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América Latina
Redefinir a la izquierda
25/04/2017 | Arturo Anguiano

Desde mediados de los años noventa del siglo xx, el neoliberalismo que había logrado imponer su hegemonía durante tres lustros, provocando la devastación de todo lo social y de las naciones sometidas a una globalización que trajo consigo la reordenación desordenada de la geografía planetaria, comenzó a enfrentar en nuestro subcontinente latinoamericano resistencias acrecentadas, luchas, revueltas y hasta insurrecciones como la encabezada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México. Los pueblos indios, sobre todo en Ecuador y Bolivia, exigieron la transformación de los Estados en Estados plurinacionales, dando cabida a los siempre excluidos que con fuerza de huracán fueron imponiendo su reconocimiento.

En el amanecer del siglo XXI, una verdadera guerra de resistencia de abajo se fue realizando en contra de la prolongada guerra del capital mundializado revestido con la estrategia neoliberal. Estalla la lucha social de pueblos, de distintas capas sociales y de la sociedad entera, no sólo de carácter reivindicativo contra los efectos sociales del neoliberalismo, sino igualmente contra los gobiernos autoritarios que de desarrollistas devinieron fanáticos del neoliberalismo. Las revueltas de los oprimidos todos, condujeron a la caída de gobiernos neoliberales como el de Gonzalo Sánchez de Losada luego de las exitosas guerras del gas y del agua en Bolivia y en general al desorden, división y desconcierto de clases dominantes que empezaron a perder incluso en procesos electorales; tres gobiernos fueron derrocados en Ecuador bajo el embate de movilizaciones de pueblos indios y sectores populares (Abdalá Bucaram en 1997, Jamil Mahuad en 2000 y Lucio Gutiérrez en 2005). Procesos democráticos, en fin, impuestos luego de furiosas dictaduras agotadas y de más en más incapaces de canalizar o hacer frente –incluso represivamente– a las grandes e imparables movilizaciones de sociedades hartas de la explotación, el despojo, la exclusión y el abuso de poder.

La democracia ganada se salpicó y transformó con las luchas de toda índole y las organizaciones sociales de masas y algunos partidos de izquierda pudieron desembocar en triunfos electorales que comenzaron a complicar y cambiar la situación política de los países. Se abrió, entonces, lo que se ha denominado el ciclo de gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina. En Venezuela el gobierno de Hugo Chávez se radicalizó a partir del intento de golpe de Estado en 2002 y luego comenzó a publicitar su pretendido socialismo del siglo XXI, en Bolivia Evo Morales y el Movimiento al Socialismo (MAS) se impusieron desde 2006, en Ecuador Rafael Correa (2007-2017) con su Alianza País y en Brasil el Partido de los Trabajadores (PT) encabezado por Inácio Lula da Silva (2003-2011), el Frente Amplio (FA) en el Uruguay de Tabaré Vázquez (2005-2010) y ahora de nuevo en el gobierno relevando al presidente José Mugica, hasta Argentina con una versión un tanto más híbrida proveniente del viejo peronismo encabezado por Néstor Kirchner (2003-2007) y su esposa Cristina Fernández Kirchner (2007-2015), después del largo desastre neoliberal de Carlos Menen (1989-1999).

Se empezó a hablar de un verdadero cambio de tendencia, de una nueva época de luchas llevadas al poder y de un poder que supuestamente comenzaba a transformarse desde la óptica de los intereses de los pueblos de América Latina, de las sociedades siempre esquilmadas por ancestrales y modernas formas de dominación de capitalismos atrasados sometidos a los intereses del imperio estadounidense, que desde el Norte se impone en su extenso traspatio.

Un nuevo e inédito ciclo de gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina antes que en ningún otro lado del planeta, la revancha de los antiguos colonizados y luego invariablemente neocolonizados. Pero ahora se coincide por todas partes en argumentar el fin de ese ciclo y la reimposición de las fuerzas de la derecha capitalista, de viejas y renovadas oligarquías que no han dejado de acomodarse y transfigurarse en circunstancias cambiantes. Proliferan por consiguiente los balances de la obra realizada por esos gobiernos que no dejaron de reelegirse pudiendo dar continuidad de fondo a sus procesos, surgen análisis de sus estrategias y políticas, de sus relaciones con pueblos y capas de sociedades distintas y muy diversas.

¿Realmente fueron gobiernos progresistas, verdaderamente se pueden definir como de izquierda y hasta populares? ¿Y qué izquierda?

Porque es evidente que durante mucho tiempo había quedado claro que no había una sino muchas izquierdas, corrientes incluso enfrentadas del todo y por todo; a final de cuentas era izquierda el que así se identificaba. Muchos de los referentes teóricos y programáticos originarios se fueron diluyendo sobre todo después de 1989 con la caída del Muro de Berlín y la disolución del monstruoso montaje del llamado socialismo real que usurpó al marxismo, al comunismo y en general a las tradiciones emancipatorias de los trabajadores que, desde la Comuna de París de 1871, intentaron construir alternativas contra el capitalismo y su cauda de explotación, despojo y dominación.

Hoy mi conclusión, que de entrada puede resultar una provocación, es que esos gobiernos, por más que tuvieran sus diferencias, en general no pueden definirse con el concepto de progresistas y mucho menos el de izquierda. La izquierda, durante toda la vuelta del siglo, coincidiendo con el auge del neoliberalismo, en realidad se fue desdibujando, abandonando de entrada muchos de sus presupuestos y asumiendo prácticas político-sociales y relaciones con la gente de más en más cargadas de pragmatismo, incluso retomando tradiciones clientelares y corruptas de las viejas clases políticas. La izquierda reformista, estatista, nacionalista, socialdemócrata y alguna que de vez en vez se consideraba marxista, desde mi punto de vista devino primero social-liberal y al poco se disolvió bajo los vientos tempestuosos del neoliberalismo. Primero afirmada y reforzada en las luchas en contra del neoliberalismo, esa izquierda en trance después fue, poco a poco, recomponiéndose de manera de hacerse “creíble” como opción de gobierno en vistas a los procesos electorales. Si las luchas y la radicalización de las masas organizadas empuja a varios de sus componentes partidarios a ocupar las instituciones estatales (hasta a la cabeza del Estado, la Presidencia de la República), más que cambiarlas, la izquierda es cambiada por ellas, se trasmuta al renovar sus ropajes y acomodar sus hábitos: rehabilita en particular el paternalismo siempre cargado de autoritarismo, restableciendo relaciones jerárquicas con la sociedad. No deja de deslizarse más rápido por la resbalosa pendiente de los intereses dominantes que no son otros que lo de las grandes empresas capitalistas desterritorializadas, vueltas mundiales como nunca, no dejando resquicios para pretendidas y ahora caducas o fantasmales burguesías nacionales.

Desde México hasta la Tierra de Fuego es siempre la misma historia, ya no el debate entre reforma o revolución, los aparatos de izquierda parten de considerar al capitalismo neoliberal una fatalidad que encuentran insuperable y solamente pretenden convertirse en sus mejores gestores, salpicados de promesas de políticas sociales casi siempre en el marco de las políticas y los criterios de los organismos financieros internacionales, que procuran la degradación de las políticas sociales de fondo en simples programas asistencialistas, dirigidos a combatir la pobreza extrema. Antídoto barato contra la revuelta, no vaya a ser que de cualquier forma se agudicen y se disparen las contradicciones y tensiones sociales de un capitalismo insuperable.

La izquierda de arriba, como la denominó el finado Subcomandante Insurgente Marcos, que a mi me parece que podemos caracterizar como izquierda estatal o institucional, se ha fortalecido sin duda por medio de su ingreso a los aparatos de los Estados, que simplemente ocuparon para su administración o incluso tuvieron la audacia de renombrarlos constitucionalmente como Estados plurinacionales en Ecuador y en Bolivia, países con una fuerte presencia de pueblos originarios. Trataron de hacer y mantener concesiones a los pueblos y núcleos sociales que los elevaron “al poder” en la búsqueda de atenuar las más odiosas manifestaciones de la pobreza extrema que caracterizan a nuestros países, pero de ninguna manera se propusieron combatir a fondo la desigualdad social ni mucho menos la explotación, el despojo y la concentración de riqueza que mantienen las viejas y nuevas oligarquías. No se interesan por las causas de esa situación. Conceder abajo, verticalmente por supuesto, pero sin incomodar a las clases dominantes con quienes en cambio se negocia arriba.

El neoliberalismo se convirtió en un espantajo que trataron de combatir con una dureza verbal a veces muy radical y progresista, pero que no pudo ocultar la combinación que los llamados gobiernos progresistas trataron de armar con la amalgama de cierto desarrollismo (básicamente de nuevo una mayor intervención del Estado en los procesos económicos) con las variables macroeconómicas exigidas por los organismos financieros internacionales (por supuesto neoliberales), encargados de asegurar la hegemonía de las estrategias capitalistas de las grandes empresas dominantes. Si bien trataron de mejorar los ingresos del Estado (condición para su capacidad de acción), para nada impulsaron políticas impositivas y redistributivas que gravaran las ganancias extraordinarias de las empresas y financiaran las políticas sociales, las infraestructuras y todo aquello que a final de cuentas siguió recreando las condiciones para hacer atractivos los territorios nacionales a la presencia de las empresas capitalistas. Aunque los nuevos gobiernos progresistas pudieron durante cierto tiempo y en algunos casos relanzar el crecimiento de economías estancadas o en crisis, tal vez fascinados por el auge de las materias primas, precipitaron sus países hacia la desindustrialización cuando ya avanzaban en tanto nuevas economías emergentes como Brasil, o simplemente prosiguieron una economía que para nada apuesta al progreso industrial. Pero estos gobiernos progresistas y verbalmente anti-neoliberales, todos nacionalistas y algunos hasta antiimperialistas, regresaron sus economías a los orígenes coloniales, relanzándolas por la senda del extractivismo minero que en algunos combina economías petrolizadas, complementadas con agronegocios que para nada involucran a los pueblos indios y campesinos sino a los grandes propietarios del campo. Un cuadro, en conjunto, que deja de lado los tan publicitados parámetros de la sustentabilidad y más bien amenazan mayormente el medio ambiente.

Las grandes empresas mineras de carácter mundial ataviadas con ciertos ropajes nacionales como el canadiense, fueron cortejadas y promovidas al grado que la devastación de los territorios –casualmente resguardados por pueblos originarios– se convirtió en política económica fundamental y motor de economías como siempre atrasadas, subdesarrolladas, emergentes o no : Bolivia, Ecuador, Brasil, Venezuela... Pero como se ha comenzado a develar, las rentas petroleras como las provenientes de las concesiones mineras, de ninguna manera sirven –como fue la coartada o el pretexto– a financiar las políticas sociales y de bienestar de la población, ni siquiera de los pueblos originarios directamente más afectados, que ahora deben resistir a sus propios gobiernos en defensa de la Madre Tierra. Las erráticas políticas sociales se siguen financiando con recursos internos, deuda externa y hasta remesas.

Rentas acrecentadas, sí, que tal vez debieran servir de ejemplo al gobierno mexicano que regala el territorio nacional, pero que solamente sirven para recrear las condiciones infraestructurales requeridas por lo propios capitales y en general para volver atractivos los países, esto es susceptibles de ver sus poblaciones explotadas, sus recursos naturales privatizados y devastados por empresas voraces que los rentabilizan. O sea, “beneficiados” por exigentes capitales que peregrinan por todo el planeta en busca de los nichos más rentables, dentro de una aleatoria división internacional del trabajo. Estados dirigidos por gobiernos nacionalistas que se desviven por atraer y alentar al “odiado” capital imperialista, financiero y los otros; bueno, y ahora el chino, que aparece más asexuado.

Gobiernos que se pretendieron descolonizadores y más bien reacondicionaron el terreno y dieron garantías a un nuevo colonialismo todavía más devastador de los territorios, con todo y culto a la Pachamama. Estados declarados plurinacionales o regímenes progresistas comprometidos a reforzar la República, que sin embargo poco o nada hicieron o hacen para introducir nuevos procesos e instituciones participativas que pudieran transformar al menos a las democracias restringidas que continuaron potenciando a nuevos gobiernos autoritarios y muy personalizados por caudillos de ocasión como Evo Morales o Rafael Correa, Lula o Chávez, quien en 2013 deja en herencia a su sucesor, el inefable Nicolás Maduro. La arrogancia, el paternalismo y el abuso de poder revitalizados por los gobiernos progresistas y de izquierda. Las organizaciones sociales caracterizadas por su combatividad y capacidad de resistencia y movilización se burocratizan y subordinan al influjo de los gobiernos pretendidamente suyos, que quiebran su autonomía y acaban por desnaturalizar su carácter y su papel. Ensayos de autogestión o de autoorganización, de entrada autónomos, que en muchos lugares brotaron en la ola de las luchas, son disueltos o supeditados a las instituciones estatales “progresistas”, haciéndolos dependientes y sometidos incluso a relaciones más bien de carácter clientelar, esto es, mercantil.

Si los gobiernos progresistas elevados por resistencias y luchas multitudinarias pudieron significar grietas en los muros del capital, resulta evidente que aquéllos se esforzaron por resanarlas...

Por algo los partidos y organizaciones políticas de los países progresistas (del MAS al PT) entran en crisis y hasta se dividen. Sobre todo, al igual que sus gobiernos, pierden legitimidad social, generan malestar y confusión entre los pueblos y dan cabida a recomposiciones de las fuerzas de derecha con las que incluso se habían aliado, pero que de nuevo pueden apostar a recuperar vínculos con algunos núcleos sociales descontentos y desencantados.

Resulta pues curioso, que el aparentemente largo ciclo de gobiernos progresistas iniciado por revueltas y movilizaciones populares concluya con algunos países en extremo divididos, su legitimidad extraviada o venida a menos, con sus bases sociales socavadas, escindidas y segmentadas (o reducidas, por ejemplo en Ecuador, al apoyo de ciertas clases medias estimuladas decisivamente) y relanzadas a procesos de movilización inciertos que pueden ser recuperados, al menos en intento, por los reagrupamientos de derecha alentados y potenciados nuevamente como en Brasil y Venezuela. La recuperación abierta del poder neoliberal, como en la Argentina de Mauricio Macri, de nuevo estimula el enojo de sociedades inconformes, indispuestas a la resignación ante el recrudecimiento de los ajustes capitalistas ostentosos (con la precarización generalizada del trabajo) y la mayor pérdida de logros trabajosamente alcanzados o recuperados en el periodo anterior.

Si las sociedades pudieron aliviar en cierta medida sus condiciones de vida ya fuera por el crecimiento de las economías (algunos países, digamos Bolivia, viven como nunca la expansión capitalista) o por la difusión de programas sociales, lo cierto es que para nada se han afectado los procesos de acumulación de capital con su larga estela de desigualdades que, además, por todas partes no dejan de arrastrar el racismo ancestral o renovado contra los pueblos originarios. De hecho, “el Buen vivir” no alcanza a los de abajo. La ocupación del Estado difícilmente ha significado la toma del poder por los actores emergentes revestidos con ropajes de izquierda. Más bien se suscitaron alianzas y entreveramientos con las oligarquías (o con algunas fracciones) que, sin embargo, cuando dejaron de sentirse a la defensiva rompieron sus turbias e impostadas alianzas como en Brasil, precipitando la caída del gobierno de Dilma Rousseff (2011-agosto 2016), deshaciéndose así de intermediarios incómodos. Incluso en la Venezuela postchavista, con su socialismo del siglo XXI disuelto en el aire y donde la polarización entre las fuerzas burguesas se ha extendido a la sociedad entera, se habla de una boliburguesia y de grandes transformaciones entre las filas del ejército beneficiado con proyectos productivos que, para regir sus nuevos negocios, lo ponen a girar al ritmo de la búsqueda de ganancias.

Si distintas opciones de izquierda ocuparon los Estados propulsados por movilizaciones de sociedades insumisas, al final los Estados-nación siguen los mismos, asentados en economías nacionales más débiles o fuertes, las sociedades tal vez mayormente polarizadas económica, social y políticamente, pero amoldados y regidos por la lógica y el tiempo de las grandes empresas mundiales y sus organismos financieros internacionales que disponen de calendarios y geografías. La izquierda, en cambio, se transfiguró.

En México, donde ha avanzado más la degradación de la política estatal y donde la izquierda de arriba prácticamente ha desaparecido, los gobiernos locales “de izquierda” que el Partido de la Revolución democrática (PRD) logró instaurar localmente, en particular en la capital mexicana, solamente pusieron en práctica las mismas políticas neoliberales dominantes y reprodujeron la cultura política forjada por el largo dominio del PRI-Gobierno, caracterizada por la corrupción, el patrimonialismo, las relaciones clientelares (sustentadas en “imaginativas” políticas asistencialistas que le dieron lucimiento) y el autismo social que acabaron por deslegitimarlo, desprestigiarlo y de plano lanzarlo al precipicio de la pulverización mafiosa y a la desnaturalización. Gobiernos que pretendieron distinguirse solamente por estilos personales que acabaron de asemejarlos de cualquier manera a los otros. El PRD, como el principal partido de una izquierda desprogramada, devenida nacional-populista y determinada principalmente por el pragmatismo y la ambición de camarillas facciosas (disfrazadas de corrientes), que extravió la autonomía que podría haberlo caracterizado en sus inicios y se volvió un partido pelele del gobierno de Enrique Peña Nieto con el Pacto por México, tramado junto con el PRI y el PAN para imponer al Congreso y a la sociedad las perniciosas e impopulares reformas estructurales (energética y educativa, las más notables). La izquierda de arriba que en el PRD subsumió desde 1988 a las viejas agrupaciones y corrientes de la izquierda incluso de tendencias marxistas, acabó en el suicidio político y en su inminente desaparición, debilitado de más en más, en plena disgregación (en un sálvese quien pueda).

Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que durante su presidencia del partido de 1996 a 1999 había logrado su fortalecimiento electoral, al mismo tiempo favoreció el reclutamiento de los viejos cuadros priistas y gubernamentales que empezaron a emigrar ante la ya inocultable crisis del régimen, dando pauta a que al poco tiempo el PRD se revelara en todo como un nuevo PRI, si bien aparentemente nacionalista y democrático. Tal “estrategia” de crecimiento partidario se generalizó y por todas partes proliferaron los trasiegos de personajes que cambiaban de ropajes y colores a su gusto y conveniencia. De esta forma, AMLO fue de hecho el principal responsable de la desnaturalización del original partido-movimiento que en su inicio pretendió ser el PRD, del cual se separa en septiembre de 2012 y desemboca en la creación de un nuevo partido, Morena (Movimiento de Renovación Nacional), que se prepara para la elección presidencial de 2018.

A veces declarado de izquierda, con algunos viejos militantes marxistas que poblaron el PRD en sus mejores días, AMLO y su partido arman un proyecto lastrado como siempre por el pragmatismo extremo y una visión sesgada de la realidad (la corrupción como centro de todos los males) y sus perspectivas, que oscila entre el asistencialismo del presidente Luis Echeverría y la renovación moral de la sociedad de Miguel de la Madrid. Esto es, muy lejos de cualquier tradición programática o teórico-política de izquierda, ni siquiera socialdemócrata o semejante a las que alentaron a los gobiernos progresistas del subcontinente. Todavía en su fallida campaña electoral de 2006, López Obrador se definía como neoliberal con tintes sociales y se situaba fuera de la denominación de izquierda (¿de centro?), ahora –en vísperas de las elecciones para él cruciales de 2018– reclama el monopolio de la izquierda y critica de forma abierta al neoliberalismo, pero solamente en lo que denomina la mafia del poder, que identifica con los empresarios que se enriquecieron en la subasta corrupta de los bienes públicos especialmente durante el gobierno ultra-neoliberal de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).

Como se puede ver, más que grietas en la izquierda, lo que se ha producido –en especial en México– es el resquebrajamiento, el derrumbe y disolución de la izquierda estatal, atenazada entre los intereses neoliberales que gestiona y el abandono y desprecio creciente de los de abajo, quienes optan por ya no mirar hacia los partidos.

Sin duda seguirán muchos debates sobre el ciclo de los llamados gobiernos progresistas y de izquierda. Hay desenlaces como los de Argentina con el neoliberal Mauricio Macri y el Brasil del reconvertido Michel Temer, también como el de Ecuador con la persistencia del proyecto de la Alianza País de Correa gracias a la elección de Lenin Moreno, algunos muy inciertos por venir como los de Bolivia (con la posible reelección de Evo Morales vetada en referéndum) y sobre todo Venezuela sumergida en la degradación social, la polarización extrema y la incapacidad del gobierno de Nicolás Maduro, quien no encuentra salidas viables a la crisis.

Pero, precisamente, hace falta reflexionar sobre qué es lo que en verdad puede caracterizarse como izquierda en esta era de la hegemonía del capitalismo neoliberal. Me atrevo a sostener que toda la experiencia reciente muestra y refrenda –incluso históricamente– que no puede haber una izquierda que no subvierta las instituciones burguesas, esto es al Estado y la estructura de poder erigida sobre las sociedades, y sobre todo que no ataque frontalmente las condiciones que generan la desigualdad, la opresión, el despojo, la violencia, la discriminación y la exclusión. Esto es, la izquierda auténtica necesita bregar sin más por acabar con la existencia del capitalismo, en lugar de ataviarse con las estrategias hegemónicas del neoliberalismo brutal o del desarrollismo populista matizado de políticas de corte keynesiano, que invariablemente acaban reproduciendo el mismo papel de Estado garante de un orden social inhumano.

No puede haber más izquierda que la izquierda anticapitalista. Las izquierdas de arriba ya no representan sino variantes de una estrategia capitalista a la que se han acogido y que sin remedio los desnaturaliza y subsume, los devora. Actualmente no puede haber más izquierda que la izquierda de abajo, todavía por supuesto con muchas tendencias y pertenencias flexibles o cambiantes; una izquierda plural de vivos colores construida abajo y por debajo. Compuesta de entrada por una miríada de agrupamientos, círculos, colectivos y organizaciones incluso de carácter nacional, que recuperan la teoría, el pensamiento crítico sin concesiones y valoran la praxis que se deriva de reflexiones teóricas y experiencias prácticas, de una práctica que deviene teoría. Una izquierda que arraiga y se extiende sobre todo en las profundidades de las sociedades latinoamericanas (y no sólo), primero que nada en los pueblos originarios (lo que le imprime su sello original en algunos países), pero asimismo en los trabajadores formales e informales, los campesinos y todos aquellos núcleos sociales que sufren alguna forma de opresión, discriminación o exclusión. Pueblos indios y proletarios, oprimidos todos, mujeres, jóvenes, homosexuales, lesbianas, científicos, intelectuales, migrantes, todos los diferentes y por ello iguales, sometidos a la furia cotidiana de la disciplina o el aliento del capital y sus numerosos, innumerables y muy variados gestores, conformados en clases políticas, oligarquías estatales que revestidas con distintos ropajes de moda se asemejan todas en su voracidad al servicio de ellos mismos y sobre todo de los intereses del capital global, mundializado. Rebeldes, insumisos, movilizados de mil maneras y por incontables motivos que en los hechos revelan sociedades que se organizan a contracorriente y van siendo ganadas por la revuelta que deviene cotidiana, una forma no sólo de sobrevivir, sino de vida, de entender que la política puede ser muy otra, como dicen los zapatistas.

Una izquierda que lucha de entrada por la igualdad verdadera, procurando la autoorganización y la autogestión según sus tradiciones y condiciones, sobreviviendo y afirmándose en la autonomía frente al poder, el capital y todas sus instituciones, conductos y gestores, a combatir y destruir cualesquiera que sean. Una izquierda que si bien puede luchar por tratar de derrocar el poder de los de arriba, entiende que lo más importante es buscar reconstruir el poder desde abajo, desde los pueblos, comunidades, barrios, etcétera, esto es desde las propias sociedades y bajo principios emancipatorios labrados por la dignidad y la solidaridad, en la fraternidad de los oprimidos, por completo ajenos a jerarquías y relaciones mercantiles como las impuestas con el clientelismo por los de arriba e incluso por los llamados gobiernos progresistas y de izquierda. Una izquierda que se descubre a sí misma y redimensiona en la propia sociedad, entre los de abajo, quienes ensayan múltiples y muy diversos e imaginativos caminos en su lucha rebelde por la autoemancipación.

Esa izquierda existe en toda América Latina y en buena parte del planeta no ha dejado de manifestarse y organizarse. No solamente en los más evidentes procesos de resistencia de los indignados y rebeldes contra la mundialización capitalista. Existe en las organizaciones tradicionales y nuevas (siempre imaginativas, auténticas creaciones) de los oprimidos, de trabajadores urbanos y rurales, de pueblos originarios, de jóvenes, de mujeres, de gente oprimida, de migrantes, de colectivos de todo tipo que ensayan formas de inesperadas autonomía en su barrio, centro de trabajo, pueblo, comunidad o en las modernas redes sociales, siempre según su situación específica, sus tradiciones, modos y pertenencias. Existe igualmente entre individuos insumisos que, sin estar organizados, ejercen la crítica en su medio y tratan de encontrar vínculos con los otros que son sus semejantes en la inconformidad. Esta izquierda de abajo tiene su avanzada en la experiencia de construcción de la autonomía, el autogobierno y la autogestión de las comunidades zapatistas que en el sureste de México construyen en los hechos un nuevo modo de vida y relaciones sociales igualitarias, sin jerarquías ni opresiones, en la paridad entre hombres y mujeres, abiertos siempre a nuevas e innovadoras experiencias, resistiendo y creando todos los inmensos días, en una perspectiva anticapitalista y de autoemancipación.

Una izquierda social muy amplia que se colectiviza y politiza sin cesar por medio de procesos participativos de fondo que van preparando un sedimento duradero para la revuelta, por la puesta en práctica de formas de resistencia que avanzan hacia la gestión de alternativas de vida, de mundo, defendiendo la Madre Tierra, el entorno donde sobrevivimos, el que se encuentra bajo el acoso y la destrucción rentabilizada de un capitalismo que amenaza a la Humanidad entera y al planeta.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas, abril 2017.

CIDECI-Universidad de la Tierra

Arturo Anguiano es profesor investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana de México

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Fuentes

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