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Actuar en Europa con los pies en el suelo
28/03/2017 | Francisco Louça

El diario Público inició un debate sobre el tema ¿Se abren o se cierran oportunidades para el cambio en Europa?, al que fui invitado a participar, junto a sus lectores y lectoras. El debate, que ha sido abordado por varios ponentes desde diferentes puntos de vista, puede seguirse aquí, por lo que agradezco a todos los participantes las ideas o críticas que han planteado a partir de mi texto inicial.

Se trata de un debate vivo, en el que se adivinan experiencias, trayectorias y conclusiones diferentes, pero que comparten una preocupación: ninguno de los textos aplaude la senda que ha seguido la Unión Europea, ni se solidariza con sus instituciones; al contrario, todos manifestaron su preocupación y dieron la alerta respecto a la trayectoria de la UE. Por lo tanto, para todas las personas que quisieran contribuir a esta reflexión, la izquierda debe desarrollarse fuera de esas instituciones o de esa política, aunque discuta sobre si debe rechazarlas o si, a falta de otra solución, debe soportarlas. Esta conclusión es importante y definidora. Apoyo y aplaudo el punto de vista crítico, porque lo que he llamado —como muchos otros— de "centro" es precisamente ese lugar de la política que —adaptándose a las instituciones europeas— se sometió a la hegemonía de las burguesías europeas y aceptó las reglas de esa contraofensiva neoliberal que tiene como misión desagregar los movimientos obreros y populares de forma duradera. Mi primera conclusión, que reafirmo y que sirve de leitmotiv para el argumento que aquí retomo, es que la izquierda sólo puede abrir una nueva esperanza de movilización victoriosa si venciese a la derecha y al centro, y que implica una confrontación con la institución europea porque ésta es la que define la derecha y el centro.

Es cierto que, a lo largo de este debate, surgen frecuentemente definiciones de "optimismo" o de "pesimismo” en función de la relación de fuerzas. Por ejemplo, argumentando sus puntos de vista, Ángel Requena explica por qué todavía cree en una "Europa más justa"; mientras que Javier Madrazo revela su "frustración, decepción e impotencia" respecto a Europa, y Joan Subirats defiende que es imposible esperar de las instituciones europeas una respuesta a los problemas europeos. Como ellos, también creo que es posible una Europa más justa y que ésta sólo puede establecerse en divergencia con las instituciones realmente existentes. Pero el problema, en todo caso, va más allá del binomio optimismo-pesimismo, no sólo por lo que nos recuerda la definición —pesimista— de Gramsci, sino sobre todo porque lo que se nos pide ahora es una política pragmática, con resultados, que sepa medir la relación de fuerzas y que alcance objetivos de calado en la destrucción de la política de austeridad y de lo que ésta conlleva, como la desigualdad, la xenofobia y el ascenso de las extremas derechas.

El breve texto sobre estos debates, que sigue a continuación, es una contribución a ese pragmatismo, a una política con los pies en el suelo.

La Bella y la Bestia

Algunos de los ponentes de este debate han optado por discutir sobre la evolución concreta de las instituciones europeas y sobre la relación de fuerzas, en vez de hacerlo sobre las "ideas mágicas" que han dominado la ideología dominante de las últimas décadas —"Europa" es "solidaria", los "fondos estructurales" crean convergencia, las "reformas estructurales" son la agenda moderna, el "mercado común" es el instrumento de crecimiento económico, etcétera—. Creo que hacen bien y prefiero el abandono de esas "ideas mágicas". Situar el análisis en el terreno de la propaganda es una fuente de ilusiones y de absurdos. Estudiar los procesos de divergencia y sus resultados reales es, al contrario, la forma viable de comprender las tensiones y contradicciones de la política europea.

Así, Jaime Pastor analizó los cinco escenarios de Juncker para el futuro de la UE, y ése es un buen punto de partida. Hablamos de actualidad y de las decisiones concretas que se están tomando, no de la ideología de Bruselas. Percibimos en esos escenarios de Juncker la ambigüedad y las vacilaciones de las elecciones de los líderes europeos: la política que han impuesto ha destruido o debilitado los regímenes políticos y sus partidos (Grecia, Irlanda, Francia, Austria, Holanda) o conducido a referendos desastrosos para las instituciones europeas (Reino Unido, Italia). Como Jaime, mi segunda conclusión es que los medios para reforzar un poder europeo centralizado ahora son más frágiles que en el pasado y no más sólidos, como demuestra la agónica preparación de la cumbre de Roma con motivo del 60º aniversario del tratado que dio origen a la UE. Más aún: el poder de las instituciones europeas nunca tuvo como objetivo formar un "Gobierno europeo"; al contrario, siempre han sido elegidos para presidir la Comisión Europea los políticos más débiles o más dependientes, como Durao Barroso y Juncker, precisamente para conservar todo el poder de los gobiernos dominantes, en particular el de Merkel. La Unión siempre ha tenido que fingir que permanecía unida, mientras seguía siendo gestionada por los intereses del capital dominante, el alemán, un liderazgo reacio por razones históricas pero cada vez más eficaz, y ésta es la tercera conclusión.

Quizá por eso, Rosa Cañadell recuerda que la respuesta de las izquierdas depende de su capacidad de iniciativa y que los reformismos tienen menos espacio, al tiempo que Rosa Martínez defiende con convicción que las agendas del feminismo y del ecologismo deben invadir la política alternativa. Creo que ambas examinan con precisión los límites de las agendas actuales, que deben ser subvertidas por las izquierdas de acción.

Héctor Maravall señala en ese contexto la inestabilidad constitutiva de la UE y también la dificultad de crear alianzas ganadoras en la transformación de las condiciones políticas, pero Andy Durgan y Mike González —señalando que no existen destinos inevitables y, por tanto, evitando las lecturas tremendistas— recuerdan también que la situación en 2017 no se puede comparar con la del fascismo de los años treinta.

Esta observación sobre la limitación de las analogías históricas con la década de 1930 y el ascenso del fascismo es muy importante. Se podría decir que la victoria del nazismo en esa medianoche del siglo pasado, así como la de los regímenes que se aliaron o simpatizaron con el Eje —en orden cronológico, los regímenes de Portugal, Italia y España—, fue el resultado de una combinación desastrosa de la oportunidad de la gran burguesía europea, movilizada por el miedo a la revolución soviética y a su influencia, de la traición de la socialdemocracia y del "centro" —que invistió a Hitler—, así como del ultrasectarismo del estalinismo, que impidió un frente único que estuviese a la altura del desafío. Pero, en todo caso, el fascismo era una respuesta social a una revolución que amenazaba a Europa central y, ahora, esa amenaza no existe.

Por lo tanto, esa analogía no tiene sentido hoy, porque la historia es distinta. Mi cuarta conclusión es, pues, que el aumento de las fuerzas de extrema derecha nace ahora directamente de la política del "centro" y de la derecha: es el resultado de vaciar la legitimidad democrática de regímenes que no deciden sobre las políticas sociales en sus comunidades y que se limitan a formas ceremoniales de política, al mismo tiempo que imponen las políticas de empobrecimiento y de austeridad, o de transferencia de recursos para la banca, que subrayan la pérdida de la identidad de los pueblos afectados. Schauble es más peligroso que el peligroso Wilders.

¿Pero por qué Schäuble o Merkel son amenazadores? Vale la pena pensar en la respuesta. ¿Será porque retrasan en fin de la Unión Monetaria? ¿Será porque todavía no han creado el "Gobierno europeo" o, al menos, "el ministro europeo de finanzas", como defienden desde hace tiempo? ¿Será entonces que la estrategia de "más Europa" responde a ese déficit? A lo largo de este texto, argumentaré que no, y que los europeístas que piden "más" instituciones no son ni pragmáticos —favorecen al adversario, esperando que sea bondadoso— ni preparan alternativas concretas —porque el euro no se va a transformar en un instrumento de protección de las economías endeudadas—.

Vale la pena por ello releer la notable frase de Tony Judt que Pere Vilanova citó en su texto. Judt, recientemente fallecido, fue uno de los últimos defensores de una socialdemocracia con un componente social y con otro de democracia. Él percibe que, ante las fuerzas del mercado, sólo el Estado-nación permite una identidad que sea reconocible por los pueblos: “Cuando la economía y las fuerzas y pautas de acción que la acompañan son realmente internacionales, la única institución que puede interponerse con efectividad entre esas fuerzas y los individuos desprotegidos es el Estado-nación […]. Ese Estado es lo que en última instancia puede aguantar entre sus ciudadanos y esas descontroladas, no representativas, no legitimadas capacidades y poderes de los mercados […]. Es decir, frente a esa multitud de procesos no regulados sobre los cuales los individuos y las comunidades no tienen control". Dado que la UE es el espacio en el que triunfó el mercado y la política de mercado —o sea, de las finanzas—, solamente un Estado en el que sea posible ejercer un control democrático permite proteger a los desprotegidos. O sea, la quinta conclusión: la lucha contra el populismo, contra el miedo y contra el odio que las extremas derechas propagan sólo puede triunfar si las izquierdas protegen a los amenazados, o sea, si hiciesen del Estado-nación, que es la única barrera contra los mercados financieros, un instrumento de acción democrática.

Por lo tanto, el Estado-nación no resurge en el debate político actual a través de una deriva ideológica vintage o de una nostalgia de las fronteras perdidas. Surge simplemente porque es la única forma de institución de la democracia que es reconocible en la modernidad. No existe otra. No hay democracia internacional, con legitimidad identitaria y con reconocimiento popular; puede haber formas de cooperación que son democráticas, pero, al no tener una identidad de "pueblo europeo" —pues no hay una lengua común, o una comunidad organizada con una historia común—, entonces no hay ni puede haber una "democracia europea". Sólo reconocemos la existencia de la democracia en el espacio de una comunidad que previamente hemos reconocido. Por lo tanto, la sexta conclusión: conforme esa democracia va menguando, sobre todo en un contexto de sacrificios debido a las políticas de austeridad, los regímenes que organizan la desdemocratización serán siempre debilitados e invadidos por olas de contestación que pueden transformarse en miedo y odio.

La naturaleza de la crisis de las instituciones europeas y de los regímenes de muchos países europeos, en mi opinión, está aquí mismo: la soberanía (el poder de decisión) ya no corresponde a la legitimidad (la elección de quienes toman las decisiones) y, por lo tanto, séptima conclusión: la corrosión de las democracias europeas ha sido provocada principalmente por la Unión Europea. Schäuble y Merkel son los padres de euroescepticismo y de las crisis de identidad en los países subordinados.

Por ello, Sabino Cuadra recuerda —a partir de la condena de las políticas xenófobas en Europa— que pedir “más Europa es una locura", y Miguel Guillén Burguillos señala que la crisis de refugiados demostró cómo se vació el discurso institucional: ¿acaso no estaba entre los "valores de Europa" la herencia de la Ilustración y el respeto de los derechos humanos? Por supuesto, ninguno de esos "valores" impidió un siniestro acuerdo de Bruselas con Erdogan para detener a los refugiados en Turquía y pagar por cada uno de ellos.

En la vida real y fuera del universo Disney, entre la Bella y la Bestia, el único error que no se debe cometer es pretender que el monstruo se convierta en ella por un acto de fe. La UE no será democrática por fingir que, al abdicar de las reglas democráticas en vigor, la Bestia puede transformarse en una Bella que nos trata a todos como iguales.

La UE, tal como es y ha sido, es una institución de la divergencia y, por lo tanto, se amenaza a sí misma. Por ello, que nadie se atreva a acusar a la izquierda de la crisis europea: fueron el "centro" y la derecha quienes impusieron que los tratados estableciesen la libertad de circulación de capitales, que ante la recesión se prescribiese la medicina de la austeridad, que las pérdidas de los bancos fraudulentos fueran socializadas y que la precariedad y el deterioro de los convenios colectivos cundiesen entre los trabajadores —y es precisamente eso lo que destruye en vez de construir—.

Caminos de alternativas

Aníbal Garzón, consciente de esta contradicción, plantea que se elija entre el sí a la UE "con un proyecto claro y radical de Asamblea Constituyente antineoliberal con un no a la deuda ilegítima" o el "no a la UE como estrategia para liderar el euroescepticismo, apostando por Estados nación frente a los neofascismos". Creo que, cuando el autor formula así la alternativa, se percibe bien adónde quiere llegar. Aunque en mi caso no tenga ninguna simpatía por la idea de una Asamblea Constituyente europea, ni mucho menos alimente la expectativa de que ésta pudiese ser "antineoliberal" —¿no confirman las elecciones al Parlamento Europeo una sólida mayoría de la derecha?, ¿no ha aceptado la socialdemocracia el pacto neoliberal de todos los tratados?—, interpreto que Garzón presenta la primera alternativa como inviable, remitiéndonos a la segunda como inevitable.

Maria Corrales Pons propone otra solución: un bloque formado por los países del Sur que pudiese corregir a la Unión. Sería un buen camino si fuese viable. Pero nadie cuenta con Rajoy para ello, ¿verdad? Y cuando Grecia estaba siendo aplastada, nada se supo de ese "bloque del sur", ¿no? Y ese "bloque del sur" nunca ha existido en ninguna cumbre europea, ¿cierto? En mi opinión, no hubo ni va a haber tal "bloque", pues en los países del sur se reproducen las mismas contradicciones entre el orden financiero y los intereses de los trabajadores, y no hay consensos nacionales —ni mucho menos, institucionales— para representar al país en un frente antiMerkel.

Julián Ariza, por otro lado, sugiere que "hacer más y mejor Europa pasa hoy por un entendimiento equivalente" al establecido en el pasado entre la socialdemocracia y la democracia cristiana. Como el autor no nos explica quién reemplazaría en un nuevo compromiso histórico a esos dos socios (¿o serían los mismos?) y lo que se podría esperar de esa "refundación" bastante improbable, apunto solamente la intención.

Aparentemente en la misma dirección, José Luis Atienza, que rechaza la alternativa de la salida del euro —y le atribuye costes terroríficos, como la quiebra de Italia—, nos sugiere una solución amable: aprender a "conjugar el verbo compartir, repartir, igualar, redistribuir, adquirir una identidad transnacional para dibujar una Europa alternativa de los ciudadanos". Respeto la elegancia de la propuesta, pero recelo de que "conjugar" los verbos bondadosos sea suficiente para crear una "identidad transnacional" europea. En mi opinión, tal cosa no existe y ningún proyecto internacionalista se basa en ese fantasma: al contrario, la octava conclusión: el internacionalismo se basa en la certeza de que hay comunidades nacionales, pero que son atravesadas ​​por luchas sociales y contradicciones en las que se pueden y deben multiplicar las cooperaciones más allá de las fronteras, en objetivos comunes.

Finalmente, dos sindicalistas asumen la defensa de la supervivencia del euro como el pilar fundamental de la Unión: Isidor Boix dice que concuerda con mi análisis, pero rechaza la propuesta de abandonar el euro, mientras que otro sindicalista de CCOO, Javier Doz, va más allá al garantizar que "propiciar la destrucción de la UE, por mucho que nos disguste en su rostro actual, sería el suicidio de la izquierda y, tal vez, de la humanidad”.

No es fácil discutir con alguien que considera "el suicidio de la izquierda y, tal vez, de la humanidad" como la consecuencia apocalíptica de cuestionar la UE, a pesar de su “rostro actual”. De hecho, el etiquetado estigmatizador es una forma de prohibir la conversación. Por mi parte, quiero únicamente tranquilizar a Javier Doz: no hago concursos de internacionalismo con nadie, pues soy internacionalista como los defensores de las otras opiniones, que respeto; ni acuso a nadie que piense diferente a mí de "propiciar" el "suicidio de la humanidad". El mundo no se divide en defensores de la paz —y, por tanto, de la Unión Europea— y en quienes la quieren destruir y crean espirales de guerras y de trumpismo. Por ello, resumir la crítica a la política y a las instituciones europeas como “lo que nos propone el profesor Louçā es, nada menos, que la izquierda entre a competir en el terreno de juego que nos está marcando la extrema derecha europea y Donald Trump, y que lo haga asumiendo como propias algunas de sus propuestas más destacadas: el fin del euro —y, por lo tanto, de la UE— y una parte, al menos, de los postulados del nacionalismo económico y el proteccionismo comercial. La pinza programática que nos propone Loucā no sólo podría precipitarnos hacia el fin de la UE, sino que, así mismo, alejaría a la izquierda europea, sometida también a una profunda crisis, de cualquier horizonte de hegemonía cultural y política. Y eso sin referirnos a los nada desdeñables riesgos de que dicho proceso de demolición llevara a las naciones europeas a volver a su vieja historia, a la de antes de 1945 [o sea, a las guerras]”, esa forma de discutir es, simplemente, una prueba de sectarismo, que se define por no querer debatir.

Pero vamos a lo esencial. Doz tiene un remedio para la crisis de la izquierda: “La recuperación de la izquierda se producirá, por el contrario, cuando sea capaz de proponer y realizar un proyecto de refundación política de la UE que implique más integración, en un sentido federal, más democracia y un pilar social sólido, que plasme el nuevo contrato social que sustituya al implícito de la posguerra, roto por el austericidio, tal como preconiza la Confederación Europea de Sindicatos (CES)”. Ahora bien, esa propuesta “federal”, que preconiza “más integración”, ya la hemos oído en alguna parte, ¿verdad? En efecto, es la propaganda de la UE para tranquilizar a los pueblos europeos.

Por supuesto, los sindicalistas de la CES, y otros, batallan por un "pilar social fuerte" y no refuto ni su combate, ni su voluntad, ni su intención. Sólo pregunto qué esperan conseguir y con quién. Para una mayor "integración" necesitan al Gobierno alemán y, si esperan que él pague, porque eso es lo que significa la "integración", los últimos años ya han demostrado que es más probable que Rajoy y otros gobiernos acepten precarizar las relaciones laborales —o "flexibilizar” y adoptar “reformas estructurales"— que Merkel —o Schultz— ayuden a pagar la cuenta del desempleo en España o la cuenta de la divergencia.

Admito que aquí no haya un acuerdo entre los distintos participantes en este debate y que sea natural que algunos mantengan la postura que rechaza cualquier ruptura europea y pretende mejorar la relación de fuerzas para una milagrosa "refundación", o para el amanecer de un nuevo Tratado que permita políticas antiausteridad —supongo que quien piensa así ha recordado que un Tratado antineoliberal requiere el acuerdo simultáneo de 27 gobiernos—. Admito que esa diferencia está inscrita en la forma en que las izquierdas y el "centro" han abordado la cuestión de la UE e incluso en la actitud demasiado defensiva que las izquierdas siempre han adoptado sobre la austeridad hegemónica. Pero hay una pregunta que se impone a todos y para todos: ¿y Grecia?

El mayor fracaso en la historia de las izquierdas europeas en el siglo XXI fue Grecia. Fracaso porque no pudimos conseguir la solidaridad que paralizase la ofensiva de Merkel y Hollande contra Grecia; fracaso porque el Gobierno griego no logró definir una alternativa y aceptó una austeridad destructiva; pero será fracaso sobre todo si, después de rechazar el compromiso por parte de las autoridades de Bruselas y Berlín, fingimos que podemos basar una política futura para las izquierdas en la hipótesis de que Berlín y Bruselas acepten el compromiso que rechazaron en Grecia —y esta es mi novena conclusión—. Por lo tanto, a los defensores de "más integración" y de un "nuevo contrato social" y "un pilar social fuerte", les respondo simplemente con la realidad: Grecia ha demostrado que en la UE eso no existe. No hay diálogo, sino austeridad. No hay política social, sino una reducción de la seguridad social. No hay integración, sino precarización. En el euro no hay convergencia, sino divergencia.

Antes del colapso de Grecia, era posible poner todas las ilusiones en la apertura de la UE a un acuerdo, a medidas razonables, a proteger a las personas, a buscar la convergencia. Después del colapso de Grecia, cualquier política con los pies en el suelo debe saber que Berlín no cede. Por lo tanto, ésta es mi décima conclusión: el "centro" y la derecha se radicalizarán, mientras que muchos de nosotros nos preguntamos si la izquierda debe esperar a que las instituciones europeas se salven gracias a la iluminación divina —y rechazamos la opción de desistir—. La política con los pies en el suelo no espera y juega toda su capacidad de acción en la creación de un terreno político de alternativa realizable: la movilización popular que permita que los pueblos puedan vivir. Sólo en esa Europa es posible la cooperación. No contamos con Rajoy, o Macron, o Merkel, o Schultz, para que esto sea posible. Contamos con la lucha popular, pues el sentido de la izquierda reside precisamente en esa esperanza y en esa acción.

24/03/2017

http://www.espacio-publico.com/se-abre-o-se-cierran-oportunidades-para-el-cambio-en-europa#comment-5857



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