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Tribuna viento sur
Cómo hay victorias que anuncian derrotas
09/04/2017 | Brais Fernández

Se cumplen 40 años de la legalización del PCE. Comencemos con una advertencia: sería absurdo mimetizar al PCE de hoy con lo que fue el PCE que operó bajo el franquismo y la transición. Ni las determinaciones del contexto histórico son las mismas, ni su composición, ni su rol en la política española.

Por lo demás, nos encontramos con una paradoja. Podríamos enunciarla como sigue. El PCE histórico ha desaparecido como tal, y es irreproducible porque ya no existe la fuerza social sobre la que se edificó, aquella clase obrera fordista, producto de un determinado tipo de desarrollo del capitalismo hispánico, capaz de marcar la dinámica de la lucha anti-franquista. Tampoco existe ya el mito soviético, sostén de una fé casi inédita en la historia de la política; sólo sobrevive degenerado y senil en las imaginativas mentes que son capaces de ver en la Rusia de Putin un bastión anti-imperialista. Y a pesar de la desaparición del PCE de Carrillo y la Pasionaria (insisto, otra cosa es el PCE de hoy), su fantasma reaparece una y otra vez, como si en realidad nunca se hubiese muerto del todo.

La reaparición y el interés por la historia del PCE tiene relación directa con un renovado interés por la transición. Una nueva generación de historiadores (Emmanuel Rodríguez, Juan Andrade, Xabier Domenech) han publicado trabajos muy interesantes y de calidad sobre el periodo, con el añadido de que están comprometidos políticamente con alguno de los actores que forman parte del “bloque del cambio”. Se han recuperado viejos materiales de ácidos cronistas como Gregorio Morán. Por último, también se ha producido un trabajo de recuperación y revalorización de la historia de la izquierda alternativa al PCE y al PSOE, como el congreso “Las otras protagonistas de la transición” o materiales impulsados por nuestra fundación en torno a la historia de la Liga Comunista Revolucionaria, única organización junto con la izquierda abertzale que se opuso a la Constitución de 1978 /1 .

La reaparición de los grandes debates político-estratégicos tiene una causa sencilla: es imposible hacer política al margen de la historia, pues inevitablemente tenemos que dotarnos de mecanismos conceptuales, de ejemplos, de hechos, analizar y retomar herencias para afrontar un futuro que siempre es incierto. De la ingenuidad masiva y novedosa del 15M, que podríamos definir como “política sin historia” hemos pasado bruscamente al “ciclo Podemos”, en donde han sido más determinantes cuadros políticos y corrientes muy condicionadas por el peso de la “historia de la política”. De una forma u otra, Podemos está muy marcado por el fracaso de la transición: en sus veteranas bases, hay un cierto “retomar histórico”, un volver a la acción política para terminar lo que no se pudo terminar en su momento. Sobre las generaciones que no vivieron la transición, la obsesión es no terminar como el PCE: unos acusan a los otros de convertir a Podemos en el Partido Comunista, otros insinuan que los unos son la viva reencarnación de Carrillo, algunos temen que el proceso político en curso acabe en un desastre parecido.

Existe una percepción de estar viviendo una oportunidad similar. Existe una crisis de régimen que tiene como expresión más concreta el desgajamiento de sectores de las clases subalternas de sus partidos tradicionales. Eso impulsa una discusión que, como no podría ser de otra forma, se da de forma sublimada y contradictoria: ¿Pudo el PCE hacer algo diferente a lo que hizo en la Transición? ¿La derrota fue producto de una “correlación de debilidades” o un producto de una linea política incapaz de desarrollar las potencias que se desarrollaron desde abajo? ¿Era necesario un pacto con determinados sectores de las élites para evitar una reacción autoritaria o fue precisamente ese pacto el que posibilitó que en España exista una democrácia de tan baja calidad? ¿La transición fue un éxito relativo con que muchas generaciones se sienten identificadas o resulta ser que esa identificación se construyó tras la derrota de las fuerzas transformadoras? No cabe duda de que no nos hacemos preguntas, sino que buscamos respuestas para saber hasta donde queremos y podemos llegar hoy.

De forma demasiado habitual, se personaliza el fracaso de la izquierda en la transición en la “traición” de Santiago Carillo. Es completamente natural, dado que se encuentran la sordidez y mediocridad del personaje, con la necesidad de echarle el muerto a alguien. Ya no quedan “carrillistas” en las filas de la izquierda (aunque hay muchos en la derecha), un caso quizás único entre los líderes históricos de los grandes movimientos por la emancipación del siglo XX. Ahora que todos somos gramscianos, siempre podemos encontrar admiradores del genio político Togliatti u observar con respeto la autoridad moral de Belinguer (por poner dos ejemplos de lideres eurocomunistas). O incorporar a nuestra historia algunas partes de la vida (vease lo perverso de la expresión, que mira la vida por etapas, sin ver los hilos de continuidad) de Semprún y Claudin, a todos aquellos que pasaron de “guardianes de la ortodoxia” a “renegados creyéndose herejes”, por usar la expresión de Isaac Deustcher /2.

Sin embargo, a Carrillo ya no lo reinvindica nadie. “Ciego tacticista”, “traidor” o nuestra expresión favorita: “Tenía el olfato de un traficante de armas”, en palabras de Emmanuel Rodríguez. Muchos en la izquierda encontraron un maravilloso personaje sobre el cual descargar todas sus frustraciones y evitar una discusión a fondo sobre alguna pregunta incomoda: ¿Por que Carrillo puedo hacer y desahacer como le dio la gana durante años?.

Esta pregunta cuestiona la matriz de la explicación que ha dado buena parte de la izquierda “oficial” y que sólo responde a una parte del problema. La respuesta perezosa podría resumirse en que “las bases del PCE eran buenas, valientes, obreras pero el malvado Carrillo las traicionó”. Esta respuesta en realidad esquiva la pregunta, utilizando una verdad (la indudable valentía y abnegación de las bases del PCE) para esconder otra (que el “carrillismo impregnaba a todo el PCE, no sólo al malvado lider). La otra respuesta posible es un poco más dolorosa y no existe más que regada en múltiples hechos y concepciones. Una parte podemos buscarla en la cultura política del PCE, basada en el monolitismo, en la pobreza ideológica y el desprecio a la teoría, en la fetichización del papel del partido y su autoconcepción como “portador de la Historia”, en el linchamiento al disidente (es curioso ver que la mayoría de linchamientos fueron producto de luchas de poder en el seno de la dirección, no de un debate político), en un profundo divorcio entre los objetivos formales del PCE (democracia y socialismo) y su régimen interno profundamente burocrático adobado de una estrechez de miras justificada bajo el maravilloso mantra de la “flexibilidad táctica” leninista /2.

¿Cual sería la conclusión lógica de esta lectura, lo que quizás pueda merecer aprehender para encarar el futuro, cual es el “nucleo de verdad” que sirve para encarar nuestras “grandezas y miserias” del aquí y ahora? No se trata de buscar nuestro “Carrillo”, como los fundamentalistas evangélicos buscan a su “anticristo”. Tampoco se trata de hacer comparaciones forzadas que se traduzcan en una paranoia tranquilizante (a veces, las paranoias tranquilizan porque ocultan cosas más complejas) que busque desesperadamente al traidor que oculte las debilidades propias. Se trata, al contrario, de algo muchisimo más dificil, como generar una cultura política nueva, masiva, que impida que surgan “los Carrillos”, o que si surgen, evitar que sean los determinantes en los procesos políticos.

Manuel Sacristan, en una carta a una reunión de intelectuales comunistas que el mismo Carrillo ignoró, le recordaba que en realidad el Partido Comunista era una expresión contingente de un movimiento real (el movimiento de la clase obrera por su emancipación y la liberación del conjunto de la humanidad), y que, perfectamente, podría haber sido otra su expresión política. Carrillo, indignado, censuró la lectura de la carta en la reunión, no fuera a ser que a alguien se le ocurriera pensar que la dirección del Partido no tenía el legítimo derecho a “encarnar” y “dirigir” el movimiento anti-franquista. De todas formas, aunque la hubiese leído, posiblemente sólo hubiese generado la indiferencia de los asistentes y acelerado la salida de Sacristán de las filas del Partido Comunista /3.

La legalización del PCE fue celebrada como un triunfo, pero que sólo preludiaba lo que vendría despues: la derrota, el desencanto, el “contar los muertos” /4. La fe en la victoria daría paso rápidamente a las renuncias por arriba, a los pactos con las élites, a la destrucción del movimiento comunista, algo rápido y doloroso, aunque llevaba latente décadas.

Aquí se encuentra una de las mas amargas paradojas de la acción política: aunque no hay garantias “positivas” en política, aunque no existe una linea correcta que lleve implícita la victoria, aunque no existen precondiciones que garanticen ganar, por desgracia hay que reconocer que si que existen condiciones que hacen inevitable la derrota. Los sectores más lúcidos del franquismo observaron que mediante la legalización del PCE nominaban a Carrillo y al PCE como los interlocutores legítimos del anti-franquismo, ganando buena parte de la “batalla de la transición”. En el momento en el que cualquier tipo de representación, liderazgo o partido conquista la autonomía para operar y pactar con el Estado y las élites, podemos afirmar que la derrota está garantizada. Hay una escena de la serie “Cuéntame” que recoge ese rápido paso de la ilusión a la impotencia y la rabia. Un militante del PCE es llamado a la sede por la dirección. Espera ser propuesto para un cargo. Cuando el burocratilla del PCE le reprocha que el hecho de que su hija aparezca desnuda en Interviú daña la respetabilidad del partido, el militante estalla y les recuerda el precio de la legalización: aceptar la bandera monarquica, renuncia tras renuncia hasta que, los objetivos fueran alcanzables, pero porque los objetivos se habían quedado reducidos a la nada. Obviamente, la escena acaba con el militante yéndose a casa de un portazo /5.

Ser “irreductibles” a la “legalización” de nadie: 40 años después, aún tenemos que hacer el esfuerzo de no confundir las derrotas con las victorias.

Brais Fernandez forma parte del secretariado de redacción de Viento Sur

Notas:

1/ Algunos de los libros fundamentales de esta generación serían, desde nuestro punto de vista “Porque fracasó la democracia en España” de Emmanuel Rodríguez (editado por Traficantes de Sueños), “Cambio político y movimiento obrero bajo el franquismo. Lucha de clases, dictadura y democracia (1939-1977)” de Xavier Domènech Sampere (Icaria Editorial) o “”El PCE y el PSOE en la Transición. La evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, de Juan Andrade (Siglo XXI Editores). Los libros de Gregorio Morán están siendo editados por Akal.

En el terreno de la recuperación de la memoria de la extrema izquierda, son muy recomendables “Historia de la LCR”, libro colectivo editado por Martí Caussa y Ricard Martínez i Muntada (publicado por viento sur), complementada con la web http://www.historialcr.info/ la “guía”.

Otro libro importante es “Romper el consenso. Historia de la izquierda radical en la transición”, de Guillermo Wilhemi, editado por Siglo XXI. Sobre el congreso al que aludiamos, se puede consultar en: https://congresotransicion2017.wordpress.com/

2/ “Herejes y renegados”, una recopilación de textos de Isaac Deustcher, magnífica para entender el funcionamiento de lo que se ha llamado “estalinismo”

3/ La anecdota la cuenta Gregorio Morán en “El cura y los mandarines”.

4/ Si hay alguién que refleje de forma irónica y descarnada la derrota de la transición, es un rapero “quinqui” de Moratalaz llamado “El Coleta”. Como ejemplo: https://www.youtube.com/watch?v=uzNQxEJ5NLI

5/ Aquí podeis ver la escena: https://www.youtube.com/watch?v=E3y3OnjKPYo&feature=youtu.be



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