales, la falta de decisiones frente al cambio climático, el mantenimiento de las centrales nucleares, la asunción del discurso ideológico neoliberal de la derecha y de la patronal sobre la competitividad, cuando no de la extrema derecha sobre la identidad y la pérdida de la nacionalidad, discursos islamófobos y contra los gitanos de Valls, etc.

Quienes participaron en las primarias del PS también rechazaron el giro neoconservador, el cuestionamiento de las libertades democráticas con el establecimiento de un estado de exepción permanente y la utilización repetida del artículo 49.3. Señalemos que fue la dinámica de las primarias abiertas la que dio este resultado y que no es seguro que el resultado habría sido el mismo si solo hubieran votado los militantes que todavía quedan en el PS, en su mayoría trabajadores contratados por los ayuntamientos y las regiones, asesores parlamentarios, etc.

Hubo quienes depositaban alguna esperanza en el candidato del PS. Muy pronto se vieron desmentidos, lo que refleja, entre otras cosas, el rechazo masivo que provoca todo lo que representa el PS tras cinco años en el poder. Benoît Hamon se desmarcó como un “crítico” frente al ultraliberal Macron y el autoritario Valls. Pero esto no hizo olvidar el papel que pudo desempeñar en calidad de Ministro durante dos años en los gobiernos de Ayrault y Valls. Guardó silencio ante la muerte de Rémi Fraisse, aceptó la ampliación a 43 años del periodo de cotización necesario para cobrar la pensión de jubilación completa, cedió ante los medios reaccionarios retirando los "ABCD de la igualdad".

Cesado en septiembre de 2014, anunció que no iba a “pasar a la oposición ni combatir al gobierno”. Se le puede conceder que los pretendidos "críticos" no "criticaron" el gobierno mñas que de forma episódica e ilusoria, sin ninguna consecuencia. Y si Hamon dice que se opone a la ley El-Khomri, no se le vió en las manifestaciones contra la misma. Incapaz de adoptar una posición clara, su campaña encalló en los compromisos con el aparato del PS. Y no se trata de un cálculo táctico: Hamon aceptó la conversión realizada por el PS a finales de la década de 1980, la del culto a la empresa, al mercado y a la Unión Europea neoliberal. Esto no impidió que numerosos cuadros del partido se decantaran por Macron.

Las tendencias al estallido del PS actual están activas. Al día siguiente de la primera vuelta, Valls, congratulándose del resultado de Macron, “que representa cambio y esperanza”, afirma que las divisiones del PS tienen sus motivos, y que estamos “al final de un ciclo, al final de una historia”. Según él, es la hora de la reconstrucción, de la clarificación, pues Hamon ha hecho una campaña de “izquierda de la izquierda”.

El salto adelante de la Francia Insumisa de Mélenchon

Lo más destacado de esta primera vuelta ha sido el lugar que ha ocupado la candidatura de Jean-Luc Mélenchon en las últimas semanas de la campaña, marginando al PS, ocupando una posición dominante en la izquierda antiliberal, por mucho que él se niegue a calificarse de izquierdas. Mélenchon, que vino preparando esta elección desde 2012, ha sabido capitalizar con sus críticas virulentas al gobierno Hollande-Valls-Medef (allí donde el PCF, su aliado en 2012 y totalmente marginalizado después, manifestaba una actitud más conciliadora) .

La movilización electoral en torno a Francia Insumisa ha sido muy importante, con mítines al aire libre a los que han asistido decenas de miles de personas, una campaña innovadora en las redes sociales, especialmente youtube (300 000 suscritos), hologramas, el apoyo de un gran número de militantes comprometidas en la movilización social de los últimos meses contra la reforma laboral y una agregación de 450 000 “insumisos”.

Los resultados electorales son importantes en numerosas ciudades y barrios populares, y expresan el deseo de los sectores que luchan por pasar página, mediante el voto, de las políticas de quiebra social.

No es tanto el programa lo que explica este logro como la personalidad de Mélenchon “hombre providencial”, hábilmente construido a lo largo de los años, pero también sus buenas intervenciones en los debates televisivos frente al resto de candidatos. A ello hay que añadir el hecho que en las últimas semanas, los buenos resultados que le daban las encuestas le hicieron aparecer como el voto "más útil" a la izquierda, como el único capaz de vitar que la segunda vuelta se dirimiera entre la derecha y la extrema derecha.

Más allá de las poses y las pequeñas inventivas, Mélenchon proponía un programa reformista de izquiedas, keynesiano, de ruptura parcial con el neoliberalismo (pero no con el capitalismo y en el que las referencias al socialismo o siguiera a un más allá del capitalismo estaban totalmente ausente), apoyándose en el relanzamiento del consumo de los hogares y de la inversión productiva. Mélenchon y Francia Insumisa han otorgado un lugar central a la puesta en pie de instituciones -la VI República-, que permita un sistema más democrática y menos presidencial (mediante la convocatoria de una Asamblea Constituyente, la revocabilidad de las y los electos...).

A tener en cuenta que en ningún lugar se planteaban las condiciones políticas para llevar a cabo las políticas económicas y sociales que preconizaba. En nombre de la presumida centralidad de Francia en Europa y en el mundo (Mélenchon insistía que "Francia no es Grecia"; es decir, que no se le podría imponer una política) se ha subestimado la hostilidad que generaría su aplicación por parte del Capital y de las instituciones europeas, y con ello la intensidad de las confrontaciones sociales y políticas que supondría la aplicación de dicho programa. Así, en los últimos diez días de campaña, sobre este tema, frente a Hamon y Macron, Mélenchon no dejo de matizar sus posiciones sobre Europa hasta definirse como un simple reformador de la Unión Europea.

Con el objetivo de romper con el lenguaje y los símbolos de la izquieda, Mélenchon defendió, además, una orientación atrapatodo nacional-republicana, a veces teñida de chovinismo, abandonando la “internacional” a favor de la “marsellesa”, distribuyendo banderas tricolores en todas las iniciativas (sobre todo en la marcha del 18 de marzo), con frecuentes referencias al destino de Francia y su grandeza. En la noche de la primera vuelta, concluyó con un llamamiento patético a su su "querida patria".

Esta lógica no es sólo verbal o táctica. Conduce a posiciones política muy problemáticas: reducción de la UE a una “Europa alemana” (es decir, minimización de la responsabilidad de los dirigentes politicos y el capitalismo francés), ataques a los trabajadores dezplazados (acusados de "robar el pan a los trabajadores franceses"), defensa de Francia como “nación universalista” (ocultando de ese modo la dominación colonial que ejerce sobre sus antiguas colonias), rechazo a reconocer la existencia misma de la islamofobia (cuando no es él mismo quien hace declaraciones islamófobas), rechazo a condenar las masacres cometidas por el régimen de Assad en Syria con el apoyo de Rusia, diplomacia guiada por el "interés de Francia", etc. Así pues, hay una necesidad imperiosa de impedir que Mélenchon arrastre a la izquierda y al movimiento obrero hacia el abismo de un nacionalismo sin complejos, que a largo plazo no puede sino reforzar ideológicamente a nuestros enemigos.

Otra característica importante es el perfil de Francia Insumisa (FI), lanzada en febrero de 2016 pasando por encima de sus antiguos socios del Frente de Izquierda e incluso de su propio partido, el Partido de Izquierda. Las referencias políticas de este movimiento son las del populismo de izquierda, que va bastante lejos en la eliminación de la referencia de clase y de izquierda (teorizado por Laclau y Mouffe), que se construye eliminando las referencia a las clases y a la lucha de clases sobre la oposición entre pueblo y élite, de una manera muy parecida a Podemos (Iglesias/Errejon), con el añadido de la referencia ecológica. Esta orientación no deja ningún espacio a la colaboración entre partidos y le permite asegurarse un control estricto de FI con ayuda de un pequeño equipo, sin ninguna democracia interna.

De ese modo, Mélenchon pone a los partidos fuera de juego en beneficio de una relación fusional entre el y los miembros del movimiento; es decir, al estilo de la Vª República, en la que se desenvuelve perfectamente… al tiempo que defiende la perspectiva de una VIª República. Este es uno de los motivos que imposibilitaron una discusión con Hamon con vistas a un acuerdo en torno a algunos puntos emblemáticos –como la derogación de la ley Antitrabajo, la paralización de Notre-Dame des Landes y otros grandes proyectos inútiles y nefastos para el medioambiente, el levantamiento del estado de excepción–, que habría permitido llegar a la segunda vuelta a Mélenchon. Sin embargo, en ningún momento opto por este tipo de debates y de acuerdos contradictorios con su proyecto.

La campaña de Philippe Poutou: un eco y simpatía real, pero con límites

En este contexto, la candidatura de Philippe Poutou (NPA) mantuvo una identidad política de clase frente a su disolución o su relativización infinita en nombre del pueblo, y puso sobre el tapete propuestas que de otro modo no hubieran existido en la primera vuelta. En concreto, el desarme de la policía, la abrogación de la Ley de Trabajo, la socialización del sistema bancario, la desprofesionalización de la política... Los ataques de Philippe Poutou contra Fillon y Le Pen en relación a sus escándalos de desvío de fondos públicos, permitir de ser altavoz de lo que piensan millones de personas y, probablemente, tuvieron un efecto sobre la percepción de esos candidatos como candidatos del sistema, opuestos al mundo de las y los de abajo para quienes no existe la "inmunidad obrera" [como para los políticos la "inmunidad parlamentaria"].

Si esta candidatura entró en resonancia con lo que se había manifestado durante la movilización contra la reforma laboral y las posiciones radicales que surgieron entonces, con la idea de que la clase trabajadora debe tomar en sus manos sus propios asuntos e inventar de ese modo una democracia real, no llegó a convertirse en un medio de expresión para millones de personas.

La presión del "voto útil" a favor de Mélenchon y el asesinato tres días antes de las elecciones, jugaron indudablemente contra la candidatura del NPA. Ahora bien, también está la cuestión de los límites de una posición política que se toma en serio las elecciones para servirse de ellas como tribuna, pero no lo suficiente como para comprender que se trata de uno de los momentos cruciales en el que se establecen las relaciones de fuerza políticas e ideológicas para los meses y años que vienen y en las que es importante expresar lo que Daniel Bensaîs denominada una mentalidad política mayoritaria:

"Por razones históricas bien comprensibles estamos profundamente marcados por una desconfianza exacerbada hacia el poder. A menudo vivimos como una organización de lucha antiburocrática preventiva, mas que como una organización que lucha por el poder. Ahí está el primer problema. Hacerle frente de forma seria implica una mentalidad política mayoritaria (no en el sentido electoral del término): una mentalidad de suma y no solo de diferenciación. Existe una segunda naturaleza minoritaria que tiene sus virtudes, pero que tambien puede convertirse en un obstáculo [...] A nuestro nivel, y dados los pazos, plantearse la cuestión del poder puede parecer ridículo, incluso lleno de peligros y elucubraciones megalomaníaqcas. Pero es también una cuestión de ánimo: tomarse a sí mismo con seriedad, sentirse responsable al tiempo que modesto" (Estrategia y Partido).

La candidatura de Philippe Poutou y del NPA para haber aparecido a nivel de masas más que nada como la "mala conciencia" -obrera, internacionalista, antirracista- de la izquierda institucional (en particular del movimiento de JL Mélenchon) y no como portadora de un proyecto alternativo de sociedad y de una estrategia política susceptible de superar las derrotas de los movimientos sociales y, sobre todo, del movimiento sindical a lo largo de los últimos diez años.

pero sin convertirse en medio de expresión de millones de personas. Permitió a Poutou atacar a Fillon y Le Pen, diciendo en voz alta lo que pensaban millones de personas, y es probable que contribuyera a la percepción de estos candidatos como candidatos del sistema, que no gozan de una “inmunidad obrera”.

¿Y ahora? Crisis política y necesidad de una contraofensiva

En estos momentos, el movimiento por “ni un voto para el Frente Nacional” parece suficientemente fuerte para impedir la elección de Le Pen, si bien nada está decidido: el peril de Macron -del que no se puede ignorar está íntimamente vinculado a la burguesía y que se presta a imponer una política de destrucción social para la mayoría de la población- y el hábil intento de Mari LePen de aparecer como representante de las clases populares frente a él, no presagia nada bueno en cuanto al resultado final, que podría estar más reñido de lo previsto.

La crisis política está abierta, ampliando aún más la "crisis prolongada de hegemonía" que diagnosticara Stathis Kouvelakis hace 10 años: las clases dirigentes se mantienen más como consecuencia de falta de alternativas y de la pasividad del campo de las y los explotados que debido a una adhesión mayoritaria de la población a su política. Ahora bien, no van a ser los acontecimientos recientes lo que van a poner en cuestión el statu quo y las políticas neoliberales asociadas a él. Basta con constatar la reacción de las bolsas europeas tras el anuncio de que Macron pasaba a la segunda vuelta: en Paris, a las 9 de la mañana, el sector bancario había ganado un 8 %.

Sin embargo, la ampliación de las medidas neoliberales, es decir, de los ataques contra los derechos de las y los asalariados puede crear las condiciones para una futura victoria de Le Pen, o de otro candidato de la extrema derecha, en unos años.

En ese contexto, las aspiraciones a un cambio radical de la sociedad suscitan tanteos y vacilaciones. Fruto de la inexistencia de una expresión política de las y los de abajo unificada en torno a una perspectiva emancipadora, igualitaria, ecosocialista, que combate el repliegue nacional, racista y autoritario en los sectores populares y que de credibilidad a otra política, organizando de forma concreta las luchas, unificando las fuerzas existentes y proponiéndoles una estrategia creíble. También en las elecciones, porque sin alcanzar una masa crítica en ese ámbito, quedaremos sometidos a la agenda personal del primer "salvador supremo" que llegue y no lograremos popularizar una alternativa política anticapitalista con vocación de ser mayoritaria.

La esperanza de una recomposición pregresista que emerja desde abajo, realmente plural y democrática, a la izquierda de un PS desacreditado y en descomposición, no puede pasar hoy por la Francia Insumisa de JL Mélenchon. Sobre todo, en función su oportunismo ideológico (que le hace permeable al nacionalismo y a la islamofobia ambiental) y de su electoralismo, y para quien todos los procedimientos son útiles para acercarse al poder político. La estrategia de convergencia hacia una alternativa emancipadora va por otro camino. Más aún cuando Mélenchon al mismo tiempo que ha mostrado (en 2012 y 2017) una gran capacidad para desarrollar campañas electorales dinámicas, ha probado también a lo largo de estos últimos cinco años su ineptitud para construir una fuerza política implantada socialmente y democrática.

En los inmediato, nuestra prioridad debería consistir en construir un frente de resistencia social y democrática, trabajando para organizar la convergencia de las luchas y sumándose a todas las formas de lucha emancipadora. La base para ese frente se encuentra en los movimientos sociales, pero es fundamental incorporar a él a todas y todos los militantes asociativos, sindicales y políticos, a fin de desarrollar iniciativas de movilización y guardar el pulso durante un quinquenio que se anuncia particularmente preocupante, si tenemos en cuenta la actual relación de fuerzas, y frente a un poder político que decidido a poner fin a las conquistas del siglo XX que aún conserva la clase obrera.

Hemos de ser conscientes del momento histórico en que nos hallamos, marcado especialmente por el ascenso del peligro fascista. No tenemos derecho a repetir lo que nos ha llevado a esta situación y no podemos seguir haciendo política como antes. Creemos que ha llegado el momento de empezar a discutir conjuntamente de lo que cada uno de nosotros ha de cuestionar, para que poco a poco pueda aparecer un verdadero proyecto de emancipación basado en las movilizaciones de las de abajo, juntando lo mejor de lo que hacemos y en el que nos enriqueceremos todas y todos con nuestros enfoques diferentes.

24/04/2017

Patrick Le Moal, militante del NPA

Ugo Palheta, militante del NPA, redacción de Contretemps

Artículo editado conjuntamente por Contretemps y viento sur

Traducción: viento sur





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