aA+
aA-
Grabar en formato PDF

Corea del Norte
Reportaje de una visita
02/04/2017 | Federico Ticchi

¿Por qué elegí Corea de Norte? Un lugar extraño y tal vez un poquito peligroso. “El país más aislado en el mundo, el último bastión comunista.” Un país del que la prensa siempre habla mal. Esto era suficiente para despertar mi interés.

Además de todo esto, yo no iba como turista, sino como miembro de una delegación política italiana. El 8 de octubre tuvo lugar en Pyongyang una cumbre internacional sobre Anticapitalismo, Soberanía de los Pueblos y Juche –la ideología del Estado de Corea del Norte, teorizada por el padre de la nación coreana, el Gran Líder y Eterno Presidente (así lo nombran en la Constitución norcoreana), Kim Il Sung–. Había delegaciones de muchos países: Japón, India, Sri Lanka, Nepal, Tailandia, Nigeria, Congo, Uganda, Rusia, Mongolia, Alemania, España, Inglaterra y nosotros, los italianos.

Todas esas personas fueron invitadas por el gobierno de Pyongyang a través del Departamento de Ciencia de la Educación, cuya misión consiste en propagar el juche. En mi caso, yo no era un delegado político. Tenía mucho interés en conocer este país y su cultura, y me pareció una ocasión única para poder verlo desde una perspectiva tan singular como una cumbre política.

Desde que llegamos al aeropuerto de Pyongyang hasta nuestra salida del país, estuvimos bajo la constante supervisión del gobierno norcoreano. Nos habían organizado muchas visitas por Pyongyang y también algunas actividades para confraternizar con los compañeros de otros países. Llegados al aeropuerto, en un primer momento nos decomisaron los móviles y los pasaportes. Había leído que los militares suelen retener estas dos cosas hasta que el viajero toma su vuelo de vuelta. Pero no fue así: en pocos minutos nos los devolvieron. Yo estaba muy feliz de tener conmigo mi pasaporte, pero lo del móvil me daba igual, porque no hay línea para los móviles extranjeros y de todos modos no me podía comunicar. Los militares también hojearon con atención nuestros libros. Pero no examinaban al texto, simplemente las imágenes. Vi que retuvieron algunos libros que tenían imágenes religiosas.

Hay que decir algo sobre al aeropuerto internacional de Pyongyang. Está conectado solo con Pekín y Vladivostok (Rusia). Koryo Airlines y AirChina son las únicas dos compañías que viajan hasta Corea de Norte. Hay como máximo tres vuelos diarios que llegan y salen de Pyongyang. El aeropuerto es muy extraño, en el sentido de que no hay sensación de prisa, de neurosis y frenesí. No hay lío, no hay gente. ¡La sensación es muy tranquila, pese a estar en un aeropuerto vacío, porque las únicas personas eran las de mi vuelo! Los militares, muy presentes, con muchas sonrisas nos dijeron cómo rellenar los diferentes papeles. Y también hacían mucho esfuerzo por hablarnos en inglés.

En el aeropuerto, limpio y silencioso, había dos bares –cerrados–, un duty free –cerrado

– y un café. En él, mientras esperábamos a nuestra guía, tomamos una café por ¡7 euros! Hay que decir que no sabíamos a quién íbamos a encontrar una vez llegados a Pyongyang. El único contacto era el funcionario de la embajada de Corea del Norte en Roma, pero nunca hablamos con alguien que nos recibiera en Corea. Tampoco sabíamos adónde teníamos que ir una vez en el aeropuerto, ni el nombre del hotel. Estábamos completamente en manos del gobierno de Corea.

Tal vez por falta de comunicación, ellos se habían olvidado de nosotros. Es decir, pensaban que íbamos a llegar el día después. Por eso estuvimos más de una hora esperando a que alguien viniera a recogernos. Ya los militares se habían ido, porque nuestro vuelo fue el último del día. Y a las 17:00 horas se apagaron todas las luces. Solamente el café y nosotros estábamos en activo. Al final, llegó nuestra guía. Una chica joven, de 18 años, que en un italiano perfecto se disculpó por el retraso. Salimos en un viejo minibús, exclusivamente para nosotros, y fuimos a Pyongyang. Durante el breve trayecto descubrimos que Mi, nuestra guía, sabe italiano porque ha vivido cinco años en Italia. Su padre es diplomático, y había trabajado en la embajada en Italia.

Llegamos al hotel, uno de los únicos tres hoteles para extranjeros. 44 plantas, dos torres, al final de las cuales hay un restaurante giratorio que te permite ver todo Pyongyang en una panorámica de 360°. El hall es gigantesco, hecho de mármol o algo similar. Nos entregaron las llaves de nuestras habitaciones. Bueno, sería mejor decir apartamentos. Claro, no había cocina, pero era una suite con tres habitaciones. El salón, muy grande y con tres sofás. El dormitorio, con baño, y el estudio, muy grande. Había también un baño en la galería. Todas las habitaciones tenían ventanas muy grandes que daban a la ciudad. Mi apartamento estaba en la planta 22. Y junto al salón había una terraza enorme, con una vista única sobre la ciudad. Podía ver la pirámide –el nuevo hotel para extranjeros que están construyendo–, la Torre del juche, el rio y mucho más. ¡Y si miraba abajo, mucho vértigo!

El comedor del restaurante del hotel era de superlujo, pero tal vez de los años 70 o algo así. Los muebles, muy bonitos y agradables, pertenecían a alguna época del pasado. El tiempo se había detenido. Además, por el hilo musical sonaba una música suave, como clásica. No jazz, no lounge –lo que se suele oír en los hoteles de lujo–, pero esa música transmitía tranquilidad. En cuanto a la comida… bueno, soy italiano. Hay que decir que el cocinero quiso ofrecernos diferentes platos. Lo que pasa es que tenía poca variedad de materia prima, así que los menús se repetían mucho. Además de eso, nos traían 5 platos en cada almuerzo. ¡En dos días de comida íbamos a acabar con toda la diversidad culinaria!

Lo que me extrañó bastante fue el desayuno. Era bastante pobre. Había solo una mermelada, de higos, y la mantequilla venía en cantidades mínimas, como si estuviese racionada. Había un único dulce, un pan de azúcar o algo así. La leche era en polvo.

En el restaurante, cada delegación se sentaba por separado. Mi, nuestra guía, junto a los jefes de las guías, habían decidido para todas las delegaciones unas visitas a la ciudad. La verdad es que ese programa no incluía más que visitas a los edificios y museos recién restaurados o construidos por el Gran Mariscal Kim Jong Un. Los monumentos más importantes, pero más antiguos, no estaban en el programa. Con un poquito de insistencia logramos ver todo lo que quisimos. Nos costó bastante esfuerzo, pues tuvimos que pedir cada visita muchas veces hasta que nos la concedieran.

Todos nuestros desplazamientos los hicimos acompañados de la guía. No debíamos salir solos del hotel, pues, como nos explicó Mi, la gente de la calle que ve a occidentales solos puede pensar que son espías de la CIA y denunciarnos a la policía. No pudimos saber si es verdad, porque no nos atrevimos a salir a pasear solos. Lo que es seguro es que tampoco Mi podía decidir qué hacer. Nuestra guía también tenía que preguntar a sus jefes si se podía ver algo distinto del programa previsto.

Nos movimos siempre en autobús. Vi toda la ciudad, siempre desde el autobús. No había agobio, había tranquilidad. La gente iba tranquila por la calle. Había coches, algunos muy nuevos, pero no muchos. La gente común suele moverse en bici. No había mendigos, y todas las calles estaban limpísimas. Se veían muchos rascacielos con apartamentos para la gente común. Mi nos dijo que en Corea la enseñanza y la sanidad son gratuitas. El piso lo entrega el Estado, como es el Estado el que decide a qué debe dedicarse cada persona. Hay muchísimos militares por la calle. Lo que hacen más es caminar y construir casas y edificios. Porque parece que aquí no hay empresas constructoras, ni siquiera públicas. Son los mismos militares los que hacen de obreros.

Todos los edificios públicos ostentan imágenes de Kim Il Sung y Kim Jong Il. La capital es muy bonita. No tiene nada que envidiar a muchas otras grandes ciudades. Claro, nos dijeron que aquí vive la elite del país, los políticos y los dirigentes. No hay publicidad de ningún tipo. Hay solamente murales y carteles que hablan de la revolución y de la oposición al imperialismo.

Eso es: vi Pyongyang, no toda Corea del Norte. Así que no puedo decir nada sobre el resto del país. Lo poco que vi, cuando fuimos a 30 kilómetros de Pyongyang, es algo muy diferente de lo que vi en la ciudad. La carretera empeora, con muchos baches. No hay más coches, solo muchísimas bicicletas. Hay pocos tractores, muy viejos. Y muchos campesinos utilizan arados tirados por bueyes. No obstante, los pueblos rurales están bien. Hay casas nuevas, nada de chabolas.

El día antes de la cumbre tuvimos clase de filosofía juche. Una señora de 60 años, jefa del Departamento de Ciencia de la Educación, nos habló de esa filosofía que guía todo lo que pasa en el país. El juche es una mezcla de socialismo y confucianismo oriental, donde la entidad primaria es el hombre y no la materia, como en el marxismo. El juche fue fundado por Kim Il Sung, el Gran Líder, y desarrollado por su hijo, el Gran Dirigente Kim Jong Il. Por eso se llama también KimIlSunismo–KimIlJonguismo. Ahora todo está en la mano del nieto de Kim Il Sung, Kim Jong Un, el Gran Mariscal.

Para Corea del Norte, o mejor dicho, la República Popular Democrática de Corea, no hay dos Coreas. En sus mapas se incluye también lo que nosotros llamamos Corea de Sur. Los coreanos del sur son hermanos, no enemigos. El enemigo es el gobierno de Corea de Sur, que es títere de EE UU. El compromiso, el objetivo último, será la Victoria Final, o sea, la unificación de las dos Coreas a manos del Gran Mariscal. Esta unión se realizará de forma pacífica y sin guerra. Las armas que tienen les sirven para disuadir, para que ningún otro país, empezando por EE UU, pueda pensar en una invasión. Todo eso nos lo dijo nuestra maestra. La pregunta es: los coreanos del sur, que han conocido el capitalismo y la riqueza, ¿querrían someterse a un sistema socialista? La clase se terminó sin respuesta.

A lo largo de mi visita vimos museos extraños, por cómo estaban hechos y por el mensaje que transmitían. Por ejemplo, el Museo del Horror de Estados Unidos. Este país es el diablo, el enemigo principal del Estado de Corea. En ese museo se ve todo el mal que ha cometido en el mundo. Empezando por la subyugación de los indios de América del Norte, hasta la invasión de Corea. Muchas fotos y reconstrucciones de situaciones bélicas donde los estadounidenses han cometido asesinatos.

El Museo de la Guerra celebra la victoria de Corea del Norte contra los demás. Históricamente se firmó un armisticio que divide el norte del sur en el paralelo 38, pero la historia contada en el museo es diferente. Kim Il Sung, líder de Corea del Norte, quiso liberar Corea del Sur, agobiada por la dominación de EE UU. Todos los países del mundo se pusieron en contra de Corea del Norte, pero este país logró parar por sí solo la invasión. Con un poquito de ayuda de China y la Unión Soviética, pero muy poca.

El Mausoleo de Kim Il Sung y Kim Jong Il es rarísimo. Es el lugar sagrado de Corea del Norte. Allí hay que ir bien vestido, guardar silencio y poner semblante serio. En filas de cuatro se camina bajo el control de muchos vigilantes. Se pasa por una estera rotatoria que limpia las suelas de los zapatos. Se camina por una galería larguísima. Cuando preguntamos a Mi por qué es así de larga, ella nos dijo que de esta manera, caminando y caminando, la gente podía pensar a las buenas acciones que los dos Kim habían realizado por el pueblo coreano. Antes de entrar en la cámara donde están los cuerpos, se pasa por un túnel que sopla aire para eliminar el polvo de la ropa de los visitantes. Una vez dentro de la sala, el silencio es absoluto. El sarcófago se halla en el centro de la habitación, en presencia de muchos militares e iluminado por solo una luz roja. Y un camino marcado, pasando junto a los pies de los líderes, no de la cabeza.

Vimos también un orfanato, el museo tecnológico, un teatro, el zoo y más cosas. En todos esos lugares llama la atención el culto a la personalidad de los dos Kim, que también los habían visitado. Incluso se conservaba intacto el lugar en que se habían sentado.

Los únicos coreanos con los que pude ponerme en contacto eran las guías. Siempre sonrientes, serviciales, pero era difícil comunicarse; vivimos en mundos distintos, concebimos de modo diferente la vida y la existencia. La gente común es normal. Lo más diferente es la vestimenta. Parece que no existe ropa deportiva de ponerse cada día. Todos van bien vestidos, pero con un aire anticuado y más bien pobre. Los hombres llevan chaqueta verde militar o gris. Los más jóvenes llevan camisas que en Europa estaban de moda en los años 60. Las mujeres usan ropa más colorida, pero el peinado que suelen llevar también recuerda a aquella época.

El día de la cumbre fue algo particular. Tardó cuatro horas. Allí, cada jefe de delegación pronunció un discurso sobre el imperialismo y la defensa de Corea de Norte. Los discursos eran todos muy similares, todos hablaban de las guerras que desencadena EE UU en interés propio y el hecho de que el Gran Mariscal, como guía de Corea de Norte, es el único líder que se enfrenta al imperialismo y que no quiere acabar siendo un títere de EE UU. En el gran salón donde tuvo lugar esa cumbre había imágenes muy grandes de Kim Il Sung y Kim Jong Il. Estaba dispuesto para acomodar una verdadera cumbre internacional, con las butacas colocadas en círculo y con la placa con el nombre de cada delegación.

También fuimos a visitar la torre del juche, el edificio más alto de Corea de Norte. En la punta del obelisco hay una llama de vidrio que siempre está alumbrada de rojo. Vimos asimismo las estatuas gigantes de los dos líderes –Kim Il Sung y Kim Jong Il– hechas de bronce. Pusimos flores a los pies porque es obligatorio para cualquier persona que visite el lugar. Los coreanos suelen ser muy respetuosos con sus líderes, como si fueran dioses, porque ellos fueron los que les habían dado la libertad frente a la opresión de siglos de invasiones de diferentes países, encabezados por Japón.

Muchos coreanos llevan un broche en sus chaquetas y se lo ponen cada día. Aparecen las efigies de los dos líderes o simplemente de Kim Il Sung. Nuestra guía, que tenía el broche de Kim Il Sung, nos explicó que es algo que el partido entrega a los ciudadanos que han hecho algo bueno por el país. Entonces, quien la detenta está orgulloso de eso y la pone a la vista.

Esto es lo que he visto. Muchas veces no me he atrevido a hacer algunas cosas, la verdad es que tenía mucho miedo. Seguramente, estaba muy influenciado por lo que se lee y por las noticias que llegan a Europa. Con los turistas las personas son muy amables. Y también por la calle la gente nos sonreía. He tenido una experiencia extrañísima, porque parecía ser de otro mundo.

31/03/2017





Boletín semanal
Recibe en tu correo electrónico los últimos artículos de nuestra revista digital, así como las novedades y eventos
Actos

Madrid. 1 de junio de 2017. 19 h.


50 años de la huelga de Laminación de Bandas/ Movimiento obrero y antifranquismo en el País Vasco en la última década de la dictadura


Lugar: Librería Traficantes de sueños

calle Duque de Alba, 13, metros Latina y Tirso de Molina

Intervienen:
Pedro Ibarra, Luis Alejos, Justa Montero

Actos

Madrid. Lunes, 29 de mayo de 2017. 19h

Victor Serge. Un hombre en la medianoche del siglo

Pelai Pagés, Andy Durgan, Juan Manuel Vera

Teatro del Barrio

Zurita, 20. Metro Lavapiés, Atocha o Antón Martín o







Facebook Twitter RSS

vientosur.info | Diseño y desarrollo en Spip por Freepress S. Coop. Mad.
 
Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual Los contenidos de texto, audio e imagen de esta web están bajo una licencia de Creative Commons