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Reino Unido
La izquierda debe salvar al laborismo
25/04/2017 | Richard Seymour

Theresa May ha convocado elecciones anticipadas. Las portadas de la prensa sensacionalista ansían una “muerte azul”. Animan a May a “aplastar a los saboteadores”, como proclama el Daily Mail en un alegre guiño a su pasado fascista. Este es el fin, fantasean, del izquierdismo metropolitano, de los votantes del Remain que no callan, de lo políticamente correcto y, sobre todo, de Jeremy Corbyn.

Sin que sorprenda demasiado, muchos presuntos socios políticos de Corbyn están gustosamente de acuerdo. ¿Cómo iban a estar equivocados? Según las encuestas, el laborismo tiene un 25% de voto , a 20 puntos de distancia de los conservadores. Con todas las advertencias posibles —lo impredecible de la política británica, el volumen y la motivación de las bases de Corbyn, los sesgos de las encuestas—, es difícil ver cómo se va a contrarrestar eso en siete semanas. Y si no se hace, el laborismo tendrá suerte si conserva 200 escaños, sin mencionar ya el ganar las elecciones generales.

Todo esto es correcto y, por sentido común, debería significar el final de Jeremy Corbyn. Pero ninguna afirmación acerca de la realidad política, por muy exacta que sea, es meramente descriptiva. Generalmente, la política neoliberal es una profecía autocumplida. Se nos dice “no hay alternativa” por parte de las mismas personas que tienen el poder de decidir si la hay: y en efecto, normalmente, no la hay. De igual forma, las declaraciones sobre la “elegibilidad” de una persona, contienen un elemento performativo, en el sentido en que normalmente intentan crear un consenso acerca de lo que presuntamente están describiendo.

El año pasado, cuando Corbyn ganó inopinadamente la dirección del laborismo, uno de sus críticos más sagaces y anterior redactor de los discursos de Blair, Peter Hyman, escribió:

Hay una política de izquierda perfectamente válida y viable para el partido, basada en los sindicatos, dirigida por alguien como Corbyn y que atraiga a una mezcla de élites metropolitanas, estudiantes y algunos sindicalistas... Este enfoque podría ganar el apoyo del 15% al 20% del público y posiblemente, con la infraestructura, dinero y respaldo de los grandes sindicatos, hasta el 25% o 28%.

Lo que esto implica es que tal partido podría sobrevivir en un sistema representativo proporcional, pero nunca podría agrupar por sí mismo una mayoría parlamentaria viable. Esto no es algo totalmente equivocado, pero tampoco es puramente descriptivo. La dirección del Partido Laborista de Corbyn estuvo en guerra desde el primer día, sometida a una lluvia de abusos y sabotajes sin igual, con el objeto, precisamente, de triturar el laborismo de Corbyn hasta reducirlo a su núcleo de seguidores. Pero hizo falta un año de ruedas de prensa, conjuras, dimisiones y un temerario y criminal intento de golpe interno en el momento político más crítico del país, para hacerlo descender por debajo del 30% y alrededor del 25%.

Ahora que Theresa May convoca elecciones anticipadas en un esfuerzo por capitalizar el resultado del Brexit antes de que languidezca y por evitar que las acciones judiciales contra sus diputados por fraude electoral destruyan su débil mayoría, surge una campaña más o menos abierta de la derecha laborista anti-Corbyn para arruinar la campaña electoral. No solo para arruinarla, sino para aumentar la sangría.

Los críticos de Corbyn, enfrentados a esta situación, se quejarán sin duda de que el líder y sus seguidores parecen incapaces de asumir la culpa por nada. En realidad, no son sinceros: son ellos quienes llevan a cabo acciones temerarias sin tener que rendir cuentas. Pero llevan razón en un punto: Corbyn no carece de poder. Toma la iniciativa para elaborar la política día a día, establece prioridades y toma la palabra en la tribuna para combatir a los tories semanalmente.

Es importante tener en cuenta que este poder viene de fuentes democráticas y no burocráticas: ello significa que es el líder laborista más vilipendiado en los medios hasta la fecha, incluyendo a Foot, Kinnock y Miliband y que sus propios socios tratan de destruirle. Pero significa también que es difícil echarle —incluso con una terrible derrota electoral— a menos que se rinda o que se produzca un agresivo golpe interno contra él.

De modo que, si la “culpa” está fuera del debate, la responsabilidad no lo está. Una izquierda pro-Corbyn firme puede y debe asumir toda la responsabilidad por la situación actual. No porque tenga la culpa del desastre electoral laborist (en realidad, incluso los saboteadores sólo sacan a la luz las debilidades subyacentes de los apoyos laboristas.) sino porque la dirección del ala izquierda siempre es una dirección de crisis. La justificación para aprovechar la oportunidad única en la vida de que la izquierda dirija el Partido Laborista nunca fue que sería un viaje tranquilo, sino que conllevaría una gran crisis, más productiva que la paulatina combustión de la pasokización.

El laborismo oficial, a quien nunca le dijo lo que tenía que hacer un barbudo izquierdista, no iba aceptarlo sentado. Los miembros del partido que le apoyaron lo sabían, los sindicalistas lo sabían y Jeremy Corbyn lo sabía. Las escalas y tiempos exactos de los ataques pueden ser una sorpresa, pero nadie esperaba un camino fácil. Y si lo esperaban, hubo muchas pruebas durante su primera campaña por la dirección, incluyendo el primer intento de purga de nuevos miembros, que prefiguraban lo que vendría.

Corbyn ha tratado en vano de razonar con las abrumadoras fuerzas en su contra aplacando a sus rivales y suavizando su posición en cuestiones claves como la OTAN y la nacionalización. En vez de plantear el socialismo de Tony Benn, se desplazó hasta el centro histórico del laborismo. La idea era aclimatar al laborismo oficial a un pacífico statu quo bajo la dirección del ala izquierda y aislar a los derechistas más agresivos. Esto le haría ganar tiempo a una inexperta y frágil dirección de izquierda para elaborar una agenda, y a unas desorganizadas bases para organizarse. Que tantos y tantos diputados se unieran al golpe el año pasado debió haber servido para demostrar los escasos efectos que tuvo esa orientación.

La estrategia no funcionó y es parte de la razón por la que el laborismo está en la situación en que está. La dirección se muestra cada vez más paralizada: muchas buenas políticas, muchos incómodos rodeos en torno a cuestiones clave como la inmigración y el Brexit y carencia de “visión”. Esto no significa que cualquier otra estrategia garantice mejores resultados. Pero irónicamente, como las previsiones electorales del laboralismo empeoran, fue el columnista neoconservador Danny Finkelstein quien tuvo el mejor consejo para Corbyn: debería asumir que no tenía nada que perder, olvidarse de tratar conciliar con la pandilla parlamentaria, ser el socialista radical que sus seguidores y votantes quieren y ver hasta dónde puede llegar.

¿Por qué Corbyn sencillamente no lo hizo? Hubo un breve momento “populista” en año nuevo, aunque aparentemente frustrado, en el que Corbyn estuvo cerca de emular al menos parte del lenguaje insurreccional de Jean-Luc Mélenchon. Si tratara de proseguir con ello en la campaña electoral, en actos abarrotados, seguramente fuera una alternativa bien recibida, a diferencia de los incómodos triángulos pacificadores. Ayudaría a contrarrestar la derrotada interiorizada, la confusión y la desmoralización de la izquierda británica, creando una contracultura política militante y vibrante en una era de reacción.

El problema es que mientras que Mélenchon es aún el outsider arquetípico, que lidera una fuerza alternativa en la política oficial, Corbyn tuvo la buena suerte de ganar la dirección de la oposición oficial, un partido socialdemócrata convencional. El Partido Laborista no es un partido insurreccional, sino un partido parlamentario tradicional y ningún líder puede desviarse demasiado de sus responsabilidades institucionalizadas.

En último extremo, Tony Blair tenía razón. Las facciones del laborismo no pertenecen al mismo partido. Su coexistencia, en el mejor de los casos, es incómoda y debilita ambas facciones y, en el peor, produce un terrorífico ciclo de guerra interna instigado por una gestión autorizada y descabellada del partido. Es probable que se sigan alejando de una forma u otra, ya por medio de una división del ala derecha o por medio de un golpe interno exitoso y la purga de la izquierda. Pero, por el momento, Corbyn está sólidamente asentado y el ala derecha no se atreve con la escisión. De ese modo, están instalados en un vínculo conflictivo, violento y mutuamente destructivo.

Consideremos pues el escenario tras las elecciones, asumiendo que sea tan malo como se predice.

Inmediatamente, la derecha laborista exige que Corbyn “haga lo correcto” y dimita. Esperarán conseguir, por medio de la presión, lo que no pudieron el año pasado mediante un “golpe blando”, limpio. Si dimite, piensan, los diputados pueden asegurar que no exista ningún candidato de izquierda en las elecciones y la soberanía del partido parlamentario sobre los miembros del partido quedará así, una vez más, garantizada.

Corbyn, salvo que quede completamente exhausto, se negará. Un objetivo clave de su dirección es asegurar que el aparato del partido esté subordinado y rinda cuentas a los miembros del mismo. Esas reformas apenas han comenzado, no hay un recambio esperando con la terquedad política y la experiencia para llevarlo a cabo y, aunque lo hubiera, no conseguirían las nominaciones parlamentarias necesarias para proponerse como líder. De modo que, si quieren una revancha, probablemente Corbyn les desafiará a que se celebren otras elecciones en las que él sea uno de los candidatos.

¿A quién pondrá la derecha de candidato? ¿Qué plantearán, en concreto, como alternativa? ¿Cómo solucionarán la crisis de la socialdemocracia en su declinación británica? ¿Se atreverán realmente a concretar un descuerdo político con Corbyn, a diferencia de lo que ocurrió en el pasado? Incluso si lo hacen, ¿podrán esperar la gratitud de los miembros del partido tras dos años de guerra constante?

Parece difícil, si no imposible, concebir un candidato del aparato del partido que fuera capaz de ganar con los actuales miembros. De modo que tendrían que reducir pérdidas y volver el año siguiente.

La alternativa es ir hacia un golpe interno agresivo. Esto significaría encontrar un camino para obligar a abandonar a Corbyn por medio de alguna argucia de aparato, incluso llegando al punto de agotadoras batallas judiciales y un furioso desgaste en las bases, desmoralizando incluso a los aliados y probablemente rompiendo el partido, en el intento de “reclamarlo”. Significaría una nueva guerra en las secciones locales, con expulsiones e investigaciones de todos aquellos considerados problemáticos. Pero significaría también un gran debilitamiento del partido, restaurando su trayectoria de partido de pies ligeros, de aparato profesional-electoral sin base dirigido hacia la pasokización.

Ningún desenlace es especialmente agradable, y será tanto peor, tanto más duramente destructivo, cuanto peores sean los resultados del laborismo. En efecto, ambos desenlaces tenderán más a la destrucción la Partido Laborista en una furiosa conflagración, que a posibilitar algún tipo de separación amistosa.

La tarea inmediata para la izquierda británica no es, pues, perseguir una fantasía: echar a Theresa May, derrocar a los Tories, formar un gobierno socialista, etc. Eso, aunque sería bienvenido, es un objetivo irreal. Solo movilizará a los seguidores más convencidos. La tarea es luchar por la supervivencia del Partido Laboralista, en el que están depositadas actualmente todas nuestras esperanzas. Es defender el máximo número de escaños laboristas posible, despuntar el sabotaje de la derecha y limitar, así, sus posibilidades de causar más daño aún tras las elecciones.

19/04/2017

https://www.jacobinmag.com/2017/04/jeremy-corbyn-labour-party-theresa-may-snap-election/





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